Sep 14 2022
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Literatura

Daniel Pizarro: La herencia de los vencidos

Como si fuera un relojero ante su mesa de trabajo doy por sentado que los mecanismos de esta historia se ponen en movimiento con piezas y engranajes de distintas formas y funciones y que al cabo de una tarea bastante laboriosa uno coloca la tapita metálica por detrás, se apega el instrumento al oído y un tictac le alegra el corazón: parece que un pajarito nos hubiera nacido entre las manos.

Nada de aquello es así, por supuesto. Todo es ilusorio. Son las artes de ocultar la obscenidad de las vísceras. Sin embargo, a veces me digo que el proceso opera del modo inverso: ante un objeto sellado, misterioso, uno se ve compelido a tomar las pinzas y los destornilladores de precisión. Destapa la caja y se maravilla del ingenio humano. O se horroriza. O las dos cosas a la vez.Daniel Pizarro | Meer

En este caso, dir√≠a yo, el primer conjunto de piezas corresponde a la partida in media res del relato, a mitad de camino entre sus or√≠genes y su final (si fuera posible delimitar esta historia). Es decir, hablo de agosto del a√Īo ochenta y cinco, de los d√≠as en que Mr. Watson visita las oficinas de Ciro Pascual en una casa de estilo neocl√°sico ubicada en Providencia, antes del auge inmobiliario que demoler√° toda la manzana para levantar ah√≠ un edificio corporativo. En esos d√≠as Ciro arr√≠a la bandera chilena del m√°stil del antejard√≠n e iza en su lugar la bandera de los Estados Unidos. Y adem√°s, en sus propias palabras, se agencia sin pudor un malet√≠n con boquillas de todos los modelos y tama√Īos para recibir al due√Īo de la empresa con quien pretende firmar un contrato de importaci√≥n exclusiva de los productos Dakota.

*

Como todo el mundo debe saber, esa línea de productos comestibles todavía perdura en los escaparates y góndolas de supermercados y almacenes de barrio, además de los tarros de basura y veredas, y cualquiera puede identificarla a simple vista por el indio emplumado en el centro de los envoltorios de chocolates, barras de mantequilla de maní, caramelos y otras bombas de calorías destinadas a quienes no han tenido tiempo de desayunar o de almorzar, y en general a quienes no tienen tiempo de nada porque corren de un lado a otro y necesitan alimentarse a la rápida para seguir rindiendo.

Nadie hasta entonces conoc√≠a los productos Dakota. Y Ciro Pascual estaba a un paso de convertirse en su importador exclusivo, ya se dijo. Uno que cree visualizar la historia de principio a fin puede sostener con propiedad que esos d√≠as marcan el punto de inflexi√≥n de su negocio, por no decir el giro ontol√≥gico de su existencia. El hecho de que Mr. Watson se decidiera a volar en su jet privado para mirarlo face to face era la se√Īal m√°s segura de que no ven√≠a a perder el tiempo en el culo del mundo.

Desde los ventanales del sal√≥n VIP del aeropuerto Pudahuel Ciro lo vio descender por la escalerilla del avi√≥n hacia la losa de la pista secundado por dos hombres de traje azul y anteojos oscuros que parec√≠an guardaespaldas o agentes del FBI, pero en realidad eran sus asesores comerciales. Mr. Watson era un hombr√≥n de unos sesenta a√Īos, m√°s alto de lo que se hab√≠a imaginado, con ese color de tez que en Chile se conoce como ‚Äėtostado de cantina‚Äô pero que en su caso pod√≠a atribuirse, aparte del bourbon, a la delgadez de una piel sangu√≠nea que contrastaba con el blanco de unos cabellos peinados hacia atr√°s y plateados al sol de la ma√Īana. Parec√≠a un dios griego.

A los hombres de fortuna se les excusan los trámites de aduana. Fue la primera lección que Ciro aprendió ese día. Alguien los realiza por ti, y con gusto. Así que en cuestión de minutos Mr. Watson y sus asesores estaban sentados en los sillones del salón VIP echando humo junto a Ciro y quitándose los zapatos con la punta del pie. Pidieron agua mineral y Ciro los imitó. Pedían caca de perro y Ciro no se quedaba atrás. Aunque su inglés era rudimentario había estimado que sería suficiente para desenvolverse en las esferas protocolares, no así cuando empezaran a tratar de negocios. Al gringo no parecían molestarle sus balbuceos, al contrario, eran un ingrediente más de una experiencia exótica que estaba recién partiendo y lo mantenía con los ojos muy abiertos, en el mejor de los ánimos.

Un conductor de levita y visera salt√≥ a abrirles las puertas y el maletero de la limusina blanca estacionada a la salida de la terminal de vuelos internacionales. The white dove of peace, coment√≥ Mr. Watson de manera un tanto enigm√°tica, detenido ante el veh√≠culo que tambi√©n parec√≠a una carroza funeraria. Ciro Pascual no supo si hablaba en serio o estaba ridiculizando sus atenciones; a lo largo de toda la visita ser√≠a incapaz de descifrar su humor. Hab√≠a alquilado el servicio de limusina por los d√≠as que duraba el viaje de Mr. Watson. A raz√≥n de unos quinientos d√≥lares por noche reserv√≥ tres suites en el hotel m√°s lujoso de la √©poca, las habitaciones m√°s exclusivas. Si este negocio se iba a las pailas se pasar√≠a un a√Īo entero trabajando para pagar la estad√≠a de Mr. Watson.

*

A Ciro Pascual lo pon√≠a nervioso la fealdad de Santiago, la pobreza como una bofetada en los alrededores del aeropuerto. El pa√≠s te daba la bienvenida con un paisaje post at√≥mico salpicado con pocilgas, galpones y bodegas como ni√Īos contrahechos. Pero ya se compondr√≠a a medida que se aproximaran al barrio alto. Iba dici√©ndose que Las Condes, Vitacura, Providencia se merec√≠an un aeropuerto a la altura de Mr. Watson. Cu√°ntos negocios prosperar√≠an con otra impresi√≥n de la ciudad. Lo que en su falta de experiencia a√ļn no comprend√≠a es que los empresarios tienen a la vista mercados, no urbes.

En la Alameda con avenida Santa Rosa la limusina choc√≥ contra una liebre del recorrido Einstein-Santa Rosa que no alcanz√≥ a detenerse en la luz roja. El microb√ļs la pesc√≥ por la cola haci√©ndola girar como un trompo. La paloma blanca qued√≥ apuntando como aguja de reloj hacia el cine Santa Luc√≠a, que en su marquesina exhib√≠a el lienzo de un estreno: Volver al futuro, esa pel√≠cula que juega con la idea de viajar al pasado para modificar el presente. Mr. Watson se sofocaba de la risa golpe√°ndose los muslos con las palmas. Nada como recibir el pencazo de un bus por detr√°s, podr√≠a pensar uno. Everybody‚Äôs okay?, pregunt√≥, y sin esperar respuesta puso los pies en la calzada y comenz√≥ a aplaudir y apuntar hacia el cine, rodeado de curiosos que observaban a un burlador de la muerte en medio del caos vehicular y los bocinazos. Ciro lo tom√≥ de un codo para apartarlo hacia la vereda y puso dos billetes de cinco mil pesos en las manos del conductor para que se las arreglara con el chofer de la Einstein-Santa Rosa y de paso tambi√©n con la polic√≠a. Hizo detener un taxi y prosigui√≥ la carrera al hotel de los gringos. Cruzando por la Plaza Italia Mr. Watson pregunt√≥ si la mujer en la cima del San Crist√≥bal tambi√©n era la Estatua de la Libertad. Ciro le inform√≥ que se trataba de la Virgin Mary, because this country is deeply catholic.

