Feb 14 2012
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CulturaPolítica

The Southern Tiger: Ricardo Lagos, señorón del sur, no es el tigre

La historia de Ricardo Lagos Escobar (hay que poner el segundo apellido porque su hijo de igual nombre eligió también el camino de la política), dependiendo de quién la mire, es la historia de una frustración. Lo explicamos más adelante, no se preocupe.| CRISTIÁN JOEL SÁNCHEZ.*

 

Por ahora comenzamos diciendo que hasta hace poco el ex presidente se paseaba por EE.UU. dando conferencias y promoviendo su nuevo libro titulado The Southern Tiger (El tigre del sur), lo que motivó una entrevista realizada por CNN Noticias al ex mandatario.

 

Como el ensayo no fue publicado en castellano —se espera que en el futuro se haga la traducción al idioma que habla este felino sureño— no sabemos aún hacia dónde apunta el fondo de su contenido, aunque es posible vislumbrarlo ya que, grosso modo, conocemos bastante del tema porque su autor ha aparecido estos días profusamente en entrevistas de diarios y televisión promoviendo el texto.

 

El mismo título del libro —insisto: está en inglés— no es tampoco muy claro. ¿Quién es “el tigre del sur”? ¿El propio Lagos? Claro que no. Sería una petulancia cercana al ridículo y él mismo lo ha aclarado a los medios informativos.

 

En la entrevista que mencionamos, realizada en directo desde Nueva York por CNN Chile, se le planteó la pregunta acerca de lo extemporáneo del título, a lo que Ricardo Lagos, que es un hombre innegablemente astuto, entendiendo de inmediato la sutileza de la ironía, zanjó el asunto diciendo que había sido una idea del editor con la cual él no había estado de acuerdo, pero que con humildad había aceptado la decisión de tan poderoso librero. Habrá que creerle, ¿verdad?

 

Bueno, lo concreto es que el tigre del sur, ¡perdón! el ex presidente, abordó en esa entrevista una serie de temas, ninguno de los cuales es muy novedoso, pero adornándolos con algunas revelaciones que son sorprendentes, por decir lo menos.

 

A manera de ejemplo: cuando el entrevistador le hizo la pregunta del millón, la que todo Chile se hace, por qué la Concertación aceptó una transición a la democracia con todos los amarres que la dictadura impuso, entre estos el sistema binominal de elecciones que es el tema candente del momento, simplemente don Ricardo le cargó los dados a Patricio Aylwin.

 

Habló de una reunión de los dirigentes concertacionistas en 1989, después de la derrota de la dictadura, donde él, Lagos Escobar, le habría demandado a su colega democristiano la necesidad de no aceptar el fardo que el dictador ponía sobre los hombros de la coalición triunfante, ante lo cual Aylwin habría montado en cólera respondiendo de manera brusca, cosa poco común en el líder falangista según Lagos.

 

El argumento de Aylwin fue que no había condiciones para tales exigencias con Pinochet de comandante en jefe y que esas cosas se irían arreglando en el futuro ya que ese punto, lo del binominal, era algo en lo que el dictador había advertido que no iba a transar. Lagos, repito que según su relato, habría cerrado el asunto con una risita bonachona diciendo: “¡Pero, don Patricio, para qué se enoja!”. Textual de nuestro tigre en la entrevista televisiva ya citada.

 

Simpática anécdota… si no fuera porque la risita de Lagos y su “firmeza” para defender su postura ante el primer presidente de la Concertación, dejó a Chile más de 20 años amarrado a una manga de políticos aprovechadores e ineptos de los cuales la mayoría ciudadana no ha podido prescindir porque el sistema electoral no lo permite.

 

Fue una lástima que don Ricardo, frente al poderoso Aylwin, dueño de la Concertación, no levantara su dedo índice con la misma firmeza con que lo hizo en su célebre acusación a la dictadura. Hubiéramos esperado al menos su dedo del medio, aunque sólo hubiera sido a título de pequeño desquite.

 

Pero sigamos. Al comienzo dijimos que la figura de Lagos se fue convirtiendo para una parte importante de la opinión pública, en un lamentable frustre, en un líder pintado con acuarela al cual los chaparrones de la contingencia terminaron por desdibujar al punto de deambular hoy como un señorón de la política repartiendo consejos que nadie pide ni nadie quiere seguir.

 

La frustración nació de la gran esperanza que suscitó Ricardo Lagos como el primer presidente socialista después de Allende y el segundo en la historia de Chile, lo que hizo florecer enormes expectativas en un país que se había mamado ya dos presidentes democristianos que habían demostrado su inepcia ante los problemas de fondo que comenzaron a aparecer terminada la euforia provocada por la derrota de Pinochet.

 

Al asumir la presidencia Ricardo Lagos, hasta ese momento el dirigente con fama del más audaz en la lucha contra la dictadura, se vio enfrentado al dilema obligado que caracteriza a los gobernantes que viven momentos cruciales de la historia de un país, una disyuntiva que sólo tiene dos caminos, y donde no hay cabida para términos medios ni vacilaciones: “pasar piolas” en jerga juvenil, es decir lisa y llanamente formar el grueso montón de los mediocres calificados así por José Ingenieros, aquellos que no dejan huellas en los anales de los pueblos, o convertirse en líderes reales que se rebelen contra el destino que la inercia reserva a los timoratos.

