May 30 2012
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OpiniónSociedad

Tiempo de mediocres

En el mundo, sin duda alguna, ocurren fenómenos, algunos de ellos muy sutiles, otros abiertamente palmarios, que auguran de alguna manera que el statu quo social y político que se estableció a nivel internacional en los últimos 20 años, está cambiando paulatinamente a medida que cambia también la realidad económica planetaria. Es el calentamiento global, pero no de la atmósfera sino de los pueblos.| CRISTIÁN JOEL SÁNCHEZ.*

 

Es una tarea árida eso de conjeturar, ya lo hemos dicho en otros artículos, demasiado tentativa, incierta, pero ¡qué diablos! hay que hacerla.

 

No es necesario ir muy lejos porque nuestro propio calentamiento local —en Chile— amenaza con volver a subir la temperatura a los niveles del año anterior ahora que el estudiantado demostrara en sus últimas marchas que el espíritu insurrecto de los jóvenes está intacto, y que nuevos objetivos de protesta se incorporan en momentos especiales porque entramos en una carrera eleccionaria que ya no se detendrá hasta las presidenciales del próximo año.

 

Salvo para la patota de ineficientes que se instaló en el gobierno bajo el signo de la derecha, esta realidad no merece discusión. Es lo que hay, para usar la frase de moda, y de ello se habla, se discute y se analiza en abundancia. Creo, sin embargo, que lo necesario y urgente, por complejo que resulte, no es lucubrar acerca del momento, sino intentar pronosticar lo que ocurrirá a un plazo relativamente corto si consideramos que esas elecciones anunciadas están ad portas, y que dada la realidad que enfrentamos, serán de una importancia especial.

 

No soy para esto nada de original —aunque es notorio que, quizás de manera deliberada, pocos se atreven a profetizar escenarios que vayan más allá de la contingencia—. Para algunos sólo se trata de sentarse pacientemente a esperar a que se marchen los ineptos, al estilo de Job, ese viejo del mito bíblico que inaugurara la tribu de los sumisos. Puede ser. Si para Gardel 20 años era nada, para nosotros soportar otros dos años no sería tanto.

 

Sin embargo, existe un “pequeño” detalle que hace inviable sentarse en la puerta a ver pasar el cadáver político de la derecha: tal es que finalizado los dos años simplemente no nos espera nada, no tenemos nada, no surgirá nada. Así de desesperanzador e incierto es nuestro futuro.

 

¿Amargo? No, amigo lector, simplemente realista porque el meollo del asunto es saber qué hacemos después. A menos que usted considere que la llegada de Michelle Bachelet pueda cambiar en algo este destino desolador del que no nos hemos podido sacudir en 20 años de Concertación ni en estos últimos dos en que han gobernado los idiotas.

 

Un momento sin precedentes en la historia

 

Durante toda la historia de las luchas político-sociales de la humanidad, los movimientos y los partidos de vanguardia habían ido desplegando un trabajo arduo, paciente, para convencer a las mayorías de las virtudes que traían aparejados los grandes cambios que impulsaban el progreso de la sociedad. Cuando por fin lo lograban, cuando aunaban a las mayorías tras de sí, sobrevenía el salto histórico conseguido de tan trabajosa manera.

 

Era hasta ahora lo lógico: un pequeño grupo de iluminatis y detrás la gran masa reacia al cambio, pero que terminaba por seguir a esos que el marxismo gustaba de llamar “la vanguardia”. Así ha ocurrido siempre.

 

O mejor dicho, así había ocurrido siempre. Pero hoy a nivel planetario, aparece una singularidad asombrosa, inédita, no consignada en el pasado de la sociedad humana: tenemos, al revés de la racionalidad habida hasta hoy en la historia, una gran mayoría indignada, hastiada de la podredumbre que corrompe la superestructura que maneja al mundo, convencida que esto no puede continuar, que hay que cambiarlo forzosa e inevitablemente…

 

Pero, ¡oh, sorpresa de la vida! no tenemos la vanguardia, no tenemos el partido, ni siquiera al líder, y mucho menos el sostén ideológico capaz de encauzar en una propuesta coherente y confiable los anhelos de estas mayorías. Nadie duda que estas masas serían una poderosa base para barrer con la mafia putrefacta de los políticos de todos los pelajes que han ido expoliando por turno a las mayorías desamparadas. Pero he aquí la pregunta maldita: ¿reemplazarlos por quiénes?

 

En el caso de Chile algunos, los más ilusos, aseguran que a corto plazo tendrá que nacer un líder, un mesías, que canalizará en una propuesta política el anhelo popular que estremece al país de norte a sur, de cordillera a mar. Otros, un poco más mesurados, pero también con más deseos que objetividad, piensan que del levantamiento social surgirá, como resultado inevitable de la dialéctica social, un movimiento político —para no llamarlo “partido” dada la urticaria que eso provoca— que agrupará bajo un objetivo estratégico a estas masas que hoy expresan de manera espontánea sus ansias de cambios profundos en los destinos del país.

 

Tenemos, sin embargo, que volver a la pregunta: ¿en torno a qué ideas se va estructurar ese teórico movimiento? ¿bajo cuál proyecto de cambios económicos y sociales que deben ser ineludiblemente profundos, revolucionarios —aunque la palabra asuste todavía a muchos— porque el enfermo ya no se cura con las yerbitas paliativas que nos trajo la Concertación después de la dictadura?

