May 23 2012
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OpiniónPolítica

Romney, matonaje y memoria

Cuando supe que Mitt Romney¬† hab√≠a llevado a cabo, a los 18 a√Īos, actos de matonaje contra un compa√Īero de curso, lo primero que me vino a la memoria, como seguramente les sucedi√≥ a muchos otros lectores de la noticia, fueron mis propias experiencias con este tipo de asalto, como v√≠ctima y tambi√©n como practicante. Ninguna de ellas alcanz√≥ la brutalidad con que obr√≥ el presunto candidato presidencial republicano, pero abren una eventual ventana sobre este tipo de incidente, la posibilidad de entender quiz√° sus alcances.

Fue en 1953 y en Nueva York que adquir√≠, a los once a√Īos, conciencia de lo que significa el bullying, palabra de moda ahora en los Estados Unidos para denunciar las agresiones malignas que sufren j√≥venes de sus semejantes en los lugares p√ļblicos. En ese entonces, sin embargo, tales embestidas eran consideradas naturales, y quienes recib√≠an el maltrato deb√≠an, muy simplemente, aguantar, y jam√°s protestar ni menos avisar a las autoridades acerca de esa especie de ataque.

As√≠ que aguant√©, qu√© le iba a hacer. No le cont√© a nadie que en Dalton, el colegio particular y exclusivo en Manhattan al que me hab√≠a trasladado cuando nos mudamos despu√©s de cinco a√Īos en Queens, era yo el objeto de constantes arremetidas de parte de una pandilla de compa√Īeros de curso. Por suerte, no fueron asaltos f√≠sicos (esos vendr√≠an m√°s tarde, en Chile), pero las palabras (acompa√Īadas de empujones y codazos y acorralamientos) pueden herir m√°s que un pu√Īete o una cachetada. Creo que lo que m√°s me dol√≠a era sentirme extranjero, que no se me recibiera como un miembro ordinario y normal del grupo. Porque era, en efecto, extranjero. Aunque mi ingl√©s era perfecto, sab√≠an aquellos muchachos que hab√≠a nacido yo en la Argentina y de las simpat√≠as de mi padre por el comunismo y enemigo, en consecuencia, del pueblo norteamericano. Y por cierto que a los machitos que me persegu√≠an no les gustaba mi personalidad desbordante de energ√≠a e ideas estrafalarias, mis aspavientos y jactancias, mis oscilaciones entre la sonrisa gregaria y la introspecci√≥n art√≠stica.

El peor de todos era un chico al que llamar√© Johnny. Era el m√°s peque√Īo de la jaur√≠a: pecoso, simp√°tico, regordete, pero agraciado con una lengua de v√≠bora que siempre atinaba qu√© decir para dar en la herida y echarle sal. Era el m√°s peque√Īo, digo, y tal vez por eso, una tarde, cuando sal√≠ del colegio y me lo top√© y me comenz√≥ a insultar y yo me fui por la calle 89 hacia Central Park donde deb√≠a tomar el bus de vuelta a casa y √©l no cej√≥, continu√≥ detr√°s de m√≠, jugando con mi nombre ‚Äďno te deber√≠as llamar Vlady, sino Bloody, o mejor Lady, eres una lady, una mujercita, you‚Äôre not a man you‚Äôre a lady. Y justo antes de llegar a la esquina, de pronto algo se quebr√≥ dentro de m√≠ y me di media vuelta y lo tir√© al suelo y me mont√© encima de √©l y le apret√© los dos brazos contra el pavimento duro de Nueva York y le exig√≠ que se tragara sus palabras, que prometiera nunca m√°s atormentarme.

No lo quiso hacer.

Lo tuve ah√≠ largos minutos, acezando de ferocidad, sin aliento los dos, √©l de espaldas y yo encima de √©l, incapaz de movernos. Recuerdo una se√Īora que pas√≥ por la calle y que se detuvo por unos instantes, mir√°ndonos, recuerdo su cara de p√°jaro, sus ojos preocupados detr√°s de anteojos min√ļsculos de abuelita, recuerdo que finalmente, sin decir una palabra, sigui√≥ su camino.

Fue suficiente para que yo me viera como ella me estaba viendo: como un matón, alguien que estaba abrumando a otro ser humano, simplemente porque era más fuerte.