 

“Pasar piola” es fácil. Basta agachar la testuz ante cualquier amago de tormenta y disculparse en la “falta de condiciones”, frase salvadora muy a mano de los pusilánimes al momento de justificar la cobardía. A lo sumo tomar el camino del medio, el de la ambigüedad, que es todavía peor porque conduce inevitablemente a la soledad, a la tierra de nadie.

 

Elegir el otro camino, el de la audacia, la opción del dirigente “que hace camino al andar”, requiere tener grandes cojones, enfrentar, incluso, riesgos que pueden significar muchas veces poner en juego también la vida, Si no lo cree, basta mirar los dos más grandes presidentes que ha tenido Chile: Balmaceda y Allende.

 

Justificar por qué no se optó por enfrentar la prepotencia del tirano derrotado en el plebiscito por el pueblo chileno, ha sido argumentado hasta la saciedad por la comparsa de dirigentes concertacionistas que tomaron las riendas del país al término del “régimen militar”, como se le llama a la tiranía en el eufemismo del gobierno derechista de Piñera. Entre estas justificaciones el temor a las armas militares, ha sido, sin duda, el principal.

 

¿Qué se temió en concreto? Obviamente que los militares retomaran el poder con un nuevo golpe de Estado. Pero, ¿es que en algún momento abandonaron de verdad el poder con todos los “amarres” con los que dejaron atadas las manos de la endeble democracia conquistada? La culpa de haber optado por el camino de la sumisión ante los militares resulta fácil descargarla sobre la Democracia Cristiana que fue la que gobernó los primeros diez años. Sin embargo, hay que tener cuidado con algunas sutilezas.

 

Recordar, por ejemplo, que la DC participó como cómplice y artífice del golpe de estado de 1973 y fue desde su nacimiento adversaria, y a veces enemiga, de la izquierda nacional e internacional.

 

Recordar también que al momento en que se produce la derrota plebiscitaria de la dictadura, el peligro de la izquierda revolucionaria estaba todavía plenamente latente, tan latente como lo estuvo con el triunfo de la Unidad Popular, lo que convertía a esta izquierda en un serio peligro para los “demócratas” que se aprestaban a tomar el poder tras el plebiscito.

 

Tener, entonces, los militares a mano para aplastar, aunque fuera otra vez al estilo 1973, una insurrección popular, más aún con los comunistas armados, era más que conveniente, aunque hubiera que contar con la tutela de Pinochet por algunos años. Ya las cosas “se irían arreglando en el futuro”, que fue la respuesta que Lagos atribuyó a Aylwin en la entrevista de la CNN.

 

El resto del paquete heredado de la dictadura, salvo los senadores designados y algunas otras “cositas”, calzaba también como anillo al dedo a los nuevos gobernantes, a todos, de socialistas reformistas a democristianos. En esta herencia no desdeñable se encontraba el sistema económico de libre mercado diseñado por los economistas de Pinochet e insertado en la globalización transnacional auspiciada desde Washington y que la Concertación aplicó disciplinadamente hasta el día mismo en que debió entregar el poder a Piñera.

 

Agregue usted también el sistema político binominal que le aseguraba a la Concertación su tajada parlamentaria además del bloqueo a cualquier intento de la izquierda de acceder al parlamento y mucho menos al gobierno.

 

Era entonces lógico que la democracia cristiana actuara en consecuencia y con visión de futuro al aceptar las condiciones draconianas del dictador para dejar el poder. La respuesta airada de Patricio Aylwin a la posibilidad de cuestionar esas condiciones tiene así su explicación. Pero en su caso, señor Lagos Escobar, que representaba —al menos en la teoría— las esperanzas de un pueblo que hasta ese momento había sacrificado mucha vidas y mucho dolor por un destino mejor que el que usted transó ese día, la historia hubiera esperado la firmeza y la consecuencia que hasta ese momento la trayectoria de su partido había puesto sobre sus hombros.

 

El título de su libro, que como es lógico no se refiere a su autor como el mismo lo reconoce, es el subterfugio de querer convencernos que gracias a los “milagros” de la Concertación hemos ascendido de jaguares a tigres[1] en el contexto económico mundial, y resulta tan fraudulenta como lo fue el propio gobierno de este señorón del sur que con su festiva anécdota intentara eludir el bulto a su claudicación histórica ese día del año 1989.

 

Cabe preguntarse, más de 20 años después, ¿hasta qué punto Ricardo Lagos estuvo dispuesto ese día a jugarse por parar no sólo las exigencias de la dictadura sino también las de su aliado falangista? ¿Habrá pasado por su mente la frase histórica de la Pasionaria, aquello que “más vale morir de pie que vivir de rodillas”?

 

Las rodillas tumefactas de nuestro “tigre de papel” son, sin duda, la mejor respuesta.

 

[1] En Chile no hay jaguares; tampoco tigres. El gran felino silvestre es el puma (en peligro de extinción).
——
* Escritor.

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