Jun 21 2021
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Ciencia y TecnologíaCultura

Extraordinario

Que el hijo de un pastor protestante alem√°n cuando tiene siete a√Īos, sue√Īe con encontrar el lugar donde fue Troya y descubrir el tesoro del rey: que a los catorce¬† entre de aprendiz de dependiente en una tienda de comestibles y se pase cinco a√Īos y medio despachando patatas,¬† arenques, aguardiente, etc., am√©n de fregar el suelo de la tienda: que a los veinte a√Īos escasos se embarque en un barco que de Hamburgo zarpaba para Venezuela, que naufrague a los quince d√≠as de navegaci√≥n y termine, de momento, por entrar como escribiente en una oficina comercial de √Āmsterdam, no deja de ser curioso, pero nada m√°s.

Este escribiente, en menos de cuatro a√Īos, aprende el ingl√©s, el franc√©s, el espa√Īol, el italiano, el portugu√©s y hasta el ruso. Por cierto, como en aquel entonces, 1844 aproximadamente, no era f√°cil encontrar en √Āmsterdam quien hablara ese idioma, nuestro personaje declaraba a voz en grito, el √ļnico texto ruso que hab√≠a encontrado, una mala traducci√≥n ¬†de Tel√©maco, y por dos veces tuvo que cambiarse de casa debido a las quejas de los vecinos. Todo esto ya empieza a ser un tanto raro. A los veinticuatro a√Īos, Enrique (Heinrich) Schliemann, tal es su nombre, march√≥ como agente de su empresa a San Petersburgo, y un a√Īo despu√©s fundaba una casa comercialHeinrich Schliemann, descubridor de Troya por cuenta propia.

En 1850 estaba en Am√©rica del Norte, y cuando¬† California se uni√≥ a los Estados Unidos, adquiri√≥ la nacionalidad norteamericana. La pasi√≥n del oro se apodero de √©l, como de tantos otros en aquellas tierras y en aquellos tiempos, pero discurri√≥ la mejor y m√°s c√≥moda forma de conseguirlo: fund√≥ un banco. Pronto fue un gran se√Īor all√≠. El negocio prosperaba, pese a la inquieta condici√≥n de la clientela‚Ķ Esto y unas fiebres le enviaron de nuevo a San Petersburgo: ciudadano honorario ruso, juez de los tribunales comerciales de San Petersburgo, y director del Banco imperial del Estado.

Su pasi√≥n por el oro subsist√≠a: el oro aquel, el tesoro oculto en los campos hom√©ricos, con que so√Īara a los siete a√Īos. El recuerdo de Troya le obsesionaba. Despu√©s de haber aprendido el sueco y el polaco, aprendi√≥ en seis meses el griego moderno y en tres meses logr√≥ vencer las dificultades del hex√°metro hom√©rico. Parece inveros√≠mil, pero es verdad. Tambi√©n aprendi√≥ el √°rabe y el lat√≠n.

Luego de dos tentativas de visitar el pa√≠s de sus sue√Īos, frustradas por diversas circunstancias, en el a√Īo 1868, ya en posesi√≥n de ‚Äúuna fortuna que mi ambici√≥n m√°s exagerada hubiera podido so√Īar‚ÄĚ, como escribe en su diario, decide retirarse del comercio y trasladarse a Grecia. El √ļltimo d√≠a de ese a√Īo¬† fecha el prologo de su libro √ćtaca, cuyo subtitulo reza: Investigaciones arqueol√≥gicas de Enrique Schliemann. Ten√≠a entonces cuarenta y seis a√Īos. Una nueva vida comenzaba para √©l.

Enrique Schliemann, hab√≠a le√≠do La Il√≠ada de Homero. Y desde su infancia so√Īaba con encontrar las ruinas de Troya y el tesoro de Pr√≠amo. Siguiendo las indicaciones geogr√°ficas que del famoso poema se desprenden, Schliemann fue a √ćtaca, una de las siete islas J√≥nicas, con el libro de Homero en la mano.

No era arque√≥logo: era simplemente el esclavo de un sue√Īo, cuya realizaci√≥n daba por conseguida a causa de la buena suerte que le aHeinrich Schliemann, el descubridor de Troyacompa√Ī√≥ siempre en todas sus empresas. No ignoraba que los sabios pon√≠an en duda la existencia real de Homero y que la guerra de Troya la consideraban perteneciente al mundo tenebroso de la mitolog√≠a. Pero a Schliemann le importaba poco. El hab√≠a so√Īado con encontrar los restos de Troya y el tesoro de Pr√≠amo. Y, hasta entonces todos sus sue√Īos se hab√≠an logrado.

En abril de 1870 empezaron sus excavaciones. Cien obreros¬† trabajaban para √©l, Tanto estos como las autoridades locales le consideraban como un loco. Pronto hall√≥ armas, utensilios dom√©sticos, vasos y joyas, testimonio irrefutable de que all√≠ hab√≠a existido una ciudad ¬Ņuna sola? ¬°Nueve encontr√≥, una sobre otra! Schliemann triunfaba una vez m√°s, y Homero tambi√©n.

El mundo entero fijo ¬†sus miradas en aquel supuesto loco, que hab√≠a hecho remover 25.000 metros c√ļbicos de tierra. Y el 15 de junio de 1873, al propio Schliemann le fue reservado el hallar personalmente el tesoro de Pr√≠amo, que tal vez no fuese el de Pr√≠amo, pero s√≠ de riqueza incalculable. Y prosigui√≥ sus excavaciones, y descubri√≥ las tumbas de Micenas, llenas de oro y de joyas. ‚ÄúTodos los museos del mundo conjuntamente, no poseen ni la quinta parte de lo que aqu√≠ tenemos‚ÄĚ, escrib√≠a Scheliemann despu√©s. A descripci√≥n de lo encontrado ocupa 206 p√°ginas en su diario y casi todo¬† lo rese√Īado es oro, oro, oro.

La importancia de tan maravillosos descubrimientos, lo refleja la pluma de Emil Ludwig, en el libro que dedicó a referir la existencia y obra del genial autodidacta, Enrique Schliemann, -1822-1890-, descubridor de las ruinas de  las ruinas de Troya y  Micenas,  a quien la ciudad de Berlín nombró ciudadano de honor al mismo tiempo que, al estadista prusiano, Otto Bismarck, -1815-1898,  y al Jefe de  las operaciones del ejercito prusiano, Helmunth Moltke, -1800-1891-.

Bibliografía consultada: Vicente Vega. Diccionario de Rarezas. 1.959

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