*

A la ma√Īana siguiente la brisa hac√≠a flamear la bandera de las cincuenta estrellas en el frontis de las oficinas de Providencia. Mr. Watson y sus asesores subieron las escalinatas de entrada sin hacer comentarios y se sentaron en una gran mesa de roble que Ciro compr√≥ para la ocasi√≥n, en cuyo centro los esperaba una miniatura de la Estatua de la Libertad. En la sala se encontraban los tres gringos, Ciro y su contador, adem√°s de Ang√©lica, la hija de su hermano Eduardo que estudiaba el segundo a√Īo de secretariado biling√ľe en el instituto Manpower y a quien introdujo como su traductora personal (personal translator) sin preguntarse qu√© se entender√≠a por aquel t√≠tulo. Su sobrina ya estaba trabajando para √©l como un modo de compensar los favores de Eduardo, quien desde los Estados Unidos inici√≥ las conversaciones para el negocio con Dakota Inc. Ven√≠a prepar√°ndose desde hac√≠a tres meses memorizando t√©rminos legales, contractuales y de comercio exterior. Tanta importancia dio a su papel que en el Manpower le adjudicaron unas clases personalizadas sin costo, tom√°ndose el desaf√≠o como una oportunidad de promocionar el instituto. Hasta se public√≥ un inserto patrocinado en la prensa: La traducci√≥n, un puente para los negocios (cfr. El Mercurio, cuerpo B, 18 de agosto de 1985).

Al primer intercambio de palabras en inglés el rubor explotó en las mejillas de Angélica. No pudo articular una sola frase. Con el mejor de los ánimos Mr. Watson comentó a sus asesores algo como que la belleza de la traductora, muy tiesa en su apretado traje celeste de dos piezas, parecía inspirada en la Estatua de la Libertad, que en este país se conocía como la Virgen María. Al menos eso entendió Ciro Pascual, y trató de sonreír a su sobrina. Durante toda la reunión Angélica se estuvo mordiendo los labios, la lengua y los cachetes por dentro para contener las lágrimas que a su pesar se le escurrían. Sentía el gusto ferroso de la sangre en la boca. Conozco estos detalles insólitos por su primo Dante León, que me ha contado esta y las demás confidencias de su tío Ciro (por lo que se entiende que todo lo que voy relatando es como si lo observara a través del ojo de una cerradura).

La pobre Ang√©lica. La experiencia la hizo abandonar sus estudios en el Manpower. Hoy es m√©dico veterinario y entiende a la perfecci√≥n la lengua de los animales. Eso repite su primo para molestarla. Como sea, la reuni√≥n fue un √©xito redondo para Ciro Pascual, que logr√≥ comprometer la firma del negocio apoy√°ndose en el lenguaje de se√Īas y las planillas de n√ļmeros preparadas por su contador, mientras su sobrina se mord√≠a los labios, la lengua y los cachetes por dentro. Ya se dijo.

De vuelta en la casa Ciro empez√≥ a servirse un vaso tras otro de whisky para apaciguar la excitaci√≥n de la jornada. En esos tiempos viv√≠a con Adriana y el hijo de ella, Sa√ļl, que lo quer√≠a como a un padre. Ten√≠a m√°s o menos la edad de sus sobrinos Dante y Ang√©lica, a quienes Ciro quer√≠a mucho m√°s que a Sa√ļl sin esforzarse demasiado por disimular sus preferencias, actitud que Adriana resent√≠a en silencio encon√°ndose contra √©l.

Iba por el tercer vaso de whisky esperando la llamada de Mr. Watson. El teléfono sonó como a las ocho y media, la hora en que un gato negro se paseaba por encima del muro. Adriana le tiró el auricular entre las piernas tratando de acertarle en el talón de Aquiles. El gringo de mierda, dijo, porque habían discutido de nuevo o más bien porque Ciro la venía ignorando desde hacía unos tres meses, o sea, desde que el negocio con Mr. Watson empezó a despuntar en el horizonte.

Del otro lado de la l√≠nea una voz rasposa le dijo que quer√≠a dar unas vueltas por la ciudad antes del toque de queda y necesitaba alguien que le sirviera de gu√≠a. It would be a pleasure for me, Mr. Watson, dijo Ciro Pascual. El gringo le dio a entender que ser√≠a mucho m√°s placentera la compa√Ī√≠a de su traductora personal, the Virgin Mary, si esto no le resultaba inc√≥modo ni complicado, you know what I mean (Ciro nunca le advirti√≥ que era su sobrina, de lo que se arrepent√≠a hasta hoy, seg√ļn Dante). Not at all!, se apur√≥ en contestar Ciro para disimular cualquier titubeo en la voz. En cuanto colg√≥ fue a buscar la agenda para telefonear a casa de la ex mujer de su hermano Eduardo.

2

Tomo entre las manos este otro pu√Īado de piezas que pertenecen al presente y me pregunto qu√© podr√≠a armarse con ellas, y c√≥mo ensamblarlas con las piezas y engranajes del a√Īo ochenta y cinco. Y entonces me digo, pues as√≠ lo pienso, que el tiempo presente no es el aqu√≠ ni el ahora sino la ley que los rige y que podr√≠a prolongarse por muchos a√Īos m√°s, como constato que viene sucediendo hasta hoy. Una vida entera. Cu√°ndo acabar√° el presente, me pregunto, cansado de su ley que puedo soportar a condici√≥n de creer en que un d√≠a cesar√°n sus efectos, aun cuando ya no est√© para ser testigo de esa revoluci√≥n. Todo lo que observo alrededor est√° sometido a ella y no muestra visos de cambiar; al contrario, el presente madura las cosas por dentro hasta pudrirlas.

Bajo esa ley me encuentro en la terraza de un restaurante de la avenida San Mart√≠n, en Vi√Īa del Mar. En la mesa vecina un joven intenta morder una hamburguesa m√°s alta que ancha sin que los ingredientes se le desparramen en el plato ni las manos se le pringuen de k√©tchup y mayonesa. Vano intento. Se lame dedo por dedo y vuelve a la carga. No hay caso. Bajo la misma ley un garz√≥n tambi√©n joven, con voz de flauta, viene a darnos la bienvenida y a decirnos que su misi√≥n es regalarnos una experiencia memorable. Quiere que nos larguemos a re√≠r cada vez que se acerque a nuestra mesa. Que dispersemos nuestras risas como p√©talos de rosas. Parece una broma pero es en serio; tan en serio que llego a sentir l√°stima. Su prop√≥sito, tan desproporcionado a la ocasi√≥n como el intento del vecino con la hamburguesa, me lleva a pensar qu√© suceder√≠a si lo tomamos al pie de la letra y convertimos la terraza en un manicomio de risas falsas, si convenimos en degradar nuestra humanidad bajo la ley del tiempo presente.

