Oct 6 2017
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Política

Lenguas minoritarias y diglosia

Te preguntarás, avisado lector, por qué escribo esta crónica sobre un tema específico y de tan poca actualidad para quienes manejan la res pública y la cosa mediática. Bueno, porque es parte de inquietudes inspiradas, quizá, en la opción de pertenecer a la inmensa minoría y no a la pequeña mayoría vociferante. Pues en la vida social también habitan, y a menudo se contraponen, el microcosmos y el macrocosmos.

En un mundo que persigue la uniformidad cacofónica y ramplona, donde el paradigma es vestirse igual, escuchar la misma música, opinar según lo que dice el canal de mayor rating (estoy empleando el estereotipo al uso), hablar como hablan los otros, saltar al ritmo del tambor dirigente, optar por lo minoritario parece necedad mayor. Muchos, tantos, sugieren ser “universales” o se ufanan de “cosmopolitas”. A esta última categoría se refería Camilo José Cela, nuestro Nobel gallego de 1989, diciendo: “cosmopolita es aquel que mora en los hoteles”.

Yo prefiero los hogares, es decir, esos espacios insuperables donde, según su etimología, “se conserva el fuego”; del latín “fogar”. Cientos de miles de años tardaron los homínidos en atesorar las brasas hospitalarias, y acuñar, al mismo tiempo, las palabras con que nominarían su intimidad, el entorno y el vasto mundo, tallando con llamas y vocales sus cosmogonías. Ahí nacieron, probablemente, las lenguas y luego los idiomas; con literatura oral, primero, a cargo de las mujeres, que traspasaban la cultura y los conocimientos de supervivencia en forma de coloquios; luego, con la reciente invención de la imprenta, a cargo de los varones, medio formidable para el progreso y para la dominación por medio de la palabra.Resultado de imagen para lenguas minoritarias

Los nacionalismos, que mucho repugnan a Fernando Savater y a otros conocidos “cosmopolitas”, tienen, para mí, un aspecto positivo en la batalla, quizá de antemano perdida, que libran para defender sus particularidades y diferencias frente a un proceso avasallador y, al parecer, sin retorno. Por lo tanto, constituyen una quimera, como afirma, rotundamente, un pariente consanguíneo. Me aferro a esta ilusión en el modesto frente de batalla de las lenguas que luchan por sobrevivir, mientras escucho los cantos mortecinos de las ya abatidas en nuestro largo y enjuto Chile: chono, selknam, kawésqar, yagán; las por acallar en breve: quechua, mapudungun, aimara y rapanui.

Yo, hijo de la Hispania multicultural, que algunos tratan de reducir a plaza de toros, cancha de fútbol “real-madrileña” o “colmao” flamenco, encaucé mis afanes en la preservación de la lengua gallega. (“Allá usted con sus locuras, hijo”, hubiese dicho mi abuela Ramírez Salinas, emparentada con los Ahumada abulenses, hermanos sanguíneos y espirituales de Teresa de Ávila).

Vamos ahora a lo nuestro.

El concepto de lengua minoritaria se asigna a un idioma hablado por un pequeño número de usuarios en una comunidad determinada. El término lengua “minorizada”, se aplica a las que padecen mengua en su mantenimiento y posible extensión, debido al apremio, a menudo incontrarrestable, que ejerce la lengua dominante, tanto a través de los hablantes como del aparato burocrático y académico del Estado. En todo caso, ambos conceptos no son equivalentes, pues no siempre una lengua minorizada es minoritaria, aunque se encamine a ello. Sin embargo, en la mayor parte de los casos hace referencia a lenguas amenazadas, utilizando “minorizada” como uno de tantos eufemismos empleados por los poderes hegemónicos para reducir y luego aplastar las particularidades culturales.

Resultado de imagen para lenguas minoritariasAyer, lo hizo el Imperio (Isabel la Católica, Felipe II); luego, el totalitarismo militar-eclesiástico (Francisco Franco), prohibiendo, mediante drásticas penas, el uso público de las lenguas vernáculas, en beneficio del castellano (español), como idioma único. Hoy, este proceso, aún más avasallador que el anterior, es promovido, de manera consciente o inconsciente, por la globalización, que actúa como aplanadora sobre las culturas más débiles. Los especialistas estiman que cerca de diez mil lenguas minoritarias desaparecerán por completo, de aquí al año 2050. Es una constatación tan probable como el derretimiento de los glaciares y el aumento del volumen de los océanos.

