Jun 2 2022
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OpiniónSociedad

La intrusión de Gaia

Después de la caída metafísica de la idea transcendental de Dios, entre los siglos XVIII y XIX y luego la del Alma, que a duras penas sobrevivió hasta la mitad del siglo XX, empezamos ahora a sufrir en carne propia la caída del Mundo. En el 2009 la revista científica Nature publicó una edición especial con participación de varios científicos que identificaron nueve procesos biofísicos en el sistema terrestre que establece los límites que, si se cruzan, pueden guiar a alteraciones ambientales que podrían ser insufribles, o finales, para la mayoría de las especies, incluyendo la nuestra.

Ellas incluyen el cambio climático, la acidificación de los océanos, el agotamiento del ozono estratosférico, el uso mundial del agua dulce, la pérdida de la biodiversidad, la interferencia con el nitrógeno y los ciclos del fósforo, cambios en uso del suelo, polución química y la carga de aerosol atmosférico. Según los autores del estudio, no tenemos el lujo de concentrar nuestros esfuerzos en uno de ellos aislado de los otros. Si un límite es transgredido, entonces los otros también quedan en riesgo. Hasta el momento ya hemos dejado la zona de seguridad de tres de estos procesos: la pérdida de la biodiversidad, la interferencia humana con los ciclos del nitrógeno y el cambio climático.La implacable intrusión de Gaia - Blog David Hammerstein

Y, como si esto fuera poco, estamos bien cerca de los límites de otros tres: el agua dulce, cambios en el uso de la tierra y la acidificación de los océanos. No sería exagerado decir, como nota Viveros de Castro, que estamos en el umbral de una temporalidad desbocada, de un nuevo régimen del Sistema Terrestre que nunca antes habíamos visto. Es por esto que el futuro cercano se vuelve impredecible o, mejor aún, inimaginable, fuera de la ciencia ficción o las escatologías mesiánicas.

La idea de que los humanos somos los recién llegados al planeta, que la historia que comienza con la agricultura es todavía más reciente y que la revolución industrial basada en la energía fosilizada sólo empezó hace unos segundos atrás en términos evolutivos, indica que la humanidad en sí misma es una catástrofe, un evento repentino y devastador en la historia biológica y geofísica del planeta. En el recuento de historiadores, paleontólogos, climatologistas y geologistas, los humanos juegan un papel que es a la vez crucial, tardío y, tal vez, efímero. Pero, lo más llamativo en este recuento es que ésta es la primera época geológica en que una fuerza macrofísica determinante está consciente de su devastador papel geológico.

Y, sin embargo, a pesar de esta conciencia, hemos sido incapaces, hasta ahora, de disminuir el enorme abismo que existe entre nuestro conocimiento científico y nuestra impotencia política, entre nuestra capacidad científica para imaginar el fin del mundo y nuestra incapacidad política para implementar una posible salida. No es raro entonces que la impotencia política de paso a los discursos y fantasías apocalípticas que llenan la imaginación colectiva. La dualidad mítica mundo-humanidad, según Viveiros, presenta una serie de casos que se proyectan tanto en el pasado como en el futuro.

El mundo antes que nosotros se presenta en la imaginación mítica como la Edad de Oro para la vida o como un desierto silencioso y muerto. Mirando hacia el futuro, la humanidad después del fin del mundo se ve como una raza de superhombres estelares o como un puñado de sobrevivientes destituídos en un planeta totalmente devastado o un mundo sin humanos. El mito del Edén representa la imagen paradisíaca del mundo en su infancia, el mundo antes de la llegada del humano, pero preparado para los humanos. Idílico, preobjetivo y presubjetivo antes del pecado original, que es lo que transforma a Adán y Eva en sus antagonistas.