Intent√© una √ļltima arremetida desesperada.

‚Äď¬ŅVas a dejarme tranquilo?
‚ÄďNo.

Johnny sab√≠a que no le iba a hacer da√Īo de verdad. Sab√≠a que en el fondo, y tambi√©n, por qu√© no reconocerlo, en la superficie de mi ser, era yo un chico pac√≠fico, de aquellos que tienen el cuidado de sacar de la casa un bicho o una ara√Īa para que recorriera en libertad su brev√≠sima vida. Johnny sab√≠a m√°s de m√≠ que yo mismo.

Me levant√©, temblando de rabia y verg√ľenza. Alcanc√© a espetarle unas amenazas in√ļtiles e idiotas ‚Äďbueno, ahora te das cuenta lo que te puede pasar si sigues jodi√©ndome‚Äď y me fui a casa, arrastrando mi fracaso y algo m√°s. Porque aprend√≠ en aquella peripecia una lecci√≥n que nunca se me olvid√≥: es terrible ser v√≠ctima pero mucho peor es convertir a otro ser humano en v√≠ctima, mucho peor es perpetrar contra un semejante lo que nos han hecho con alevos√≠a. No sugiero que me haya convertido en santo a los once a√Īos: quedaban por delante muchas d√©cadas de errores e imperfecciones y furor. Pero la revelaci√≥n que tuve en esa calle de Nueva York nunca me dej√≥: fue fundamental, creo, para prepararme para una vida dedicada a la no violencia, una vida que explorara c√≥mo podemos evitar los seres humanos convertirnos en nuestro enemigo.

¬ŅPor qu√© importa algo de esto para el caso de Mitt Romney?

El asalto suyo en contra del joven John Lorber, cort√°ndole el pelo con unas tijeras salvajes mientras un grupo de estudiantes inmovilizaban a su aullante v√≠ctima, es muy diferente de lo que yo sufr√≠ y diferente tambi√©n de lo que le inflig√≠ a aquel otro Johnny hace casi sesenta a√Īos. Se parece m√°s bien al tipo de ‚Äúlecci√≥n‚ÄĚ que los militares chilenos despu√©s del golpe de 1973 impon√≠an a los j√≥venes que llevaban la melena larga. Me acuerdo haber visto a las patrullas trozando con bayonetas los pelos de cualquier joven que ten√≠a el infortunio de parecerse a una mujer. Con mi propia mujer, Ang√©lica, presenciamos c√≥mo esos mismos soldados cercenaban los pantalones de chicas ‚Äďotro modo de avisarles que en el Chile de Pinochet, las mujeres deb√≠an llevar faldas y no vestirse como hombres, tal como los hombres deb√≠an tener el pelo compuesto y ordenado y rapado para que nadie pensara que eran maricones‚Äď. Los sexos separados y distantes, nada de ambig√ľedad, nada de cruces h√≠bridos o gen√©ricos. As√≠ que nada de extra√Īo que Romney ejerciera el mismo tipo de adiestramiento en el arte de ser ‚Äúhombre‚ÄĚ ‚Äďdespu√©s de todo, es lo que promete hacer con Ir√°n y cualquier otro pueblo d√≠scolo, es lo que propone hacer con los norteamericanos pobres, recortarles toda ayuda. Ayer, el pelo de los gay. Ma√Īana, los pelos del presupuesto‚Äď.

Eso no es una novedad, así que no me perturba especialmente.
Lo que me perturba es otra cosa, algo m√°s crucial.

A m√≠ no se me ha olvidado lo que pas√≥ sobre ese pavimento de la ciudad remota de Nueva York. Me vuelve a la memoria una y otra vez la c√≥lera m√≠a, el cuerpo de Johnny indefenso, la se√Īora que me mir√≥ y me devolvi√≥ la raz√≥n, la certeza de que no se puede combatir a los matones transform√°ndome en uno de ellos. Quisiera encontrar un d√≠a a Johnny para dec√≠rselo.

Romney dice no recordar el incidente.
Eso es lo m√°s grave.
Es probable que de veras no lo recuerde.
Eso es lo m√°s grave.

* Escritor chileno. Est√° por publicar el segundo volumen de sus memorias, Entre Sue√Īos y Traidores: un striptease del exilio.

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