En la época del dictador gallego se colgaban letreros en las escuelas y lugares de concurrencia masiva, con expresiones tan gráficas como esta: “No sea rústico, hable el idioma de los caballeros (no se mencionaba a las damas, claro): el Castellano”. Y se cometía aberraciones tales como introducir en las escuelas rurales de Galicia a maestros traídos de Andalucía, para que enseñasen a los niños galego falantes el rotundo idioma imperial. Alfonso Castelao recoge, en de geniale caricatura, una anécdota decidora al respecto:

El profesor andaluz pregunta a un niño gallego de nueve o diez años de edad, con esa característica prosodia de los hijos de Al Andalus, que se comen las eses y las eles finales (sí, como nosotros, los chilenos):

-¿Cuántoh añoh tieneh tú, chaval?

El niño gallego piensa un instante, tratando de descifrar la pregunta que no entiende, para responderle, en la única lengua que conoce y ha mamado desde sus primeros días:Resultado de imagen para lenguas minoritarias

-Na miña casa non temos años, senón dúas ovellas. (En mi casa no tenemos corderos, sino dos ovejas).

Año, en idioma gallego, significa cordero; procede del latín “agnus”. Dado que el gallego es una lengua menos evolucionada que otras romances, su sintaxis se halla más cerca del idioma que extendieron en Occidente los romanos.

El caso trazado por el hijo de Rianxo, Daniel Alfonso Castelao Rodríguez, clarifica, mejor que una cátedra universitaria, lo que significa la diglosia, esto es, la convivencia, a menudo forzosa, de dos lenguas (di = dos; glosia = lengua), donde una de ellas prevalece, deturpando a la otra, desnaturalizándola hasta llegar, como en muchos casos, a absorberla para siempre. Este es un proceso que se ha repetido a lo largo de la historia, dinámico e inexorable, como lo son la decrepitud y la muerte. Aunque así como el ser humano lucha contra la enfermedad, puede y debe hacerlo para preservar valores y tesoros culturales en riesgo de perecer bajo la ceniza del olvido o la bota del poder de turno.

Conviene tener presente que la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales, donde se establece que son lenguas minoritarias “las no oficiales del Estado” o, si lo son, se encuentran en franco deterioro. Por ejemplo, el idioma catalán puede ser considerado como lengua minoritaria con respecto a la Península española, sin serlo en su territorio, como lengua habitual de unos 4,4 millones de personas; además, son capaces de hablarlo unos 7,7 millones y es comprendido por cerca de 10,5 millones de personas, adicionalmente quienes habitan territorios más o menos cercanos a la región autonómica de Cataluña.

El gallego o galego es una lengua romance (derivada del latín vulgar), del subgrupo galaico-portugués, que dio origen a la lengua portuguesa, como bien lo afirma el gran poeta luso del siglo XVI, Lluis de Camoens, en su epopeya Os Luisíadas, hablada principalmente en la comunidad autonómica de Galicia. Se estima en tres millones el universo de sus hablantes, aunque quienes lo escriben corresponderían a un tercio de esta cifra. Para los españoles castellano-hablantes no se hace muy difícil el entendimiento del gallego, por su cercanía con el portugués y con la lengua de Castilla, aunque sea más complicado acceder a sus formas escritas más refinadas. También se hablan diferentes variedades del gallego en las comarcas del Bierzo y en Sanabria.

Tal como ocurre en Cataluña, el gallego está definido como su idioma propio y tiene carácter oficial, junto al castellano (castelán), así establecido en el Estatuto de Autonomía de Galicia.

Resultado de imagen para lenguas minoritariasNo obstante, como suele ocurrir con muchos textos constitucionales, a menudo los hechos y situaciones de la vida social y cotidiana ponen en entredicho las mejores intenciones del legislador. Porque estimar en un nivel de igualdad de derechos, en un territorio acotado, a una lengua mayoritaria y universal, como el castellano, respecto del catalán o del vascuence o del gallego, resulta un claro despropósito. Sería como articular una carrera entre un potro de fina sangre y un pequeño caballo de tiro.

