Recordando a Aldo Moro

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Roberto Savio: Un testimonio personal

Tuve el honor de trabajar con el Presidente Moro en los días de mi juventud. Fue un maestro extraordinario, porque escuchaba a sus colaboradores y les explicaba cuándo se equivocaban. Cuando veo la diferencia con los hombres en el poder hoy, me doy cuenta de que el mundo ha perdido el diálogo, la tolerancia y la democracia.

Quiero recordar dos enseñanzas.

Una vez, mientras yo insistía en publicar un artículo mío muy polémico sobre la lentitud del proceso de descolonización, me hizo notar que Il Popolo era, en cierto modo, el portavoz del gobierno, y que esto iba a crear fricciones con los países europeos involucrados. Cuando le observé que así perdíamos una ocasión para declararnos diferentes, me dijo: «Savio, más que lo contrario no se puede hacer. Y esto se hace con la política, no con artículos, que pueden ser utilizados fácilmente para abrir otra polémica. La política se hace con los hechos, no con las polémicas».I WebDoc di Rai Cultura : Aldo Moro

En otra ocasión, cuando le hice notar que estábamos demasiado alineados con posiciones de Estados Unidos que no tenían nada que ver con los intereses de Italia, me dijo: «Savio, hay una diferencia entre un profeta y un político. El profeta tiene el deber de gritar la verdad. El político tiene el deber de realizarla. En Washington ya me consideran demasiado independiente. La verdad hay que realizarla junto con los ciudadanos. Y en este país muchos son filoatlánticos por inercia. Tenemos que hacer nuestra propia política, pero sin romper con los Estados Unidos, porque las relaciones de fuerza no lo permiten».

Cuando Moro fue asesinado, estas palabras volvieron a mi memoria con fuerza…

Años después, Boutros Boutros-Ghali —otra persona que me enseñó que las batallas hay que darlas solo si uno está seguro de ganarlas— me dijo: «Los americanos no quieren que se diga yes. Quieren que se diga yes sir». Y es el único Secretario General que tuvo un solo mandato, precisamente porque no decía yes sir… Hoy el silencio es la única arma. No decir nada.

Roberto Savio, presidente de Other News

 

Gilberto Bonalumi — Moro, una vicisitud humana y política que sondear y transmitir

 

El asesinato del estadista de la Democracia Cristiana es el Muro de Berlín de Italia, diez años antes de la caída del verdadero Muro. Pensaba en un movimiento no solo de acercamiento entre distintos, sino también en la búsqueda de una regla de convivencia, no en la afirmación de un sistema político integral.

¿Hace falta todavía algún repaso de historia política capaz de iluminar el presente? Se cree que el mundo ha cambiado tan profundamente que incluso lo que de significativo ha ocurrido en tiempos no lejanos ha quedado tan insignificante como para parecer incomparable. Ahora que la historia parece volver a estar de moda, cuando ciertos acontecimientos se vuelven a proponer, conviene prestar atención a si se hace para transmitir el conocimiento del pasado o para divulgar lecturas fruto de investigaciones, pero también de interpretaciones interesadas.

Aldo Moro: Asesinato De Un Presidente [DVD]: Amazon.es: Michele Placido ...Se replantea la pregunta de si el significado de la vicisitud humana y política de Aldo Moro, el hombre eje de la Constituyente, deba confinarse al nivel de la reconstrucción histórica, o pueda aún tener algo que decir en los particulares vaivenes civiles de nuestro país. El de Moro fue un recorrido biográfico que se interrumpió brusca y dramáticamente aquel 9 de mayo de 1978; y con él se interrumpió también todo su proyecto político.

Sobre el caso Moro se ha escrito de todo y la documentación es voluminosa entre actas judiciales e investigaciones parlamentarias: y sin embargo siempre se siente la necesidad de volver sobre él, entre recuerdos, documentos desclasificados y mapas de los lugares de su cautiverio.

El diálogo subterráneo

Es el caso de tres publicaciones recientes: «Mi sento abbandonato» («Me siento abandonado»), que profundiza en la negociación para salvar a Moro, al cuidado de Claudio Martelli; «Il disegno» («El plan») de Federico Zatti, que investiga la fuga de los brigadistas tras el atentado de via Fani; y «L’Italia e il lodo Moro» («Italia y el acuerdo Moro») de Giacomo Pacini, que profundiza aquel diálogo subterráneo con los movimientos palestinos, con cierta confianza en su capacidad de dialogar con las Brigadas Rojas para garantizar la salvación de Moro.

