Frente a un cuadro, suele decirse, las palabras huelgan. Sin embargo, muchas veces Antonio Berni acompañó con palabras el nacimiento de un tema o un personaje. Y siempre fueron las palabras apropiadas, las palabras justas. Por ejemplo, cuando dijo que Juanito Laguna era “un chico pobre, no un pobre chico”.
Juanito conoció a Berni (y viceversa) en un tranquilo y olvidado pueblito del norte argentino, hacia 1958. El maestro lo recuerda así: “Yo iba a pintar por el departamento de Figueroa, pueblo de Sabagasta, Termas de Río Hondo, Santiago del Estero. Ahí comencé a familiarizarme con los changuitos. Cuando comencé a hacer una serie de apuntes en los barrios pobres de Buenos Aires, dos años después, se me ocurrió entonces sí poner un nombre, crear un personaje que podría ser un arquetipo de todos los niños o de todos los changos de las ciudades de Latinoamérica…”
En la Chicago argentina
El día que Deliso Antonio Berni vino al mundo -un 14 de marzo de 1905-, Rosario era un inquieto paisaje de barcos llegando y partiendo, inmigrantes con baúles a cuestas, conventillos, almacenes, fraguas, molinos harineros y quintas que se perdían en el dorado y verde de los campos. No estaba frente al gran lago y los bosques, como la pujante Chicago del norte, pero tenía muy cerca el Paraná, las barrancas que balconeaban sobre un río que tiene -en Rosario sí- color de león.
Buenos Aires estrenaba su primer biógrafo (sala de cine) y el primer tranvía eléctrico; la Argentina del Alumni -uno de los primeros equipos de fútbol-, recibía al Nottingham Forest de Inglaterra y lo dejaba ganar ocho a cero; en los dancings y cabarets se comenzaba a entonar los tangos “La morocha” y “El choclo”, con letras prohibidas para menores.
Era también la Argentina en que Alfredo Palacios -”el diputado más joven de América”- conseguía la ley de descanso dominical; la que instalaba en las Orcadas del Sur el primer observatorio, la que planeaba obras de ingeniería para contener las inundaciones en el Chaco y Santa Fe.
Antonio fue el menor de tres hermanos, hijos de padre sastre y madre costurera. “Pertenezco a una familia de clase media -recordó alguna vez-. Soy de aquel tiempo en que se podía jugar a la pelota en la calle, porque sólo pasaban carros y mateos. Perdí a mi padre a los siete años. Después, a un hermano; me quedé con una hermana. y con mi madre, que falleció en el 36…”
La leyenda cuenta que Napoleón, el padre, volvió a Italia para alistarse en el ejército, que combatió en la Primera Guerra y falleció en 1915. Pero mejor dejemos que sea el maestro quien nos cuente del día en que descubrió su oficio y vocación:
“Al lado de la satrería de mi papá había una librería. Su propietario era italiano como mi viejo. El librero no vendía nada y se pasaba las horas dibujando. Yo, fascinado, le prestaba
mucha atención. Él copiaba láminas que traía de Italia y comencé a imitarlo. Enseguida notó que mis trabajos eran buenos y le habló a papá para que me llevara a un taller de vitrales donde trabajaba Eugenio Fornels, un pintor catalán. ¿Mi primer maestro? Creo que nunca tuve uno para mí. Entré como aprendiz, fileteaba y arreglaba vidrios en horas que la escuela primaria me lo permitía. Poco después, pasé a la categoría de ayudante. Eso me significó un lindo sueldito. A papá no le había ido muy bien que digamos y el dinero servía para que mamá no se las viera en figuritas…
El artista cachorro
El trabajo en Buxadera y Cía (la fábrica de vitrales), lo mismo que las clases de dibujo en el Centro Catalá de Rosario -a donde lo llevó Fornels- fueron la primera escuela para el joven Berni (habría que acotar: para el niño Berni). Los alrededores de Rosario y el otro lado del río (Gualeguay) le dieron tema para sus primeros paisajes. A los catorce, con alguna influencia impresionista y el apoyo de Fornels, expuso diecisiete óleos y ocho retratos al carbón en el Salón Mary de su ciudad natal. Comentaron elogiosamente la muestra los periódicos Asociación, Sui Generis, El Eco de España y El Círculo. A los quince, las prestigiosas galerías Witcomb le pidieron obras para exponer en Rosario y Buenos Aires.
Corrían en Europa los años del futurismo, el dadá y el primer surrealismo. Una beca otorgada por el Jockey Club de Rosario le permitió al artista cachorro asomar su hocico a esa decisiva explosión de las vanguardias.
