Jul 2 2012
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EconomíaPolítica

Qué deberían haber aprendido de la crisis las autoridades políticas y los economistas brasileños

Con su combinación de política de dinero fácil y conservadurismo fiscal, el gobierno brasileño de Dilma Rousseff podría estar contribuyendo a cebar una bomba de deuda privada lista para estallar precisamente en medio de una recesión global, es decir, cuando menos le convendría al Brasil. Se nos viene encima un invierno económico mundial.| DANIEL NEGREIROS CONCIEÇẨO.*

 

El experimento del euro bordea el colapso total —un desastre de todo punto evitable, hace mucho tiempo predicho por la teoría monetaria moderna (TMM)—.  En EEUU, la ciega aversión a los déficit y a la deuda pública, alentada por el griterío alarmista del Partido Republicano en manos de lunáticos y analfabetos económicos, impide a su gobierno servirse de los instrumentos fiscales de estímulo necesarios para sacar al país de su actual recesión.

 

Hasta China, el único país que hasta ahora no se había visto aparentemente afectado por la depresión global, muestra signos inconfundibles de ralentización. Que se prepare Brasil.

 

Desde 1936, con la publicación de la Teoría General de Keynes, los economistas saben (o deberían saber) que la clave para la promoción de la estabilidad macroeconómica y del pleno empleo en una economía capitalista es evitar que las compras totales de bienes y servicios nacionalmente producidos sean demasiado bajas, lo que causaría desempleo, o demasiado altas, lo que causaría una inflación inducida por la demanda. Con una demanda mundial en retroceso, y a causa de que el gobierno brasileño se ha empeñado a cierraojos en mantener bajo control su propio déficit, la economía brasileña ha sido capaz hasta hace poco de evitar una recesión: pero sólo porque el gasto autónomo se ha mantenido al alza merced a los cambios recientes en su política monetaria.

 

Que quede claro de entrada: no abogo por reducir los tipos de interés. Aplaudo los esfuerzos del gobierno brasileño por reducir los tipos, y particularmente su uso de los bancos comerciales de titularidad pública para bajar los tipos de interés históricamente abusivos que cargaban las entidades crediticias brasileñas. Ceteris paribus, los tipos de interés bajos son (casi siempre) mejores que los altos, desde el punto de vista macroeconómico. Sin embargo, el estímulo monetario no puede ser la única herramienta con que defender la economía brasileña frente a la tormenta económica que viene del Norte.

 

Lo cierto es que, con su combinación de política de dinero fácil y conservadurismo fiscal, el gobierno brasileño podría estar contribuyendo a cebar una bomba de deuda privada lista para estallar precisamente en medio de una recesión global, es decir, cuando menos le convendría al Brasil.

 

Como estrategia de crecimiento (o de evitar de la recesión) es posible que baste la política monetaria para tener efectos estimulantes a corto plazo. Al reducir los costos del crédito, el gobierno brasileño consiguió, en efecto, estimular el empréstito privado. Pero no fue la política monetaria convencional la que lo logró —reducir los rendimientos de la deuda pública hace poco por estimular el gasto privado—, sino el uso de entidades crediticias de titularidad pública para presionar a la baja los tipos de interés pagados por los consumidores y la pequeña y mediana empresa.

 

Las familias respondieron a la reducción de los costos crediticios incrementando su consumo autónomo financiado con deuda (y, aunque harto menos, su inversión en bienes raíces). Las empresas incrementaron también sus compras, no necesariamente por la caída del costo crediticio, sino porque el aumento, inducido por la deuda, del gasto de consumo creó más oportunidades para vender mercancías a precios beneficiosos. Puesto que se gastaba más dinero, se vendían más productos, y puesto que se vendían más productos, se creaban más puestos de trabajo.

 

Y ahora las malas noticias
A causa de una cruel aritmética contable, en ausencia de un complemento fiscal adecuado, o de una mejora fortuita de la balanza por cuenta corriente, la expansión alimentada por la deuda tiene inexorablemente que traer consigo una estructura fiscal crecientemente frágil, y al final, insostenible (à la Hyman Minsky).