Pero, para ser consistente con mi tarea, vuelvo a examinar las piezas y oigo a Dante Le√≥n decir que podr√≠a heredar una fortuna de treinta millones de d√≥lares. Esta noticia, a mi modo de ver, conforma el n√ļcleo de la historia que pretendo contar, aunque sea a trav√©s del ojo de una cerradura. Luego, mi tarea es consultar a Dante c√≥mo es posible heredar treinta millones de d√≥lares en este mundo. Me ofrece su explicaci√≥n: es la parte de la herencia que le corresponder√≠a por la empresa de su t√≠o Ciro Pascual, avaluada en sesenta millones de d√≥lares. Su valor de mercado se calcula multiplicando por cinco o por seis el volumen de ventas anuales. No voy a discutirle el punto, porque no entiendo nada de negocios. Solo por curiosidad le pregunto a d√≥nde ir√°n a parar los otros treinta millones y me dice que a su prima Ang√©lica, que por ley de parentesco tambi√©n es heredera directa, no hay nadie m√°s. Su madre y el t√≠o Eduardo est√°n muertos, a ella se la llev√≥ un voraz c√°ncer de √ļtero y el t√≠o Eduardo sufri√≥ un infarto al miocardio tan violento que el coraz√≥n se le parti√≥ en dos como una cereza que se desgarra con las u√Īas. La leyenda cuenta que Ciro Pascual, a doce mil kil√≥metros de distancia, sinti√≥ una pu√Īalada en el pecho a la misma hora en que su hermano perd√≠a la vida. Hay que decir adem√°s que Ciro estaba separado de la pianista hace un mont√≥n de a√Īos y que nunca volvi√≥ a casarse ni tuvo hijos. En este lugar, siguiendo las palabras de Dante, podr√≠a concluirse que el dinero fluye por el mismo cauce que la sangre.

*

Pero yo sé algo más del asunto y al parecer Dante León ha olvidado que lo sé. O, quizás, algo que desconozco se filtró entre el tiempo de lo que sé y el presente y anula o trivializa mi conocimiento. Voy a reservarme esa pieza para el final, con declaradas ambiciones de colocar un broche de oro en esta historia. Lo que yo sé es que Ciro Pascual sí tuvo un hijo.

Fue a la vuelta de un corto exilio en la Suiza alemana, a mediados de los setenta, cuando pas√≥ una temporada en Chait√©n o en otro pueblo m√°s remoto del sur austral. Alguien le sopl√≥ que pese a no figurar en ninguna lista de perseguidos pol√≠ticos segu√≠a bajo la mira de los aparatos represivos, y entonces parti√≥ a fondearse a la casa de una compa√Īera de escuela de los tiempos universitarios que se hab√≠a vuelto a sus tierras despu√©s del Golpe. Lo aloj√≥ durante unos meses y qued√≥ esperando un hijo suyo. Cuando supieron la noticia ella le dijo que se olvidara del ni√Īo. No iba a condenarlo a ser pastor de ovejas, buzo mariscador, arriero o contrabandista de ganado, tampoco a enmohecerse bajo la lluvia. De ninguna manera iba a impedirle hacer su vida, que no era esa vida clandestina forzada por unas circunstancias excepcionales. Al menos seg√ļn Dante esta era la versi√≥n de su t√≠o Ciro de unos hechos ocurridos casi cincuenta a√Īos atr√°s, lo que tambi√©n se parece a mirar por el ojo de una cerradura.

Ciro Pascual hizo su vida y se olvid√≥ del ni√Īo, pero el hijo de las circunstancias no se olvid√≥ de √©l. A mediados de los noventa Ariel se present√≥ sin aviso en sus oficinas. Ya no era un ni√Īo y su parecido con √©l le dio v√©rtigo. Era un reencuentro con su yo juvenil. El mismo pelo cobrizo, las entradas tempranas, las pecas, sus espaldas anchas, el cuerpo compacto como un cubo. Ante cada palabra y cada gesto de su doble Ciro trataba de reprimir las suspicacias, atacado de remordimientos. Pero las sospechas se hab√≠an despertado como zombis, y no solo en √©l; tambi√©n en Dante y Ang√©lica, e incluso en Sa√ļl, a quien segu√≠a viendo despu√©s de terminar con Adriana.

*

A falta de algunas piezas me permito imaginar la entrada de Ariel en las oficinas de Ciro Pascual un oto√Īo a mediados de los a√Īos noventa. Un d√≠a de sol viciado por el smog, como la mayor√≠a de los d√≠as oto√Īales. El polvo en suspensi√≥n cae como ceniza f√ļnebre sobre la tierra y esta inspira nada m√°s que polvo y lo espira a la atm√≥sfera como un matrimonio bien avenido. Fue una compleja traves√≠a entre combinaciones de metro y buses hasta los terrenos de la empresa ahora emplazada en las inmediaciones del aeropuerto, en una zona de espinos esquel√©ticos y amplios pa√Īos donde aparcan flotas de autos nuevos que lucen como una formaci√≥n militar y encarnan los sue√Īos de millones de personas que son hijos del tiempo presente.

Ariel se identifica en los portones de entrada y luego va atravesando entre camiones de carga y grandes bodegas donde ya no se almacenan √ļnicamente productos Dakota sino una gama de bienes de importaci√≥n que atiborran los supermercados como la mayonesa Imperial (‚ÄúEl verdadero sabor de la mayo casera‚ÄĚ) o los fideos Bertoni (‚Äú¬°Mamma m√≠a, qu√© ricura!‚ÄĚ), que todo el mundo conoce y consume, incluido Ariel, en qui√©n resuenan los jingles como la banda musical de su juventud.

No puedo escudri√Īar sus pensamientos, pero he o√≠do los ecos del discurso que solt√≥ en las oficinas de Ciro Pascual. Podr√≠an ser los fragmentos de una declaraci√≥n de principios. Su √ļnico inter√©s era conocerlo. Nunca le falt√≥ un padre de verdad, pues un buen hombre del sur le hab√≠a entregado su apellido y su afecto. No ven√≠a con rencor ni segundas intenciones de ninguna especie. Estudiaba Ingenier√≠a en Minas en la Universidad Cat√≥lica, ten√≠a fe en s√≠ mismo y en su futuro; o sea, en su prosperidad. Cualquiera puede imaginar que Ciro Pascual lo oy√≥ en silencio, a la defensiva, y que al final de la conversaci√≥n se sinti√≥ obligado a ofrecerle algo a cambio de su desinter√©s. En efecto, le ofreci√≥ conocer a la familia.