Este mito persiste hoy día en la idea de la foresta, de la naturaleza no corroída por la presencia humana que está a punto de desaparecer debido a la acción predatoria de la civilización occidental. La naturaleza “salvaje” es vista como un mundo plural y orgánico, como una profusión inagotable de formas y balances de fuerzas en contraste con la humanidad, una especie “antinatural”, que cuantitativa y cualitativamente profana, disminuye y desequilibra la vida. La visión optimista del futuro imagina el retorno de la vida, invencible en su variedad, riqueza y abundancia, reconquistando la Tierra que la humanidad, actuando como un alienígena, había transformado en un desierto de concreto, plástico y desperdicio nuclear.

Lo paradójico, sin embargo, es que este optimismo se basa en la desaparición de la especieReloj del apocalipsis: 100 segundos para el fin del mundo humana. Su versión más influyente y popular la encontramos en “The World Without Us” de Alan Weisman, una descripción del destino del planeta después de la extinción absoluta del humano y sus huellas materiales que, en un tiempo relativamente corto, se desvanecen para siempre. Esta misma idea del restablecimiento idílico del planeta la volvemos a encontrar en el Movimiento de la Extinción Humana Voluntaria, creado en 1990 bajo la influencia de la Ecología Profunda, que predica la desaparición gradual de los humanos por medio de la abstención de la reproducción.

El mismo tema reaparece en las películas “Melancholia”, “4:44 Last Day on Earth” y la novela “The Road” de Cormac McCarthy. Todas estas fabulaciones muestran el momento en que el futuro deja de estar hecho de la misma materia que el pasado y radicalmente se transforma en Otro. Un tiempo que demanda nuestra desaparición para poder aparecer. Cada discurso sobre el fin del mundo provoca, a su vez, un discurso opuesto, afirmando la perennidad de los humanos, su capacidad de superación y sublimación sin fin y cualquier mención de su declinación es vista como una posición pesimista, reaccionaria y alarmista.

Así, por ejemplo, los adherentes de la tesis de la Singularidad, un grupo de futuristas que se ubican en los bordes del pensamiento y dominio tecnológico y la ciencia ficción al estilo de Ray Kurzweil, promueven la autofabricación futura del humano a través de la eugenesia y la síntesis tecnológica de una nueva Naturaleza. Esta versión mítica de la humanidad sin mundo nos informa de un próximo salto adelante, de un progreso acelerado que liberará al humano, digamos al 1% del “sustrato biológico”, extendiendo la longevidad y finalmente la transcendencia de la corporalidad orgánica.

En una versión más moderada, el Breakthrough Institute de California dice que el sueño de la modernidad finalmente se materializará en un posambientalismo en el que el humano técnicamente se sostendrá solo por sí mismo y la Naturaleza será recodificada por la máquina capitalista a través de una mejor práctica ambiental y su transformación en una mera fuente de recursos. Lo común en casi todas estas fantasías es que  “el mundo y la vida empezaron sin nosotros y terminara sin nosotros”. Que el “mundo exista antes que nosotros”, en verdad, no es difícil de imaginar.

DEFINICIÓN DE GAIA - DESCUBRIMIENTO: DE LA TIERRA EN EXTENSIÓN A LA TIERRA EN INTENSIDAD - HBAE - Horacio Boris Alperin EfrosLa posibilidad de que “nosotros existamos antes del mundo”, la preexistencia ontocosmológica del humano, en cambio, es mucho menos usual en la mitología occidental. Pero, no en la Amerindia en donde el mundo es sustraído de la correlación con los humanos al comienzo, más bien que al fin del tiempo, como cuenta Viveiros. El tema aparece en varias cosmogonías amerindias. En la mitología de los Yawanawa, por ejemplo, se habla de un tiempo en donde nada todavía existía, a excepción de la gente. En la versión de los Aikewara, al otro lado del Amazonas, se cuenta que antes del comienzo del tiempo nada había en el mundo, fuera de la gente y, curiosamente, las tortugas.

