May 9 2022
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Literatura

Invertebrados

De vez en cuando una visita inesperada se me aloja en la memoria y no hallo modo de expulsarla como no sea a través de la escritura. Ese convidado de piedra que luego se me convierte en obsesión y en un creciente dolor de cabeza podría dar lugar a una historia, en el mejor de los casos a un cuento con su nudo central y un desenlace a la altura de un maestro del relato breve. Nada de eso va a suceder aquí, lo advierto desde ya, y por eso me pongo el parche antes de la herida. He acometido el intento unas ocho veces y estoy cien por ciento seguro: nada de eso va a suceder. El fondo no encontró su forma. No abandono la tarea solo por evadir la sensación de fracaso y el tiempo perdido.

Lo que me queda es divagar sobre Eduardo, un vecino m√≠o de hace algunos a√Īos del que no he sabido nada en mucho tiempo y que me ha vuelto a la memoria en fragmentos como piezas de un puzle sin marco definido y sin una figura central. Son una pobre colecci√≥n de huesos de un animal extinto, sin nombre y sin forma, destinados al olvido. Cojo esas piezas, las examino y ante la falta de una gu√≠a o de, digamos, un mapa anat√≥mico, me sobreviene un signo de interrogaci√≥n y nunca s√© por d√≥nde comenzar este relato invertebrado. Por lo tanto, una vez m√°s, como en los ocho intentos anteriores, tendr√© que abrir la partida de forma arbitraria o, peor a√ļn, echando mano de alguna convenci√≥n que me sirva de muleta para ponerla en marcha: pe√≥n cuatro rey.

Podría empezar de nuevo con los párpados de Eduardo, este vecino que teníamos entonces en el edificio. Sus párpados caídos por cuarta o quinta vez. La pena que transmitían o, más bien, la impresión de un sonámbulo o persona en trance y, sobre todo, la de alguien que vivía en fuga del mundo, un intento imposible, me hacía pensar, pues adonde uno vaya se encuentra con el mundo, siempre parcelas de mundo. No hay otra tierra, Eduardo, daban ganas de decirle, aunque nunca le dije nada como eso.

Su mujer, Valeria, le había contado a mi mujer que el padre de Eduardo lo crió de una manera brutal, a punta de correazos y palizas, como un animal humano a un animal inocente. Ese hombre, un alto oficial de Carabineros, había extraviado los límites entre la institución policial y la institución familiar. Era la tesis de Valeria para esos hechos de la infancia de Eduardo que él nunca me comentó y que me hacían pensar, como si concluyera un silogismo, que sus párpados se entornaban como si a cada momento viese venir una bofetada.

En algunas otras partidas falsas de estos recuerdos con aspiraciones de formar una historia yo ponía en primer término la ocupación de Eduardo y, al hacerlo, tenía la sensación de haber lanzado una bomba al inicio del relato, una bomba que abría un cráter inmenso, imposible de rellenar. Pero está dicho que en este noveno intento me he resuelto a divagar sin preocuparme de sostener la tensión de un asunto, cualquiera que sea. Digamos que los invito a pasear por las palabras. El viaje es gratis.

*

Digo que su trabajo era absolutamente excepcional. Hab√≠a estudiado psicolog√≠a, al igual que Valeria, y con la ayuda de su padre ‚Äďimagino‚Äď consigui√≥ un empleo en Gendarmer√≠a. Lo hab√≠an destinado a una c√°rcel hecha a la medida para los cabecillas de las violaciones a los derechos humanos en tiempos de Pinochet. Mientras su mujer redactaba informes para evaluar a los candidatos a un empleo, Eduardo redactaba informes para autorizar o denegar a los presos el beneficio de una salida dominical.

Al oír sus historias yo me preguntaba, por supuesto, cuál sería su real injerencia en la decisión final, qué peso tenían esos informes que lo desvelaban hasta la madrugada. Pues si hay algo que llamaba la atención en esa pareja de vecinos era la simetría de sus vidas consagradas a redactar informes psicológicos y ser consumidas por ellos. Trabajaban y dormían, y lo que hacían en los intersticios del tiempo resultaba para mí un misterio.

Eduardo hab√≠a entrevistado a Manuel Contreras, entre otros personajes siniestros que habitaban los anillos infernales adonde descend√≠a cada ma√Īana, aunque, sin duda, es un insulto a la justicia comparar el infierno con las regal√≠as y comodidades con que contaban esos criminales. El hecho es que hab√≠a estado cara a cara con Manuel Contreras para evaluar si merec√≠a salir a tomar sol los domingos, como ven√≠a pidiendo el Mamo.