 

“Siempre hay mediocres. Son perennes.” Es una de las tantas frases con las que José Ingenieros ornamentó su célebre libro El Hombre Mediocre. ¿Se acuerda usted de él? ¿No? Bueno, no importa porque lo que quiero rescatar de su obra es sólo la antinomia que hizo entre la gran masa de los mediocres, timoratos, reacios a los cambios, temerosos de avanzar, y que son la mayoría en las sociedades, y por otro lado los que él llamó idealistas, la muy pequeña minoría de los hombres que van a la vanguardia, los inconformistas que avizoran siempre más allá y que hacen avanzar a la rémora de los mediocres haciendo progresar al mundo.

 

A estas alturas usted pensará que este articulista está “peinando la muñeca” y se saltó a hablarnos de Ingenieros a propósito de escopeta. No, querido lector, no se trata de ningún “piñerazo”. Lo que pasa es que me valgo de su libro, cuya idea desarrollara también Ortega y Gasset en su Rebelión de las Masas, para remarcar lo insólito que ocurre en nuestros tiempos y que seguramente hace que ambos filósofos “exijan una explicación” en sus respectivas tumbas.

 

¿Razones? Simplemente por lo que dijimos más arriba: hoy los “iluminatis”, esa pequeña minoría de idealistas de la que nos hablara José Ingenieros se han convertido en la gran mayoría, son los que marchan en Madrid, en Atenas, en Aysén, en la Alameda, en Lisboa y hasta en Wall Street.
Y los mediocres, señalados así por don José como la gran masa de la sociedad, son ahora apenas un grupito minoritario de corruptos, sin capacidad de ofrecer un camino nuevo como debería ser su papel de dirigentes según el esquema del escritor argentino.

 

Si no lo cree, haga un recorrido con su ojos comenzando en La Moneda para terminar en la punta izquierda donde Teillier aparece colgando de un cacho.

 

Para terminar de escanciarle este cáliz amargo que, como el gran ingenuo de Getsemaní, no podrá usted apartar, déjeme poner el colofón citando a Francisco Vidal, el ex ministro y vocero de Bachelet. El nunca fue un santito de mis devociones. Tanto física como intelectualmente, siempre me pareció un juglar regordete, rozagante, destinado a divertir a la corte, esperando verlo en cualquier momento saltar a la palestra y soltar un pedo como su mejor gracia en su calidad de saltimbanqui de la reina Michelle.

 

Pero fíjese usted que en estos días en que ha aparecido entrevistado en varios sitios, ha logrado hilvanar algunas ideas coherentes que me han dejado pasmado. Por ejemplo, ha remarcado una gran verdad que es de Perogrullo, pero que pocos se atreven a reconocer: pase lo que pase con la indignación colectiva, sin importar la envergadura de las marchas y el tiempo en que éstas se prolonguen, al final inevitablemente continuarán los mismos políticos al frente del escenario, disputándose con las mismas malas artes el mango de la sartén donde se fríen las esperanzas del pueblo.

 

Dijo, textual, que los estudiantes podrán seguir indefinidamente con una marcha mensual, una rutina, aplanando las calles, pero nada va a cambiar, ni siquiera concediéndole cabida a la famosa frase de Di Lampedusa, descartándolo por tarado.

 

Y agregó algo más: antes de la inscripción obligatoria, sólo poco más del 50% de los tres quintiles más bajos de la sociedad en cuanto a ingresos, estaban inscritos. En tanto que el 94% de la parte más alta del cuarto quintil, la mal llamada clase media acomodada, más el quinto tramo, el de los poderosos, en donde se incluye a ese 1% que se embolsa el 40% de las riquezas de Chile, estaban inscritos.

 

Hoy son todos “democráticamente” votantes, al menos en teoría. Pero salvo que surja un referente político nuevo, creíble, confiable, con líderes de iguales características, el día de las elecciones la gran masa de los indignados, y más aún los estudiantes, no se levantarán esa mañana a votar, y el destino del país quedará más que nunca en manos de los que saldrán presurosos de sus madrigueras de oro a elegir a la misma minoría de corruptos a los que la gran masa quiere desplazar.

 

Cierto, el juglar (o bufón) tiene toda la razón como ocurría en las cortes de antaño: si este escenario persiste tenemos mediocres para rato, lo mismo si gana la Gordi, “Pepe Grillo” Goldborn, o cualquiera de los desvergonzados que han comido de la torta por partes iguales todo este tiempo.

 

¿Qué hacer, entonces? No lo sé, mi amigo, y le pido disculpas si llegó usted leyendo hasta aquí sólo porque creyó que podría yo tener, si no la panacea, alguna idea novedosa para sacar al burro del pantano. Yo sólo he cumplido con inquietarlo, con amargarle el día dejándole a usted el estruje de neuronas. Pero no se gaste porque por mucho que baraje usted el naipe, cualquier carta que saque será siempre un fiasco.

 

Eso es todo, mi amigo… ¡Ah, y no se olvide de ir a la próxima marcha! ¿Cuál, dice usted? No importa, siempre hay una.
——
* Escritor.

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