Mar 24 2016
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PolíticaSociedad

Gonzalo Carranza y el dictador Videla

A Gonzalo Carranza le dieron la libertad para matarlo. Fue a pocas cuadras de la c√°rcel de La Plata, el 3 de febrero 1978, cuando ten√≠a 27 a√Īos. Lo conoc√≠ en la c√°rcel de Villa Devoto, d√≥nde estuve preso durante un a√Īo, gracias a la ‚ÄúOperaci√≥n C√≥ndor‚ÄĚ. Mi encuentro con √©l fue en una celda de castigo que compartimos durante dos semanas. Eran los tiempos de Videla en Argentina y de Pinochet en Chile. Los dictadores se pusieron de acuerdo para aplastar a los grupos opositores, mediante una coordinaci√≥n represiva que asesinaba, torturaba, robaba y raptaba ni√Īos. En esos tiempos la vida era una loter√≠a. Mi esposa ‚Äďtambi√©n detenida en Villa Devoto‚Äď y yo nos salvamos. A Gonzalo lo asesinaron.

Cuando los chilenos ingresamos a la c√°rcel de Villa Devoto, los presos argentinos nos dijeron que ten√≠amos que respetar la tradici√≥n, la que se resum√≠a en dos conceptos: los presos pol√≠ticos no corren y tampoco se abren los cantos (nalgas). ‚ÄúLa requisa‚ÄĚ revisaba detalladamente las celdas de tanto en tanto, exigiendo al preso descubrir su ano para buscar posibles ‚Äúembutes‚ÄĚ (escondites) y luego lo obligaban a salir de la celda y correr hasta el fondo del pabell√≥n.

El preso pol√≠tico deb√≠a rechazar a voz en cuello la indagaci√≥n sobre su intimidad diciendo, ‚Äúlos presos pol√≠ticos no se abren los cantos‚ÄĚ y los guardias, en una suerte de acuerdo t√°cito, lo aceptaban; inmediatamente despu√©s exig√≠an correr, pero el preso pol√≠tico deb√≠a gritar: ‚Äúlos presos pol√≠ticos no corren‚ÄĚ. Y ‚Äúla requisa‚ÄĚ dejaba pasar esa particular forma de resistir dentro de la c√°rcel. Eran los tiempos de Isabel Per√≥n y de Lopez Rega.

‚ÄúL√≥pez Rega promovi√≥ un sistema de represi√≥n criminal clandestina que pronto se abri√≥ paso resueltamente. Muerto Per√≥n en julio de 1974, fue sucedido en la presidencia por su c√≥nyuge, Isabel Mart√≠nez de Per√≥n, bajo cuyo gobierno L√≥pez Rega medr√≥ casi sin l√≠mites y su metodolog√≠a se fue expandiendo sin obst√°culos. El eclipse de √©ste en 1975 no signific√≥ la extinci√≥n del sistema sino, en realidad, su consolidaci√≥n, su despersonalizaci√≥n y de alg√ļn modo su institucionalizaci√≥n. En marzo de 1976 tambi√©n Isabel Per√≥n debi√≥ abandonar el gobierno y las fuerzas armadas llevaron a sus √ļltimas consecuencias la t√©cnica de la represi√≥n criminal clandestina.‚Ä̬†(Salvador Mar√≠a Lozada)

Gonzalo Carranza

Gonzalo Carranza

El 24 de Marzo de 1976 se instaló la dictadura de Videla. El gobierno de Isabel y López Rega se caía a pedazos por la corrupción, el desorden económico, el accionar represivo paralelo de la triple A, en medio de la protesta que crecía en el movimiento sindical y el accionar de las organizaciones guerrilleras. A diferencia de lo que sucedió con el golpe en Chile, el derrocamiento de Isabel Perón recibió cierto reconocimiento a nivel mundial en la ilusa creencia que se disciplinaría la represión y que volvería el orden a Argentina. No fue así. El Gobierno de Videla se convirtió en el más criminal en toda la historia argentina, con niveles de corrupción superiores al gobierno derrocado. Tuvo además la pretensión de refundar la economía argentina.

