Ago 23 2012
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CulturaSociedad

Virginia Vidal* / La huella de los huesos

Mujer de Calama
con tu memoria
haremos la siembra
para la historia.
Mujer de Calama
cerca del fuego
tejiendo madejas
con los recuerdos.
Mujer de Calama
dile a tu sombra
que aunque no lo creas
nunca estás sola…

Víctor Manuel
 

 

Salir de Antofagasta, adentrarse en el desierto y ver ánimas y basura. Y plásticos, latas, botellas, mientras el vehículo traga distancia.
Siempre desierto degradado por la basura. Transformado en basural el desierto donde pena el √°nima del oro. Quietud mortal interrumpida muy de vez en cuando por un distante remolino de arena, cola del diablo que danza y danza y se alza al cielo.

 

Casitas mirmidonas a la vera del camino indican accidentes y muertes. El culto de las ánimas indica que las almas quedan vivas, eternas, merodeando en el lugar donde sus cuerpos les fueron arrebatados. Y pasan los vehículos y la mano de todo conductor se asoma para saludarlas.

 

Huella testigo de la pesquisa del agua.
Huella senda de pasos tenaces.
Huella apisonada por plantas enjutas.
Huella de empampados tragados por el horizonte.
Huella línea sutil de la obstinación.
Huella marca pasos en el sue√Īo de la veta inagotable.
Huella atraviesa la pampa yerma.

 

Viven en las piedras los nombres de las √°nimas de Top√°ter donde se hallaron sesenta bolsas de huesos de los asesinados por la Caravana de la Muerte.

 

Sobre un montículo de piedra se alza la cruz de homenaje a las ánimas de los empleados del Banco del Estado asesinados el nueve de marzo de 1981: el cajero Sergio Yánez Ayala y agente Guillermo Martínez Araya. A estos funcionarios, los agentes de la DINA les hicieron una cama de dinamita y la cal de sus huesos se entreveró con la arena del desierto.

 

El desierto ha sido desgarrado, hendido; sus monta√Īas descuartizadas, fracturadas. El hombre ha competido con los terremotos para abrirle grietas, rajos, fisuras, partirlo en rendijas, cavarle cuevas, dejarle tortas de ripio, monta√Īas de piedras picadas y, como en la guerra, desparramo de loza hecha a√Īicos y botellas quebradas.

 

‚ÄúAn√≠bal Pinto‚ÄĚ, ‚ÄúJos√© Santos Ossa‚ÄĚ: unos letreros en el camino advierten que all√≠ hubo oficinas del desierto implacable, no muy lejos emergen bastardas ruinas de adobe y costra de caliche pegada con barro, indicios de antiguos enclaves de producci√≥n salitrera.

 

Donde apenas unas murallas se elevan, estuvo Pueblo Hundido. Vestigios de una estación ferroviaria para el embarque de minerales; luego, con la combinación de otros ferrocarriles (Longitudinal Norte y de Potrerillos) se transformó derechamente en una estación de servicio al tráfico terrestre y alojamiento de pasajeros. Ni rastros del comercio: comercio de agua, de mujeres, de licores, de víveres, de fiesta.

 

¬ŅY la miner√≠a? ¬ŅQu√© sucedi√≥ en la relaci√≥n del asentamiento con el perfil productivo extractivo de la zona? Los ‚Äútitanes‚ÄĚ eran habilitadores y due√Īos de minas. Tampoco quedan se√Īas de edificios que ostentaran su opulencia. Los titanes de trastienda prove√≠an a las noches. Noches vivas, palpitantes de lujuria, ardientes de sed. Cada noche un mullido lecho para el minero que bajaba del cerro. Las s√°banas olorosas eran espejismo de abrigo y amor.

 

La noche mentía un lagunar de agua fresca para lavar el cuerpo aporreado, para refrescarlo de soles, entibiarlo de sombras gélidas y ronronearle dulces rumores que aventaran la soledad y el runruneo barredor del viento.

 

De antiguas civilizaciones prevalecen nobles ruinas que alucinan m√°rmoles labrados, azulejos, maderas incorruptibles. En cambio, en la pampa del Norte Mineral, apenas se sostienen paredes desbaratadas que ni siquiera cobijan fantasmas.

