Feb 4 2023
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Cultura

Mil formas de arrancar de La Moneda

El tiempo no se tiende como una l√≠nea de tren sino que nos estremece de manera vertical como la corriente alterna y eso explica que a los hombres, con el paso de los a√Īos, la cabeza se les incline hacia el suelo, es decir hacia el pasado, hasta convertirse a veces en un ped√ļnculo que se entierra y echa ra√≠ces como la higuera de Bengala haciendo que uno se pregunte d√≥nde est√° el origen y d√≥nde el destino.

Por lo tanto los recuerdos, a mi modo de ver, nunca dejan de ser problem√°ticos en la medida en que abren preguntas que involucran el futuro, como me sucede al pensar en Ramiro Mallea, un amigo de mi padre que formaba parte de esa constelaci√≥n de seres que el golpe del 73 dispers√≥ en m√ļltiples direcciones como un tacazo de pool, aunque en su caso, por lo que s√©, la salida del pa√≠s nada tuvo que ver con pol√≠tica porque este hombre dif√≠cilmente se comprometi√≥ con algo y me parece que nunca se tom√≥ la vida en serio. Esa constataci√≥n es la que me ha despertado sus recuerdos, al punto que pens√© en llamar a este texto El hombre que no se tom√≥ en serio o bien El hombre que no nos tom√≥ en serio, sin poder decidirme entre uno y otro t√≠tulo y advirtiendo que existe una clara diferencia entre cagarse de la risa de uno mismo y cagarse de la risa de los dem√°s.

Como nunca lo o√≠ hablar en serio, aun de los temas m√°s graves, mi recuerdo primordial de Mallea, que no es ni el primero ni el √ļltimo, est√° compuesto de una serie de momentos impresos unos sobre otros en el volumen vertical de la existencia: son esas tardes de domingo en el patio de un vecino, cuando se reun√≠an a jugar ajedrez contra el tiempo. Una mesita en la terraza y cuatro sillas de mimbre alrededor. Frente a frente los contrincantes, apretando los botones del reloj. A ambos lados del tablero otros dos amigos observan la partida dejando caer discretos comentarios.

Cuando a Mallea le toca ser espectador no se est√° tranquilo sino que da vueltas fumando por el patio, ech√°ndolo todo a la broma. En mi papel de narrador tiendo a creer que segu√≠a sobreponiendo esos momentos en el volumen vertical de la existencia y pod√≠a vislumbrar c√≥mo las cuatro sillas se ir√≠an desocupando, en primer lugar con su propia partida, luego con la de mi padre seguida por la del due√Īo de casa, a la espera del inevitable vaciamiento de la √ļltima, que ignoro si habr√° acontecido. Supongo que este proceso de desintegraci√≥n natural era el que le imped√≠a tomarse la vida en serio, quiz√°s por el horror o el desconcierto que le causaba. Y sin embargo el mismo fen√≥meno, me digo, se presta para defender la posici√≥n exactamente contraria. As√≠ que en mi papel de narrador no he avanzado un solo paso para desentra√Īar su actitud vital, motivo de estas palabras.

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La MonedaEn el ejercicio de encontrar una respuesta, pedunculado como estoy, hurgueteo entre los recuerdos alg√ļn hecho de la m√°xima seriedad para poner a prueba la posibilidad de tom√°rselo todo a la ligera. Y voy a parar justamente al golpe de Estado que como un tacazo de pool provoc√≥ esa di√°spora de la que el amigo de mi padre tambi√©n fue parte, aunque por motivos personales. Y pasando por alto todas las concatenaciones que condujeron a que el presidente Salvador Allende se encontrara ese 11 de septiembre arrinconado en La Moneda, introduzco los dedos por entre los techos del palacio y digamos que reemplazo su figura por la de Mallea, que no tendr√≠a por qu√© estar all√≠ pero que en el ejercicio de querer alumbrar una actitud existencial, en el desesperado ejercicio de querer alumbrar las tinieblas humanas, queda desde estos momentos ante el tablero del acontecimiento m√°s decisivo de nuestra historia moderna.

Por cierto que el ejercicio tiene mucho de rid√≠culo y absurdo y me recuerda esos juegos de sal√≥n con cartas que nos lanzan preguntas del tipo: ‚Äú¬ŅQu√© har√≠a usted en el lugar de Fulanito?‚ÄĚ Confieso adem√°s la tentaci√≥n, a casi medio siglo del golpe, de testear la calidad humana de cada uno de los presidentes que lo han seguido, puestos en un trance como aquel. Pero voy a suspender aqu√≠ dicho ejercicio, cuyos resultados me parecen bastante predecibles, para seguir con otros recuerdos dispersos por ver si esclarezco la cuesti√≥n yendo por caminos laterales.