‚ÄúEstado Terrorista y modelo econ√≥mico neoliberal fueron las dos caras de una misma moneda: el ej√©rcito se encarg√≥ de destruir f√≠sicamente las bases de apoyo y la resistencia de los sectores progresistas, sindicatos y organizaciones de izquierda, y Mart√≠nez de Hoz se ocup√≥ de acabar con sus fuentes de alimentaci√≥n: el Estado Benefactor y la industria.‚Ä̬†(Juan Ignacio Pontis)

Cuando, en noviembre de 1975, bajo el Gobierno de Isabel, ingres√© a Villa Devoto hab√≠amos s√≥lo dos presos por celda, los que no corr√≠an ni se abr√≠an los cantos cuando ‚Äúla requisa‚ÄĚ lo exig√≠a. Todo se pudri√≥ a partir del 24 de Marzo. Con el golpe militar de Videla ingresaron a la c√°rcel dirigentes sindicales, pobladores, estudiantes e intelectuales. Pasamos a ser siete presos por celda. Ya no eran los militantes convencidos, los combatientes de la guerrilla peronista o guevarista y algunos extranjeros de los pa√≠ses vecinos los que conviv√≠amos en Villa Devoto. La c√°rcel se masific√≥ y se convirti√≥ en un infierno. No s√≥lo en Villa Devoto, sino en todo el pa√≠s. Se impuso el terror y la venganza, desde el Estado. El general Ib√©rico Saint Jean, resumi√≥ los prop√≥sitos que persegu√≠a el Gobierno militar: ¬ęPrimero vamos a matar a todos los subversivos, despu√©s a sus colaboradores; despu√©s a los indiferentes y por √ļltimo a los t√≠midos.‚ÄĚ

Supe del asesinato de Gonzalo estando en Inglaterra, lugar de mi refugio pol√≠tico. No me he olvidado de √©l. Cuando lleg√≥ ‚Äúla requisa‚ÄĚ a mi celda, despu√©s del golpe de Videla, pude darme cuenta que la represi√≥n, que ya era dura con Isabel, se hab√≠a convertido en algo distinto. Completamente distinto. Esta vez nos golpearon brutalmente, rompieron los escasos enseres que se nos permit√≠a poseer y liquidaron en pocas horas esa tradici√≥n carcelaria de los presos pol√≠ticos: ¬°qu√© no se abren los cantos! ¬° qu√© no corren!

En efecto, los que no nos abrimos los cantos y los que no corrimos frente a la exigencia de los represores fuimos enviados a ‚Äúlos chanchos‚ÄĚ, vale decir a las celdas de castigo de Villa Devoto, en el subterr√°neo. All√≠ conoc√≠ a Gonzalo Carranza. Los gendarmes me llevaron a su misma celda de castigo, lugar de un metro cuadrado, d√≥nde no cab√≠amos los dos sentados.

No recuerdo la causa por la que Gonzalo se encontraba detenido. Tampoco recuerdo su militancia. Gonzalo estaba en otro piso, en el pabell√≥n de los duros, pero en el subterr√°neo se acumularon todos los castigados: ‚Äúlos subversivos, sus colaboradores, los indiferentes y los t√≠midos.‚ÄĚ All√≠ nos conocimos y hablamos de nuestras vidas. Gonzalo era expresivo, conversador y alegre. A los guardias les gustaba conversar con √©l cuando iba al ba√Īo o a trav√©s de la puerta. Le dije que con ese encanto le ser√≠a f√°cil convencer al juez de su inocencia. Su tranquilidad era sorprendente cuando me dijo: el juez Russo de La Plata, el que lleva mi causa, me la tiene jurada. Soy hombre muerto.

br dictadura jovenes‚ÄúHasta ese d√≠a Pi√Īero desconoc√≠a el paradero de su esposo. La √ļltima noticia hab√≠a sido que el 26 de enero lo hab√≠an trasladado los militares, pero no sab√≠a a d√≥nde. Entonces fue a ver al juez Russo: ¬ęNo siga con las gestiones porque en lugar de uno van a ser dos¬Ľ, le respondi√≥ el fallecido magistrado, en alusi√≥n a que la mujer pod√≠a tambi√©n desaparecer.‚Ä̬†(Testimonio de Mar√≠a Teresa Pi√Īero, esposa de Angel Pi√Īero, asesinado en la Unidad carcelaria 9 de la Plata, meses antes que Gonzalo Carranza).

Yo sent√≠a cierta culpabilidad al saber el destino que le esperaba a Gonzalo. Los chilenos detenidos en noviembre de 1975, en el marco de la ‚ÄúOperaci√≥n C√≥ndor, ten√≠amos cierto ‚Äúcapital social‚ÄĚ. Cayeron detenidos junto a nosotros una pareja de ingleses lo que nos dio protecci√≥n de la Corona y, adem√°s, la protesta internacional a favor de los chilenos era inconmensurable. Solidarizar con Chile y los chilenos significaba colocarse junto a la dignidad de Salvador Allende y al patriotismo del General Prats y rechazar la vulgaridad de Pinochet. No suced√≠a lo mismo con Videla, quien hab√≠a derrocado a un gobierno vergonzante. Eso se pensaba hace 30 a√Īos atr√°s, cuando se cre√≠a que los cr√≠menes de Videla eran distintos a los de Pinochet.