 

Los ojos llenos de desierto hasta avistar el Oasis de Calama. Este fue un antiguo tambo. Arrieros guapos, armados llegaban con los toros para el matadero, la carne indispensable para los trabajadores del mineral. Hab√≠a dos corrales; alrededor, una gran vega. Era puro verde, un oasis hasta los a√Īos sesentas. Alcantarillado, el crecimiento ca√≥tico de las poblaciones sec√≥ la vega. Hoy es la ciudad del pa√≠s con m√°s alta tasa de suicidio juvenil y en su plaza merodean los muchachos in esperanzas de seguir estudiando, de hallar trabajo, de divisar un destino.

 

A veces, el polvo remolinea, azota y envuelve. Perros vagos son due√Īos y se√Īores de la ciudad y atacan a mendigos inv√°lidos. M√°s que el polvo, contaminan los parlantes a todo volumen. All√≠ es posible conocer a cantidad de mujeres de trabajo, cocineras, empleadas, profesoras, vendedoras del mercado y de la feria: muchas quieren ser escritoras y van a talleres literarios, organizan tertulias y recitan sus versos.

 

Gracias a una mujer, ahora es posible saber algo m√°s de Calama y la huella.
Violeta Berr√≠os √Āguila sigue huellas, abre huellas.
No hay que conformarse con visitarla en su soledad de paredes cubiertas de fotografías donde se impone la muy desvaída de un joven sonriente: Mario, su marido.

 

‚ÄĒNo busco veta sino huesos. He movido rocas. Me he deslizado por las cuevas del Valle de la Luna. He palpado las arcillas del Valle de la Muerte.

 

En una foto, se la ve en cuclillas dentro de una cueva. La luz labra el Valle de la Luna, la arena lo bru√Īe.

 

‚ÄĒ¬ŅQu√© diligencia est√°s haciendo ahora?
‚ÄĒMa√Īana voy con la Vicky a entrevistarme con el ministro que llega a Calama… Necesitamos un helic√≥ptero, hacer un barrido a√©reo… Conseguimos el memorial en el cementerio. Todo lo hemos hecho rasgu√Īando con nuestras propias manos la tierra.

La Vicky es Victoria, hermana de Jos√©, el liceano fusilado. Antier fuimos a su casa a buscar ‚ÄúFlores en el Desierto‚ÄĚ, el libro de la fot√≥grafa estadounidense Paula Allen.

 

‚ÄĒ¬ŅHan conversado con ustedes muchos reporteros? De muchos medios deben de haber venido a verlas, a saber de sus vidas.
‚ÄĒNadie. S√≥lo √©sta fot√≥grafa ha estado junto a nosotras. Todo lo hemos hecho rasgu√Īando con nuestras propias manos. Jam√°s recibimos un veinte. Han escrito sobre esto periodistas que ni siquiera han hablado con nosotras. Nunca nos ha entrevistado nadie. Sacan los datos de la Vicar√≠a de la Solidaridad, del Comit√© de Defensa de los Derechos Humanos…

 

‚ÄĒ¬°No puede ser!
‚ÄĒAs√≠ es. Hasta Calama, hasta aqu√≠, nadie vino a reportear, a entrevistarnos a nosotras, a Leonilda, madre de Manuel; a Felisa; a Felipa, a Brunilda, a Fidelisa, madre de Milton; a Grimilda, a Sabina… a las madres y esposas de los veintis√©is ejecutados… Supieras lo que es ver a un muerto tan momificado como un atacame√Īo de hace mil a√Īos.
¬ę!Ah√≠ en el piquete de la mina La Tetera, en 1990, encontraron a uno que ten√≠a un enorme tajo en la cabeza, el cuerpo entero, como si hubiera muerto hac√≠a poco. Ten√≠a todo su pelo, pero le faltaban los ojos. Las manos las mandamos al Instituto M√©dico Legal para la identificaci√≥n. Supimos que era Luis Contreras Le√≥n, el marido de Felipa, siete meses despu√©s. Ah√≠ en la morgue, yo tuve que decidir c√≥mo se cortar√≠a para poder meterlo en el caj√≥n‚Ķ¬Ľ

 

Los arcaicos nombres de esas mujeres resuenan evocando reinas que no fueron, como salidas de un poema de Gabriela Mistral.