Oy√≥ sus descargos, que eran m√°s o menos los mismos que cualquiera conoc√≠a por sus entrevistas p√ļblicas, pues el Mamo siempre dirig√≠a sus palabras al tribunal de la Historia. No se arrepent√≠a de nada, por qu√© arrepentirse cuando le hab√≠a prestado un servicio a la patria, poco menos que un voluntariado, y los que gozaban de los frutos de su trabajo le hab√≠an dado la espalda. En parte, yo no dejaba de hallarle raz√≥n y decirme que sus semillas nos hab√≠an regalado el paisaje del presente. S√≥lo que las consecuencias de aceptar este hecho exigir√≠an ampliar las fronteras del infierno en varios kil√≥metros a la redonda para que cupieran en √©l los que hoy posan de inocentes.

Hacia el final de la entrevista, durante la cual estuvo presente un guardia o ‚Äėmocito‚Äô particular para atender sus solicitudes y caprichos, para sostenerle el bast√≥n y recibir su desprecio, el Mamo se fue molestando porque Eduardo insist√≠a en la importancia del arrepentimiento y la conciencia del delito como condiciones b√°sicas para, al menos, pensar en la posibilidad de otorgarle una salida dominical. El jefe de la Dina lo amenaz√≥ en su estilo dici√©ndole que a√ļn contaba con una red de protecci√≥n afuera, algo parecido a otra Dina pero en las sombras. Exageraci√≥n o no, lo cierto es que durante algunas tardes un auto de vidrios oscuros sigui√≥ a Eduardo por la autopista a su vuelta de la c√°rcel.

*

En las ocho versiones previas me deten√≠a en este punto, al fondo del cr√°ter, sin saber c√≥mo remontar las paredes, con la sospecha de que si hab√≠a alguna historia esta se encontraba en manos de Eduardo, que redactaba informes psicol√≥gicos sobre los peores criminales que hubiera conocido nuestro pa√≠s. Llegaba a imaginarme un apret√≥n de manos con √©l, como si le dijera ‚ÄúSigue t√ļ, es tu turno‚ÄĚ. Mi desesperaci√≥n moral, que tambi√©n era parte de mis recuerdos, quer√≠a involucrarse en el asunto y me hac√≠a fantasear con un texto como una versi√≥n moderna de la Divina Comedia, donde cupieran esos personajes y tantos m√°s, con sus respectivos castigos seg√ļn las atrocidades cometidas, para restablecer al menos en el papel un poco de la justicia terrenal.P√°rpados ca√≠dos, comunes en hombres?

Los p√°rpados de Eduardo me desanimaban a cualquier empresa parecida. Nuestras √≥rbitas no se tocaban en esos terrenos. Adem√°s, y esto tambi√©n consta en las versiones anteriores, justo en esos tiempos Eduardo hab√≠a padecido un c√°ncer testicular y a mi modo de ver se lo hab√≠a tomado con tanta parsimonia o indiferencia que yo no sab√≠a si la procesi√≥n lo atravesaba por dentro o de verdad era un ser de otro planeta. Fue como si un d√≠a me anunciara ‚ÄúVoy a cortarme una bola y vuelvo‚ÄĚ, y una semana despu√©s estuvi√©ramos en el living de su departamento conversando de esos otros asuntos que eran como una rampa para su despegue hacia las esferas celestes.

Entre esos otros asuntos que dar√≠an quiz√°s para una historia aparte pero aqu√≠ no son m√°s que una pieza an√≥mala, otro hueso sin funci√≥n, prop√≥sito ni ubicaci√≥n precisa dentro de la estructura, estaba el hecho, para ellos incuestionable, de que en su piso penaban las √°nimas. Por las noches la radio de la sala se encend√≠a sola, Eduardo se levantaba a apagarla y volv√≠a a encenderse una o dos veces m√°s. Hasta que una madrugada se arrodill√≥ a los pies del equipo de m√ļsica y rog√≥ en voz alta: Quienquiera que seas, por favor d√©janos en paz. Ahora nosotros vivimos aqu√≠.

Y la radio, seg√ļn ellos, nunca m√°s se encendi√≥ sola.

Mucho m√°s delirante me parec√≠a lo que les sucedi√≥ una tarde de fin de semana mientras ve√≠an televisi√≥n acostados en el dormitorio y por el rabillo del ojo percibieron una presencia m√°s all√° de la ventana. Con los pelos de punta, apenas se atrevieron a girar un poco la vista y lo que vieron, lo que ambos vieron al mismo tiempo, no ten√≠a explicaci√≥n alguna ni tampoco raz√≥n de ser: una se√Īora antigua, de sombrero y vestido largo, pasaba flotando por el aire a unos veinte metros del suelo con la mirada vuelta hacia ellos. La imagen era tan concreta, tan ins√≥lita, que por unos d√≠as me hizo lanzar miradas de reojo por la ventana de nuestro dormitorio, ubicado de espaldas al suyo, por si a aquella se√Īora de otra √©poca se le ocurr√≠a pasear de nuevo por el aire.Es posible levitar? Existen casos en la historia, pero... ¬Ņhay pruebas?