‚ÄúDespu√©s de verlo en tantas fotos, un d√≠a vi una en que lo llevaban preso. Iba entre dos polic√≠as, iba viejo, con el pelo blanco y escaso, m√°s flaco que nunca, hasta parec√≠a tambalear o era como si lo arrastraran. No se lo ve√≠a con ganas de aceptar ese destino, pero menos a√ļn con fuerzas como para rechazarlo. Era el Monstruo. No el que Borges y Bioy imaginaron y condenaron (instrumentando el metaf√≥rico asesinato de un intelectual jud√≠o) en un endeble cuento montevideano, no el que los irritaba y agred√≠a convocando a los cabecitas en un d√≠a festivo, no el que organizaba en la plaza hist√≥rica su fiesta interminable. Era el verdadero Monstruo, el que hizo la fiesta m√°s sangrienta de la historia de este pa√≠s, el que no la hizo en la plaza hist√≥rica sino en los s√≥tanos del horror o en el r√≠o inm√≥vil. Era Videla.‚Ä̬†(Jos√© Pablo Feinmann).

La c√°rcel de Villa Devoto cambi√≥ a partir del golpe militar. Los gritos de los que se aferraban a los camastros para impedir que los gendarmes los condujeran hacia la tortura o la muerte se escuchaban a diario. Pero, en la Unidad de La Plata fue peor. All√≠ trasladaron desde Devoto a Gonzalo, a Dardo Cabo, a Gorosito, a Rappaport y a tantos otros compa√Īeros de infortunio que conoc√≠ personalmente o por sus historias pol√≠ticas. A tantos que mataron y con quienes nos comunic√°bamos por ‚Äúpalomitas‚ÄĚ (mensajes enviados por las ventanas de las celdas, mediante un hilo comunicante) o a quienes se les escuchaba a lo lejos las canciones de Victor Jara, Violeta Parra o Mercedes Sosa.ar videla

Jueces, curas, militares y polic√≠as represores contaron con el apoyo incondicional del jefe de la Unidad Penal N¬į9 de La Plata durante la dictadura, el prefecto Abel David Dupuy, para torturar, asesinar a los presos y amenazar a sus familiares. La Asociaci√≥n por los Derechos Humanos de La Plata responsabiliz√≥ a Dupuy de las violaciones a los derechos humanos que sufrieron los detenidos en aquel penal de esta ciudad, desde fines de 1976 a 1980, per√≠odo en que el prefecto estuvo a cargo de la jefatura del penal. En la solicitud, de cuarenta p√°ginas, el organismo individualiz√≥ nueve homicidios, cinco casos de desaparici√≥n forzada y diecinueve tormentos. (ADHP).

Gonzalo Carranza sab√≠a que su destino era inevitable. Lo hab√≠an condenado al pat√≠bulo por adelantado. No importaba si era inocente o no. A los represores tampoco les interesaba el sufrimiento de su esposa, de sus padres, de los que lo conocimos y quisimos. En mi caso tan fugazmente. Yo pude salir a Inglaterra, con Alicia, mi esposa. Mis hijos, Rodrigo y Andr√©s, se encontraron con nosotros en viaje directo desde Chile, d√≥nde tuvieron que permanecer durante un a√Īo por las amenazas de muerte que hab√≠an recibido en Buenos Aires.

Gonzalo est√° entre las treinta mil personas que desaparecieron en Argentina. Seres humanos con historias, ilusiones y deseos, con amigos, padres, madres e hijos que los aman, los recuerdan y claman por la verdad y justicia que merecen. Yo te sigo recordando Gonzalo y tambi√©n te recuerda Benedetti. Si, ese. El mismo escritor uruguayo que tanto te gustaba y del que me hablabas cuando t√ļ estabas de pie y yo sentado y luego yo de pie y tu sentado en ‚Äúel Chancho‚ÄĚ de Villa Devoto. Y all√≠ estuvimos porque ‚Äúlos presos pol√≠ticos no corren‚ÄĚ y ‚Äúlos presos pol√≠ticos no se abren los cantos‚ÄĚ.

‚ÄúA pesar de las muertes que los militares les depararon, los 30.000 desaparecidos permanecen poblando el compromiso y la esperanza. 30.000 desaparecidos que siguen aferrados en la gente que protesta, que se enfrenta, que desaf√≠a a un sistema aberrante de injusticia y perversi√≥n. 30.000 desaparecidos que reaparecen en cada fisura social, en cada marea que los trae, en las Madres que los reclaman; en los Hijos que los nombran y los pelean. 30.000 desaparecidos que son parte indisoluble de todas y todos los que han seguido luchando, sobrellevando sus ausencias. 30.000 desaparecidos que tomaron cuerpo y voz en otras latitudes en donde los reconocen como propios.‚Ä̬†(Benedetti)

*Publicado en Politika

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