 

Es indispensable acompa√Īarla a la Fosa de Top√°ter, a quince kil√≥metros de Calama, cerca del camino a San Pedro de Atacama.

 

Una cruz met√°lica se yergue, pero lo que m√°s llama la atenci√≥n es una cruz de pe√Īascos irregulares que se extiende sobre el arenal. La cruz yace como un hombre con los brazos abiertos. Cada pe√Īasco tiene un nombre correspondiente a los ejecutados pol√≠ticos de Calama.

 

El crimen fue cometido el 19 de octubre de 1973 por la Caravana de la Muerte llegada en el helic√≥ptero Puma al mando del general Arellano Stark. Mientras √©ste recorr√≠a la mina de Chuquicamata acompa√Īado de sus subordinados sacaron de la prisi√≥n a trabajadores detenidos por carabineros como sospechosos sin cargos concretos. Se los llevaron para ser fusilados, cortados a corvo y diseminados en el desierto.

 

Eran trabajadores de la DuPont, la planta de explosivos; del mineral de Chuquicamata, un liceano, un periodista y abogado.

 

Carlos Berger Guralnik, un nombre familiar. Una vez anim√≥ a sus colegas para participar en un grupo de estudio en su casa, por las ma√Īanas. Reuniones antes de entrar en el trabajo, leer y comentar El Capital. Su cortes√≠a era admirable. Serv√≠a bebidas en bonitos vasos de colores. Cuando sac√≥ el t√≠tulo de abogado, Dora, su madre, invit√≥ a la cena a todos los colegas para celebrar…

 

Pero son veintiséis piedras, veintiséis nombres.

 

Haroldo Cabrera… Hace cuarenta a√Īos, reci√©n casado con la bosn√≠aca Majda. Lleg√≥ a la casa de unos chilenos, en Eslovaquia. Eran casi unos muchachos. Andaban de luna de miel. All√≠ alojaron, salieron a pasear a orillas del Danubio. Una noche fueron a tomar vino verde anunciado en la cantina con una bola de hojas de pino o, tal vez, a la Bodega de los Peque√Īos Franciscanos.

 

Despu√©s, Majda en Sarajevo, por all√° por 1975… Sus hijitos se negaban a hablar castellano.¬† D√≠as despu√©s del golpe, ella hab√≠a perdido al que estaba por dar a luz en el Estadio Nacional. Torturada…

 

Apenas dos seres tan diversos, cada uno con su propia luz. Dos de veintiséis.

‚ÄĒAqu√≠ se abri√≥ la fosa com√ļn. Sacamos sesenta y una bolsa de huesos. Pero de todos no se pudo componer a un solo esqueleto entero. De mi marido, s√≥lo se hall√≥ una mand√≠bula… De Haroldo Cabrera se identific√≥ un dedo que guardamos en un frasco de vidrio.
!¬ĽSe hallaron unos pedacitos de piel como c√°scaras de naranja resecas. S√≥lo se han identificado restos de restos, correspondientes a trece hombres. Y son veintis√©is¬Ľ.

 

Cielo sin nubes, un cielo que no conoce mariposas.

 

Mentira. Este no es el lugar com√ļn del paisaje lunar: es paisaje atacame√Īo. Un implacable viento golpea la cara con esquirlas de arenisca, se mete en las orejas, revuelve el pelo. El viento es una marea perpetua que azota fustigando con finos granos de chusca. Su oleaje aten√ļa un sol incapaz de parpadear.

‚ÄĒAqu√≠ estuvimos las mujeres paleando el desierto. Amontonamos las arenas resecas y d√≠a tras d√≠a fuimos dejando mont√≠culos calcinados. Ah√≠ est√°n.
‚ÄĒ¬ŅEst√°s muy cansada?
‚ÄĒNo somos cateadoras de ricos metales, no anduvimos rompiendo la costra para hallar salitre ni so√Īando panizos. Buscamos huesos. Los huesos de nuestros hombres. No s√≥lo he dejado los zapatos, sino el alma buscando esos huesos. Hay que romper la costra dura, harnear la tierra…
¬ęAqu√≠ debe alzarse el memorial. Sue√Īo con sembrar todo esto convertirlo en un jard√≠n con pimientos, unos bonitos cactos¬Ľ.