*

Ten√≠a la impresi√≥n, lo recuerdo bien, de que Valeria ven√≠a preparando su separaci√≥n de Eduardo como un hecho donde las voluntades permanecen al margen y s√≥lo act√ļan las fuerzas del destino, que siempre son muy superiores a las nuestras. Esas mismas fuerzas que los hac√≠an trabajar y dormir, redactar informes psicol√≥gicos y permitir a los gatos hacer de las suyas, mearse y cagarse por el departamento y desflecar con sus garras los sillones. Unas fuerzas que les imped√≠an asear la cocina, quitarle las capas de grasa impregnada, lavar la loza que se iba acumulando en precarias torres por d√≠as o semanas.

Eran las fuerzas, pensaba yo, que condujeron a Eduardo a los anillos donde moraban los criminales, las que le habían quitado un testículo, las que sometían a Valeria a la danza de candidatos a un empleo, a unos test de personalidad que quién sabe qué demostraban.

En fin, las fuerzas que los estaban apartando a uno del otro y que ella, en sucesivas confidencias a mi mujer, dec√≠a que al pobre Eduardo lo ataban como un nudo de bruja a la casa de sus padres, ya viejos, solos y ma√Īosos a m√°s no poder. Esos viejos le exig√≠an que cada fin de semana partiera a cuidar la casa, cuando ellos se iban a la casa de playa. Y Eduardo, seg√ļn Valeria, era incapaz de oponerse pues nunca pudo abandonar aquella casa, cortar las hilachas afectivas. Frente a mi mujer Valeria lo pintaba como una maldici√≥n, como una conjuraci√≥n de fuerzas malignas contra Eduardo. Se hab√≠a aburrido de acompa√Īarlo y hacer guardia en un hogar ajeno ante amenazas imaginarias. Basta ya, ella no estaba para eso, ella y √©l iban directo a separarse y todo suceder√≠a con el concurso del destino.

*

Y si llegaban a separarse, me dec√≠a yo, quiz√°s qu√© clase de vecinos nos tocar√≠an entonces. Me repet√≠ esa pregunta en cada uno de los ocho intentos anteriores por escribir la historia. Y en esta novena versi√≥n vuelvo a decir que mi desconfianza hacia los otros hab√≠a ido en aumento y bajo ella descansaba la sospecha de que cada vez era m√°s dif√≠cil entenderse en un pa√≠s que hab√≠an convertido en un gran comercio, donde cada cual debe pujar por el mejor precio y donde los m√°s grandes llevan todas las de ganar. Eso est√° calcado de las versiones anteriores, as√≠ como tambi√©n la idea de que cada d√≠a deb√≠amos salir a la calle a matar o morir, al mejor estilo del sue√Īo americano. Todo ello me induc√≠a pesadillas con los vecinos.

Lo hab√≠amos pasado muy mal con los vecinos anteriores, esa mujer soltera o separada y su hijo adolescente. El asunto era as√≠: cuando daban las once de la noche el hijo de la vecina empezaba a tocar la bater√≠a. Cada noche, cuando por fin hab√≠amos terminado la cadena de tareas dom√©sticas, despu√©s de apaciguar a los ni√Īos con canciones de cuna que nos hac√≠an dormir a nosotros antes que a ellos, justo cuando cerraba los p√°rpados para evitar la luz del mundo y sus parcelas, entonces comenzaba el bum bum.

Todas las noches, digo. Me levantaba a la cocina para llamar por cit√≥fono al conserje. No s√© qu√© cara habr√° puesto ese hombre al o√≠r mi voz por en√©sima vez. Y luego de veinte minutos el ruido cesaba. El hijo de la vecina se tomaba su tiempo. Y no entend√≠a, o no estaba dispuesto a entender. Cada noche se borraban de su memoria los hechos de la noche anterior. A su madre tampoco hab√≠a c√≥mo La emotiva historia de Ignacio, el ni√Īo que dibuj√≥ sus cromos porque su  madre no pod√≠a compr√°rseloshacerla entrar en raz√≥n. El problema era m√≠o, mi intolerancia ante el inocuo pasatiempo de su hijo. Era un problema imaginario. Mi hijo es un pan de Dios, me repet√≠a. Yo quer√≠a matar a su pan de Dios. Era de esas madres culposas que compensan la falta de atenci√≥n a los hijos con cargo a la tarjeta de cr√©dito. Otro hecho que parec√≠a motivado por fuerzas superiores.

De d√≠a, al hijo me lo cruzaba en el pasillo del edificio y me dedicaba su sonrisa burlona, en la que yo cre√≠a leer: Soy m√°s fuerte que t√ļ, porque soy m√°s libre. No tengo bocas que alimentar ni horarios que cumplir. Tengo todo el tiempo del mundo.