La imaginación amazónica y, tal vez, menos frecuente en otras regiones etnográficas, imagina la existencia de una humanidad primordial fabricada por un demiurgo o simplemente presupuesta como la única sustancia o materia desde la cual el mundo habría sido formado. Esta gente primordial no era completamente humana en nuestro sentido, ya que, a pesar de ser antropomórficos y poseer las mismas facultades mentales que nosotros, ellos poseían una gran plasticidad anatómica. En cierto momento, por algún extraño acontecimiento, parte de esta humanidad primordial cambió progresivamente y dio origen a las especies biológicas, a las características geográficas, a los fenómenos meteorológicos y a los cuerpos celestiales que componen el cosmos.

La parte que no cambió, permaneciendo igual a sí misma, es la humanidad. El desarrollo del universo ha sido primariamente, según esta fantasía mítica, un proceso de diversificación a partir de la sustancia humana primordial. Esta es una completa inversión del jardín del Edén y una cosmología que viaja en una dirección opuesta al mito de la singularidad tecnológica. El mundo natural para los pueblos amazónicos está constituido por una intrincada conexión de multiplicidades. Los animales y todas las otras especies vivientes se conciben como diferentes tipos de personas o sociedades, es decir, como entidades políticas.

No es solamente que el jaguar sea humano, sino que, también, el jaguar es un individuo poseedor de una dimensión subjetiva que Pin en arte mexicanotiene detrás una alteridad política colectiva. En el occidente pensamos que no es posible ser humano sin sociedad. Los amerindios van mucho más allá y piensan que hay muchas más sociedades de lo que admite nuestra filosofía y antropología. Lo que llamamos ambiente es para ellos una sociedad de sociedades, indicando que no hay una diferencia de estatus absoluta entre sociedad y ambiente. Cada objeto es otro sujeto y es más que uno, y cada especie se ve a sí misma como humana, un eco de su trasfondo humano. Cuando un jaguar mira a otro jaguar el ve a un hombre, a un indio decorado con ornamentos y pinturas corporales.

Cada ser en el cosmos se ve a sí mismo como humano, pero no ve a las otras especies de la misma forma. La humanidad, para los amerindios, es una condición universal. Aquí la idea de que “todo es político” adquiere una dimensión radical. A diferencia de la modernidad, los amerindios nunca han creído en una naturaleza de la que tienen que liberarse o dominar y es esto, según ellos, lo que incapacita al hombre moderno para discernir la secreta humanidad de los seres no humanos. Según un chaman yanomami, “los blancos no tienen miedo de ser aplastados por el derrumbe del cielo, como nosotros”.

Ese día aparentemente está por llegar. Por eso, según Latour, empezamos a ver un gradual retorno a las antiguas cosmologías y sus ansiedades, como si de pronto notáramos que ellas no estaban del todo mal fundadas. A diferencia de los modernos, dice, la gente de Gaia, ontológica y políticamente atada a la causa de la Tierra, “representa una pequeña, tenue fuente de esperanza”. Pero, frente al real aumento de cuatro grados Celsius de temperatura o a la siempre inminente guerra nuclear como hoy la sentimos, incluso la gente de la Tierra, como la llama Latour, esta en peligro de desaparecer.

En el pasado reciente, el sociólogo francés Gabriel Tarde escribió en 1974 un ensayo imaginativo bien perturbador: debido a un inesperado accidente cósmico toda la naturaleza viviente, todos los animales y toda la vegetación, a excepción del humano, fue eliminada. Esta gran transformación obligó a la especie humana a descender al corazón del planeta dejando atrás un ambiente moribundo. A diferencia del Arca de Noé, otros seres no fueron transportados con ellos.

Un poscatastrófico trogloditismo que invierte completamente el mito platónico de la caverna. Todas estas variaciones sobre el fin del mundo expresan la misma intuición histórica fundamental. Las cosas están cambiando rápidamente y no para el bien de la vida humana “como la conocemos”. Nuestro mundo, nuestra Tierra de pronto ha irrumpido como un poder amenazador e impredecible y no tenemos idea, o la voluntad, de qué hacer al respecto.

 

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