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La realidad de un hombre como Mallea se materializ√≥ para m√≠ la Semana Santa del a√Īo 1976, cuando al volver de Venezuela nos trajo unos huevos de chocolate de dimensiones prehist√≥ricas. Debo haber sido m√°s o menos la mitad de lo que mido hoy, as√≠ que el regalo ante mis ojos med√≠a el doble. En su interior ven√≠an otros huevos de Pascua, como sus hijos, que iba sacando a trav√©s de un agujero que hice en la parte superior por donde met√≠a la mano con la dolorosa sensaci√≥n de saber que estaban desapareciendo, como era su destino, as√≠ como las sillas del patio ir√≠an vaci√°ndose poco a poco.
Su mujer sufr√≠a alg√ļn trastorno mental que la hac√≠a hablar incoherencias y sufrir alucinaciones delirantes como una, lo recuerdo, en que los maceteros volaban por el departamento. Cada vez que en alguna reuni√≥n social su mujer ten√≠a salidas de ese tipo Mallea simplemente asent√≠a con la cabeza, quiz√°s porque no se tomaba la vida en serio y entonces daba lo mismo soltar cualquier disparate. O porque no ve√≠a ninguna diferencia entre estar cuerdo y estar loco.

Muchos a√Īos despu√©s √©l tambi√©n hab√≠a dado muestras de desvariar, cuando se obsesion√≥ con el llamado Libro de Urantia, que contiene no s√© qu√© clase de descripciones cosmog√≥nicas y seg√ļn el cual debemos pasar por mil millones de etapas antes de encontrarnos con el Padre celestial. Tal libro hab√≠a aparecido de modo m√°gico en el caj√≥n del velador y su segunda mujer, una salvadore√Īa, daba plena fe de sus palabras. Alfaomega Libros de la editorial: Urantia
Esa segunda mujer lo admiraba como a un dios. Y adem√°s le parec√≠a sumamente atractivo, pese a que ante los ojos de los dem√°s era como encontrarse cara a cara con el conde Dr√°cula. Ella se la pasaba metida en la cocina preparando embutidos caseros, horneando tortas y friendo unos bistecs de 500 gramos que Mallea devoraba dentro de una marraqueta doble mientras ve√≠a partidos de f√ļtbol por televisi√≥n y luego hasta la √ļltima repetici√≥n de los goles del campeonato local pues, seg√ļn dec√≠a, no pod√≠a dormirse sin antes conocer todos los pormenores de la fecha deportiva.

E ignoro si entonces se dorm√≠a. Pues por indiscretas v√≠as me hab√≠an alcanzado las confidencias de su mujer sobre los caprichos sexuales de Mallea. Y no s√© si ella se quejaba o simplemente hac√≠a constar la extravagancia de sus gustos. Pod√≠an ser meses o tal vez a√Īos sin practicar la c√≥pula de las maneras convencionales. En los cines, Mallea la hac√≠a sentarse lejos de √©l y la instaba a ligarse a alg√ļn desconocido solitario. O aparec√≠a por el departamento con una puta y le ped√≠a que se acariciaran ante sus ojos. El mundo era demasiado estrecho e inflexible para su imaginaci√≥n.
Su mujer simplemente se acompasaba a este galope vital sin ton ni son y una de sus √ļltimas repercusiones hab√≠a sido la construcci√≥n de una casa en un sector costero llamado ‚ÄúLa Chocota‚ÄĚ, al norte de Ventanas, en la que ella fungi√≥ como arquitecto y supervisor de la obra, cuyo resultado fue una suerte de vivienda de perspectivas expresionistas con l√≠neas de fuga que en vez de correr hacia un √ļnico punto en el horizonte, como es de esperarse, se desbandaban en distintas direcciones. Para qu√© tomarse en serio el mundo, si padece una asimetr√≠a irremediable.

No fueron muchos a√Īos los que pudo disfrutar de esa casa ins√≥lita, pues enferm√≥ de un c√°ncer de pr√≥stata que luego de operarse dej√≥ estar en las sombras hasta que el mal lo asalt√≥ de nuevo, ahora para llev√°rselo. Tambi√©n supe por indiscretas v√≠as que la √ļltima vez que habl√≥ con mi padre fue por tel√©fono, que mi padre le advirti√≥ que iba a morir de esa enfermedad y Mallea le replic√≥ que √©l iba a morir de otra manera, que fue un modo de agredirlo con algo muy hiriente. Y ese d√≠a se acab√≥ la amistad.

