Mar 6 2022
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Literatura

Daniel Pizarro: Daniel Pizarro

Hace ya unos veintitantos a√Īos me despert√© de madrugada decidido a escribir la historia de un ogro en la nieve. El impulso narrativo no super√≥ la visi√≥n de un ser de baja estatura, sombr√≠o y hura√Īo, en medio de un paraje blanco y desolado. El ogro era yo, sin duda. Y el paisaje deb√≠a de ser el mundo. Me faltaban a√Īos para entender el sentido de esa imagen o mejor dicho apenas hab√≠a empollado un huevo que deber√≠a madurar conmigo adentro.

Me hab√≠a despertado con la idea de que esa historia ser√≠a un borr√≥n y cuenta nueva de cuanto hab√≠a escrito hasta entonces. A√ļn dispon√≠a de mucho tiempo por delante y me pod√≠a permitir la esperanza de un resurgimiento creativo. Ven√≠a de recibir algunos cachetazos en ese √°mbito de mi vida al que yo daba la mayor importancia. Uno de los primeros hab√≠a sido la descalificaci√≥n en un concurso literario que reconoc√≠a a las mejores obras del a√Īo, editadas e in√©ditas, en distintas categor√≠as. En esos tiempos de papel impreso compr√© en un quiosco el diario que publicaba las obras seleccionadas y lo llev√© enrollado en una mano en busca de un banco donde sentarme a leer, porque cualquiera fuese el resultado no podr√≠a recibirlo de pie.annie-nyle-HOxKiWH-2dI-unsplash

En esos tiempos de papel impreso no me hacía una idea clara de lo que cuesta ganarse la vida, aunque me lo habían advertido varias veces y en diferentes idiomas. Atravesaba los días con un volumen de cuentos como caballito de batalla y esas ciento y tantas páginas escritas eran mi varita mágica, que ostentaba a la manera idiota de los magos de Harry Potter. Me había quedado sin trabajo unos meses antes, con unos pocos ahorros que me parecían una fortuna, me había despreocupado del todo y la llamada crisis asiática me pilló desprevenido, y pese a que gastaba lo mínimo en vivir ya oía alrededor la cuenta regresiva de los pesos.

Visit√© a una amiga que dec√≠a tener muchos contactos laborales, me hizo una lista de cuarenta nombres que recorr√≠ de arriba abajo sin ning√ļn √©xito, aunque debo confesar que a algunos de ellos que quiz√°s me recibieron con la mejor de las intenciones les debo haber causado una impresi√≥n algo desconcertante o penosa blandiendo en mi pu√Īo el caballito de batalla que no me abr√≠a ninguna puerta. Cuando tach√© el √ļltimo nombre me sent√© a esperar los resultados del concurso literario.

Hab√≠a encontrado un banco a la sombra, abr√≠ el diario y desplegu√© el suplemento donde se publicaban los ganadores. Busqu√© mi categor√≠a y baj√© con el √≠ndice por la lista leyendo cada uno de los nombres que no aparec√≠an en orden alfab√©tico, lo que por lo menos me alentaba a llegar hasta el √ļltimo. Pero mi dedo √≠ndice pas√≥ de largo y digamos que desbarranc√≥ de la n√≥mina, fue a dar al vac√≠o y me dej√≥ suspendido en la nada, aunque segu√≠a sentado en el banco de una vereda. Fue como el anticipo de un ogro en la nieve.

El escritor anciano inserta papel en la m√°quina de escribir antigua de su  oficina en casa. anciano escribe novela literaria en la habitaci√≥n con humo  | Foto PremiumPoco despu√©s me pusieron en contacto con un escritor viejo al que yo estimaba sobre todo por una novela corta que apuntaba algunas verdades silenciadas acerca del pa√≠s, en esos a√Īos noventa de carnavales y acomodos. Me cit√≥ en un caf√© con mesas en la terraza y en cuanto nos sentamos comprend√≠ que el viejo esperaba que le hablara de sus libros. Estaba en la cresta de la ola, a la que le hab√≠a costado mucho llegar tras el exilio, y se notaba sediento de halagos y alabanzas que, eso s√≠, deb√≠an emitirse con sobriedad. Me pareci√≥ que el reconocimiento tard√≠o lo hab√≠a agriado por dentro y la amargura se trasuntaba en los surcos de sus mejillas. O quiz√°s siempre fue as√≠, no lo s√©. Pero es un hecho que luego se convirti√≥ en una suerte de capo di maffia de las letras y se rode√≥ de una camarilla para dar y recibir favores y desquitarse de quienes alguna vez lo hab√≠an agraviado o simplemente no eran de su agrado como personas o escritores.