 

Al endeudarse, las familias y las empresas pueden, mientras reciben crédito, gastar por encima de sus ingresos. Sin embargo la situación puede llegar a hacerse rápidamente insostenible. Puesto que los prestatarios tienen que devolver sus deudas con intereses a los bancos, y puesto que los bancos no retornan, como ingresos, a las familias y a las empresas tanto como ganan con los intereses y los recargos, la capacidad del conjunto de las familias y de las empresas para honrar sus compromisos financieros depende de una expansión cada vez más acelerada del volumen de la deuda privada.

 

Se me permitirá explicar por qué.

 

A fin de honrar sus compromisos financieros a lo largo de un período dado (es decir, a fin de pagar el principal y los intereses, o al menos a fin de pagar los intereses y evitar retrasarse en sus empréstitos, las unidades endeudadas deben ingresar más dinero que sus gastos (intereses aparte) durante ese mismo período. Dicho llanamente: las unidades endeudadas deben gozar de saldos monetarios positivos mientras permanezcan endeudadas. Puesto que la ganancia monetaria de una persona es la pérdida monetaria de otra, la demanda de ganancias monetarias netas no puede ser satisfecha, a menos que otros agentes económicos sufran pérdidas monetarias netas.

 

A lo largo de cualquier período dado, esas infusiones netas de dinero pueden venir del des-ahorro de los consumidores (como deuda creciente, o como reducción de la riqueza financiera), de la inversión autónoma de las empresas y las familias (financiada con deuda, o pagada con reducción de la riqueza financiera acumulada), del gasto público financiado con déficit y/o del excedente por cuenta corriente (que refleja las pérdidas netas de dinero por parte de las unidades exteriores). Sin un incremento en el déficit público y/o un incremento en el excedente por cuenta corriente, la única forma de satisfacer la demanda de saldos monetarios por parte de las familias y las empresas endeudadas es que otras empresas u otras familias sufran pérdidas monetarias a un ritmo creciente.

 

En EEUU, puesto que la inversión en bienes raíces fue el motor primario del gasto agregado hasta el desastre financiero de 2008, las familias y las empresas fueron capaces de posponer por un tiempo el agotamiento de su capacidad de endeudamiento. Mientras las propiedades de bienes raíces compradas por los prestatarios se apreciaban a un ritmo suficientemente rápido, las unidades endeudadas fueron capaces de refinanciar sus deudas ofreciendo, como colateral, sus ganancias no realizadas de capital. En esas condiciones, era posible satisfacer la demanda de saldos monetarios por parte de las unidades endeudadas, no sólo por las pérdidas monetarias de los nuevos prestatarios, sino también por los préstamos adicionales tomados por las unidades ya endeudadas.

 

En Brasil, puesto que el grueso de la expansión de la deuda privada ha ido ligada al consumo autónomo, la capacidad de endeudamiento del sector privado se ha agotado mucho más rápidamente.

 

Por un lado, el grueso del valor realizable de los bienes de consumo se pierde en el momento mismo de su adquisición por el consumidor, haciendo imposible el uso de las ganancias de capital no realizadas como colateral de un ulterior endeudamiento por parte de los consumidores endeudados.

 

Por otra parte, la naturaleza distribucional de las economías capitalistas hace que las pérdidas monetarias netas de los consumidores asalariados vayan en buena medida a parar a las empresas, a los bancos y a sus ricos propietarios, mientras que los ingresos salariales tienden al estancamiento. Así pues, aunque se dice que la reducción de los tipos de interés en Brasil ha beneficiado en general a las familias pobres —porque les habría permitido acceder a la compra de cosas antes prohibitivas—, lo cierto es que los más beneficiados han resultado los beneficios empresariales.

 

Para las familias brasileñas que han sostenido su consumo en el crédito, cualquier ganancia que pudieran haber obtenido de la adquisición de bienes duraderos caros quedaba muy probablemente más que anulada por los costes de los intereses (todavía extremadamente altos).

