Oct 28 2004
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Cultura

La noche del chancho

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoEn las soledades argentinas hay cronistas incre√≠bles. Casi siempre es gente que observa y anota en absoluto silencio. En este caso es una maestra patag√≥nica: Hur√≠ Portela. Anot√≥ los detalles de toda la injusticia que se expandi√≥ por una peque√Īa localidad, Gobernador Gregores, en Santa Cruz. En el libro La noche del chancho -que acaba de salir- est√° lo que sufri√≥ la gente durante la dictadura de Videla. Es incre√≠ble la petulancia, el proceder tir√°nico, el patear el tablero, el sentirse Dios, patr√≥n y se√Īor, de un gendarme a quien la dictadura le dio plenos poderes para gobernar esa poblaci√≥n patag√≥nica. Dios con botas ante el vecindario que no pod√≠a creer lo que estaba viendo. Un tema para Anton Chejov en el teatro; para Fassbinder, en cine.

El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas -tal su real nombre- se sintió Dios. Y fue Dios. Cuando hablaba con la gente abría bien las piernas, a lo macho, o se tiraba para atrás en el sillón del escritorio y miraba con asco al civil que venía a solicitarle algo. Un aspecto que se repitió en el interior argentino y que no fue tocado ni por los políticos ni por la sociedad cuando cayó la dictadura: el comportamiento corrupto y dictatorial de militares, civiles sometidos, gendarmes y policías que entraron a dominar la burocracia.

En La noche del chancho se trabaja este aspecto con fidelidad hist√≥rica y jur√≠dica. Aparece todo ese pasado fantoche y criminal. En general la sociedad se comport√≥ como soldados conscriptos ante los cabos primeros y los generales de la Naci√≥n. Menos los estudiantes de la Escuela de Agronom√≠a de Gregores, la maestra Hur√≠ Portela y algunos pocos civiles dignos, esos que siempre se hacen presentes por puro coraje civil y verg√ľenza propia.

El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas fue todo. Y se acabó. ¡Viva la Patria! El que no obedece es zurdo y al zurdaje no hay que darle ninguna oportunidad. Principalmente si son estudiantes. Ya que de por sí, un estudiante es sospechoso.

El 24 de marzo de 1976 -que deber√° ser recordado todos los a√Īos como el d√≠a de la verg√ľenza argentina- toma el poder en la municipal de Gregores el comandante Horacio Primitivo Callejas. Dice la autora de La noche del chancho: La mayor√≠a de las personas entrevistadas: ex alumnos, profesores, maestros de internado, recuerdan que el comandante Callejas no trataba bien a nadie. Era d√©spota, proclive siempre a insultar, y era com√ļn escucharlo gritar ¬ęcomo un loco cuando alguien lo contradec√≠a¬Ľ.

Una de sus primeras acciones fue invadir de sorpresa la Escuela de Agronom√≠a con treinta gendarmes armados. A las 7.30 de la ma√Īana oscura, a√ļn sin amanecer, entraron los gendarmes a los gritos, entre maestros y alumnos sorprendidos. Buscaban un ¬ęnido de subversivos¬Ľ. Todo era mentira. Callejas lo hac√≠a para asustar y demostrar su poder. Pateaban puertas, a las mujeres las palpaban de armas. Secuestraron las tijeras de injertos, de podas y los cuchillos usados en la ense√Īanza. El uniformado se proclam√≥ rector.

Por supuesto prendieron una fogata y quemaron libros y revistas sacados de los roperos de los estudiantes. Una acci√≥n valiente de la Argentina uniformada que nos invade de pena y verg√ľenza: que los uniformados pagados por el pueblo quemen libros, que es quemar el pensamiento, el derecho, la libertad.

Despu√©s, la delaci√≥n. Los uniformados tomaron ex√°menes ideol√≥gicos a los alumnos. Fueron secundados por la supervisora general de Escuelas, Egidia Sanchi de Marum, f√©rrea defensora de la dictadura. Pero los alumnos no respondieron positivamente a lo que quer√≠an los uniformados porque no hab√≠an le√≠do a Marx. Ni siquiera entendieron muchas preguntas de los milicos. No importa. Callejas no logr√≥ su prop√≥sito, pero orden√≥ que todos los estudiantes se cortaran el pelo y usaran corbata. As√≠ se era patriota. Pero los estudiantes dijeron: no. Por eso Callejas puso un peluquero. Los alumnos calificaron al alcahuete que oficiaba de peluquero como ¬ęHacha brava¬Ľ. A los profesores sospechados de ideas liberales se los expuls√≥ y no se les pag√≥ los sueldos adeudados.

Los alumnos se despertaban hasta entonces con m√ļsica folkl√≥rica. Ahora, con la Gendarmer√≠a, a puro pito. Adem√°s, en pleno invierno, se les quit√≥ una frazada para que se hicieran machos. Lo mismo, en la comida, se prohibieron los quesos, dulces, embutidos, el pat√©, los jamones, fiambres y las mermeladas, a pesar de que todo se hac√≠a en la escuela. Callejas recorr√≠a los almuerzos y cuando ve√≠a una mesa un poco desordenada, arrancaba el mantel y tiraba todo, a los gritos y patadas. Lo m√°s injusto fueron las cesant√≠as de maestros y empleados. Muchos chicos se fueron por no aguantar la brutalidad del r√©gimen de Callejas. En 1976 hab√≠a 110 alumnos; a fines del 77, s√≥lo 40. No hubo paz, comenzaron los hechos rebeldes de los alumnos que mostraron toda su entereza al oponerse al peque√Īo tirano. Hasta que llegar√° la noche del chancho.

Fue en marzo del 77. Los alumnos del √ļltimo a√Īo iban a festejar el egreso con el t√≠tulo de agr√≥nomos. Como era costumbre, prepararon una gran fiesta. Era cl√°sico el asado de cerdo. Para lo cual tomaron uno de esos animales que hab√≠an alimentado ellos durante la ense√Īanza. Fue una verdadera fiesta de estudiantes. Pero todo iba a terminar muy mal.

El gendarme Callejas ordenar√° la detenci√≥n de los cinco estudiantes que hab√≠an intervenido en la faena del chancho. Se los llev√≥ a la comisar√≠a porque, si bien los estudiantes lo hab√≠an criado, el chancho era de propiedad del Estado. De inmediato se los expuls√≥ de la escuela por disposici√≥n del rector Jorge Lisardo Alvarez, un hombre de Callejas y de la dictadura. Es decir que, para los expulsados, los seis a√Īos de estudios hab√≠an sido en vano. Los expulsados ten√≠an buen promedio y uno de ellos era el abanderado y otros dos, escoltas.

Es impresionante en el libro de Hur√≠ Portela el detalle de todo lo que hicieron los padres y los compa√Īeros para revocar la medida. La tristeza de los alumnos acusados, la angustia interminable. La crueldad. Porque se los mantuvo incomunicados en calabozos que se inundaban.

Desde allí fue todo humillación. El tiempo hizo algo de justicia. Pero en el alma de los estudiantes permaneció siempre el dolor de las penas irracionales. En cambio, el comandante Callejas cobra un muy buen retiro y se pasea en uniforme por el barrio. Lo llaman el chancho argentino. Con él nadie se atrevió a hacer verdadera justicia.

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* Escritor, anarquista. El artículo fue publicado en el diario argentino Página/12.

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