*

Todav√≠a se discute si fue una buena o una mala idea. El hijo de Ciro Pascual le tom√≥ la palabra y comenz√≥ a aparecerse regularmente por las reuniones familiares. Tambi√©n yo particip√© en algunas y no fue necesario observarlo por el ojo de una cerradura. Pude asistir al nacimiento de un nuevo miembro de la familia, uno a quien nadie trataba de ‚Äėprimo‚Äô, ‚Äėsobrino‚Äô o ‚Äėhijo de‚Äô, ni preguntaba por las razones de su acercamiento. De lejos se percib√≠a lo forzado de la situaci√≥n, el sentimiento de l√°stima y a la vez la suspicacia con que se relacionaban con el pariente cercano m√°s parecido a Ciro Pascual.

Hasta que Ang√©lica demostr√≥ su car√°cter. No digo que no lo tuviese antes, en los tiempos de la reuni√≥n con Mr. Watson o durante las horas que pas√≥ encerrada con √©l en la suite del hotel, de las que nunca se quiso averiguar nada. Digo que su car√°cter hab√≠a cristalizado con su vocaci√≥n, la medicina veterinaria, y con el amor por los animales salvajes, sobre todo los que se encuentran en peligro de extinci√≥n o seriamente amenazados por la actividad humana. Ya no costaba nada imaginarla de voluntaria en √Āfrica con los pies en el barro, alimentando cr√≠as de rinocerontes con un biber√≥n de medio metro en una reserva ecol√≥gica.

Por lo que Dante me cont√≥, Ang√©lica cit√≥ a Ariel en un caf√© e hizo el trabajo sucio. Fue de una franqueza seca y brutal, al alcance de pocos. A nadie le cab√≠an dudas de que era hijo del t√≠o Ciro, parti√≥ dici√©ndole. Cosa de ponerlos uno al lado del otro. Pero, veamos, ¬Ņcu√°les eran sus intenciones? Los lazos afectivos no se crean de la noche a la ma√Īana, por decreto. ¬ŅNo se daba cuenta de la incomodidad que causaba en las reuniones familiares? ¬ŅNo notaba el desagrado del t√≠o Ciro? El anuncio de su visita le inflamaba el colon, le provocaba acidez, diarreas, dolores de cabeza y mareos. Antes de recibirlo se preparaba un c√≥ctel de famotidina, paracetamol y loperamida. ¬ŅNo qued√≥ todo claro entre su madre y el t√≠o Ciro hace un mont√≥n de a√Īos, de una vez y para siempre? ¬ŅS√≠ o no? ¬ŅY entonces qu√©? Ya hab√≠a conocido a su padre biol√≥gico. ¬ŅQuer√≠a seguir tortur√°ndolo, destruy√©ndole el h√≠gado, los ri√Īones? Cortemos esta farsa, por favor, le dijo Ang√©lica barri√©ndolo de sus vidas.

3

Voy a permitirme una digresión a propósito de la película Volver al futuro y la posibilidad de cambiar el presente modificando el pasado. Pues observo que esta historia ofrece algunas alternativas, pero a medida que ensamblo las piezas sus posibilidades se reducen así como al pesquisar un crimen el descarte de los sospechosos va conduciendo a una sola línea de investigación.

Como se sabe, Volver al futuro fue uno de los m√°s grandes √©xitos de taquilla de los a√Īos ochenta. El n√ļcleo de sus peripecias es un viaje al pasado que termina por modificar un destino personal y familiar marcado con la impronta de los perdedores para girarlo hacia el lado de los ganadores, esos seres que habitan en la zona luminosa de la vida. Sobre este eje se articula la pel√≠cula y su ideolog√≠a es el l√≠mite, es decir, el borde del universo; m√°s all√° no hay existencia posible ni funciones de cine.

Entonces, me propongo retomar a modo de breve y muy libre divagaci√≥n la pregunta lanzada en el cap√≠tulo 2 de esta historia: ¬ŅCu√°ndo acabar√° el tiempo presente? Ante lo cual me tienta responder ‚ÄĒtentar una respuesta que quiz√°s no encuentre su punto de cierre‚ÄĒ con el recuerdo de un proyecto de novela que me desvela desde la juventud y cuyo t√≠tulo, La herencia de los vencidos, condensa la experiencia que me interesa dar a conocer: la derrota.

¬ŅQu√© perdemos cuando perdemos? La consecuci√≥n de un objetivo. De acuerdo. Has perdido el tiempo presente, las leyes que rigen el aqu√≠ y el ahora te pesan como una condena y una amenaza constante. Una situaci√≥n insensata de la cual intentas huir a cada momento porque te violenta, porque te agobia y asfixia, porque podr√≠a enloquecerte si te avienes a re√≠r falsamente como en un manicomio.

¬ŅCu√°ndo comenz√≥ el tiempo presente? Palpo su continuidad y su densificaci√≥n a medida que me aproximo al aqu√≠ y al ahora. Una situaci√≥n se ha venido osificando, constituyendo sus propios l√≠mites m√°s all√° de los cuales parece no haber nada, s√≥lo lo impensable o peor a√ļn, lo imperdonable. Si hago el ejercicio de entrar en una m√°quina del tiempo en busca de respuestas, llego hasta el d√≠a 11 de septiembre de 1973. All√≠ se decidi√≥ el tiempo presente. Aterrizo en esa fecha para reafirmar expresamente que se trata, en todo momento, de una derrota en la Historia y no fuera de ella. Podr√≠a hacer como Michel J. Fox y pasarme al bando de los vencedores, pero me resulta imposible. Soy incapaz. No puedo volver al futuro con una sonrisa lustrada por el dent√≠frico Shining star, uno de los √ļltimos productos de la marca Dakota que hoy se expende en las farmacias. Me vienen a la memoria estos versos amargos, recuerdos de una experiencia en el Teatro Caupolic√°n a mis tres a√Īos:

De ni√Īo fui una vez llevado al circo
los payasos me obligaron a reír
secóseme la cara como un higo
tendr√≠a que esperar un mill√≥n de a√Īos
para volver a reírme de nuevo.
Al fun√°mbulo de la cuerda floja, entre aplausos
le gritaba ‚Äú¬°Que se caiga, que se caiga!‚ÄĚ
Al final del espectáculo mis tías me preguntaron
‚Äú¬ŅQu√© fue lo que m√°s le gust√≥ del circo?‚ÄĚ
y yo les respond√≠ ‚ÄúEl man√≠ confitado‚ÄĚ.

Sin haber escrito ni una sola l√≠nea de la novela, me he juramentado para que La herencia de los vencidos sea la historia de mi padre y su herencia, que soy yo, y del tiempo derrotado el d√≠a 11 de septiembre. Mi padre muri√≥ sin enterarse de mi prop√≥sito, que aqu√≠ declaro como una forma de comprometerme conmigo mismo teniendo por testigo al eventual lector de estas palabras y sobre todo a mi padre, ni m√°s ni menos que como mi propia vida consagrada a recordarlo. Esa novela alg√ļn d√≠a ser√° escrita como una lucha abierta y a la vez limitada (por mi propia finitud) por derrocar el tiempo presente. No se tratar√≠a m√°s que de la voluntad de poner fin a aquello que Walter Benjamin describe en las p√°ginas del fragmento El capitalismo como religi√≥n, y que acaso por afinidad pueda extenderse a todas las sociedades regidas por el productivismo: el capitalismo es la celebraci√≥n de un culto sans r√™ve et sans merci, sin sue√Īo y sin misericordia. En otras versiones del texto la palabra r√™ve es reemplazada por tr√™ve, sin tregua. Ambas concurren a describir el tiempo presente.