El raid europeo de Berni comenzó en Madrid, siguió por Toledo, Granada, Sevilla, Segovia, Córdoba y terminó (qué raro) en París. Se instaló finalmente en Arcueil, un barrio de las afueras y comenzó a frecuentar a otros argentinos que hacían su saison de estudios y bohemia en el Viejo Mundo (Horacio Butler y Héctor Basaldúa, entre otros).
Clases con Othon Friesz, con André Lothe, un poco de futurismo, un poco de cubismo y
pronto, como cabía, il viaggio a la tierra de los mayores: Florencia, Orvieto, Asís, Arezzo. Lo mismo que a Spilimbergo -de quien luego se haría muy amigo-, lo atrajeron los primitivos italianos. A diferencia de Spili, sin embargo, también estudió con interés a los maestros del Renacimiento.
“En París -le escribió a su madre y a su hermana- iré a los cursos de Arquitectura. Me dí cuenta, viendo a los maestros del Renacimiento, que casi todos eran arquitectos. Por eso cuando pintaban o esculpían sus figuras éstas quedaban sólidamente construídas…”
Desde Santa Fe y Buenos Aires se seguía con interés el derrotero de Berni.. Ese mismo año que llegó a Europa, con una obra enviada desde Madrid, había conquistado el premio adquisición del Gran Salón Nacional. Sin proponérselo, comenzaba a formar parte del mítico Grupo de Pärís. Al terminarse la beca, beca, el cachorro tuvo la buena noticia de que el gobierno santafesino había decidido renovársela por tres años más.
Asegurada la subsistencia, Berni concurrió al Atelier de la Grande Chaumière, se acercó a las técnicas de grabado (a instancias del crítico de arte y poeta Max Jacob, también padrino de Picasso) y -lo más importante- conoció a Paule Cazenave, rubia y bien contorneada estudiante de escultura.
Paule oficiaba además como secretaria del escritor y dirigente socialista Henri Barbusse. Gracias a ella Berni pudo conocerse e intimar con algunas celebridades francesas como el poeta Louis Aragon, cofundador del surrealismo.
A fines de 1929 se casaron -con luna de miel en Tánger- y al año siguiente nació Lily. Pero la campana llamaba a regreso y el joven Berni, cachorro crecido, debió embarcarse de vuelta a Rosario con esposa, hija, paleta y pinceles.
La vida real, ese sueño

El despuntar de la década del ‘30 -que sucedió al crack de la Bolsa neoyorquina y a la debacle financiera mundial- halló a Paule, Antonio y Lily instalados en una chacra de las afueras de Santa Fe. La expropiación bancaria de los colonos, la desocupación y el arduo pan cotidiano (en un país que prometía doradas mieses), golpeó con dureza las retinas y el corazón del artista. Emigrado a Rosario, donde había obtenido un empleo municipal, comenzó a borrar de las telas los objetos inanimados, las formas puras y casi abstractas de su etapa surrealista y a reemplazarlas por rostros, rostros solitarios, en pareja o en multitud.
Hacia 1931 revistó por algunos meses en las huestes del Partido Comunista. Sin embargo, la necesidad de recuperar al hombre concreto y de reflejar sus dolores y esperanzas no lo llevaron –como a otros pintores “comprometidos”– a desandar la experiencia artística y buscar refugio en un confortable naturalismo pictórico. “El realismo socialista –escribió muchos años después– fue una expresión paralela al despertar ideológico de la clase trabajadora, pero a la vez una desgraciada compaginación del peor academicismo formal con una chata significación que no superó nunca las ilustraciones vulgarizadas, tipo dibujo animado, de las revistas comerciales alienantes” Para “sacar fotos” de la realidad –pensaba el maestro– lo mejor era una cámara fotográfica…
Los años siguientes lo vieron caminar, cámara en mano, por los barrios marginales, el puerto y los arrabales de su ciudad. Junto al historiador Rodolfo Puiggrós comenzó a investigar la red mafiosa que explotaba mujeres junto al Paraná. Visitaba los burdeles de la calle Pichincha y capturaba con la cámara –esa vez oculta– imágenes de las pupilas, los clientes y las madamas. De regreso al taller, convertía las fotos en bocetos y los bocetos en cuadros.
Pero quizá el momento de mayor aproximación a las luchas de los humildes lo vivió el maestro entre 1934 y 1937, cuando lanzó el grito de batalla del denominado Nuevo Realismo (una corriente de pintura figurativa que se distinguía del verismo español y del
neonaturalismo). De ese período son las obras Desocupados (rechazada por el Salón Nacional de 1935), Chacareros y Manifestación (una joya que tiene el MALBA), tres clásicos -reconocidos en todo el mundo- del arte social argentino.
Como los renacentistas que había estudiado en Europa, se preocupó por desarrollar nuevas técnicas al servicio de la realización y la expresión pictóricas. Sin prejuicios supo reemplazar el pincel por el soplete y cambiar el óleo por un esmalte a la piroxilina o por nuevos productos.
