Mar 5 2012
1331 lecturas

OpiniónSociedad

Venezuela y el cáncer del socialismo

La situación cada vez más tensa que se vive en Chile —que no tiene señales de amainar mientras sean los sectores más reaccionarios los que gobiernen— nos ha hecho posponer lo que está ocurriendo en el resto del mundo, o al menos en nuestra América Latina con la que hemos compartido siempre un destino común, haya sido éste aciago o venturoso.| CRISTIÁN JOEL SÁNCHEZ.*

 

La realidad continental de los últimos meses vive una especie de statu quo, como si de pronto la dinámica —que fuera hasta cierto punto vertiginosa— del renacer de las esperanzas en brazos del pensamiento bolivariano, se hubiera tomado un descanso luego que gran parte de los países del territorio común viraran hacia la izquierda en brazos de líderes y movimientos que renuevan las expectativas que alguna vez ofreciera el socialismo.

 

Venezuela es, sin discusión, el baluarte de los nuevos tiempos, no sólo simbólico, sino que también porque brinda ayuda concreta al resto de las experiencias triunfantes o en vías de serlo en el resto del continente. De ahí la incertidumbre —que de manera soterrada alcanza a veces el grado de angustiosa zozobra— que invade hoy a su pueblo y en general a las fuerza progresistas de América Latina, por la enfermedad de oscuro pronóstico que aqueja al comandante Hugo Chávez desde hace algún tiempo.

 

Enfrentados a considerar las reales probabilidades que, como cualquier ser humano, tiene el presidente Chávez de superar esta afección juzgada un azote todavía insoluble de la humanidad, queremos ponernos aquí, quizás con objetiva frialdad, ante las circunstancias que el día de mañana, en un espacio breve de tiempo, la revolución bolivariana deba enfrentar las vicisitudes que signifiquen la ausencia de un hombre que fuera elevado a la categoría de líder único de un proceso tan trascendente como lo es el que vive Venezuela.

 

Precisamente a esta realidad es a la que queremos referirnos, a la presencia de una sola figura que simboliza y concita en sí mismo todo lo bueno y todo lo malo de una revolución, que ha amarrado a su destino personal el destino de un proceso que es la gran esperanza de su pueblo. Ha sido, una vez más, la debilidad no superada por los movimientos actuales que intentan revivir las sendas socialistas en un mundo donde el fracaso social y económico del capitalismo es un hecho incuestionable.

 

Nadie puede negar que vivimos un tiempo en que los pueblos vuelven otra vez la vista a un sistema, el socialismo, que es intrínsecamente justo y factible, capaz de asegurar a los seres humanos una sociedad libre de explotación y miseria. Sin embargo, a raíz de los aciagos momentos que vive el líder de la revolución venezolana, se hace preciso recordar que en el fondo de estos aparentes nuevos tiempos, subyacen muchos vicios, muchos errores, que de manera aun más destructiva que la propia labor de zapa que hiciera el imperialismo, terminaron por derrumbar de manera catastrófica el socialismo del siglo XX.

 

Dicho ya en otros artículos de este columnista, en la no despreciable lista de trasgresiones al socialismo cometidas por la dirigencia de los movimientos, partidos y gobiernos revolucionarios del siglo pasado, la megalomanía ambiciosa de quienes llegaron a convertirse más tarde en socialdictadores, destaca como una de las causas más abominable entre aquellas que terminaron derrumbando la gran esperanza gestada en una larga lucha de más de un siglo por las clases populares en el mundo.

 

Quizás si como ningún otro, el ejemplo de lo que hoy ocurre en Venezuela sea la más palmaria demostración de la torpeza como las fuerzas de la izquierda contemporáneas han eludido la autocrítica en éste y en otros aspectos de las lecciones que nos dejara la historia.

 

Discutir el papel, la necesidad y en especial los límites que debe tener la figura que encabeza una revolución, es el tema que de manera deliberada se ha soslayado, aplastado por los intereses del propio líder y por el coro servil de aduladores que crecen a la sombra del gran conductor.

 

Es necesario reconocer, si se quiere ser objetivo, que en la gestación y en los pasos iniciales de afianzamiento del poder que tienen los movimientos revolucionarios, la presencia de un conductor juega un papel importante por el instinto gregario natural que poseen las masas. Sin embargo, a poco andar, el ensalzamiento, el halago falaz y la incondicionalidad que, por desgracia, parecen ser condiciones sine qua non para la proyección del líder, terminan por deslizar imperceptiblemente el proceso hacia un terreno incierto, minado no por el enemigo común de rostro bien conocido, sino que por una inconsciente quinta columna representada por la miopía de dirigentes y dirigidos.

 

La racionalidad y la mesura que permiten graduar de manera objetiva los pasos que debe seguir un proceso de cambios profundos como es el socialismo, queda entonces circunscrito a la capacidad juiciosa de un solo hombre, el gran guía, que acosado por la apología que de él hacen las masas incitadas por los amanuenses —que muchas veces rayan en el endiosamiento— terminan precipitando al líder a un mesianismo cegador donde el riesgo principal es la destrucción del propio proceso revolucionario.

