Dic 27 2011
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Una historia triste sobre un número y la memoria

Cuando María Luisa Ortiz me pidió contar la historia de este número “recuperado”, comencé a buscar información sobre el lugar. Oficialmente, el número asignado al Cuartel Borgoño era el “1470”, y así aparece consignado en documentos varios del Archivo Vicaría de la Solidaridad, Codepu, Fasic y otros organismos de memoria y derechos humanos.| PATRICIA PARGA-VEGA.*

Quiero aclarar este aspecto, porque las dependencias del Cuartel Borgoño, ocupaban toda la manzana y el número que recuperamos con mi padre es el que correspondía al loteo de la calle General Borgoño esquina Prieto, el número 1290.
 
El caluroso verano de 1997, forzó a mi padre y a mí a caminar por la vereda maldita, para escapar al calor calcinante que abrazaba la ciudad… Maldita, así le llamaba yo a la vereda de la calle Borgoño que albergaba las dependencias del Centro de torturas de la Dina/CNI. A pocos metros de ese lugar mi hermano, Leonardo Patricio Parga fue ejecutado por la espalda por una patrulla militar el 14 de septiembre de 1973.
 
Sin embargo, por esos días ya no había militares armados custodiando el recinto, ni entraba o salían autos sin patentes a toda velocidad, pero los vecinos aún escuchaban los gritos que durante más de 15 años dejaron testimonio del horror que se vivía en toda la manzana.

Los muros de adobe y las ventanas tapiadas con listones de madera, dejaban entrever el trabajo de las máquinas y buldózer que se empeñaban en arrasar la memoria y trabajaban determinadas a borrar todo vestigio que pudiera probar que la vida de cientos de compatriotas dejó allí su último respiro y esperanza.
 
Eran cerca de las dos de la tarde, la hora del almuerzo y la siesta, también del descanso de los obreros que estaban en la obra; fue un instinto callado que nos prendió al unísono a mi padre y a mí. La complicidad que une a un padre y a su hija a no permitir que el olvido se instalase en nuestras vidas, así, casi sin hablar y tras una mirada cómplice, me encaramé —no sin poca dificultad y con la ayuda paterna— en el muro de tierra cocida típico de las construcciones del barrio.

El número de madera estaba ahí, pidiendo a gritos, que era la forma que había aprendido a vivir, que lo libráramos de una destrucción inminente. Mis manos se aferraron a él y forceje un momento con el muro, mientras a hurtadillas miraba en ambas direcciones temiendo ser sorprendida por los guardias del recinto de la Policía de Investigaciones que se encontraba algunos metros más al este.
 
¡Los segundos pueden parecer una eternidad cuando se acomete una tarea de esta índole! Finalmente, los gruesos y oxidados clavos cedieron con trozos de muro y el número de madera quedó libre en mis manos. Tan rápido como me había encaramado salté a tierra firme y comenzamos a correr con mi papá a través de un par de calles. La carrera, acompañada de risas nerviosas, terminó en la puerta de la casa paterna; entramos bebimos un gran vaso de agua fresca y nos quedamos en silencio contemplando nuestro trofeo depositado sobre la mesa del comedor.
 
Siempre me dije que este número lo donaría cuando en Chile se abriera un museo para conservar la memoria de los horrorosos crímenes de la dictadura. El número me acompañó varios años y atravesó el Atlántico haciendo parte de mis pertenencias más preciadas, y luciendo siempre en mi biblioteca personal para curiosidad de quienes me visitaban.

Cuando fui contactada para ceder los derechos del documental sobre Joan Alsina al Museo de la Memoria y los Derechos humanos, me dije: esta es la oportunidad de contar la triste historia de este número, en memoria de los hombres y mujeres que perdieron la vida en este siniestro lugar, en memoria de mi hermano y por la memoria de mis hijos y las nuevas generaciones, para que nunca más.
 
Bruselas 8 de diciembre de 2011.
 
* Periodista. Reside en Bélgica.

Addenda
Patricia Parga recordó a Leonardo, su hermano menor, con una carta —que él nunca podrá recibir— publicada en la revista Piel de Lopardo, posteriormente integrada a este portal; esa misiva se lee aquí.
No puede haber olvido sin perdón, y no puede haber perdón si no hay arrepentimiento del culpable. Ni el perdón es juego de niños ni la memoria un método para aherrojar el pasado para después mejor olvidarlo.

Addenda II
En calle Borgoño Nº 1470, Santiago, se ubicaba la sede central del mando operativo de los servicios de seguridad de la dictadura y fue ampliamente usado como centro de detención y tortura. Con anterioridad, este inmueble, con salida a avenida Santa María, albergaba dependencias del Servicio Nacional de Salud.

Las primeras informaciones acerca del nuevo uso asignado a este inmueble datan de mayo de 1977. Este cuartel era conocido por los agentes de seguridad con el nombre de “Casa de la Risa”. Aquí tenían su base de operaciones las unidades especializadas en el MIR y más tarde el FPMR.

Según la mayoría de los testimonios, los detenidos pasaban casi la totalidad del tiempo en un sótano del edificio, que cuenta con una sala de recepción, una sala para exámenes médicos, una pieza donde se fotografía y toman las huellas digitales a los detenidos, una pieza de interrogatorio y tortura, celdas individuales y un baño con duchas.

Arriba hay un cuarto dotado de equipos de sonido y vídeo. Desde sus celdas los detenidos escuchaban ruidos similares a los que se producen en una oficina. La sala de interrogatorio y tortura estaba dotada del equipo necesario, somieres metálicos, sillas, generadores eléctricos, picanas y electrodos. La sala de filmación está condicionada con cajas de huevos vacías con el propósito de ínsonorizarla, y es bastante grande.

El detenido al llegar era examinado por un médico, quien preguntaba por enfermedades que ha tenido, ausculta y examina en forma superficial. En ocasiones le recomendaba que colaborara en los interrogatorios. En algunos casos inyecto y/o dio algún remedio. Si la tortura producía efectos considerados de riesgo, el médico era llamado para reanimar a la persona y determina si se suspende o se continúa la tortura.
Más información en el portal Memoria viva

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