Jul 14 2012
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OpiniónPolítica

Pandemia política

Esta es la crónica de una muerte anunciada. Sólo los protagonistas no la querían ver. Tal vez porque es una muerte poco novelesca, más bien rasca[1]. Con mucho de personalismo barato, de defensa de parcelas mezquinas, de borrones en postulados esenciales. Es el drama del Partido Socialista chileno, que más bien parece una cacerola agujereada que pierde el caldo irremediablemente.| WILSON TAPÌA VILLALOBOS.*

 

El último episodio es el anuncio de que el diputado Marcelo Díaz renuncia a la colectividad.[2] Su explicación es que no soporta la falta de democracia interna. Lo antecedieron en la diáspora el senador Alejandro Navarro, Carlos Ominami, Marco Enríquez Ominami y tantos socialistas anónimos que, simplemente, se fueron a su casa.

 

Las explicaciones pueden ser muchas. Ya varios referentes, entre ellos los denominados “Barones” del socialismo —esta recurrencia a la nobleza medieval no es sólo de los socialistas, allí están también las dinastías comunistas—, Ricardo Núñez, Ricardo Solari, Marcelo Schilling, han dado su opinión. Todos coinciden en que el drenaje socialista puede ser un anticipo de la extinción del Partido. O su parálisis definitiva. Algo como lo que les viene ocurriendo a los radicales desde hace tantos años.

 

Sin duda los motivos son distintos. Las épocas son diferentes, pero el final es la desaparición de una alternativa que en varios momentos tuvo a uno de los suyos en la Primera Magistratura. Pero los cambios de época son nada más que nuevos desafíos. E imponen la necesidad de aggionarse con exigencias distintas. Y eso le corresponde a la gente que quiere cambios. Que no está conforme con lo que ocurre. Y que pretende, honestamente, que la política se aplique como el arte de hacer posible la vida en sociedad.

 

Tradicionalmente, eso lo ha representado la izquierda. El drama de los socialistas es que aquella que era tradicionalmente su gente, no los ve como alternativa real. Más bien considera que se han ido acomodando a los cambios impulsados por la derecha. Como cuando, después de la caída del Muro de Berlín (1989) se dieron una vuelta en el aire y terminaron cobijados en la amarillenta socialdemocracia —así se presentaba en el imaginario del PS— en donde, hasta ese momento, sólo se encontraban los radicales chilenos.

 

Después vino el entendimiento con la Democracia Cristiana en un monolítico bloque interno de la Concertación. El compromiso con este partido de centro, en que algunos de sus más connotados dirigentes conspiraron para que un golpe militar derrocara al primer presidente socialista chileno, Salvador Allende, terminó por desorientar a algunos y por hacer abjurar de su colectividad a otros socialistas.

 

Pero decir que esto sólo está pasando con los socialistas, es plantear las cosas de manera limitada. Es un problema de los partidos, de la política, de la democracia. Es una verdadera pandemia que se extiende hasta ahora si limitaciones a nivel global.

 

Aparentemente, la derecha está más sólida porque su compromiso es defender lo ganado y eso es más fácil que fomentar el cambio. Pero las tensiones están a la vista y no se trata sólo de las conocidas rivalidades por prebendas electorales entre colectividades en una coalición o por la defensa de intereses personales en el interior de alguna de ellas. El tema es mucho más profundo.

 

Si la democracia da muestras de irse poniendo cada vez más mustia y sus instituciones presentan señales claras de podredumbre, es imposible pensar que las columnas fundamentales del sistema estén sanas. Por el contrario, han sido ellas las que contagiaron la enfermedad. En Chile ¿acaso no se desprestigió sin tapujos a la política?

 

Insignes militantes de la Unión Demócrata Independiente —como el actual ministro de Desarrollo Social— denostaron insistentemente a la política. En ello siguieron el mismo camino elegido por la dictadura. No cambiaron un ápice.

 

¿Acaso el ex presidente Ricardo Lagos no hizo ostentación de su doble militancia socialista y pepedeísta? Lo que parecía señalar que Lagos tenía una perspectiva política muy amplia o que uno de las dos agrupaciones sobraba. Hoy esos dos Partidos se encuentran en posturas divergentes y ambos sin proyectos político-sociales claros.

 

También ayudó en el descrédito el que colectividades que tenían su fuerte ideológico en una reforma o cambio profundo del capitalismo, se transformaran, en los hechos, en administradores del sistema neoliberal. Y esto último es ya un distintivo a nivel mundial.

 

Hasta ahora no se conoce un sistema que concite mayor adhesión que la democracia. Pero eso no significa que no vaya a ser removida y olvidada, como lo fue el feudalismo. Lo concreto es que como la conocemos, parece haber cumplido su vida útil. Y la actual pandemia política terminará con ella.

 

Es posible, sin embargo, que para conocer a su reemplazante transcurra un período prolongado. Un tiempo de convulsiones, en los que seguramente se irán afincando particularidades que muestra esta nueva forma de organizarse a través de redes sociales. Y, también, que desde la vertiente conservadora se trate de ahondar la idea del gobierno mundial, de ese gran tutor que busque, a través de la represión, detener la necesidad de cambio.

 

Una época interesante, pero dolorosa, en que lo que está por venir no se anuncia fácil ni exento de drama.
___

1]Rasca: vulgar, barato, prescindible, indigno; sin valor ni originalidad.
2] Luego de recibido este artículo, el diputado señaló que optaba por permanecer en el PS.
——
* Periodista.

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