El escritor y poeta Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en la ciudad de Buenos Aires, donde reside. Ha sido actor, docente y psicoanalista. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios. En ediciones digitales se hallan los seis tomos de su libro “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, conformado por 159 diálogos por él realizados. Hay unos mil ochocientos videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores que se encuentran en (1).
Y es casi seguro que cuando esta carilla se publique, Revagliatti haya incorporado más puntos a su haber. Como poeta es desenfadado, irónico, y se caracteriza por la burla. El título de uno de sus libros lo define muy claramente: “Ojalá que te pise un tranvía llamado Deseo”. Pero también puede decirse que, en su inmenso y arduo trabajo de docente y difusor de la poesía, se conjuga un precepto, un texto irreverente y provocador. Es como el poeta que persigue su origen. Lo rastrea, lo acosa. La partida hacia el origen es aventura de juego: operación combinatoria, práctica de transformaciones e inversiones.
El sitio que busca Revagliatti, además de ubicarse en el tiempo de la literatura, está en el tratamiento de la palabra que emite: la de todos. Y uno cae en Whitman, aquello de “Dicen que me contradigo, es verdad, contengo multitudes.” No otra es la medida, porque no es una medida “medida”, es inabarcable como la poesía que busca y encuentra; y en él regurgita beneficiada por su espíritu y corazón.
Su meta puede parecer lejana. Parte de un señalamiento crucial, una culminación que por inalcanzable es infinita. Nada que ver con aquello de Ezra Pound en su poema “La Isla del Lago”: “¡Oh Dios! ¡Oh Venus! ¡Oh Mercurio, patrón de los ladrones! /Dejadme un pequeño estanco, /o establecedme en cualquier profesión /que no sea esta maldita profesión de escritor, /en donde uno necesita devanarse los sesos.”
Revagliatti jamás escribiría esos versos. Él se levanta y acuesta pensando palabras, giros, armonía en el texto y en el decir. No se queja como Pound, sabe que el derrotero elegido es eterno y la meta sólo un tramposo fraude disfrazado de zanahoria. Su sitio, sus links, su portal cobijan y, al mismo tiempo, crean. En sus lecturas, los autores se sorprenden, se hallan a sí mismos con otras vestimentas, en otros sitios tornasolados donde un color es un grito o un paisaje fea molestia, suplicio.
Casi como que el recitado se asume decisivo, inclina el sentido del texto, lo cuestiona y armoniza. Se ha dicho que en el principio está el verbo, la palabra como acción, como acto del que asume la empresa de descubrir, exhibir lo tapado del poema, del texto, que es lo que obtiene Revagliatti en su estimable tarea; la misma que realiza el sacerdote en su templo: jerarquizar; mérito de nuestro recopilador, juglar, amante de la palabra (porque de esto se trata). Con su conducta, afirma que la poesía es el acto de mostrar al otro.
Eso hace, se desprende de él mismo para escuchar al otro, como la imperiosa voluntad del que entiende que el viaje emprendido es disfrutar el supremo placer de la palabra, leer al poeta que determina a la persona como hacedor de ideas, como insistía Alberto Girri, o de palabras, como determinaba Borges cuando asociaba el desafío a lo ideal: “Yo, que me figuraba el Paraíso, bajo la especie de una biblioteca.” Es lo que hace y logra Revagliatti, con sus maravillosas cadenas interminables de voces asidas a las lianas de sus excepcionales y fantásticos videos. Como difusor, honra, con mérito, al enorme Balzac.
No otra cosa hizo el genial francés. Le dio su pluma a unos 6.000 personajes para que hablaran, rogaran, pidieran, insultaran, mataran, lo que ellos quisieran. Él quiso retratar su época escuchando las voces de la gente de su tiempo, pobres, ricos, encumbrados, delincuentes, damas de alcurnia, prostitutas, abnegados y retorcidos en la moral. Balzac no pudo terminar su “Comedia humana” tal como lo había soñado y planificado, porque los motivos que tiene la existencia para atraparnos en cosas que realmente al escritor le importan tres pepinos, es inmensamente burocrática y enfermiza. De todos modos, está lo que está, que puntualiza a Balzac y a su obra, como un logro extraordinario muy difícil de superar. Lo mismo nos pasa a todos en los distintos órdenes de la vida.
Es como caer en el secreto elemental del ajedrez, que se reduce en la conquista del escaque final y definitivo, que garantiza el triunfo para los que supieron dominar el centro del tablero. Tal el caso de Revagliatti, que redondea el tema como conquista mostrable, como elemento o prueba material para el lucimiento de una página meritoria que, a no ser por él, quizás no tendría destino cierto.
No obstante, y sin duda, él es mucho más sabio, despunta y valora la suerte de ser, de estar, de disfrutar el hecho de haber aceptado el reto exigente, de que lo busquen, todos, los poetas del barrio vecino, los del norte, los del sur, los de más allá de las fronteras, los que nunca fueron publicados, los que se sienten estimulados para escribir sus ilusiones y pesadillas, los tangueros, los roqueros, todos quienes al leerlo y escucharlo, se leen y se escuchan, y se complacen en sus enriquecedores videos como catecismos virtuosos.
Revagliatti inicia su juego a partir de ser un atento lector, una base, un pilar que enarbola los textos leídos; le importa la literatura, sus modos de operar, las relaciones y los conflictos que indican lo que se dice y sugiere en el interior de los escritos; así gana al flamante lector que goza y se abre a lo extraño y lo insólito, lo nuevo y lo clásico, obteniendo, con su honestidad crítica, generar el fino goce de la reflexión y el aprendizaje, prerrogativa sólo de maestros…
*Novelista, cuentista, dramaturgo y ensayista. Algunas de sus obras fueron traducidas, entre otros idiomas, al italiano, francés, polaco, portugués, húngaro e inglés. Numerosas han sido las distinciones obtenidas a lo largo de su quehacer literario. Sus novelas ‘Las tumbas’ y ‘Perros de la noche’ fueron llevadas al cine. Y de otras, se realizaron versiones teatrales. Novelas suyas fueron censuradas durante la dictadura cívico-militar-eclesiástica de su país (1976-1983).
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