Abr 4 2015
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Política

Reflexiones ante la Cumbre de las Américas en Panamá

Deben estar contentos los que se lamentaban, hace unos diez años, que los Estados Unidos habían “abandonado” su interés por América Latina en aras de ponerle atención a lo que sucedía en el Medio Oriente. La nueva Cumbre de las Américas, a realizarse próximamente en Panamá, es buen momento para reflexionar sobre esto.

La elección de Barack Obama en 2009 abrió, para muchos, la esperanza de una nueva era de relaciones América Latina-Estados Unidos. La Cumbre que se realizó en Trinidad y Tobago apenas tres meses después de su toma de posesión pareció confirmarlo cuando se refirió a ello explícitamente, y apenas un poco después que, en Honduras, la presión había logrado lo hasta entonces impensable: que la OEA reconociera que había metido la pata expulsando a Cuba y la invitara para que regresara al organismo.

Todo parecía miel sobre hojuelas.Obama Emperador

Lo que se venía gestando, sin embargo, era una nueva forma de actuar en política internacional, distinta a la del impresentable George Bush pero persiguiendo los mismos objetivos de siempre. Se trataba del poder blando (soft power), una puesta a tono, acorde con los nuevos tiempos, de las estrategias de dominación norteamericanas.

En efecto, los Estados Unidos, atentos como siempre a la evolución del mundo, dieron un salto de calidad al comprobar el importantísimo papel de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, y el consenso al que se arribó, luego de la caída del Muro de Berlín, en torno a los mecanismos de la democracia burguesa.

La política del soft power es suave solamente para los Estados Unidos, porque quienes la sufren se ven envueltos en actos tan violentos o más que los que antes se perpetraban en nombre de la libertad y la democracia. Inteligente Obama y su administración, actúan en la sombra y azuzan a otros para que sean los que pongan la cara.

Es la política que ha prevalecido desde entonces y, poco a poco, se ha ido develando el guion que se aplica. Las llamadas “revoluciones de colores” y su accionar en América Latina lo han ido poniendo en evidencia. Cuando es necesario, sin embargo, no se descarta el zarpazo tradicional, aunque con variantes, porque ahora los Estados Unidos no intervienen directamente sino delegan su papel en fuerzas “democráticas” que, ni cortas ni perezosas, asumen el papel alegremente. Para ejemplos, recuérdese Ucrania, Honduras y Paraguay.

No solo en su política hacia América Latina hubo un cambio y, también, decepción. Hacia el mismo interior de los Estados Unidos Obama y su administración se transformaron en una desilusión, sobre todo para millones que vieron en su elección una posibilidad para reivindicar a los secularmente postergados y marginados. Su toma de posesión fue un ejemplo de esa esperanza que los alumbraba, los rostros iluminados y expectantes de jóvenes, negros, latinos y minorías sexuales que acudieron en masa a Washington y que, apenas un poco antes, lo vitorearon en la plaza Milenium en Chicago.

Hoy, un Obama avejentado, que parece esperar con ansias el término de su segundo mandato, se presenta en una nueva edición de la Cumbre de las Américas. Tiene en su agenda latinoamericana varios puntos: la Alianza del Pacífico (venida a menos después de la vuelta de tuerca de China en la Cumbre Asía-Pacífico del año pasado); los esfuerzos por reanudar relaciones diplomáticas con Cuba y su cada vez más intransigente política hacia Venezuela. De la prosperidad que se proclama en el nombre de la Cumbre nada, es solamente un subterfugio más, un enunciado vacío como tantos otros.

En relación con Venezuela y Cuba, a una se le ofrece el garrote y a la otra la zanahoria. Efectivamente, se trata de diferentes estrategias para conseguir lo que siempre ha buscado, hacer prevalecer sus intereses. Sorprende a ambos países en un momento que no es el mejor para las opciones nacional-populares y revolucionarias, que se han visto debilitadas después de la muerte de Hugo Chávez y la caída del precio de las materias primas.

Se avecina, pues, una Cumbre de tiras y encoges en la que se evidenciará el estado en el que se encuentra el reacomodo de las fuerzas políticas en América Latina.

*Presidente AUNA-Costa Rica

Addendo

No al libre comercio

no al alcaJUAN J.PAZ Y MIÑO| En contraste con los propósitos de la I Cumbre, la VII debería ser la oportunidad para comenzar a denunciar los tratados de libre comercio que sigue impulsando tanto EE.UU. como Europa, y que se imponen sin contemplaciones.

En enero de 1994 entró en vigencia el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) entre Canadá, EE.UU. y México. Bajo esa inspiración, en diciembre del mismo año se reunió la I Cumbre de las Américas en Miami, que pretendió lograr la constitución del ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas), un sueño impulsado por  EE.UU. desde la I Conferencia Interamericana en 1890, que derivó en la creación de la Unión Panamericana (1910), antecesora de la OEA (1948).

Para disgusto de EE.UU., el sueño del ALCA flaqueó desde la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela (1999-2013). Este Presidente fue pionero en cuestionar los tratados de libre comercio, de manera que en la Cumbre Extraordinaria realizada en Monterrey (México) en enero de 2004, se acordó flexibilizar la propuesta. Pero en diciembre del mismo año, Venezuela y Cuba dieron origen al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), una propuesta de integración ajena al “libre” comercio y enfocada a la soberanía latinoamericana, la erradicación de la pobreza y la construcción de sociedades equitativas, justas y con nuevas democracias.

Sin embargo, solo a partir de 2003 comenzaron a sucederse otros gobiernos de nueva izquierda (Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Nicaragua y relativamente Chile), de modo que en la IV Cumbre realizada en Mar del Plata (Argentina) en noviembre de 2005, el ALCA fue cuestionada, ante el asombro del presidente George W. Bush (2001-2009). La V (2009) y la VI Cumbre (2012) dieron un giro a las cuestiones americanas y fue el presidente ecuatoriano Rafael Correa quien encabezó una posición radical para América Latina: no asistiría a una nueva cumbre, si otra vez se excluía a Cuba.

Entre el 10 y 11 de abril se realizará en Panamá la VII Cumbre de las Américas, a la que asistirán unos 35 jefes de Estado y de gobierno. Está de por medio un doble y reciente cambio en la geopolítica continental: de una parte, EE.UU. y Cuba han iniciado un proceso de acercamiento que con seguridad terminará con el bloqueo a la isla; y, de otra parte, Venezuela ha sido considerada como una “amenaza” a la seguridad del mismo EE.UU.

Aunque la VII Cumbre ha planteado como tema central Prosperidad con Equidad: El Desafío de Cooperación en las Américas, es seguro que también será un foro en el cual se advertirá el nuevo papel que ha comenzado a jugar en el continente la propia América Latina, en nada dispuesta a seguir soportando antiguas políticas imperialistas que afecten a su soberanía, dignidad y democracia.

En contraste con los propósitos de la I Cumbre, la VII debería ser la oportunidad para comenzar a denunciar los tratados de libre comercio que sigue impulsando tanto EE.UU. como Europa, y que se imponen sin contemplaciones. Ecuador suscribió en 2014 el tratado comercial con Europa. Se negoció sobre la base de lo que Colombia y Perú ya suscribieron. Y eso resulta grave para Ecuador, pues se afectan áreas muy sensibles en compras públicas, servicios y, sobre todo, propiedad intelectual.

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