 

Mirar esa costra reseca, pura yesca, todos esos montones de arena y sentir que Violeta ayud√≥ a levantar excavando… Cuesta imaginar una despeinada ramaz√≥n. Pero ella es capaz de sembrar pimientos y hacerlos crecer. √Ārbol del desierto, milagro de la vida, rosa pimienta.

 

‚ÄĒ¬ŅNunca tuviste miedo de empamparte?
‚ÄĒYa estoy empampada. Para siempre. La pampa me llama. Sue√Īo en la noche lugares donde podr√≠an estar los huesos y no me siento contenta mientras no trato de descubrir ese lugar.

 

Para Violeta se secaron todos los pozos. Un eco grita por dentro: ¡oh, empampada, agonía de la sal, murió tu ojo de agua! Mal de ausencia y de lejanía.

 

Pero ¬Ņqu√© lejan√≠a si ignora la ubicaci√≥n del amado lejano? Muerto porque dicen que lo mataron, porque hay testigos. No basta. Ella quiere palpar sus huesos, identificar sus huesos, comprobar sus huesos.
Mirarla es presentir su belleza juvenil.

 

Treinta a√Īos no han desmerecido su silueta esbelta y √°gil. Se adivina la perfecci√≥n de sus huesos. Armonioso su rostro de p√≥mulos salientes envuelto de piel arrugada, arrugas no tanto de a√Īos sino de sequedad e intemperie, de sol ardiente. Cu√°ntas veces ha salido sin un yoqui, sin una chupalla que le proteja la cabeza.

 

‚ÄĒDisc√ļlpame el atrevimiento, pero ¬Ņno ha habido otro hombre fuera de‚Ķ?
‚ÄĒNunca volv√≠ a enamorarme. Ni siquiera lo pensaba, sumida en la indagaci√≥n. Un d√≠a me di cuenta. Se me hab√≠a pasado el tiempo y no me interesaba nada, sino hallarlos a todos.

 

En treinta a√Īos no ha sido envuelta por m√°s abrazo que el de alg√ļn remolino de arena, la cola del diablo.

 

Se puede dialogar por dentro:
‚ÄĒLos vas a hallar y vas a tener muchos intereses. Eres fresca como el agua.
‚ÄĒPura agua vieja, espejismo de sales, agua del tiempo.

 

De repente, Violeta habla:
‚ÄĒYa voy a cumplir treinta a√Īos aferrados a un solo empe√Īo. Cuesta levantarse despu√©s de cada desilusi√≥n. Me pierdo en un norte sin norte. ¬ŅSe dan cuenta? Se siente una paz. S√≥lo aqu√≠ hallo la paz verdadera. Cuando estoy muy cansada, a veces le digo a la Vicky: ‚Äú¬ŅVamos?‚ÄĚ Y nos venimos para ac√°. A descansar, no m√°s.

 

Violeta ha sacado las flores calcinadas y las ha amontonado en un hueco. Claveles retostados se pulverizan al contacto. Flores artificiales se desti√Īen con los tallos clavados en vasos llenos de arena.

 

‚ÄĒVamos a seguir buscando. Hay que cavar m√°s hondo.

 

Empapados de silencio, regresa la peque√Īa caravana. Ya se divisa el oasis de Calama cuando un veh√≠culo del GOPE (Grupo de Operaciones Especiales de Carabineros) la detiene.

‚ÄĒSe√Īora Violeta, la hemos estado buscando toda la ma√Īana.
‚ÄĒ¬ŅQu√© pas√≥?
‚ÄĒUn hallazgo. Vamos.
‚ÄĒYo ten√≠a cuatro a√Īos para el golpe. No tengo nada que ver con lo que pas√≥ (dice el capit√°n).
‚ÄĒ¬ŅC√≥mo los hallaron?
‚ÄĒ ‚ÄúCal‚ÄĚ, pues, √©l rastre√≥.

 

‚ÄúCal‚ÄĚ, h√©roe de la jornada, descubridor de los restos, tiene las patitas erosionadas. Violeta acaricia el perro.

