Mar 20 2018
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Cultura

Un hermoso lugar donde nada crece

Mi vida como fotógrafo ha tenido altibajos, más puntos bajos que altos, diría yo, más imágenes movidas, veladas, fuera de foco, mal encuadradas, sombrías o saturadas de luz, pobres y sin interés; nunca termino de aprender el oficio, no sus detalles sino el conjunto, y lo más penoso es que no puedo darme por vencido y a veces pienso que voy a morir entre una mala foto y otra peor. Pero sigo haciendo clic.

El mundo debe ser hermoso, hay que decirlo, y presionar el obturador es una tentación irresistible; no culpo al mundo de las deformidades y claroscuros, la responsabilidad es de la máquina y quien la ocupa, la culpa es de este oficio que no logro dominar. Me pregunto cómo lucirán las imágenes si un día adquiero los conocimientos que me faltan, la destreza técnica que se necesita.

*

Voy por ahí pulsando el obturador como si todo fuera cosa de suerte. Siempre es bueno mentirse un poco. Hacía tiempo que seguía a Pedro. No podía apartarme de su lado como si fuera una estrella de Hollywood y yo un paparazzi fantasma. Lo cierto es que él era un empleado raso. Para que vean: se llamaba Pedro y le decían Peter, y también le decían Facha porque se compraba ropa de marca. Eso era todo.

Lo seguía a sol y sombra haciendo clic, lo seguía como si alguna vez fuera a conseguir mi gran foto o una secuencia con los temblores del alma universal. Hacía clic, y ya van viendo por dónde andaba. Digo que se llamaba Pedro, le decían Peter y lo que hacía en la vida no me resultaba nada de claro, debe ser porque las fotos me salían movidas o fuera de foco. Yo hacía clic.

Tenía una novia en la misma empresa, que por reglamento interno prohibía meterse con alguien de adentro. Pero todos miraban para el lado. Una de esas empresas que intermedian en el mercado de valores. Una empresa, pienso yo, donde la lógica de castas funcionaba de manera explícita y sin cuestionamientos. Un área llamada Front Office era la zona de las estrellas: los traders. Esos jóvenes que operaban en el mercado a través de sus terminales de negociación y por las pantallas veían pasar cifras astronómicas que los hacían sentirse muy importantes y mejores que los demás.

Yo circulaba por ahí, digo. Haciendo clic. Luego del Front Office venía el Middle Office, un Purgatorio si lo ponemos en términos escatológicos; y por último un Back Office, la sección encargada de ordenar la casa después de la fiesta en los mercados financieros. Del Front al Back los sueldos caían en picada y por supuesto sólo los traders recibían los llamados bonos de negocio, pues sólo ellos, en esa lógica de castas de que vengo hablando en el siglo veintiuno, eran quienes cerraban o abrochaban los negocios, hablando en el lenguaje de este mismo siglo.
Pero bueno.

*

Digo entonces que le decían Peter, y digo que su novia trabajaba en el Purgatorio, por lo que algunas compañeras le insinuaban que se merecía algo mejor que el Facha, a pesar de sus corbatas finas y las chaquetas importadas en las que se gastaba el sueldo. Porque el Facha, hay que decirlo, los servía a todos, del Front al Back. En las fotos se me aparecía como un descastado, alguien al margen y sin embargo en contacto directo con toda la pirámide, desde el director que le pedía favores personales hasta el último peón del Back, Horacio, con quien salía a tomar cerveza el día de pago.

No es posible tener fotos de ello, pero el reflejo onírico de su situación era ese sueño que le contó a su novia, donde su trabajo consistía en recoger muestras fecales de cada una de las secciones –Front, Middle y Back– y analizarlas con algún propósito oscuro. Los sueños suelen ser oscuros y esto lo sabe cualquier fotógrafo que haga clic.