Y así, lo confieso, me hacía pensar que la libertad existe en proporción inversa a la necesidad.

*

Pero un d√≠a se fueron, por fin. Y en el vac√≠o del piso vecino se aloj√≥ el miedo a algo peor, una banda de narcos o de rock pesado sin sala de ensayos. Y con la llegada de Eduardo y Valeria ese miedo se disip√≥. Y a√Īos m√°s tarde, en esta porci√≥n de los recuerdos, me encontraba con que ellos se hab√≠an separado, finalmente. Las fuerzas del destino hicieron su trabajo. Este hab√≠a sido mi √ļltimo hueso en cada una de las versiones anteriores. El hueso del des√°nimo, digamos. Y en esta versi√≥n tambi√©n lo sostengo entre los dedos y trato de averiguar de qu√© modo encajarlo con los dem√°s a ver si descubro la forma del animal, si hay uno.

La pieza tiene el aspecto de un prisma que descompone la luz en m√ļltiples haces. Eso podr√≠a deslumbrar, pero no alumbra. De hecho, en el recuerdo me dirijo hacia una casa en penumbras. La casa de los padres de Eduardo. ¬ŅQu√© voy a hacer all√°? Valeria le ha sugerido a mi mujer que lo visite, pues aun cuando est√°n separados ella sigue preocupada de √©l, lo cuida a la distancia con cargo a las fuerzas del destino, que a veces resultan insuficientes y entonces hay que echar mano de ayudas auxiliares como la m√≠a, que seg√ļn ella podr√≠a ser de utilidad dado que Eduardo es de muy pocos amigos y ella not√≥ que nos aven√≠amos, nos ve√≠a conversar muy animados sobre objetos del espacio exterior y se dio cuenta de que ten√≠amos bastante en com√ļn. As√≠ que por favor, si yo pod√≠a, alg√ļn fin de semana, un ratito aunque fuera…

‚úď Imagen de Nave espacial de extraterrestres u Ovnis toma ni√Īa de dibujos  animados. Vector de Fotograf√≠a de StockLo que sigue, a las puertas del final, pues ya no me quedan m√°s recuerdos, es mi visita. Ya se dijo. Francamente, aqu√≠ no va a pasar nada. Ning√ļn platillo volador se posar√° sobre el patio. No asaltar√° la casa ninguna brigada antinarc√≥ticos. Eduardo no me declarar√° su amor eterno. Ni yo tampoco. Nos vamos a mirar las caras y seguiremos conversando como si nuestra charla anterior se hubiera suspendido porque uno de los dos se levant√≥ al ba√Īo. Ya estoy de vuelta, ¬Ņen qu√© √≠bamos?

La casa est√° en penumbras, ya se dijo. Atestada de objetos que parecen en desuso desde hace unos cincuenta a√Īos. La casa es un hoyo negro que se traga la realidad y se niega a escupirla. En las paredes hay cuadros antiguos, costumbristas. Alamedas, bueyes enyuntados, caballos y huasos. Claro, el tiempo se detuvo. Pienso que los ladrones le har√≠an un gran favor si robaran. El tiempo volver√≠a a correr. Eduardo se encuentra m√°s all√° de cualquiera de mis reflexiones. Siempre m√°s all√°. Y yo no puedo saber en qu√© est√°. No encuentro el hueso que me d√© una pista. Me asomo por una ventana y observo el patio.

En medio hay una piscina con forma de ri√Ī√≥n. Y detr√°s de ella un tobog√°n que cae directo al agua celeste. Es como la √ļnica alegr√≠a que parece ofrecer la casa. Pienso en los nietos del matrimonio envejecido. Pero no hay tales nietos, me aclara Eduardo, ni su hermana que vive fuera del pa√≠s ni √©l tienen hijos. Ese tobog√°n que observo a trav√©s de la ventana es otra de las locuras de su padre, que compra compulsivamente los objetos m√°s ins√≥litos. Me dice que en las tardes de calor ‚Äďy a veces cuando ni siquiera est√° caluroso‚Äď su padre trepa por la escalera de pl√°stico y se lanza a la piscina.

Mientras me lo dice, lo veo. Un cuerpo blanco y suelto se zambulle y emerge con los pelos revueltos que peina hacia atr√°s con las manos, dando saltitos con el agua al cuello. Nunca lo he visto, pero se trata de un anciano convertido en un ni√Īo. Un prodigio, o algo todav√≠a m√°s an√≥malo como la se√Īora antigua que pas√≥ flotando por el aire.

Y en ese punto preciso se terminan los recuerdos de Eduardo. Si aparece en mi memoria alguna pieza perdida quizás intente una décima versión, aunque lo dudo.

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