¬ŅPara qu√© abre los ojos un hombre al despertar, sin tregua y sin misericordia? ¬ŅA qu√© se levanta un hombre en la ma√Īana, sin sue√Īo y sin misericordia? Cualquiera que haga suyas las palabras de Walter Benjamin no podr√≠a sino levantarse a luchar contra este culto, de lo contrario, o vive en el desquiciamiento o se est√° consumiendo a sus puertas.

4

Una vez ‚ÄĒo quiz√°s m√°s de una‚ÄĒ sufr√≠ la infidelidad de una mujer. A la distancia temporal ya no lo rememoro como un drama intolerable, hasta me parece que nos ofrece la oportunidad de formularnos una pregunta muy pertinente: ¬Ņa qu√© debemos mantenernos fieles? Sin embargo, en esos d√≠as lo recib√≠ como un mazazo despiadado que me hizo creer que nunca m√°s podr√≠a ponerme de pie, y entonces me paraliz√≥ el miedo.

Dante Le√≥n me vio en ese estado de postraci√≥n y como siempre ha sentido un gran afecto por m√≠, m√°s all√° de cualquier diferencia entre nosotros, se preocup√≥. Debo suponer que esa tarde de hace unos veinte a√Īos le habl√≥ de mi situaci√≥n a su t√≠o Ciro Pascual mientras volv√≠an de la empresa. Su t√≠o quer√≠a involucrarlo en el negocio de la importaci√≥n, pues ya entonces lo acuciaba la necesidad de que uno de sus herederos m√°s confiables y queridos se hiciera cargo del buque cuando no lo acompa√Īaran las energ√≠as para dirigirlo. Era Dante o Ang√©lica, y ella hab√≠a tomado el camino de los animales salvajes.

A las puertas del edificio me esperaba un Mercedes Benz blanco de √ļltima generaci√≥n con la puerta trasera abierta. En cuanto me sent√© Ciro Pascual se gir√≥ hacia m√≠, me clav√≥ la mirada y me apret√≥ el hombro con fuerza, conmovido, como si mi desgracia me concediera unos puntos adicionales en su mezquino aprecio de los seres humanos. Yo lo ve√≠a, digamos, una vez cada cinco a√Īos y para m√≠ era siempre el mismo hombre, un ser inmutable. No s√© por qu√© me recordaba de una excursi√≥n a las monta√Īas un d√≠a de semana, una tarde fr√≠a, nubosa, un poco triste, con Dante, Ang√©lica y tambi√©n Sa√ļl. Encendimos una fogata y Dante ech√≥ al fuego un envase de aerosol que explot√≥ como una bomba. Fue lo m√°s emocionante del paseo. Con mis antenas de ni√Īo me pareci√≥ advertir que su t√≠o no disfrutaba la aventura sino que estaba cumpliendo un deber con sus sobrinos y su hijastro y que en su mente era tiempo desperdiciado. Hoy puedo decir que luchaba de sol a sol por su negocio incipiente.

O solamente luchaba. Su vida entera hab√≠a sido una contienda, pero ¬Ņcontra qu√©? Dante me hab√≠a hablado de sus padres inmigrantes, de un local de quesos y aceitunas cerca de la Estaci√≥n Mapocho, de la temprana muerte de su padre y de c√≥mo el t√≠o Ciro debi√≥ salir a trabajar con trece o catorce a√Īos. Repart√≠a quesos y aceitunas en un carret√≥n de mano, almac√©n por almac√©n, casa por casa. Traqueteaba por las calles de adoquines de hace sesenta a√Īos y m√°s empujando el carret√≥n con un travesa√Īo cruzado a la altura del pecho. Todo su cuerpo, desde las piernas hasta la zona del t√≥rax que se tocaba con el palo, ejerc√≠a una tracci√≥n para vencer la inercia y desplegar el movimiento. Cuando el carret√≥n tomaba velocidad pod√≠a levantarse del travesa√Īo, encoger las piernas y volar unos instantes a ras de suelo, su m√°xima felicidad. Me pareci√≥ que en ese esfuerzo se resum√≠a su lucha hasta el d√≠a de hoy. M√°s que una lucha, era una liturgia. Ciro Pascual no sab√≠a hacer otra cosa que levantarse de madrugada a empujar un carret√≥n para vencer la resistencia de los elementos, sin tregua y sin misericordia. Cualquier otra actividad que lo distrajese de su liturgia comenzaba a impacientarlo muy r√°pido. Esa cruzada personal, cuerpo a cuerpo con la vida, sublimada como gesta √©pica, siempre me ha provocado un des√°nimo profundo, una tristeza para echarse a llorar, un desinter√©s para ponerse a bostezar, y tambi√©n una interrogante para la cual no encuentro respuesta.

*

Nos sentamos en uno de esos restaurantes de moda que se hab√≠an instalado en Vitacura junto al r√≠o Mapocho en una zona bautizada como ‚ÄúBordeR√≠o‚ÄĚ, donde unos veinte a√Īos antes exist√≠an unas poblaciones callampa que fueron arrasadas por una inundaci√≥n. En un plato enorme me sirvieron poqu√≠sima comida. Entiendo que a esto se le denomina nouvelle cuisine (vaya uno a saber si lo es) y la impresi√≥n, para quien espera su pedido con apetito, es bastante desoladora. Uno aqu√≠ ven√≠a a perder peso, no a satisfacerse. Era una rodaja de at√ļn con unas ramitas verdes encima y un chorro decorativo de salsa viol√°cea que parec√≠a la firma burlona de autor del plato, como si en ella pudiera leerse: ‚ÄúTe va a quedar en una muela, pero t√ļ calladito que esto es de buen gusto. Bon app√©tit‚ÄĚ.

Frente a mí, Ciro Pascual seguía mirándome con expresión de carnero degollado y profunda empatía por mi desgarro sentimental. Ya me daba cuenta de que la cena iba a girar en torno a mis cuernos.

Me lo planteó de una manera ilustrativa, sumamente elocuente. No existían las curas expeditas para una traición amorosa, no había recetas milagrosas ni convenía buscarlas porque luego la herida se enconaba, se pudría por dentro, seguía supurando en silencio y brotaba amarga cuando menos te lo esperabas. Estás en lo mejor de una cacha con otra mujer, te acuerdas de la traición y la herramienta se te encoje hasta el porte de una tachuela, me dijo Ciro Pascual juntando el índice con el pulgar a la altura de mis ojos.

En una situaci√≥n como la m√≠a, que hab√≠a sido la suya mucho tiempo antes, uno ten√≠a que sentarse frente a una olla repleta de mierda, no de at√ļn en rodajas. Con los brazos en c√≠rculo sobre la mesa me ense√Ī√≥ el tama√Īo aproximado del puchero. Cada d√≠a te sentabas ante la olla y te met√≠as una cucharada de mierda para dentro.