 

La contracción económica que en los EEUU de 2008 siguió a la expansión inducida por el endeudamiento privado se dio porque la demanda de saldos monetarios de las unidades endeudadas ya no podía ser satisfecha. Una vez que los precios de los bienes raíces dejaron de crecer a ritmos altos, la tasa de nuevo endeudamiento cayó porque las unidades endeudadas ya no podían refinanciar sus deudas, los bancos ya no podían seguir confiando en los prestatarios y la demanda especulativa de propiedades inmobiliarias desapareció. Consiguientemente, las pérdidas monetarias no bastaban ya para satisfacer la demanda de ganancias monetarias por parte de las unidades endeudadas. El resultado fue una espiral recesiva casi tan mala como la de la gran depresión de los años 30.

 

El mecanismo que convierte una expansión inducida por el endeudamiento privado en una recesión es bien conocido por los teóricos de la TMM. Con el agotamiento de la capacidad de endeudamiento del sector privado, la creación de nuevas deudas no puede ya suministrar los saldos monetarios positivos precisados por las unidades endeudadas. Luchando por honrar sus obligaciones financieras, esas unidades endeudadas recortan gastos, pero eso sólo multiplica sus problemas (y los de todos los demás). Es la vieja paradoja de la frugalidad en acción.

 

Aunque es posible que un individuo aumente sus ahorros recortando sus gastos, porque sus ingresos son independientes de sus gastos, es imposible que el conjunto de la sociedad aumente sus ahorros recortando el gasto total, porque una reducción del gasto agregado significa una reducción del ingreso agregado. Como acabamos de ver, las ganancias monetarias netas de las unidades endeudadas que han agotado su capacidad de endeudamiento sólo pueden venir del desahorro total de otros consumidores, de la inversión autónoma total, del déficit público o del excedente por cuenta corriente.

 

Al reducir su propio gasto, las unidades endeudadas terminan por agravar sus propias dificultades financieras al contribuir a la caída del ingreso general, caída que reduce el incentivo inversor de las empresas (¿por qué invertir en una economía en proceso de contracción?) y el incentivo de los bancos a prestar (¿por qué prestar en una economía en proceso de contracción?).

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En Brasil, tras un efímero frenesí crediticio, la capacidad de endeudamiento de los consumidores se ha agotado rápidamente. Eso significa que no podemos esperar ya que el consumo autónomo mantenga a Brasil fuera de la recesión. La economía ya está estancada. Lo que es peor, los brasileños tienen que encontrar ahora vías para suministrar ganancias monetarias al gran número de unidades endeudadas que buscan “desapalancarse”. Para hacerlo, el gobierno tiene que abandonar lo antes posible la perspectiva conservadora de su política fiscal.

 

A falta de crecimiento en las exportaciones netas, sólo un incremento del déficit público puede proporcionar las ganancias monetarias que necesitan las unidades endeudadas para honrar sus compromisos deudores y evitar que caigan los ingresos. Eso es precisamente lo que la TMM y los partidarios de las finanzas funcionales defienden desde hace mucho tiempo: el gasto público debe usarse para contrarrestar las fluctuaciones del gasto privado, de manera que el gasto agregado se mantenga en el nivel que produce pleno empleo sin generar demanda inflacionista. Es tiempo de que el déficit público brasileño crezca. (En EEUU, lo que se necesita desde 2008 es un mayor déficit público.)

 

Sin embargo la adopción de políticas fiscalmente funcionales en Brasil requiere la previa demolición de unos cuantos mitos muy extendidos:

 

1) El primer mito dice que los gobiernos nacionales pueden servirse de su capacidad de endeudamiento de manera análoga a las familias y a las empresas. Para subrayar ese mito, se apunta a la crisis fiscal de la Eurozona. Sin embargo, mientras la autoridad emisora de moneda (el Banco Central brasileño, o la Fed) se comprometa a comprar cualquier cantidad de deuda federal que exceda de la que los agentes privados desean ser tenedores, el Estado nacional no estará jamás financieramente restringido en su capacidad de gasto. Eso vale para el Brasil, lo mismo que para los EEUU. Pero no es el caso en los países de la Eurozona. Por eso las familias, las empresas, los bancos y los estados de la Eurozona pueden quebrar, pero no es posible que los Estados del Brasil y de los EEUU puedan dejar de honrar sus obligaciones deudoras, siempre que estén denominadas en sus monedas nacionales. A menos, claro, que decidan interrumpir el servicio de su deuda por razones de ignorancia, estupidez o deshonestidad de los funcionarios de esos Estados.