De la introducción de Walter Veltroni a «Il caso Moro e la prima Repubblica» («El caso Moro y la Primera República») se pregunta si se hizo todo lo posible para salvarlo, para sacarlo —como soñó Marco Bellocchio en «Buongiorno notte»— de aquella cárcel de via Montalcini. ¿Para devolverlo a su familia, a la política, al país? ¿O no prevaleció la convicción de que Moro vivo era un problema para todos, sin excepción? Corrado Guerzoni, uno de sus más estrechos colaboradores, pronuncia las siguientes palabras: a nadie le interesó encontrar al honorable Moro; al presidente de la DC se le quería muerto también desde esta otra parte, porque es mejor que muera un hombre y nada cambie a que ese hombre no muera y todo deba cambiar.

La muerte de Moro es el Muro de Berlín de Italia, diez años antes de la caída del verdadero Muro de Berlín. ¿Por qué no leer las cartas de Moro como las de un prisionero lúcido, aunque desesperado, sobre afirmaciones claramente atribuibles a él e improponibles si se las atribuye a las BR?Aldo Moro

Martelli pone en juego una expresión como «Dialectizaos con Moro» para comprender mejor sus cartas y las posibles vías de un camino humanitario al que se comprometió también Amintore Fanfani, como atestigua su diario al recoger su pensamiento en el debate dentro de la Democracia Cristiana.

La línea de la firmeza

En aquellos 55 días estuvo también en juego la línea de la firmeza, ligada a la duda sobre la capacidad de las instituciones para resistir. Pero el verdadero escándalo es no haber logrado encontrar la prisión de Moro, que no estaba en el fin del mundo, sino que todo se desarrolló en la ciudad de Roma, donde emergieron incapacidades y desviaciones, como el no haber llegado al refugio de via Gradoli, la inútil exploración del lago della Duchessa y algún consejero improcedente en el Ministerio del Interior. Que esa incapacidad fuera luego, de algún modo, «ayudada» por quienes estaban en contra de la política de Moro y de su papel en el concierto internacional no es en absoluto descartable.

Cómo fue posible que personajes despreciables, intelectualmente hablando, fueran capaces de cabalgar un tigre tan indomable y feroz que, por las confesiones de los propios asesinos, llega a expresarse incluso como una coacción. Un terrorismo ambiguo desde el principio hasta el final por esa misma razón. La tragedia está en aquellas palabras de Moretti, cuando dice que él y sus cómplices fueron «obligados» a matar a Moro. Lo hacen tratando de elaborar una «coacción» política, declarada en su día por ellos mismos con plena autonomía deliberadamente exasperada, porque está confiada a memorias que deben considerarse siempre y atentamente defensivas, sin indulgencias ni comprensiones banales.

Sapete quanto era disposto a pagare Papa Paolo VI per salvare Aldo Moro ...Que se llame coacción revolucionaria es solo el esfuerzo con el que se quisiera expulsar fuera de la propia conciencia el acto criminal, que hay que llamar inhumano considerando también la práctica de la tortura ejercida con la técnica de la prisión angosta. Pero si la decisión es externa, por alusión, uno se ve llevado o empujado inevitablemente a preguntarse quién pudo haber ejercido realmente la coacción que llevó un luto irreparable a su familia y a los familiares de la escolta, que hirió la conciencia moral de casi todos los italianos (golpeando a la sociedad y no al Estado).

Se acabó hiriendo de muerte también a una política, de manera completamente distinta a la declarada en las reivindicaciones-elucubraciones infantiles del Estado imperialista de las multinacionales y sus fechorías, vivos solo en la imaginación de restos de una rebeldía cargada de odio ideológico. Se golpeó una política difícil, quizá incluso inaplicable. Tan inaplicable que el propio Moro nunca quiso definirla en sus detalles y la dejó abierta a muchas interpretaciones.

Y aquí se llega pronto al punto, porque en Moro se quiso golpear un propósito. De Moro se decía que los hechos son sus palabras, porque en él está siempre en juego la inteligencia de los acontecimientos, siendo nuestra historia una secuencia ininterrumpida de estados de necesidad que ponía en riesgo la plenitud ideal y política, midiendo lo que se puede ganar y lo que no se debe perder.

La clave interpretativa

En efecto, hay que decirlo enseguida como clave interpretativa —no declarada como tal pero que emerge de la lectura—: la observación de que, al final, los terroristas dieron un poderoso empujón hacia la derecha del eje político italiano. Por grados, ese desplazamiento llevó a la derecha (incluida la descendiente de la herencia fascista) al gobierno. Quizá pocos habían comprendido el carácter también jurídico-procesal de la actitud de Moro al proponer la unidad nacional, que no era una variante del compromiso, sino otra cosa. Procesal porque en la forma del examen, del análisis, debía fundamentarse también la legitimación del hecho político que quería producir.

Moro no pensaba en un compromiso. Su cultura nunca lo habría llevado a indulgir en un lenguaje que parecía ligado a una especie de estipulación de un contrato de compraventa: precisamente aquel que se inicia con un compromiso. Por supuesto, en el lenguaje corriente «compromiso» significaba quizá solo un acuerdo a medio camino entre dos partes distantes.