Al respecto, las aspiraciones más avanzadas (o radicales) de los defensores de las lenguas vernáculas peninsulares, es inducir el empleo y utilización de estas lenguas en la enseñanza escolar, impartiendo todas las asignaturas en la lengua materna, para lograr así un cierto equilibrio lingüístico con el idioma más fuerte, en este caso, el castellano o español, propuesta que no ha sido aceptada por los poderes centrales ni autonómicos, en ninguno de los tres casos. Por lo tanto, los hablantes más jóvenes solo reciben la enseñanza de la lengua nacional como otra más de sus asignaturas, sin experimentar la necesidad real de hablarla en todos los ámbitos de la vida, donde es mayor el prestigio de la lengua de Cervantes.

Xesús Alonso

Quizá en Cataluña este fenómeno sea menos corrosivo, porque las capas medias de la sociedad catalana, su burguesía o hidalguía acomodada, nunca despreciaron el uso del catalán, como sí ocurriera, durante siglos, en Galicia, donde el uso masivo y constante del idioma propio quedaba circunscrito al pueblo campesino y marinero. El caso de Rosalía de Castro nos ilustra bien en este sentido. Ella, la principal figura del Rexurdimento, no hablaba la lengua gallega, porque en su casa de hidalgos nadie lo hacía; aquel idioma era el medio de comunicación de la servidumbre y del campesinado. Ahora bien, como poeta excelsa que ve donde otros no ven, Rosalía descubrió la riqueza del galego y fue capaz de hacerlo florecer, luego de cuatro siglos de oscurantismo, dando a luz, en 1865, Cantares Gallegos.

La imagen que encabeza esta crónica es la de Xesús Alonso Montero, maestro a quien conocí en Santiago de Compostela. Él, con el concurso de Paulina Valente y mío, tradujo el célebre poema de Manuel Curros Enríquez, “Do mar pola orela”, a cuarenta lenguas minoritarias, incluyendo el mapudungun, gracias al aporte de Leonel Lienlaf, poeta mapuche. Se publicó un pequeño libro con esos versos vibrantes.

El testimonio de Alonso Montero cierra, de la mejor manera posible, este escrito.

“Aprendí el gallego en la aldea, con nueve años. Mi padre y mi madre hablaban gallego entre sí, pero a nosotros se dirigían en castellano, la lengua de los ricos. Recuerdo que tuve muchos problemas con mis congéneres cuando salíamos al recreo o íbamos a cazar pájaros o a buscar nidos. Los amigos se metían conmigo porque tenía un gallego castellanizado. Pero no porque fueran nacionalistas. No. Ellos entendían que yo, hijo de labrador, que andaba con zuecos y pantalón remendado como ellos, no tenía derecho a hablar la lengua del hijo del médico”.

“Mis padres eran labradores de la zona del Ribeiro y, para mejorar mínimamente de fortuna, pusieron una taberna en Vigo. La idea era volver a la aldea cuando las cosas fueran mejor, tener unas cuantas viñas más y ser un poco menos humildes en aquel tiempo de miseria”.

“Para que vayan cachando”, como se dice en lenguaje coloquial, una antigua expresión de origen gallego, incorporada al léxico chileno, aunque se atribuya, equivocadamente, a un dicho estadounidense, o “gringo”, si se quiere…

Sí, porque han de saber ustedes que el verbo “cachar” es contar los animales que entran a la majada, observando sus cachas, es decir, el costado visible de sus grupas, por quien realiza el escrutinio, cada tarde, para no perder ese escurridizo patrimonio que se mueve en cuatro patas.

Después de todo, el universo de las palabras es más grande que todos los Estados de la Tierra, y más amable, aun cuando no conviene olvidar el terrible aserto de Bertoldt Brecht: “La palabra es el peligro de los peligros para el hombre”. Cierto. Ahí están, pendiendo sobre nosotros, desde Caín y Abel, esas verbas odio: muerte, guerra fratricida, a las que oponemos luz, poesía, libertad…

Es, asimismo, la más entrañable de todas las patrias, como lo afirmara, ha mucho, Wolfgang Goethe(1).

Notas
1: A Goethe se atribuye el aserto: “La Patria es la Lengua”. Esta misma expresión la repiten Hannah Arendt y Alfonso Castelao.

*Publicado en Politika

 

 

 

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