 

2) El segundo mito está relacionado con el primero. Puesto que las autoridades monetarias siempre pueden ajustar los stocks de reservas y deuda del Tesoro en la economía, la tasa de interés pagada por las deudas nacionales es una decisión de política monetaria y puede fijarse en cualquier nivel deseado, independientemente del volumen de la deuda nacional. Así pues, es absolutamente innecesario que el gobierno busque excedentes fiscales primarios a fin de reducir las tasas de interés. En efecto: contrariamente a la creencia popular, la flecha causal va en sentido contrario. Al incrementar los rendimientos de las deudas del Tesoro, el gobierno causa mayores déficits futuros, dimanantes de su compromiso con mayores pagos de intereses a los tenedores de deuda pública.

 

3) El tercer mito tiene que ver con la extraña aversión de los tertulianos y comentaristas conservadores a los déficits públicos, como si fueran, de uno u otro modo, más inflacionarios que los incrementos de las exportaciones netas, del consumo autónomo y/o de la inversión privada. No hay la menor base lógica para ese temor, a menos que sigamos pensando en términos del fracasado marco mental monetarista, según el cual los incrementos de la demanda agregada sólo pueden venir de incrementos de la oferta de moneda. El mundo real no se parece en nada al mundo monetarista. En realidad, los déficits públicos incrementan la demanda agregada, no porque incrementen la oferta de moneda (que lo hacen, y no porque los gobiernos echen mano de la “imprenta” para el gasto con déficit, sino porque a quienes reciben pagos públicos se les abonan en cuenta valores monetarios), sino porque representan compras de mercancías nacionales por parte del Estado y porque añaden ingresos a los agentes con propensión positiva al consumo.

 

No hay razón para esperar que eso vaya a ser más inflacionario que un incremento del gasto de inversión, más inflacionario que el incremento del consumo autónomo propiciado por el endeudamiento o más inflacionario que el incremento de las exportaciones netas. En todos esos casos, se pondría en circulación más dinero en la economía, causando el incremento del valor del total de ventas de productos nacionales, que es todo lo que cuenta cuando se habla racionalmente de inflación generada por la demanda. De hecho, el riesgo de inflación asociado a un estímulo fiscal puede ser incluso menor que el asociado a los incrementos del gasto privado, porque el gasto público podría dirigirse a la eliminación de cuellos de botella en la producción y a la eliminación de otras restricciones de la producción material.

 

Los economistas de nuestro tiempo deberían haber aprendido ya que no se puede fiar todo sólo al empréstito privado a la hora de mantener a las economías en buen funcionamiento. Después de todo, nada bueno puede venir de una dinámica de crecimiento que sólo puede sostenerse en la deuda privada si las deudas siguen creciendo. Además, aunque puede acelerar el crecimiento durante una expansión, no es probable que un impulso monetario funcione en una economía que se halla ya en recesión, porque es muy difícil que la gente se anime a tomar más dinero prestado a menores tipos de interés, cuando sus ingresos están estancados o en caída.

 

En cualquier caso, no hay nada que la política monetaria pueda hacer en este momento por la economía brasileña. Ahora que el sector privado brasileño ha agotado toda su capacidad de endeudamiento, evitar la recesión requerirá necesariamente generosos déficit públicos.

 

Llegó, pues, la hora de que el gobierno brasileño se libere de todas las ilusiones engañosas que sugieren que la austeridad pública podría ser una vía de salida de las recesiones, y empiece a gastar sin preocuparse de la deuda pública. Pero, ¡quién sabe!, tal vez ha decidido ya hacer exactamente eso…
——
* Profesor de desarrollo económico y teoría monetaria en la Universidad Federal de Río de Janeiro.
Fue uno de los fundadores de la Campaña Desempleo Cero en Brasil.
En www.sinpermiso.info —traducción de Miguel de Puñoenrostro,

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