Yo era y sigo siendo bastante tímido en esas circunstancias. Me pone muy incómodo pedir favores, quizás porque todavía no entiendo lo mucho que cuesta ganarse la vida. Hice el esfuerzo por comentarle algunos episodios de sus novelas que me habían llamado la atención, noté cómo se avivaron sus ojos cuando se los recordaba y también noté cómo se le apagaban de desinterés cuando yo no era capaz de hilar la conversación con un mínimo de arte. Mi torpeza rayaba en la descortesía. Finalmente le entregué el manuscrito disimulando todo lo que podía el miedo de someterlo a su juicio. Tampoco él hizo ninguna clase de comentarios.

Unas semanas después nos reencontramos en el mismo café. Recuerdo que un hombre joven, algo mayor que yo, se detuvo a saludarlo y se dirigió a él como a uno de sus colegas. Hablaron de proyectos literarios, de ediciones en curso, de asuntos que se movían y pintaban muy bien. Yo estaba al margen de todo eso y el viejo estaba en el centro y era tratado como el padrino de una pujante camada de nuevos escritores. Por un momento me pareció que era yo quien interrumpía su conversación y no ese hombre joven quien interrumpía la nuestra.

El viejo escritor fue brutal en su sinceridad, no as√≠ en la forma de expresarse. Me dio a entender que mi generaci√≥n no hab√≠a sido capaz de romper el cascar√≥n, que viv√≠amos ensimismados mir√°ndonos el ombligo, ciegos ante lo que acontec√≠a m√°s all√°. Alud√≠a, cre√≠ adivinar, a las circunstancias sociales y pol√≠ticas. Entonces amagu√© una tibia defensa de mis relatos diciendo que hablaban de una familia oprimida por el peso de la dictadura, que hab√≠a sido el panorama de mi infancia en los a√Īos setenta y principios de los ochenta. Me replic√≥ con desd√©n y absoluta convicci√≥n que ya no val√≠a la pena escribir sobre aquello.

Eso ya era parte del pasado. De inmediato me dije que el viejo s√≠ se permit√≠a escribir sobre aquello que era un tema proscrito para los m√°s j√≥venes. √Čl lo hab√≠a vivido de adulto, con todas las consecuencias que implicaba para un adulto. Yo hab√≠a sido un ni√Īo y luego un joven en dictadura, ¬Ņqu√© podr√≠a aportar sobre esa √©poca espantosa?

Intento sacar a luz el trasfondo de nuestra el√≠ptica conversaci√≥n. Dir√≠a que me dio algunas pistas para tantear como escritor: la cr√≥nica roja, casos escabrosos. A juzgar por algunos de sus textos posteriores ten√≠a cierta predilecci√≥n por esos ambientes delictuales que a m√≠ todav√≠a me parece muy propia de quienes provienen de familias bien y se deleitan con los hedores de los bajos fondos. Pero luego, quiz√°s a modo de conclusi√≥n, me advirti√≥ que la vida del escritor sol√≠a ser muy ingrata, con escasas probabilidades de lograr un buen pasar‚Ķ Hab√≠a que pens√°rselo muy bien antes de lanzarse por ese camino en el que ‚ÄĒera evidente‚ÄĒ no me auguraba ning√ļn futuro.

Quiz√°s me vio muy descorazonado y sinti√≥ remordimientos por sus consejos y advertencias, ya que para poner fin a nuestra conversaci√≥n me dijo a modo de disculpa que no hab√≠a le√≠do con demasiada atenci√≥n mis textos, pues estaba sumido de lleno en los suyos. Creo que a estas alturas yo asent√≠a como esos perritos de taxi que menean la cabeza con el vaiv√©n del veh√≠culo. Esa misma noche entr√© en la casa con la idea asesina del borr√≥n y cuenta nueva de mis escritos. Quiz√°s en sue√Īos visit√© regiones donde vislumbr√© un ogro y al despertar a la ma√Īana siguiente lo llev√© a la rastra hacia la superficie del d√≠a.

Pero muy poco de lo que acabo de contar en este desproporcionado preámbulo es parte sustancial de lo que podría tratar Un ogro en la nieve. Casi nada.

*

Para parir un ogro en la nieve har√≠a falta mucho tiempo y tambi√©n una cierta dosis de desventura, me parece. Pero sobre todo una discrepancia muy grande con cuanto sucede alrededor. Como si aquel personaje, al habitarme por dentro, fuera ampliando la brecha con lo que existe ah√≠ afuera, cambiando las perspectivas, mudando las formas e infiltr√°ndome un pensamiento negativo, no en un sentido moral sino estrictamente l√≥gico. Quiero decir que cuando me muestran una mesa veo la no-mesa, cuando me ense√Īan un ser humano veo lo inhumano, y cuando pienso en m√≠ descubro a los dem√°s.

