Feb 12 2012
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Cultura

Ya sabemos lo suficiente

Cuando el escritor sueco Sven Lindqvist era chico, su abuela vivía con ellos. La abuela olía mal y era cachivachera. Creyendo que el olor provenía de las cosas que acumulaba bajo su cama, la madre de Lindqvist hacía periódicas incursiones de expropiación al cuarto de la anciana. Lindqvist se adelantaba a su madre y se sumergía debajo de aquella cama para salvar lo que pudiese de aquellas requisas, y después le devolvía el botín a su abuela.| JUAN FORN.*

 

Uno de sus rescates era un libro que aterraba a Lindqvist (abajo, der.): el relato del sacerdote Edward Sjöblom sobre sus experiencias como misionero en el Congo, donde decía que el látigo de piel de hipopótamo era la herramienta principal en el trato con los nativos. A veces los azotaba hasta caer vencido por la fiebre y los mismos azotados cuidaban de él hasta que podía incorporarse de nuevo y hacer silbar el látigo otra vez.

 

Los padres suecos tuvieron hasta 1966 derecho legal a azotar a sus hijos. Cuando los ni√Īos suecos se portaban mal, sus madres los llevaban al bosque m√°s cercano a elegir una rama de abedul, que probaban dando cortos latigazos en el aire. Volv√≠an con ella y el ni√Īo hasta la casa y esperaban que el padre regresara del trabajo.

 

Algunos recordar√°n el tormento al que somet√≠a el se√Īor Arlt a su hijo Roberto: le anunciaba por la noche que a la ma√Īana siguiente lo castigar√≠a; el insomnio nocturno agigantaba el castigo. El padre de Lindqvist no era peor: informado por la madre de los sucesos del d√≠a, entraba en la habitaci√≥n, preguntaba al hijo si era cierto lo que hab√≠a o√≠do y proced√≠a a azotarlo.

 

Al principio era evidente para el ni√Īo que el padre administraba el castigo a su pesar. Pero a partir de cierto umbral, el hijo empezaba a o√≠r, en la manera en que respiraba su padre, que la incomodidad se iba convirtiendo en una rabia que lo hac√≠a azotar con m√°s fuerza de la que se propon√≠a. En un poema a su padre, Juan Gelman le pregunta: ‚Äú¬ŅQu√© castigabas cuando me castigabas a m√≠?‚ÄĚ.

 

No s√≥lo misioneros suecos participaron de aquella gesta civilizadora en el Congo. Tambi√©n lo hizo un marino polaco de apellido Korzeniowski, m√°s conocido por el seud√≥nimo que us√≥ en sus libros: Joseph Conrad. Siete a√Īos despu√©s de aquella experiencia, Conrad escribi√≥ El coraz√≥n de las tinieblas, que culmina con un informe escrito con pulso tembloroso y enajenado por el coronel Kurtz desde el coraz√≥n de la selva a los jerarcas de la Compa√Ī√≠a en B√©lgica, anunci√°ndoles el advenimiento de ‚Äúel horror, el horror‚ÄĚ.

 

El educador m√°s importante de ese tiempo, Herbert Spencer, sosten√≠a que ‚Äútodos los seres vivientes progresan mediante el castigo‚ÄĚ. El primer ministro ingl√©s, Lord Salisbury, combin√≥ famosamente esa idea pedag√≥gica con la teor√≠a evolucionista de Darwin y declar√≥ famosamente: ‚ÄúEl mundo puede ser dividido en naciones vivientes y naciones que desaparecen. Es natural que las naciones vivientes se vayan apropiando de los territorios de las que van sucumbiendo‚ÄĚ.

 

Y si no sucumb√≠an solas, ellos se encargaban de darles una peque√Īa ayudita: el propio Darwin recuerda con asco, mientras escribe El origen del hombre, sus d√≠as en la Patagonia en que asisti√≥ escandalizado a ‚Äúla brutalidad de la caza del hombre en la Argentina, en la guerra contra el indio‚ÄĚ. Enterado en Inglaterra de la gesta de Roca (contempor√°nea de la gesta del Congo en Africa), anota en su diario: ‚ÄúEst√°n convencidos de que es una guerra justiciera porque se lucha contra los b√°rbaros. Los terrenos liberados se reparten entre los vencedores‚ÄĚ.