*

Su enemigo número uno era la secretaria y recepcionista. Su nombre era Bienvenida, no es broma. Podría haber puesto en circulación el segundo, pero ése era Paspasia. Entonces pedía que la llamaran Benco, que puede sonar a marca de lavadoras pero quizás le daba un toque chic. Nunca se sabe. Era la amante establecida de un amigo personal del director. Invertía el sueldo en su propio cuerpo. Un verano implantes mamarios. Al siguiente el culo y la cintura. Tengo fotos. Al tercer verano se largó porque ya no necesitaba el trabajo de secretaria. Antes de irse organizó una rifa solidaria con el pretexto de ayudar en los gastos para la cirugía de una hija y con el dinero reunido se fue de viaje a la Isla de Pascua. De vez en cuando pasaba como si nada por la empresa, dando muestras elocuentes de que la prostitución metódica es una de las pocas vías de ascenso social.

Odiaba al Facha, ya se dijo. Lo encontraba último, o sea, flojo. Era de la opinión de que los pobres eran pobres por ser flojos, así que el mundo estaba perfectamente organizado con hombres responsables y exigentes en la cúspide y una tropa de vagos como Pedro al fondo. Me da una pena esa niñita, comentaba por lo bajo cuando lo veía en el pasillo junto a su novia del Middle Office. También guardo fotos de todo aquello.

*

Seguía al Facha como si fuera una estrella de rock, un príncipe o un emperador, y hacía clic. No me importaba su mala fama ni el desprecio de los traders disimulado en la falsa confianza del trato. Lo seguía, repitiéndome que el oficio se templa en la calle, en el trajín, sin prejuicios sobre lo que merece y no merece caer preso de una lente. Era una pasión abierta, en aumento, y pienso que tomó un color distinto cuando ocurrió aquello que hizo cambiar su vida y también la de Karina, su novia del Purgatorio. Y de paso la mía.

Eso de que hablo, a ver si me entienden, tiene que ver con un concepto, la zona de confort, y me parece necesario explicarlo un poco. Preferiría las imágenes, pero exige ser contado con palabras.

*

Sucedió que una vez fueron invitados por la empresa a una charla o workshop, como los llaman, sobre esa idea de la que no habían escuchado antes. Decir que al Facha lo llevaron a la fuerza suena un tanto brusco, sin embargo, uno podría pensar que las formas de coacción a comienzos de este siglo son tan sutiles como eficientes, y hasta podría pensarse que estamos cerca del control mental. Nunca se sabe.

Para que vayan entendiendo, la zona de confort es un estado en el que se vive sin ansiedad ni sentido del riesgo, atrapado en una rutina sin sobresaltos pero también sin incentivos. Un hermoso lugar donde nada crece, dijo el conferenciante. Por lo tanto, había que dar el salto y salir de ahí. A Karina la recorrió un estremecimiento al oír que uno podía conocer al amor de su vida si dejaba la zona de confort. Yo hice clic. El Facha pensó que le hablaban sólo a él apuntándolo con el índice como el Tío Sam. Hice clic, clic, clic. Quizás estaba cerca de captar el alma universal, y por eso me tomé una selfie.

*

Digo que a esa charla fueron todos los del Front y todos los del Middle y todos los del Back, porque era obligatorio. Digo que fui con mi máquina y estuve haciendo clic. Digo varias cosas. Por ejemplo, que Karina estaba fascinada, pues todo lo que oliera a desarrollo personal, espiritualidad e incluso chamanismo la atraía como si se tratara del verdadero mundo que se afanan en ocultarnos. Digo que vi a Horacio desmadejado en una silla plegable, con el mismo pantalón lustroso de mugre y la indiferencia con que partía a trabajar un día tras otro. Digo que su puesto en la empresa pendía de un hilo, pero no lo echaban por su habilidad con las planillas electrónicas. Digo que esas planillas parecían los chuzos y palas del siglo veintiuno. En las fotos, digo.

*

Después de la charla vino el descalabro de imágenes, ese caos que todavía intento poner en secuencia, mañosamente tal vez. Si pudiera exhibirlas juntas quizás revelarían un orden secreto. Por ejemplo, esa primera imagen donde Karina se da el gusto de viajar a la gala del Festival de Viña. Hablo de esa noche de alfombra roja, desfile de famosos, televisión, etc. Nunca antes había ido y ella siente, en esta foto, que se ha ganado el derecho a encandilarse con el espectáculo de vestidos largos y flashes. Yo no la seguía a ella, seguía a Pedro. Pedro era la estela de un cometa y aquí el cometa es Karina, que se siente con todo el derecho. Diría que se siente un sujeto de derechos. Ese sujeto de derechos percibe su capricho por asistir a la gala del Festival como un paso para salir de la zona de confort. Un paso para dejar el eterno Purgatorio del Middle Office y otro paso, se entiende, para dejar al huevón último de Pedro, como diría la secretaria de la empresa.