Al pensar en m√≠ me sale al encuentro una pareja todav√≠a joven que ha seguido el camino del mundo ‚ÄĒde este mundo‚ÄĒ al mismo paso que yo fui apart√°ndome de √©l. Han convertido la vida en una carrera por colocarse lo antes posible en una posici√≥n superior. Sin siquiera pregunt√°rselo han hecho lo que con no poca ingenuidad yo aborrec√≠a de joven: una carrera peque√Īoburguesa. En este punto pienso que el viejo escritor me advertir√≠a que estoy empleando conceptos trasnochados; ya no hay peque√Īoburgueses o bien todos lo somos y entonces no cabe otra posibilidad. Como sea, soy el reverso de su camino y Un ogro en la nieve deber√≠a contener ambas caras, con la salvedad que a√ļn no ha sido escrita. Por ese motivo cuanto he escrito hasta hoy ‚ÄĒincluidas estas palabras‚ÄĒ me parece provisorio, un borrador de aquella historia por venir.La Ant√°rtida

Se conocieron en la universidad cuando ella estudiaba Biolog√≠a y √©l Medicina. El entorno familiar los llamaba ‚Äėlos tortolitos‚Äô, por esas aves que se posan juntas sobre un cerco de alambre, la rama de un √°rbol o el canto de un muro, y que de tan apegadas e inseparables parecen un solo ser con el aspecto de dos. M√°s adelante partieron a Europa para continuar sus estudios, a la misma ciudad donde hace muchos a√Īos postul√© a un posgrado en Cualquier Cosa con el prop√≥sito de evadir una situaci√≥n personal a la que no sab√≠a c√≥mo hacer frente. Hoy entiendo que las academias huelen a los impostores as√≠ como los perros detectan la droga en los aeropuertos.

Jos√© Pablo ven√≠a de una familia muy conservadora, de esas que uno conoce con los a√Īos y te incitan a escribir la historia de un ogro en la nieve. La familia de Elo√≠sa era m√°s bien arribista, otro t√©rmino peyorativo de mi parte, pero qu√© le voy a hacer. De ella se sabe que fue una alumna estrella y que su resplandor aumentaba a causa del mito actual que atribuye a las personas en exceso retra√≠das, digamos al borde del autismo, el gen de la brillantez. Adem√°s, ten√≠a los ojos de un verde el√©ctrico y la piel de aceituna, lo que a la vista de Jos√© Pablo la convirti√≥ en un peculiar objeto del deseo a la chilena.

Hacia el centro de su historia deber√≠an encontrarse los problemas, un conflicto jam√°s resuelto: la cuesti√≥n de los hijos. Pues Jos√© Pablo se hab√≠a propuesto ser padre de cuatro ni√Īos y antes de que naciera el primero ya ten√≠a nombres para cada uno. Nombres compuestos y estirados, y hasta sobrenombres un poco rid√≠culos como Pochito y Pochita, cosas as√≠. Antes de existir ya ocupaban un lugar preciso en la cama matrimonial y Jos√© Pablo se deten√≠a frente a las vitrinas para ense√Īarle a Elo√≠sa prendas de ropa infantil o se quedaba mirando una plazoleta de juegos para ni√Īos adonde los traer√≠an los domingos. El futuro se hab√≠a resuelto de antemano y ella no dec√≠a ni s√≠ ni no, pues viv√≠a ensimismada. Ya se dijo.Patricio Gonz√°lez, el abuelo chileno que luch√≥ por rescatar a 7 nietos de  un campamento para hu√©rfanos de Estado Isl√°mico - BBC News Mundo

Por las noches Elo√≠sa volv√≠a del laboratorio donde hac√≠a sus estudios como si viniera de otro planeta y le tomara un tiempo acostumbrarse a √©ste. No hab√≠a terminado su adaptaci√≥n y ya estaba durmiendo. Se ve√≠a hermosa, todav√≠a m√°s que al estar despierta, y m√°s inalcanzable a√ļn. As√≠ que Jos√© Pablo empez√≥ a sentir rencor. Se hac√≠a cargo de todas las labores dom√©sticas porque su mujer no lavaba un solo plato; no le parec√≠a necesario mientras hubiera platos limpios, los mismos que lavaba su marido. El orden del mundo estaba trastocado, pero alg√ļn d√≠a volver√≠a a la normalidad. Jos√© Pablo cifraba su esperanza en la llegada de los ni√Īos.