 

En diciembre del año 2007, a pocos días del primer referéndum que perdiera Hugo Chávez, escribí un artículo titulado “Una autocrítica necesaria”, publicado incluso en Venezuela, en donde abordé el mismo tema basándome en el grave error de la dirigencia del proceso bolivariano de incluir en la consulta una reforma que permitía a Chávez no sólo repostularse a la presidencia de la nación, sino que aumentar el tiempo de su mandato.

 

Dije ahí:
La propuesta de reforma constitucional sometida a la opinión del pueblo venezolano incluyó un artículo que jamás debió considerarse, no sólo por razones tácticas, sino porque era impresentable e injustificada desde el propio campo de la revolución bolivariana y de cualquier revolución. Tal fue la enmienda que permitía la reelección indefinida del presidente quien, además, aumentaba su mandato a siete años en cada periodo. Sonó feo, y eso deben reconocerlo los revolucionarios auténticos y honestos, empezando por el propio Presidente Chávez del cual jamás se podrá dudar de su vocación socialista.

 

Comencé ese escrito señalando mi firme condición de chavista desde este lejano Chile, en cuanto al gran papel jugado por el líder venezolano en la gestación y concreción de un proyecto revolucionario que trascendía mucho más allá de las fronteras de este país, querido de manera especial porque viví parte de mi exilio en su seno acogedor, admiración y cariño que reitero inalterable también en este momento.

 

Decía ahí, sin embargo, que el traspié del gobierno en ese referéndum, que hasta ese momento había derrotado una y otra vez, sin apelación, a las fuerzas reaccionaria de la oligarquía en todos los terrenos, incluso en los intentos de golpe armado como el de abril de 2002, ese fracaso electoral, digo, radicaba en la reiteración de los fatales desaciertos de la experiencia mundial del socialismo de supeditar el destino de los procesos a la figura de un solo hombre sobre el cual pendía no sólo la posibilidad cierta de caer en la megalomanía provocada por el culto a la personalidad, sino que también a otros imponderables entre los cuales estaba… la desaparición prematura por motivos naturales de quien ejercía el mandato unipersonal del proceso, es decir su muerte.

 

Lo dijimos así:
“…es también justo exigir de un hombre con mentalidad revolucionaria, un estadista de la talla de Hugo Chávez, luchar precisamente para que los destinos de un proceso de la envergadura nacional e internacional como el bolivariano, no esté sujeto al destino personal del líder sobre cuya cabeza pende no sólo la permanente amenaza de un magnicidio que la CIA y el Departamento de Estado de Norteamérica no dudará en utilizar en cuanto se presente la ocasión, sino que un desenlace biológico normal en el que la muerte debe estar siempre considerada como posibilidad ineludible”.

 

No me agrada el papel de pitoniso porque no creo en ellos sino en la racionalidad objetiva del ser humano con la cual se puede tentativamente prever los hechos, más aún si se utiliza la experiencia como principal antecedente.

 

Cuando aparece ese artículo, diciembre de 2007, la enfermedad del comandante Chávez no existía. Al menos no se conocía aunque probablemente ya estaba reptando maligna por su organismo. Mi crítica fraternal de entonces por el error cometido en ese referéndum, pero sobre todo la advertencia de los peligros a los que se enfrentan las revoluciones que se juegan su destino a una sola carta, cobran hoy, por desgracia, una dramática vigencia.

 

Lo lamentable, una vez más, es que la conducción unipersonal del proceso, con una figura central detrás de la cual se desdibujan muchos hombres de igual valor y capacidad, pero oscurecidos por la sombra del líder, tiene hoy a la revolución bolivariana, se diga lo que se diga, sumida en un futuro incierto si el cáncer que aqueja a su líder termina implacablemente ganando la batalla. Aunque deseamos profundamente que el presidente Chávez supere este momento y termine victorioso su lucha contra el mal, deseamos aun más, querido lector de Chile o de la patria de Bolívar, que esta amarga experiencia sea por fin asimilada a la hora de decidir los destinos de cualquier revolución.

 

Hugo Chávez, ayudado por los avances de la medicina, tiene grandes expectativas para remontar el daño cancerígeno que lo atribula. El socialismo, en cambio, continúa perdiendo la batalla contra sus propios errores, un cáncer que, al menos hasta ahora, lo tiene confinado en la UTI de la historia.
——
* Escritor.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

2 Comentários - Añadir comentario

Comentarios

  1. Mario Enrique
    6 marzo 2012 17:54

    Por lo tanto hay que crear postulados que lo superen.

  2. LOUIS
    6 marzo 2012 19:35

    HUGO CHAVEZ
    es un lider evidente para el pueblo venezolano, un lider para los politicos visionarios de la region, Chavez sabe plantearles su postura, pero el no es un lider para los pueblos desde Rio Grande hasta las Antarticas Arenas. Pues aun falta el lider y que pronto se integrara que equilibre los discursos aun cargados de un pensamiento occidental que evidentemente hace tabla raza todavia de los equilibrios del pensamiento indigena, en la realidad cotidiana como en la realidad incluso cientifica en donde este debe rapidamente integrarse,como la unica honestidad no politica de nuestro continente. Quizas como sugerencia creo que podria haber existido como lider si no hubiera sido asesinado el ex Presidente Allende. Si, bien digo, asesinado.