 

Al fin, adentrarse por el sendero.

 

Ver tres montones de huesos tan blanqueados que se confunden con el suelo del desierto. Cae el sol a pique, cerca de las dos de la tarde.
Impresiona un cr√°neo en toda su redondez, pero horadado: el agujero resultante de un impacto de bala.

 

‚ÄĒ¬°Est√° perforado!
‚ÄĒTodos est√°n perforados ‚ÄĒdice el capit√°n Gerardo.

 

Violeta se cruza los brazos en el pecho como si abrazara a un fantasma.
‚ÄĒAqu√≠ estamos a cinco kil√≥metros de San Pedro de Atacama, en los sectores 1, 2, 3 y 4. Si se proyectan, llegamos a la fosa de la Quebrada de Los Buitres. Hubimos de cuadrar esta zona para el rastreo. En el cuarto sector que se investiga y al interior de Top√°ter hemos hecho el hallazgo.

 

‚ÄĒ¬ŅCon qui√©n estaba usted?
‚ÄĒCon un cabo de Carabineros m√°s cinco trabajadores al servicio de los tribunales de justicia que son dirigidos por un contratista calame√Īo. Y ‚ÄúCal‚ÄĚ, el ovejero alem√°n con adiestramiento para ubicar personas vivas y muertas.

 

Son cráneos, piezas dentales, costillas, vértebras, huesos largos de extremidades. La luz meridiana cae realzando los huesos opacos y borrándoles toda sombra.

 

Violeta, en cuclillas, toca amorosamente esos huesos; revisa un diente, lo acerca a una quijada. S√≥lo a ella, la √ļnica, se le ha permitido palpar los huesos. El capit√°n Gerardo dice que en medio de la busca han ocurrido otros hallazgos: un deportista calame√Īo desaparecido largos meses se hall√≥ en el fondo de una mina, asesinado; en otro lugar se descubri√≥ un pampino al que le hab√≠an arrancado una pierna…

 

Desde la misma Quebrada de Los Buitres,  llamar por celular a Santiago. Ubicar a un par de periodistas, contarles. Acogida más fría. Peor que si a las dos de esa tarde de noviembre de dos mil dos, proclamara estar viendo un OVNI.

 

Nancy, l√ļcida, dice escueta: si llegara a salir, ser√≠a un par de l√≠neas en alg√ļn diario… Esta no es noticia.

 

Tiempo después, volver donde Violeta.

 

‚ÄĒLa doctora Patricia, del Instituto M√©dico Legal se extra√Ī√≥ de lo bien conservados que estaban esos huesos, pero son de data muy antigua.
‚ÄĒ¬ŅY los cr√°neos perforados?
‚ÄĒOtros cr√≠menes. Otros asesinados en otra √©poca. Se pidi√≥ un juez especial. No lo obtuvimos. Vino el helic√≥ptero. Encontraron varios terrenos removidos. Como buscar una aguja en un pajar. Vamos a proseguir al t√©rmino del verano.
¬ęEstoy muy agotada. Ha sido un a√Īo muy intenso y muy tenso. Ahora tenemos que prepararnos para octubre. Se cumplen treinta a√Īos. Asegur√≥ su venida V√≠ctor Manuel que cre√≥ Mujer de Calama y la canta con Ana Bel√©n, su mujer.
¬ęTambi√©n vamos a arreglar la placa con los nombres de todos, en la Plaza, tal vez quedar√≠a bien en un monolito. Para lo que hay ahora, muy bajito, fuimos nosotras mismas a Toconao, a la cantera, a buscar piedras para este homenaje.

 

‚ÄĒTienes que reposar, tomarte unas vacaciones.
‚ÄĒEstoy muy cansada. Sin est√≥mago… Me lo tuvieron que cortar. Hace poco estoy comiendo m√°s normal.
!¬ĽPor si fueran pocas las desgracias, me hicieron una transfusi√≥n y fui contaminada con el mal de Chagas. Pero voy saliendo adelante. El m√©dico que me oper√≥ se ha portado muy bien… Necesito fuerza para hacer unos trabajitos¬Ľ.