Hacia 1938, de vuelta de un viaje, compuso una de sus obras maestras: Medianoche en el mundo. El cuadro recuerda los “descendimientos de la Cruz” de los maestros renacentistas, pero allí se ha despojado a las imágenes de todo elemento decorativo para acentuar la fuerza dramática, colocando la escena -mujeres que lloran a sus hijos caídos- más allá de un tiempo y un lugar.
Hacia el centro de la tierra
Todo camino -escribió un poeta- es a la vez camino interior. A las estaciones físicas del caminante (sea la senda un remanso o un Calvario- le corresponden estaciones del alma.
Berni emprendió en 1941 –becado por la Comisión Nacional de Cultura– un largo viaje de exploración, investigación y estudio del arte precolombino, itinerario que había comenzado cinco años antes en el Noroeste de nuestro país y que continuó por Bolivia, Perú y Ecuador. No tardaron los apuntes y fotografías del viajero en llegar al lienzo (o a las paredes).
En 1946 –ya considerado uno de mejores muralistas argentinos–, decoró la bóveda de las
Galerías Pacífico, en Buenos Aires, obra en la que trabajó con sus colegas y amigos Lino Enea Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Manuel Colmeiro y Demetrio Urruchúa.
Al promediar su carrera artística, cuando ya exponía regular y simultáneamente en distintos
puntosa del país, decidió hacer un nuevo viaje a Europa. Esta vez, comenzó por Italia y siguió por París, donde dio una conferencia en La Sorbona y participó de la Primera Exposición de Artistas Latinoamericanos.
Sin embargo, los viajes y el reconocimiento a su obra corrían parejos con el deterioro de su matrimonio. En 1950 conoció a Nélida Gerino, hija de industriales harineros y fideeros (algo que tal vez removió en él los recuerdos de su estirpe inmigrante) y dejó a Paule para hacer nueva pareja. Dos años después, Nélida tuvo a José Antonio, único hijo varón.Hacia el fin del segundo gobierno peronista –como ocurrió con otros disidentes– Berni fue cesanteado de la Escuela Nacional de Bellas Artes. En lugar de refugiarse en Tucumán, como habían hecho algunos, o de levantar su rancho en Unquillo, como el maestro Spilimbergo, eligió emigrar a París. Con base en la Cité Lumière viajó y expuso en Berlín, Varsovia, Bucarest y otras ciudades del Este europeo.
Al volver al país, se encontró nuevamente con sus temas predilectos: los seres silenciosos que pueblan los márgenes de la gran ciudad, los excluidos. Llegó un nuevo encuentro con la realidad: el tiempo de Juanito Laguna, el final de un viaje al centro de la tierra.
“Los materiales con que hago mi obra –dijo en una oportunidad– no los busco muy lejos del barrio de Juanito: en los baldíos, en los senderos encuentro los cajones y cajas vacías, las latas y los plásticos del rezago de la gran industria que son recuperados por esa población aledaña de inmigrados del interior argentino o de los hermanos de los países vecinos…”
“Juanito -solía repetir- no es un vencido por las circunstancias, sino un ser lleno de vida y esperanzas, que supera su miseria circunstancial porque intuye vivir en un mundo cargado de porvenir…”
La primera muestra de la serie “Juanito Laguna” fue en la galería Witcomb de Buenos Aires, en noviembre de 1961. La más reciente, en España, entre junio y julio de 1995. Meses después de su aparición, llegó a París y fue conocida en Venecia, capital artística que invitó a Berni a su famosa Bienale y le adjudicó el Primer Premio de Grabado y Dibujo en su edición de 1962..
Una docena de bellas canciones tomaron a Juanito Laguna como personaje, en la palabra, la música o la voz de Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Jaime Dávalos, Manuel J. Castilla, y Astor Piazzolla, entre otros. Cientos de conferencias, ensayos y cortometrajes hablaron -y siguen hablando- de Juanito y su creador.
Ya hace quince años que el maestro Berni se despidió de nosotros. Se despidió también de Juanito, de la paleta y los pinceles, de la máquina de soldar, del compresor y los sopletes, de tantas herramientas con las que supo fabricar ese mundo que es a la vez otro y este mismo mundo, el mundo real donde Ramona y Juanito pueden ser, por un instante, nuestros amigos y confidentes.
Lejos, muy lejos, se venden telas en una subasta internacional, y un “Juanito Laguna” auténtico, con la firma del maestro Berni, cotiza hasta las nubes, hasta una altura sideral, la altura del astronauta que gira alrededor de Juanito, alrededor de la Tierra, entre montañas de desechos y esperanzas que reverdecen, obstinadas
*Publicado en revista NUEVA, 1996.
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