Dic 28 2011
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Sociedad

También en democracia los presos mueren solos

Todos los presos son presos políticos afirman algunos anarquistas. Puede ser, y puede ser que por esas cosas políticas muchos que deberían conocer calabozos permanezcan apoltronados en sus respectivos domicilios o —si cargaron uniforme— vivan a costa de la ciudadanía en cómodos recintos de hospedaje, donde se los distingue con los grados de mando que ultrajaron. Pero los presos pobres, sin títulos ni insignias de mando, están condenados a morir solos.| MAGALÍ SILVEYRA.

En un excelente artículo, Gonzalo Bacigalupe se refiere a Los 80, serie de televisión cuya audiencia arrasó con toda medida; dice Bacigalupe: “…la trama en su conjunto, no sólo nos recuerda a un régimen militar y la policía represiva a través de la detención, el miedo, la autocensura, la tortura y la muerte, sino también por mostrar el tono autoritario que impregnó todas las instituciones sociales en esa época—familia, escuela y trabajo.”

La reseña concluye con una reflexión: “Sin embargo, hay todavía algunos que consideran estos hechos parte de una ficción, se minimizan, o justifican en nombre de la unidad nacional, el desarrollo económico, o cualquier otro objetivo utilitarista que justifica el legado atroz de los derechos humanos de la dictadura militar.”
(La nota puede leerse aquí).

¿Que a los parientes se les impida ver a uno de los suyos que agoniza no es un atentado a los derechos humanos?

Como tantas cosas corrientemente vinculadas a materias tales como economía, derechos laborales, política, seguridad en las calles, educación, salud, etc…, a poco rasguñar la superficie de esas preocupaciones descubrimos que en realidad todas son atalayas que descansan sobre una base al menos trizada: los derechos humanos irrespetados.

Cuando un obrero (¡no usemos más el eufemismo operario, por favor!) cae del andamio o lo aplasta el material de un terraplén mal calculado, el tema de la falta de seguridad que de inmediato se esgrime es en verdad un tema de agresión a sus derechos como trabajadores, y cuando se agreden esos derechos ¿estamos o no ante la violación de sus derechos humanos?

¿Como se puede definir si no es como violación de los derechos humanos el que algún decidido emprendedor quiera mantener encadenadas (con cadenas de acero) a las trabajadoras a sus bancos de trabajo mientras seleccionan frutas que luego serán, exportadas, “produce of Chile”?

Si se pretende represar el curso de ríos para en sus cauces cortados construir plantas generadoras de energía eléctrica, ¿se atenta o no se atenta contra quienes allí viven y trabajan por generaciones y quieren seguir haciéndolo? ¿Y vivir como se quiere, con las limitaciones que imponen las leyes, no se incluye entre los derechos humanos?

Dos violaciones a esos derechos no tienen perdón, a saber: aquella que impide a los jóvenes enfrentar su futuro con las herramientas necesarias —educación inequitativa, segregada, comercial—, y aquella que obliga a un ser humano a morir en soledad, mientras sus familiares son forzados a callar a pocos metros de la agonía. Es lo que sucedió con Félix Díaz.

Ocurrió un hecho que se encuadra en el segundo ejemplo el miércoles 28 de diciembre de 2011. En este caso no se está justificando “el legado atroz de los derechos humanos de la dictadura militar”; se lo esgrime. Y lo peor de todo es dónde: en el Hospital de Urgencia Asistencia Pública, más conocido como Posta Central, en la calle Portugal en el centro de la capital de Chile.

El padeciente (¿por qué los enfermos han de ser pacientes, si no tienen paz ni paciencia, solo padecen?) se encontraban en la unidad de tratamientos intensivos del renovado “nosocomio” (la Posta Central se funda en 1911 por el médico Alejandro del Río. Sus parientes debieron pedir en la dirección del establecimiento un pase que los autorizaba a visitarlo.

No pudieron. Dos guardias privados de una empresa de seguridad —las tareas de vigilancia y policía también se privatizan—, de apellidos Soto y Yoma, quizá ex uniformados, con prepotencia sarcástica les rompieron las autorizaciones en sus narices, y los retiraron del lugar. Puerta de por medio un hombre agonizaba.

Un hombre aquejado de un mal terminal; también una persona que tal vez cumplía condena por algún delito —menor, en todo caso, que ligarse para coaccionar, engañar, obligar y estafar a miles.

En los hospitales de Chile, en Santiago, San Antonio, Talca, etc…, ocurren “cosas raras”: se cambian guaguas [bebés] recién nacidas, se ingresa por una enfermedad y se los trata por otra, si se mueren es mala suerte, se practican abortos por embarazos inexistentes, se dejan enfermos por horas en los pasillos… Y ahora se obliga a los parientes —como a los parientes de Félix Díaz Bustamante— a no despedirse del que suponen partirá pronto.

Pero no tiene mayor importancia: se trata de gente pobre. Que descansen las autoridades.

Addenda
Recibida la queja apesadumbrada de los afectados, esta cronista intentó comunicarse con la Posta Central; llamamos a los teléfonos (Dirección) 281165, (Secretaria) 281163, (Enfermera Supervisora) 281076. No fue posible comunicarnos.

Horas después de los incidentes causados por los guardias, algunos parientes fueron autorizados a ver al que agoniza. Su cama es la número tres.

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