 

Por la misma √©poca en que Conrad publica El coraz√≥n de las tinieblas escribe a sus amigos Wells y Cunnighame Graham: ‚ÄúEl honor, la justicia, la compasi√≥n, la libertad, son ideas que no tienen creyentes verdaderos. Existen tan s√≥lo hombres que, sin saber entender o sentir, se embriagan con palabras, las repiten a gritos, se imaginan que creen en ellas, sin regirse por otra cosa que el lucro, la ventaja personal, la vanidad‚ÄĚ.

 

Cuando los ingleses inventaron la bala dum-dum, el proyectil fue prohibido entre Estados civilizados: s√≥lo se permit√≠a su uso para la caza mayor y para las guerras coloniales, porque ‚Äúlos salvajes‚ÄĚ a veces segu√≠an vivos despu√©s de haber sido alcanzados por cuatro o cinco proyectiles comunes. La bala dum-dum es una bala de punta hueca que multiplica su efecto: estalla dentro del cuerpo luego de hacer impacto en √©l.

 

Europa invent√≥ la bala dum-dum y le estall√≥ adentro cincuenta a√Īos despu√©s: Hitler en Mein Kampf elabora su plan de conquista imitando la operatoria del imperio ingl√©s (‚ÄúEl obvio requisito que necesita la raza germana para asegurar su subsistencia es extenderse: tal como Inglaterra se expandi√≥ por mar, Alemania debe expandirse por tierra‚ÄĚ).

 

La orden del d√≠a era la misma, en los tiempos de la reina Victoria y Leopoldo de B√©lgica y en los tiempos de Hitler: ‚ÄúDejad morir a aquellos a quienes las leyes del progreso se lo ordenan‚ÄĚ. S√≥lo que ahora los salvajes estaban en Europa y defin√≠an qu√© razas y naciones deb√≠an sucumbir ‚Äúpara hacer lugar‚ÄĚ.

 

Hitler sostuvo siempre que empez√≥ la guerra para dar m√°s tierras de labranza a los ciudadanos alemanes. Veinte a√Īos despu√©s de esa guerra, los Estados europeos empezaron a pagar a sus campesinos para que dejasen de trabajar el campo.

 

‚ÄúLector, ya sabes lo suficiente. Yo tambi√©n lo s√©. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos falta es el coraje para darnos cuenta de lo que ya sabemos y sacar conclusiones‚ÄĚ, es la formidable frase que Sven Lindqvist nos tira en la cara en su formidable libro Exterminad a todos los salvajes. La dice al empezar y la repite al final, para que no nos queden dudas.

 

Hay una edici√≥n cara, espa√Īola, del libro de Lindqvist dando vueltas por librer√≠as-boutique del continente e internet, pero para cualquiera que quiera leerlo en nuestro pa√≠s, lo public√≥ la Oficina de Publicaciones del CBC de la UBA.

 

Hay en nuestra bendita universidad p√ļblica argentina un profesor llamado Carlos Berbeglia, que puso a disposici√≥n de todos los pibes que quieren entrar en la facultad este libro ejemplar. Ignoro si fue alguna vez o si sigue siendo de lectura obligatoria. S√≥lo s√© que cuesta quince pesos y que fue por influjo de un periodista y docente patag√≥nico de ascendencia sueca, llamado Carlos Kristensen, que se public√≥ el libro.

 

El propio Kristensen, que hab√≠a sufrido persecuci√≥n y c√°rcel durante la dictadura militar, se encarg√≥ de traducirlo. Rob√°ndole horas al sue√Īo y a la debilidad, por puro imperativo moral, lo tradujo y peregrin√≥ para que se publicara. No lleg√≥ a verlo impreso: muri√≥ el 19 de marzo de 1996, horas antes de que su traducci√≥n entrara en imprenta.

 

Pero me gusta pensar que en el ancho espectro de egresados de la universidad p√ļblica argentina hay unos cuantos que leyeron ese libro y no lo han olvidado y alg√ļn d√≠a eso har√° una diferencia en nuestro pa√≠s y entonces Carlos Kristensen descansar√°, por fin, en paz.
‚ÄĒ‚ÄĒ
* Escritor.
En www-pagina12.com.ar
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