 

‚ÄĒ¬ŅY tu pensi√≥n?
‚ÄĒNo tengo pensi√≥n como viuda por no haberme casado. As√≠ lo decidieron las compa√Īeras de la Agrupaci√≥n de Detenidos Desaparecidos en Santiago. Ellas velan por la legalidad, por los papeles. Se opusieron por no ser yo esposa leg√≠tima sino simple concubina.
¬ęPero no me importa, porque si para vivir me dieran esa plata, ser√≠a como sentirme pagada. Recibo setenta mil pesos por la enfermedad, no me alcanzan. Yo trabajo. Le lavo a una cl√≠nica dental, vendo cositas‚Ķ¬Ľ

 

‚ÄĒPero no has ejercido un derecho‚Ķ
‚ÄĒ¬ŅSabes? Alcanzamos a vivir juntos siete a√Īos y tres meses y d√≠as, decididos a no separarnos mientras nos am√°ramos. Yo lo amo igual…

 

Violeta tiende una carta muy gastada, escrita con hermosa letra verde. Es de Mario, su enamorado, escrita el catorce de abril de 1963. A√ļn ella viv√≠a en Santiago, pero √©l ya se hab√≠a venido a trabajar al Norte.

 

Le escribe: ‚ÄúHace un fr√≠o que me congela hasta las palabras‚ÄĚ A ella le conf√≠a todo, sus sue√Īos, su disgusto con lo que est√° mal hecho, sus preocupaciones juveniles: ‚ÄúSiempre me pregunto: ¬ŅPara qu√© habr√© nacido si no estoy conforme con nada? Cuando ten√≠a quince a√Īos, cre√≠a tener el mundo en las manos… llego a la conclusi√≥n de que para poder vivir otra vida no hay que pensar tanto o uno es capaz de volverse loco…‚ÄĚ.

 

Violeta Berr√≠os √Āguila mira la foto desva√≠da. Se endulzan sus ojos color de olivinas. Dice que sus otras cartas las tiene guardadas por ah√≠. De repente, musita:
‚ÄĒMe olvid√© de m√≠ misma…
‚ÄĒ‚ÄĒ
* Periodsta, escritora.
En Anaquel Austral (http://virginia-vida.com).
También en revista Punto Final.

 

Addenda
Se lee en El Mercurio de Calama, edición del 16 de octubre de 2004:

 

