Carmen Lazo: la memoria, el aeropuerto y la muerte

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Lagos Nilsson

Fue el modo de reír, probablemente: franco, directo, incluso insolente, compañera esa risa del compromiso que mantuvo a lo largo y profundo de su vida, lo que marcó sus años de figura pública; su risa y cierta espontaneidad que podía ser ácida y de respuesta dura. Su risa y su calidez humana es lo que recuerdo. Mujer de barricada, dijo alguien alguna vez, con desprecio, como para tapar la Luna con un dedo.
 
 
Llegó del Norte Grande, había nacido en Chuquicamata en tiempos duros; piel hecha al sol y a los fríos de la altura, oídos tempranamente abiertos a la discusión proletaria. Por eso tal vez, aunque no sólo por eso, jamás escuchó a las sirenas cantar sobre las rocas que fueron los años de su tránsito vital; no pocos. Murió a los 87, ella, que pensó alguna vez vivir hasta el triunfo y regar los álamos que aguardan hace ya 35 años.
 
Murió en su ley: la del trabajo político dentro de los marcos, no siempre amplios que hoy definen lo que fue su pasión y su carrera política: el Partido Socialista. Cayó a la vera de Pudahuel a los 87, militaba desde los 13 o 14 años. Se le había apagado un tanto la voz, doblados un poco los hombros y esas “nieves del tiempo” de que da cuenta un tango no habían plateado sus sienes, se habían encaramado sobre toda su cabellera. Pero detrás, allí, era la misma de cualquier año anterior.
 
En el partido muchos la amaban como se ama a una madre envejecida que ya no entiende mucho la realidad del hoy; otros no la querían: la soportaban, quién sabe, por mandato de esas normas de la educación y el respeto a los que fueron alguna vez algo; muchos y no muy en secreto la despreciaban; algunos más –el Partido Socialista de Chile parece hoy como nunca antes una federación que aúna buenas intenciones con apenas intenciones y ganas de tener intenciones-, algunos más, decimos, todavía se le aproximaban, por afecto, por curiosidad, para saber qué de ella podían aprender.
 
Como otros ilustres fallecidos, como Mario Palestro, la Negra Lazo no fue una experta en marxismo ni una teórica de fuste; conocía la pobreza, supo del resorte irremediable que pone el hambre en el estómago de los pobres, no le fueron tampoco ajenas humillaciones y sabía comprender las alegrías de las victorias sobre el enemigo de clase; tenía claro, ay, que existen enemigos de clase y que a los enemigos de clase no se los abraza ni se bebe con ellos. Sí: fue una mujer de barricada.
 
Murió en el aeropuerto, no de regreso de un viaje en el que hubiera comunicado grandes victorias; ni antes de zarpar para decirles a hermanos distantes que los camaradas chilenos por fin volvían a ser socialistas como Allende. Murió sin bulla tras asistir a una reunión que trató sobre los desaparecidos, esos muertos que los ex dictadores, epígonos y cómplices de la dictadura quieren que olvidemos. Con ella muere también un poco de memoria, pero no la memoria. Nunca la memoria.
 
En sucesivos raptos generosos de fraterna retórica, a pocos minutos del deceso, socialistas de todo pelaje se condolían ante las cámaras de TV, los micrófonos y los simples lápices por la muerte de la Negra Lazo. Mala cosa es cuando la unidad de un partido político se da en torno a un cadáver u otro.

 

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