Lo divis√© por √ļltima vez el a√Īo 2006 en la explanada de tierra que hay o hab√≠a junto al estadio de f√ļtbol de Playa Ancha en Valpara√≠so, en la fila de ingreso para entrar a un partido entre Wanderers y la Universidad de Chile, su club. Le quedaban meses de vida. Lo vi desde lejos y no me anim√© a saludarlo, quiz√°s porque ya me hab√≠a enterado de esa conversaci√≥n telef√≥nica con mi padre. Y quiz√°s, tambi√©n, porque en compa√Ī√≠a de los hijos de su mujer salvadore√Īa parec√≠a tan absorto en la cuesti√≥n de las entradas para el partido que no le prestaba ninguna atenci√≥n al ave de mal ag√ľero que planeaba sobre su cabeza. Lo perd√≠ de vista cuando un carro antidisturbios de Carabineros arremeti√≥ contra la fila como si fu√©ramos ganado bovino o personas apestadas. En esa violenta carga que nos separ√≥ en la desbandada observo la misma fuerza que ha desparramado sus recuerdos en el papel sin concierto alguno. La fuerza de la desagregaci√≥n de todo ser.

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Como en una batalla desigual entre aquella fuerza desintegradora y el m√≠nimo prop√≥sito unificador de cualquier historia, retrocedo hasta comienzo de los noventa para rescatar del olvido la √ļnica aventura pol√≠tica que le conoc√≠. Se hab√≠a afiliado al partido Uni√≥n de Centro-Centro (UCC) del empresario Francisco Javier Err√°zuriz, ‚ÄúFra-fr√°‚ÄĚ, el hombre que dec√≠a haber hecho fortuna a partir de la crianza de pollitos. En ese engendro hab√≠a fichado Mallea con la ilusi√≥n de ser electo diputado en una de las primeras elecciones parlamentarias tras la dictadura. Quiz√°s la palabra no sea ‚Äúilusi√≥n‚ÄĚ sino ‚Äúapuesta‚ÄĚ. Una apuesta de √≠nfimas posibilidades para asegurarse un buen ingreso por los pr√≥ximos cuatro a√Īos. As√≠ que en las calles del centro que pertenec√≠an a su distrito uno se encontraba de pronto con rayados que dec√≠an: ‚ÄúMallea diputado. UCC‚ÄĚ, y el hallazgo, para quienes lo conoc√≠an, no pod√≠a menos que sacar una leve sonrisa.

Por supuesto, no resultó elegido sino que debió seguir rebuscándoselas para ganarse la vida de cualquier manera, entre otras con una fuente de soda en los mismos barrios donde se veían sus rayados, por la que alguna vez pasé a saludar y me recibió con un hot dog por cuenta de la casa, no sin cierto temor a que el lugar se volviera una estación recurrente para todos los amigos o conocidos a quienes se les antojara comer sin pagar.

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Pero como me he propuesto contar su historia o m√°s bien demostrar que su historia es imposible de contar, voy a imaginar por √ļltimo que Mallea s√≠ es electo diputado y los imprevisibles avatares de la pol√≠tica lo hacen destacar en su papel de representante del pueblo. De la C√°mara Baja salta al Senado. Mismo √©xito, m√°s popularidad a√ļn. Las circunstancias le endosan el r√≥tulo de ‚Äúpresidenciable‚ÄĚ. Mallea se deja llevar y ya lo tenemos formalmente de candidato al cargo m√°s alto de gobierno. Y triunfa. Sorpresivamente, contra todo pron√≥stico o como quieran, Ramiro Mallea es elegido Presidente de la Rep√ļblica. Una agudizaci√≥n de las contradicciones sociales moviliza su gobierno hacia posturas cada vez m√°s radicales que ponen abiertamente en cuesti√≥n (y tal vez en riesgo) el orden establecido.

Los verdaderos poderes est√°n inquietos. Pero el gobierno de Mallea es arrastrado por una marea en la direcci√≥n m√°s radical, que parece un t√ļnel sin salida. Habr√≠a que seguir excavando en la pared. Pero no se sabe si hay fuerzas disponibles. Y tampoco se conoce hasta d√≥nde alcanza la paciencia de los poderosos. Hasta que llega el d√≠a y Mallea se encuentra muy solo al interior de La Moneda. Sobre este hecho nadie podr√° tener jam√°s la √ļltima palabra, pero hay acciones que parecen perdurar en la memoria colectiva, y por algo ser√°. Existen mil formas de arrancar de La Moneda y ninguna de ellas sirve para contar una historia.

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