Mar 3 2016
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Cultura

Daniel Pizarro/ Nosotros, la clase media

Ella es p√°lida.
Exang√ľe, digo yo.
Se levanta a la cinco para hacer pan amasado que lleva a la oficina, donde todos la quieren.
Ella est√° separada hace poco.
Vive en uno de esos edificios de veinticinco pisos cerca del centro.
Con tres hijas de doce a cuatro a√Īos.
La ni√Īa del medio no quiere crecer.
El jefe la llama a su oficina, y ella no para de hablar. Digo yo, que la observo entre las persianas moviendo los brazos y la boca, gesticulando.
Yo me apasiono con el trabajo. Dice ella.
Ella aprende de su jefe calvo, que sabe ser severo y sabe contener. Qu√© sabe cu√°ndo y c√≥mo, y se√Īala un camino.
Ella estudia un MBA de finanzas, para seguir aprendiendo.
No descansa los s√°bados pero est√° feliz. Me dice ella.
¬ŅCu√°ndo nos tomamos un caf√©?, me pregunta.
Al otro d√≠a se olvida, le cambia el √°nimo, me habla de los hurones. Uno es regal√≥n y el otro sali√≥ hura√Īo. Duermen con las ni√Īas, van de una cama a la otra toda la noche.
Me cuenta: me fracturé la tibia haciendo taekwondo.

Ella trabaja demasiado. A veces se ausenta varios días y nadie sabe por qué.
Ella pide licencias médicas.
Ella no se entiende con el ex. Digo yo, que al pasar la oigo discutiendo de platas por teléfono, ahuecando una mano sobre el auricular.
Nosotros, la clase media, me dice.
Ella es minuciosa en el trabajo, ella se defiende a su manera.
La ni√Īa del medio no crece por un tumor en la hip√≥fisis.
Ella la controla cada tanto, nadie le pregunta si el tumor es maligno.
Cada uno es como es, le dice ella a la ni√Īa chapada en carne.
El ex marido tiene régimen de visitas.
Ella vive en el piso diecinueve, sin miedo a los temblores.
El sábado en la noche se junta con las amigas, comparten un picoteo, no paran de reírse. Dice ella.
A las cinco del lunes se levanta a preparar un kuchen de manzana o de nueces.
Todos la quieren en la oficina.
El jefe la anima a estudiar, a seguir adelante.
Ella me cuenta: uno de los hurones ‚Äďel m√°s loco‚Äď se meti√≥ a la cocina y trep√≥ hasta la ventana, que esa tarde hab√≠a quedado abierta.
Los ni√Īos que jugaban abajo lo vieron rebotar en los estacionamientos.
Ella los amenaz√≥: Pobre del que diga algo a las ni√Īas.
Todos asintieron con la cabeza.
Al d√≠a siguiente subieron al departamento y pegaron en la puerta montones de papelitos de colores con frases para las ni√Īas. Como un r√©quiem para el hur√≥n. Digo yo.
Se armó una fiesta, dijo ella, y nadie dijo nada del hurón muerto.
Ella estaba radiante. Me dijo.
Eso dijo.

*Publicado en Politika

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