‚ÄúFlaco‚Ä̂Ķ, me dijo, asent√°ndome las pupilas para atraer toda mi atenci√≥n. E hizo el gesto de llevarse la cuchara sopera a la boca.

Era una prueba de estoicismo. Entretanto, Dante me aleccionaba al o√≠do sobre lo mal que me conduc√≠a con la traidora, que era una caprichosa y una mimada. C√≥mo le permit√≠a esto, c√≥mo le toleraba lo otro. ‚ÄúFlaco‚ÄĚ, o√≠a de vez en cuando. Las pupilas de Ciro Pascual y la cuchara con mierda entrando en su boca. Sus facciones se hab√≠an cincelado en un material glauco, gris√°ceo, entre la cera y la piedra como las esculturas de los santos. En su rostro ve√≠a plasmarse el culto del carret√≥n. ‚Äú¬°Flaco!‚Ä̂Ķ Y la cuchara a la boca. Sus pupilas fijas, botones de cristal incrustados en la carne p√©trea. Dante en mi oreja: Te tienen de las pelotas. ‚ÄúHasta que un d√≠a ‚ÄĒescucho‚ÄĒ, miras el fondo de la olla y ya no hay m√°s mierda: se acab√≥‚ÄĚ. ‚Äú¬°Flaco!‚ÄĚ. Otra vez la cuchara. Y yo me pregunto si alg√ļn d√≠a se termina la mierda de la olla. ¬ŅO forma parte de los misterios religiosos?

5

Por el ojo de una cerradura veo a una mujer de belleza legendaria. Una de esas mujeres que con su aura van enamorando hombres al pasar. A Ciro, a Dante Le√≥n, a Oliver Parvus o Partus, e incluso a m√≠, que la conozco por un recorte de peri√≥dico en blanco y negro en el que las teclas del piano hacen juego con los colores de su pelo, de su piel y su sonrisa arrogante, revoltosa. Una mujer que pod√≠a enloquecerte tanto para bien como para mal, me advert√≠a Dante. Una enferma del mate, dec√≠a su t√≠o Ciro Pascual como si necesitara mantenerse a salvo de una marea turbulenta. Antes de partir al exilio ya le hab√≠a hecho unas cuantas escenas. Una vez llam√≥ a la polic√≠a y lo acus√≥ de violaci√≥n de domicilio. ‚ÄúLl√©vense a este hombre, no lo conozco‚ÄĚ. Ciro baj√≥ esposado las escaleras del edificio, con los pacos detr√°s. Desde la calle mir√≥ hacia arriba y la vio llorando en la ventana como si reci√©n tomara nota de su arrebato.

De una hermosura rabiosa, dec√≠a Dante. Y yo le cre√≠a, insisto, pegado al ojo de una cerradura. Hab√≠a so√Īado con ella. Se me acercaba sonriente, maliciosa, con ropas y atuendos de una √©poca que la hab√≠a encumbrado en su espuma. Un √©poca indeciblemente m√°s feliz, me dec√≠a yo dentro del sue√Īo. Un vestido a cuadros hasta las rodillas, zapatos de terrapl√©n, peinado globoso y un pa√Īuelo de colores rodeando su cuello. Le quitaba el pa√Īuelo y su cabeza ca√≠a guillotinada entre mis brazos como si saltara hacia m√≠ a trav√©s del tiempo. Me preguntaba con qu√© adherirla al cuerpo como si de esa haza√Īa dependiera la suerte de la novela que no hab√≠a escrito pero empezaba a redactar en sue√Īos con una l√≥gica que al despertar me resultaba incomprensible.

*

No hay fotos, no hay testigos. De todas maneras los veo subir por la escalerilla del avi√≥n de la Swiss Air casi con lo puesto, uno o dos bolsos de mano y los restos de esa espuma que a√ļn no se evapora totalmente, pues rara vez dimensionamos la magnitud de un desastre hist√≥rico y la inercia nos induce a pensar que todo podr√≠a retrotraerse, que en una de esas Michel J. Fox nos hace un hueco en la m√°quina que viaja a trav√©s del tiempo.

Por alg√ļn motivo que Dante ignora y que probablemente se relaciona con su condici√≥n de refugiados pol√≠ticos, un funcionario internacional los acogi√≥ en su piso de la Mathius Corvinusgasse, en Berna. Ese tal Corvinus hab√≠a sido un alquimista medieval, Ciro se enter√≥ de ello por pura casualidad. El edificio era la construcci√≥n m√°s extravagante que hab√≠a visto en su vida: un apartamento independiente de segundo piso con muros de piedra y salida a una terraza en altura convertida en jard√≠n de plantas. Una selva tropical encima de la cabeza, que al funcionario internacional le parec√≠a lo m√°ximo.

Lo peor para Ciro es que las desgracias se nos imprimen hasta en sus √≠nfimos detalles: el funcionario se llamaba Oliver Parvus o Partus, nunca logr√≥ o√≠r bien su apellido. Era de ancestros angole√Īos. Un negro de modales finos, dedos largos que sosten√≠an una pipa que echaba un humo dulz√≥n. Camisas blancas y chalecos marr√≥n claro, abotonados. Quiso el destino que en su sal√≥n hubiese un piano. Clarissa (ella, la pianista) empez√≥ darle lecciones al funcionario internacional y este, a cambio, a ense√Īarle el idioma alem√°n. Ella no solo se propuso hablar la lengua sino tambi√©n aprender con rigor su complicada sintaxis y su ortograf√≠a, otro m√°s de sus caprichos.

Ciro Pascual se ganaba la vida en una f√°brica artesanal de embutidos. Mol√≠a v√≠sceras, las sazonaba, las amasaba en una pasta asquerosa; el olor a carne y a especias se le hab√≠a impregnado en las palmas, bajo la piel, tal vez en el esp√≠ritu, y a la pianista le repugnaba. A vuelta de la f√°brica atravesaba el jard√≠n de plantas en la terraza y los ve√≠a sentados al piano, de espaldas a √©l, tocando a cuatro manos. O los ve√≠a de frente en el escritorio que miraba al amplio ventanal, repasando ejercicios de sintaxis y ortograf√≠a alemanas. Clarissa repasaba inclinada sobre la mesa y Oliver Parvus o Partus se paseaba por detr√°s explic√°ndole alg√ļn aspecto del idioma con aires de profesor de colegio. Los cristales dobles apagaban sus voces. Parec√≠a una obra de teatro mudo. Algo de estilo japon√©s, he pensado yo, ignoro por qu√©. Ciro saludaba con una mano y segu√≠a de largo para ir a lavarse.

Una tarde no los encontr√≥ ni al piano ni en el escritorio. Estaban tirando sobre la alfombra. El suizo-angole√Īo se montaba a su mujer y ella lo abrazaba con las piernas rode√°ndole la espalda. No hab√≠an terminado de desvestirse.