Los primeros calame√Īos ca√≠dos los d√≠as 5 y 6 de octubre de ese a√Īo 1973, trajeron aromas de gran tristeza. M√°s triste a√ļn es comprobar la obligaci√≥n de convencerse que hubo otros que tambi√©n significaban tanto para la comunidad la Tierra de Sol y Cobre.
Sus nombres est√°n por todas partes e inclusive en las fojas de causas judiciales, como en aquella llevada por el Ministro de Fuero, Juan Guzm√°n Tapia, la que tiene el rol 2.182-98 ¬ęA¬Ľ, en un tribunal de la capital de Chile.
En los expedientes del caso, el ministro de fuero, afirma que se encuentra plenamente justificado que el d√≠a 19 de octubre de 1973, aterriz√≥ al interior del Regimiento de Infanter√≠a N 15, con asiento en la ciudad de Calama, en un helic√≥ptero ¬ęPuma¬Ľ del Ej√©rcito de Chile, el que llevaba a esa localidad a un grupo de personas, comandado por el delegado del, a la saz√≥n, Comandante en Jefe del Ej√©rcito Augusto Pinochet Ugarte, el entonces general de Ej√©rcito Sergio Arellano Stark, quien orden√≥ sacar desde la C√°rcel P√ļblica de Calama a Mario Arg√ľ√©llez Toro; Jos√© Rolando Jorge Hoyos Salazar; Milton Alfredo Mu√Īoz Mu√Īoz; Carlos Alfonso Pi√Īero Lucero; Fernando Roberto Ram√≠rez S√°nchez; Jos√© Gregorio Saavedra Gonz√°lez; Hern√°n Elizardo Moreno Villarroel; Roberto Segundo Rojas Alcayaga; Alejandro Rodr√≠guez Rodr√≠guez; Luis Alberto Hern√°ndez Neira; Carlos Alfredo Escobedo Cariz; Luis Alberto Gahona Ochoa; Jer√≥nimo Carpanchay Choque; Carlos Berger Guralnik; Daniel Jacinto Garrido Mu√Īoz; Luis Alfonso Moreno Villarroel; Rafael Enrique Pineda Ibacache; Sergio Mois√©s Ram√≠rez Espinoza; Domingo Mamani L√≥pez; David Ernesto Miranda Luna; Rosario Mu√Īoz Castillo; Jorge Rub√©n Yueng Rojas; Manuel Segundo Hidalgo Rivas; Bernardino Cayo Cayo; V√≠ctor Alfredo Ortega Cuevas y Haroldo Ruperto Cabrera Abarz√ļa.
Ellos estaban privados de libertad, a disposici√≥n de la autoridad jurisdiccional militar, para ser conducidos los primeros trece a las afueras de la ciudad de Calama, en el sector denominado Top√°ter, lugar donde fueron fusilados; hechos √©stos que configuran los delitos de secuestro y homicidio calificado, previstos y sancionados en los art√≠culos 141 inciso 1 y 391 n√ļmero uno, respectivamente, del C√≥digo Penal, perpetrados con respecto de las personas mencionadas.
El expediente agrega que con respecto a los otros trece (los √ļltimos nombrados), estos habr√≠an sido conducidos al mismo lugar, posiblemente, pero hasta la fecha se ignora su paradero, hechos √©stos que permiten dar por configurado el delito de secuestro calificado contemplado en el art√≠culo 141 inciso 1 del C√≥digo Penal, cometido en perjuicio de ellos.
Testimonios
Testimonios de lo ocurrido se incluyen en los propios expedientes. Tres querellas, informes m√©dico legal, los certificados de defunci√≥n de Mario Arg√ľ√©llez Toro; Jer√≥nimo Carpanchay Choque; Fernando Roberto Ram√≠rez S√°nchez; Rolando Hoyos Salazar; Roberto Segundo Rojas Alcayaga; Jos√© Gregorio Saavedra Gonz√°lez, Carlos Alfredo Escobedo; Luis Alberto Gahona Ochoa; Hern√°n Elizardo Moreno Villarroel; Milton Alfredo Mu√Īoz Mu√Īoz.
Prueban adem√°s, lo ocurrido, el oficio del Ministerio de Relaciones Exteriores; acta de constituci√≥n del tribunal en la ciudad de Calama; informes de pesquisas de la Polic√≠a de Investigaciones; informe pericial planim√©trico; informe pericial fotogr√°fico; declaraciones de Violeta del Rosario Berr√≠os Aguila, Victoria Eugenia Saavedra Gonz√°lez, Nora Patricia Hern√°ndez Mellado, David Valeriano Miranda Michea, Grimilda Hortensia S√°nchez G√≥mez, Graciela Nancy P√©rez Saavedra, Brunilda del Tr√°nsito Rodr√≠guez, Carmen Adelaida Hertz C√°diz, Luis Alfonso Moreno Dur√°n, Mar√≠a Cristina Rita Cabrera Abarz√ļa, Luis Eduardo Cabrera Abarz√ļa, Amelia Valerie Pineda Ibacache, Elo√≠sa Armella Mu√Īoz, Soledad del Carmen Mamani, Alicia Am√©rica Mamani Burgos, Isabel Margarita Reveco Bast√≠as, Luisa Mercedes Valderrama Castillo, Patricia Carmen Verdugo Aguirre, Claudio Mesina Schultz, Luis Concha Cid, Patricio Francisco Andr√©s Lapostol Amo, Luis Antonio Ravest San Mart√≠n, Oscar Figueroa M√°rquez, V√≠ctor Ram√≥n Santander V√©liz, Osvaldo Arriagada Pazmi√Īo, Fernando Dionisio Reveco Valenzuela, Rodrigo Hern√°n Asenjo Zegers, Eugenio Rivera Desgroux, Hern√°n R√≥mulo N√ļ√Īez Manr√≠quez y Juan Miguel Fuentealba Poblete.
Nombres, nombres y m√°s nombres, a distintos lados de la trinchera. Apelativos que saben a sepulcro y a l√°grimas. ¬ŅPodr√° alguien responder para que sirvieron esas muertes?.

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