*

Karina es un cometa. El Facha es la cola. Todo cometa necesita una cola o estela; esto es un axioma de la física más elemental y no hay razonamiento que valga para derribarlo en esta imagen, la segunda. No hay lugar para preguntas como: ¿Por qué ese sujeto de derechos de nombre Karina no suelta de una vez por todas al Facha, sino que lo zarandea por sus caprichos como si quisiera vengar la humillación de emparejarse con un descastado?

Visto entonces que una de las claves para salir de la zona de confort es “hacer cosas locas”, como experimentar estilos de baile que no vayan con la propia personalidad, en esta imagen que tengo a mano Karina lo arrastra primero a unas clases de pasodoble y luego lo compromete a bailar con ella, en la fiesta de la empresa, Paquito el chocolatero del valenciano Gustavo Pascual Falcó, en presencia de todos los empleados, del Front a Back Office.

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En la tercera imagen yo diría que no se ve por dónde Horacio pueda salir de la zona de confort. Está con el Facha en el bar de siempre, el día de pago. Ya no vomita despecho por esa mujer que lo botó como a un perro. Para alivio del Facha no se oye su sonsonete quejumbroso. En realidad, parece al borde de la desesperación, con un aire casi patibulario. Está pidiéndole dinero prestado. Un montón de dinero. No las cifras siderales de los traders, pero una cantidad que el Facha no tendría cómo conseguir de forma honesta. Horacio lo presiente y la desesperación se lo está comiendo vivo. Lo más preocupante y sospechoso para su amigo es la promesa de reintegrarle el préstamo al día siguiente con un cincuenta por ciento de interés. ¿En qué negocio anda éste?, se pregunta el Facha. Pero la pregunta no aparece en la foto.

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La siguiente imagen, en cambio, despierta una serie de preguntas, por ejemplo: ¿Vive el director de una empresa que intermedia en el mercado de valores dentro o fuera de la zona de confort? O esta otra: ¿Lo aparta de esa zona o lo mete en ella enterarse de que le han robado un cheque, han falsificado su firma y lo han cobrado por caja?

Para Benco, que aún no viaja a la Isla de Pascua, el único sospechoso es el Facha, encargado de la mayoría de los trámites y papeleos. A sugerencia de ella el director lo cita a su oficina para hablar en privado. La puerta se cierra y Benco queda del lado exterior. Como sujeto de derechos, ella se considera con derecho a oír y gozar de esa conversación en que el delincuente del Facha será descubierto y tendrá que defenderse en los tribunales. Pero el director, viejo zorro, le muestra al Facha el cheque adulterado. La letra de Horacio, el Facha la reconoce enseguida. Está familiarizado con esa caligrafía deplorable de las papeletas que transitan del Front al Back y viceversa. ¿Lo entrego o no lo entrego?, parece preguntarse en la foto, acaso para salir de la zona de confort. Decide enseñarle una serie de papeles donde figura la letra de distintos empleados, y que el director juzgue por sí mismo. Cuando comparan la de Horacio con la del cheque no quedan dudas. El Facha se retira. Llaman a Horacio a la oficina. El director y el jefe de recursos humanos lo enfrentan con su caligrafía convulsa. El hombre del Back Office lo niega todo por instinto, pero ante la amenaza de llamar a la Policía de Investigaciones y someter su letra al examen de un perito calígrafo, confiesa. Le ofrecen la renuncia inmediata para ahorrarse un juicio. Horacio firma la hoja que le ponen al frente.

*

Si hubiera que poner aquí una imagen final, para mí que es ésta. Está velada. Hay que adivinar qué o quiénes son esas sombras entre fogonazos de luz. Podría ser cualquier cosa. Un pasillo, una zona del Front o del Back Office, un sueño… Cualquier cosa. Igual tiene su encanto. Si me piden un nombre yo diría que es la zona de confort. Pero insisto que podría ser cualquier cosa. Cualquiera. Incluso los temblores del alma universal.

*Publicado por Politika

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