Quiz√°s Ciro Pascual se fue a negro, perdiendo la memoria unos instantes. Nunca logr√≥ aclar√°rselo a s√≠ mismo, le dijo a su sobrino Dante Le√≥n. Al momento siguiente Clarissa y el otro hombre se encontraban frente a √©l en la terraza, tomados de la mano. No hab√≠an terminado de acomodarse bien la ropa; los faldones blancos de la camisa del funcionario ca√≠an sobre el cintur√≥n, un hombro de su mujer estaba tapado por el vestido, el otro al descubierto. En la bragueta de Parvus, o Partus, se delataba una erecci√≥n. Su rostro le sonre√≠a. Pod√≠a quedarse la tiempo que quisiera en el apartamento, sin pagar. Clarissa se iba a vivir con √©l. El funcionario internacional se lo ofrec√≠a en un castellano m√°s o menos correcto. Al parecer, la pianista tambi√©n le hab√≠a estado ense√Īando su lengua.

Su perplejidad no abat√≠a las sonrisas de la nueva pareja. De ella, la enferma del mate, se pod√≠a esperar cualquier cosa; toda su vida, todas sus decisiones, se explicaban por la falta de cordura. En cuanto a la forma en que se condujo esa tarde el funcionario internacional Parvus o Partus, Ciro hab√≠a llegado a la conclusi√≥n, racista a m√°s no poder, de que era la mezcla nefasta entre el elemento civilizado suizo y la barbarie africana, en la cual siempre predomina el componente salvaje y tribal, que se enmascara en las buenas costumbres aprendidas a la ligera. El tipo se floreaba como diplom√°tico en congresos y conferencias, pero le pon√≠as una concha por delante y volv√≠a a ser un mono. Ciro hab√≠a experimentado la diplomacia de lo brutal, como que te notifiquen segundos antes de lanzarte una bomba at√≥mica. As√≠ resolver√≠an esos enredos en la tierra de sus antepasados, cada vez que el pr√≠ncipe del clan se encaprichaba con una plebeya. Ante ese cuadro uno no encuentra las claves para comportarse. No al menos un hijo de inmigrantes napolitanos nacido y criado en la comuna de Independencia, Santiago de Chile, a unas dos cuadras del Hip√≥dromo. Si lo supiera habr√≠a patentado la receta y ser√≠a millonario desde mucho antes, con menos esfuerzo y menos sacrificios. Eso le dijo Ciro Pascual a su sobrino Dante Le√≥n, que luego me lo relat√≥ a m√≠, el due√Īo de estas piezas y engranajes que buscan convertirse en un reloj que haga tictac.

6

Ahora que me acerco al final observo que me sobran estas piezas y que algo parecido me ocurr√≠a de ni√Īo al ensamblar un juguete con la ayuda de un plano o un manual de instrucciones. Piezas que no sabr√≠a d√≥nde encajar, que no calzan con las otras ni parecen cumplir una funci√≥n espec√≠fica. Pero ni la realidad ni el lenguaje crean piezas in√ļtiles, dir√≠a yo, y ese juicio me hace pensar que tal vez he construido el artefacto equivocado, por usar el plano equivocado o por haberlo le√≠do mal. Todo por mirar a trav√©s del ojo de una cerradura.

Son piezas y engranajes del presente, no hay duda. Sin perder de vista que el tiempo presente se viene prolongando desde que tengo uso de razón. Toda mi existencia, prácticamente. Me encuentro en la superficie de una tierra osificada y los objetos sensibles tienen su razón de ser en las más profundas capas geológicas de este tiempo. Para decirlo de otro modo: todos ellos resuenan hasta los avernos.

¬ŅD√≥nde me encuentro, entonces? Ante el frontis de un edificio que tiene el color y la textura de una piel de elefante. Una construcci√≥n de los a√Īos cincuenta del siglo pasado, diez pisos, muros exteriores de un metro y medio de espesor, muros interiores de ochenta cent√≠metros de espesor. El arquitecto de esta obra se propuso construir una fortaleza o un claustro a prueba de cataclismos en medio de la ciudad, en una calle de Providencia no muy lejos de la manzana donde hubo una casa de estilo neocl√°sico de la que ya se habl√≥.

En el tiempo presente Ciro Pascual habita en los dos √ļltimos pisos, que ocupan toda la planta del edificio, unos mil quinientos metros construidos, m√°s o menos. Todos nos preguntamos, al menos la primera vez, c√≥mo ha sido esto posible. La respuesta es que el arquitecto que dise√Ī√≥ la fortaleza quiso reservarse una planta completa para √©l y otra para alg√ļn ser muy querido, tal vez su madre, y las conect√≥ por dentro a trav√©s de una escalera de m√°rmol de dos tramos con un amplio descanso intermedio.

Dante Le√≥n fue cont√°ndome los progresos de la remodelaci√≥n, que en total dur√≥ un par de a√Īos y estuvo a punto de enloquecer a uno de los vecinos, quien un d√≠a no soport√≥ m√°s el ruido de los taladros y m√°quinas picadoras y esper√≥ a Ciro Pascual a las puertas del departamento para reventarle el cr√°neo con un martillo. Ciro negoci√≥ con el vecino ofuscado una compensaci√≥n monetaria para calmar los √°nimos, lo que me induce a pensar que en ciertos casos el dinero puede hacerte entrar en raz√≥n.

*

Grandes puertas correderas revestidas con l√°minas de caoba dividen las salas y habitaciones. Cuando est√°n abiertas es posible lanzar la mirada de uno a otro extremo de cada piso y recibir de vuelta la impresi√≥n de una amplitud muy holgada, como si los espacios fueran bolsones de soledad. Uno llega a decirse (yo, al menos) que se trata de un efecto buscado pues la idea, justamente, es sentir el placer de no encontrarse con nadie, el placer de arrojar la mirada a trav√©s de la soledad y el silencio. Puesto que es imposible entenderse con nadie ‚ÄĒdada la naturaleza del tiempo presente‚ÄĒ, quien tiene el poder de comprar su soledad, aquel que puede ahorrarse el desagrado de lidiar con otros seres humanos que se comportan como √©l, lo hace. As√≠ de sencillo. La soledad y el silencio son bienes de consumo.

En el piso superior hay una mujer. Su nombre es Clara y nunca la he visto. Se trata de la √ļltima pareja de Ciro Pascual. Deben llevar unos quince a√Īos juntos y hace unos diez o doce a√Īos que Ciro perdi√≥ inter√©s en ella, pero a esta altura no est√° de √°nimo para reacomodar desde los cimientos su situaci√≥n sentimental y, por lo que s√©, desde hace un tiempo mantiene una relaci√≥n discreta con la gerente de Recursos Humanos de la importadora, una mujer casada. Cuando hay de por medio asuntos como el trabajo, el poder y la posibilidad de despedir empleados, contratarlos o reasignarlos a otra unidad como si fueran parte de mobiliario, las relaciones se electrifican como si nos vi√©semos envueltos en los terminales nerviosos de la existencia, aunque para m√≠ solo se trata del erotismo propio del tiempo presente.