Para desahogarse daba largas caminatas nocturnas por la rambla, por los mismos lugares donde a√Īos atr√°s me hab√≠a paseado con la imaginaci√≥n para huir de ese t√ļnel personal que parec√≠a sin salida. En esa rambla junto al mar me imaginaba solo, liberado de mis fantasmas y con un futuro abierto. Jos√© Pablo tambi√©n se encontraba ah√≠, atrapado en una situaci√≥n que no sab√≠a c√≥mo resolver, frente a un peligro que se le aparec√≠a mortal. All√≠ podr√≠an haberse encontrado dos j√≥venes, uno del pasado y otro del presente, y tanteado con la mirada para tratar de entenderse. No lo habr√≠an conseguido, era imposible. A uno le crecer√≠a un ogro por dentro. El otro se hab√≠a tropezado con una piedra insalvable y cuatro espectros que reclamaban ser sus hijos orbitaban su mente abrumada.

*

Hace unos d√≠as me despert√© de madrugada perturbado por un sue√Īo en el que trataba de contar la historia de un ogro en la nieve. Para ello acud√≠a a la consulta de Jos√© Pablo, que hab√≠a devenido un psiquiatra de prestigio como siempre lo dese√≥. Yo sufr√≠a de un mal que me imped√≠a escribir la historia, o quiz√°s ese mal me acuciaba a hacerlo aunque fuera imposible. Entonces lo visitaba para conocer su diagn√≥stico y para que diera una soluci√≥n a mi problema.

Lo miraba en su amplio sill√≥n que me hac√≠a sentir a√ļn m√°s disminuido y miserable en mi condici√≥n de paciente, a√ļn m√°s que al pagar a su secretaria los groseros honorarios que cobraba por la consulta. Baj√© por un segundo los ojos y al volver a levantarlos vi las cuatro sombras de sus hijos posadas como cuervos, dos sobre sus hombros y dos en su cabeza. Me dije que esas sombras lo perseguir√≠an como una maldici√≥n por el resto de sus d√≠as. Y entonces, dentro del sue√Īo, me pareci√≥ que el √©xito profesional de Jos√© Pablo era correlativo a la frustraci√≥n que lo carcom√≠a y lo hab√≠a hecho pisar a fondo el acelerador de su carrera a ciegas por el mundo, m√°s parecida a una venganza que a una ilusi√≥n.

No s√© c√≥mo sab√≠a yo que Elo√≠sa no hab√≠a querido tener hijos, y que nunca le respondi√≥ ni s√≠ ni no. No digo que no lo intentaran, pero de su parte hab√≠a una desgana vital a la que Jos√© Pablo atribu√≠a la raz√≥n del fracaso. Nunca lo conversaron, lo dejaron pasar como si fuera una herida que de exponerse al sol soltar√≠a un veneno mort√≠fero. Nunca intentaron someterse a ex√°menes m√©dicos para determinar cu√°l de los dos no estaba dotado para fertilizar al otro. Y nunca se separaron, pues para Jos√© Pablo el matrimonio deb√≠a ser para toda la vida y as√≠ era hasta ese impreciso momento de mi sue√Īo.

Fuera de la consulta psiqui√°trica arreciaban los temblores de una revoluci√≥n. No podr√≠a decir qu√© clase de cataclismo social Chile: corrupci√≥n, inestabilidad y estallido social ‚Äď DIAGONALCIEPamenazaba con arrasar todo cuanto conoc√≠a dentro del sue√Īo. Jos√© Pablo mov√≠a los ojos de la ventana a la puerta temiendo que en cualquier momento irrumpieran unos desaforados para cortarle la cabeza. No recuerdo si me lo dec√≠a o si yo mismo pod√≠a advertirlo en su expresi√≥n de pavor. Quiz√°s lo m√°s curioso de todo es que yo tambi√©n hab√≠a mirado a trav√©s de la ventana y descubierto a las cuatro sombras de sus hijos azuzando a unas masas descontroladas. Esas figuras difusas ten√≠an las pupilas rojas de rabia y de un hast√≠o sin fondo como s√≥lo puede palparse en los sue√Īos.

Es decir que el asunto pintaba muy mal, horrible. Y como no hab√≠a nada m√°s que hacer, salvo esperar, Jos√© Pablo se revisti√≥ de sus saberes profesionales y comenz√≥ a revisar manuales de psiquiatr√≠a. Si no me equivoco, son unos gruesos compendios que se actualizan peri√≥dicamente para ir incorporando nuevos trastornos mentales que desarrolla el ser humano a lo largo de su evoluci√≥n, as√≠ como para mejorar los tratamientos cl√≠nicos en base a psicof√°rmacos. Yo entiendo que la situaci√≥n no parece muy agradable. Pero es un sue√Īo, ya se dijo. El hecho es que Jos√© Pablo fue bajando con su dedo √≠ndice por la descripci√≥n de los males hasta llegar al √ļltimo, y luego su dedo desbarranc√≥ del manual. Me hizo sentir como un ogro en la nieve. Y entonces despert√©, por supuesto.

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