América Latina despidió tres especies en 2025

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El 28% de las especies del mundo están amenazadas. En América Latina, se extinguieron 53 especies endémicas del Caribe, 30 de Mesoamérica y 32 de Sudamérica, desde 1948.

En América Latina y el Caribe hay 500 idiomas que están en riesgo de dejar de oírse. Dicen quienes están a punto de perder su lengua que el mundo también pierde. Se desprende de una manera única de citar lo que les rodea. Los olores, las emociones, el ecosistema y los hábitos… Llevamos décadas homogeneizando las palabras con las que nos referimos a nuestro entorno, a lo que vemos. En esta región, la más biodiversa del mundo, hay cada vez menos biodiversidad que nombrar.

Ejemplar hembra de Mastigodiaptomus galapagoensis.

Desde 1948, el continente se ha despedido de 53 especies endémicas del Caribe, 30 de Mesoamérica y 32 de Sudamérica. En el último año, se extinguieron tres especies: el ave Bermuteo avivorus, un copépodo o crustáceo diminuto —Mastigodiaptomus galapagoensis—, visto por última vez en las Islas Galápagos y la Eugenia acutissima, una planta endémica de Cuba que no ha podido ser localizada desde 1980.

La exuberancia de la región juega a veces en su contra. Esa misma diversidad que inunda el Amazonas, el Pantanal o los bosques de Mesoamérica genera que también sea la región más vulnerable a los impactos negativos de fenómenos como el cambio climático. El calentamiento global es, según Gabriel Quijandría, director regional de UICN para América del Sur, una de las principales causas de la extinción. “Estas variaciones alteran los ciclos ecológicos, la reproducción y la disponibilidad de alimento, afectando directamente las funciones esenciales de los ecosistemas”, explica.

Sin embargo, normalmente se debe a factores combinados. Además de la crisis climática, los principales son: la pérdida, fragmentación y degradación de hábitats, la caza, pesca y comercio ilegal de flora y fauna, la deforestación, la introducción de especies ajenas al ecosistema y la falta de gobernanza efectiva. “Sin mecanismos de regulación sólidos, el riesgo de colapso ecosistémico y extinción de especies aumenta exponencialmente”, zanja.

Una chinchilla endémica de Perú, Lagostomus crassus, vista por última vez en 1910; la tortuga gigante de Floreana (Chelonoidis niger), una de las especies originarias de las Galápagos; la rana venenosa espléndida (Oophaga speciosa) un anfibio rojo endémico del oeste de Panamá; o el Evarra tlahuacensis, un pez que vivía en el lago de Chalco en el Valle de México y que quedó despojado de su hábitat por contaminación… La extinción de especies es un capítulo cerrado abruptamente, donde el principal protagonista suele ser el ser humano.

Tortuga gigante de Floreana.Parque Nacional Galápagos
Para Mariella Superina, doctora en Biología de la Conservación y miembro de la Comisión de Supervivencia de Especies (SSC) de la UICN, es clave que toda la comunidad se implique en la protección de su entorno. “Sólo la academia no va a lograr nada. Tienen que haber esfuerzos multidisciplinares, que se aprenda de las especies, que el Gobierno apoye con legislación e implementación… Los esfuerzos tienen que venir de todos lados”, recomienda.

Asimismo, lamenta que la conservación de muchas especies —principalmente, fauna— dependa de qué tan carismático sea el animal. “No podemos dejar que dependa de si es bonito o no. Y hoy en día, conseguir financiación para la protección del mono tití es mucho más fácil que para el armadillo, por ejemplo”, cuenta la también investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina. “Hacen falta investigadores muy fanáticos para conservar especies poco carismáticas”.

La necesidad es urgente. A nivel global, hay 48.600 especies amenazadas. Son el 28 % de todas las especies evaluadas. Y es que aún hay animales, hongos o vegetación que no ha sido descrita por la academia. ¿El miedo? Que se extingan sin haberlas conocido ni estudiado. “Estamos ante una situación bien crítica. En Centroamérica, los anfibios se redujeron hasta cifras preocupantes, el 44 % de los corales del mundo están en riesgo… ”, enumera.

El impacto de perder una rana o un pez trasciende la ciencia. Un estudio global basado en la memoria ecológica de 10 pueblos indígenas del mundo, publicado en febrero, alertaba, además del impacto ambiental, de la amenaza que supone para estos pueblos, a sus danzas y rituales. La doctora en Ciencias de la Naturaleza, Yolanda López Maldonado, explicó entonces a EL PAÍS que, si el alcaraván desaparece, de alguna forma también está desapareciendo su cultura. “Pasar esta tradición a los más pequeños es un reto enorme si estos dejan de observarse en el territorio”, lamentaba.

Ilustración del pez Evarra tlahuacensis.

“Si una especie desaparece, nos afecta”

Tanto Gabriel Quijandría como Mariella Superina insisten en enfrentar las amenazas de las especies con optimismo y determinación. Son muchos los casos de éxito que han revertido cifras esqueléticas de ejemplares. Uno de ellos es la vicuña (Lama vicugna), un camélido andino silvestre que posee una de las mejores y más valiosas fibras del mundo. Este mamífero estuvo al borde de la extinción en los años 70 y, a través de estrategias de manejo sostenible de la especie y de aprovechamiento periódico de la fibra con participación directa de comunidades altoandinas, hoy es una especie con categoría de Preocupación Menor según la Lista Roja de Especies de la UICN. La vicuña no es el único caso paradigmático. Sucedió algo similar con el oso andino de Venezuela o la tortuga verde en Brasil.

“Nos bombardean con mensajes negativos, pero tenemos que saber que hay lucecitas en el camino”, narra Superina. “Es importante entender psicológicamente que podemos revertir la situación”. Es por ello que Quijandría insiste en que el establecimiento y gestión efectiva de áreas protegidas y conservadas es una de las estrategias más exitosas para reducir la presión sobre ecosistemas y especies en riesgo e incluso para permitir su recuperación.

Un estudio global de 2016 mostró que las áreas protegidas tenían un 11 % más de riqueza de especies y un 15 % más de ejemplares por especie comparadas con territorios colindantes sin categoría de protección. “Tenemos que entender como sociedad que todo está conectado. Si una especie desaparece, parece que no nos afecta tanto, pero sí. Y no es una. Son miles”, narra Superina.

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