Clara tambi√©n toca el piano; lo hace por diversi√≥n, lo aprendi√≥ cuando era ni√Īa. Ella se define como una terapeuta del alma. Impone las manos y aplica imanes curativos para realinear las energ√≠as corporales. Trabaja con flores de Bach y otras hierbas. A Ciro Pascual todo aquello le huele a charlataner√≠a, pero solo lo comenta con su sobrino Dante Le√≥n, que me lo hace saber a m√≠, que la imagino a ella.

No la he visto jam√°s, ya se dijo. Pero una vez la o√≠ tocar el piano. Desde la planta superior los acordes bajaban por los pelda√Īos de m√°rmol y nos alcanzaban diluidos en la sala donde Ciro estaba viendo televisi√≥n tendido en un sof√° y Dante esperaba de pie la respuesta a un peque√Īo favor, y yo simplemente lo acompa√Īaba.

Todo el mundo le pide favores a Ciro Pascual, que los concede a disgusto haciendo notar el fastidio que le provocan estas solicitudes. Lo hace a propósito, como si gozara rebajando a quienes dependen de su buena voluntad. Las personas a su alrededor parecen ser una molestia; diría que incluso él es una molestia para sí mismo, especialmente al final del día, cuando pone a descansar el carretón de mano y la sustancia del tiempo se transforma en una procesión funeraria.

¬ŅEst√° muerto el tiempo libre?, me pregunto. En sus ratos de ocio Ciro Pascual mira por TV combates de artes marciales mixtas de la Ultimate Fighting Championship en un canal pagado de deportes. Hombres y mujeres intentan vencerse uno al otro por la v√≠a del noc√°ut o el estrangulamiento. La c√ļspide del espect√°culo son los instantes en que uno de los luchadores se desploma tras un golpe seco en la mand√≠bula o el cuerpo se le afloja por la asfixia y parece que fuera carne muerta. Ante aquel espect√°culo se encuentra Ciro Pascual y Dante espera la respuesta a su favor.

*

Con las chauchas de engranajes y piezas que me sobran podr√≠a decir que en esos momentos estalla una discusi√≥n entre Ciro y su sobrino Dante Le√≥n a causa del favor que este le pide. La discusi√≥n sube de tono hasta la violencia verbal y Dante, ciego de resentimiento, le suelta una bomba que le ten√≠a reservada desde hace muchos a√Īos: le dice que su fortuna se levanta sobre la prostituci√≥n de su sobrina, la hija del hombre a quien m√°s quiso en esta tierra.

Uno podr√≠a pensar que Ciro est√° preparado para ese y otros golpes todav√≠a m√°s demoledores. Pongamos que as√≠ es. Entonces le responde que si esa es su opini√≥n, da por sentado que no est√° dispuesto a aceptar su herencia. Y en un arrebato desafiante marca el n√ļmero de Ariel y le anuncia que ha decidido reconocerlo como su hijo y leg√≠timo heredero.

Esa escena podría desencadenar el comienzo de una historia diferente, con una trama que, lo admito, me causa un profundo desinterés y un gran desánimo. Habría que introducir abogados, jueces, tribunales, cuestiones tributarias, peritos de distintas especialidades y otros ingredientes. Puede que los manuales para escribir historias de ficción entreguen algunas luces para alumbrar esa ruta. Pero he renunciado a todos los manuales para no desquiciarme.

*

Por el contrario, imagino un desenlace de otra especie. Al tomar esta decisión me doy cuenta de que no poseo ninguna pieza como broche de oro para cerrar la historia y he creado falsas expectativas para engatusar a un eventual lector. Mil disculpas.

Lo que sigue es de otra especie, ya se dijo.

Las notas del piano todavía se deslizan por las escaleras hacia nosotros. No sabría cómo definir su sonido sino comparándolo con una melodía luciferina que modela los espacios o quizás es modelada por ellos. Eso está por verse. Bajo aquella melodía Ciro Pascual se levanta del sofá, apaga el televisor y fija en mí sus pupilas de cristal hundidas en la piel marmórea o cerosa. Y yo empiezo a moverme al son de sus impulsos.

En este sue√Īo (no sabr√≠a calificarlo de otra manera) nos internamos de sala en sala y de habitaci√≥n en habitaci√≥n hacia el fondo del noveno piso, hasta una √ļltima pieza que, por alguna raz√≥n que no logro captar, no puede verse a simple vista, o sea, cuando todas las mamparas y puertas est√°n abiertas. Digamos que su esencia no se ofrece a los sentidos.

Pues bien, en esta √ļltima pieza se encuentra el trono de Lucifer, y el trono est√° ocupado. Saque usted sus propias conclusiones.

A medida que voy avanzando hacia el fondo del noveno piso hasta encontrarme con el susodicho, ya no me caben dudas de que estoy dentro de un sue√Īo y lo que aqu√≠ se va escribiendo es La herencia de los vencidos, esa novela que pretende acometer contra el tiempo presente. Por lo tanto, pongo toda mi atenci√≥n en sus situaciones, aun cuando s√© que al despertar me ser√° imposible hilvanar su sentido.

Vamos cruzando en fila india ante el trono del √°ngel ca√≠do. Ciro, Dante y yo. El pr√≠ncipe de los infiernos no parece nada del otro mundo: es un poco m√°s grande que nosotros, un poco m√°s musculoso que nosotros. Como pasado por el gimnasio, se dir√≠a. Su piel rojiza brilla como si estuviera embadurnada con esmalte al √≥leo. Tiene unos cuernos curvos como en las pel√≠culas y un anzuelo en la punta de la cola. Est√° hecha para pescar almas, me digo. El pr√≠ncipe de las tinieblas no es nada del otro mundo, insisto. Y aqu√≠ vamos pasando por su lado. Please to meet you, le dice Ciro Pascual con una inclinaci√≥n respetuosa. Buenas noches, nos responde a todos Lucifer, el se√Īor de los infiernos.

M√°s all√° de su trono hay otra puerta que est√°, digamos, al fondo del fondo del averno. La puerta tiene una cerradura y la cerradura, un ojo. Esto me huele familiar. Y detenido ante ella, solo, me sobreviene una reflexi√≥n un tanto osada. M√°s que atrevida, insolente. Una de esas ideas que uno se permite en los sue√Īos y que en la vigilia nos abochornan. Pienso en el otro Dante, el autor de La Divina Comedia. Y entonces me doy cuenta de su error. No ha sido una equivocaci√≥n cualquiera sino un error cardinal. Un error de orientaci√≥n geogr√°fica que ha decidido el curso de la humanidad (frases de este tenor no se pronuncian m√°s que en los sue√Īos, ya se dijo).

Te equivocaste medio a medio, le digo al Dante, aunque no se encuentre a mi lado sino en el Para√≠so, tal vez, junto a Beatriz. Se lo digo sin temor a su genio terrible y a sus balandronadas. Oye, le digo, al llegar al fondo no hab√≠a que devolverse. Mira. Y le ense√Īo la puerta que hay frente a nosotros. Por aqu√≠ es la salida. ¬ŅEn qu√© estabas pensando? Dante Alighieri se reserva sus palabras. Junto a la puerta veo a mi padre, hu√©rfano. ¬ŅCu√°ndo se acaba el tiempo presente?, le pregunto.

¬ŅPap√°?

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