Pero Moro en este sentido había visto lo peor y había captado que las diversas propuestas en juego eran aún las de una antigua fundación de partidos que se planteaban como ambientes políticos consumados (relativamente cerrados), en los que la alternativa rígida de partido o de corriente histórica había dejado siempre poco espacio a una deseable alternancia. He aquí: Moro pensaba en un movimiento no solo de acercamiento entre distintos, sino también en la búsqueda de una regla de convivencia que no debía desembocar en la afirmación de un sistema político integral (y unilateral) de un único partido que prefigurase un régimen en su diseño cultural de fondo.

Moro había comprendido que proponer una sociedad totalmente liberal, totalmente socialista o totalmente católica (y en este caso hace falta una distinción adicional) se había vuelto un sinsentido y también una imposibilidad. No se acercaba ni remotamente a un proyecto de una fusión un tanto alquímica de una parte unida a otra para dar, finalmente, un «compuesto» político institucional de improbable factura. De ahí vino la idea totalmente moroteana de la solidaridad nacional. En aquellos años de democracia bloqueada, la DC seguía siendo el partido de la sociedad, aunque sus adversarios la identificaran con el Estado por su permanencia decenal en el gobierno; de ese partido Moro era el exponente más cualificado.

La oscuridad de los significados

Secuestro y muerte

La situación intuida por Moro iba más allá si se leen atentamente sus discursos y razonamientos, que se consideran siempre difíciles de comprender. La oscuridad de los significados de Moro residía toda ahí. Su avance hacia una situación nueva le hacía ver que ya no se trataba de barajar de nuevo las cartas para el mismo juego, sino de cambiar las cartas para otro juego, transformando el sistema de partidos y de la vida democrática.

Una sociedad liberal-liberista había llegado a ser imposible a causa del Estado del bienestar y de las teorías keynesianas; un planteamiento socialista carecía de sentido tras el desmoronamiento de la sociedad dividida en clases de origen positivista; una sociedad cristiana, o aun solo profundamente inspirada por la doctrina católica, tras los progresivos avances de la secularización ya no tenía sentido. Describo por primera vez un hecho que comprendí más tarde a lo largo de los años.

Con ocasión del último discurso de Moro ante los grupos parlamentarios, su amigo más íntimo (me atrevería a decir espiritual), Franco Salvi, en la fase de espera de la reunión, me propuso recoger las firmas de adhesión a las propuestas que se iban a presentar sobre el gobierno de unidad nacional. En el momento me pareció un asunto organizativo que se podía confiar a un joven parlamentario. Algunos diputados que llegaron durante el encuentro se resintieron por aquella recogida previa, pero ya las firmas habían alcanzado el número cualificado de 287, y Zaccagnini, que presidía aquella asamblea, cerró el encuentro, que aprobó aquel discurso.

Tiempo atrás, hablando con Rosy Bindi de aquel día tan dramáticamente central, ella me dijo que si se hubiera abierto la discusión, probablemente, sobre todo las conclusiones, no habrían tenido un consenso mayoritario, y otro tanto probablemente, quizá, Moro estaría aún vivo.

Sobre lo que Moro pensaba realmente acerca de la Tercera fase o, más precisamente, sobre las palabras «hay que roturar la tierra de nadie que existe más allá del centroizquierda», no lo sabremos nunca, aunque los análisis en circulación sean muchos. Moro consideraba agotada la experiencia centrista, y la cuestión comunista había que afrontarla de modo distinto a como De Gasperi la gestionó en 1947.

Bologna OnlineSobre esto tengo un recuerdo preciso bien grabado en la mente. Basta mirar las crónicas de los diarios italianos del miércoles 20 de marzo de 1968: todos hablando de la imponente manifestación de los jóvenes de la DC en Bolonia, que, abriendo la campaña electoral, veía juntos a Moro, jefe del gobierno, y a Rumor, secretario de la DC. Fue el año de los estudiantes, y el siguiente, el ’69, el de los obreros, y él supo captar su relación de interacción.

Algunos meses más tarde, Moro quiso verme a solas en su despacho privado. Me agradeció aquella manifestación que llenó el Palacio de los Deportes de Bolonia y consideró original nuestro pequeño folleto electoral «Pace, Protesta, Proposta» («Paz, Protesta, Propuesta»), escrito en gran parte por el periodista de L’Eco di Bergamo Sandro Zambetti y espléndidamente compuesto por aquel imaginativo grafista que fue Pic Cortesi. El coloquio concluyó así: «Querido Bonalumi, en un tiempo no definible tendremos que prepararnos para pasar el testigo». No es que la ausencia de alternancia no pesara sobre la «democracia difícil», resuelta en realidad en el marco de un bipolarismo directamente influido por los acontecimientos internacionales.

En los años cruciales de la solidaridad nacional las salidas eran dos: la de una colaboración temporal entre los principales partidos, DC y PCI, para preparar una competencia en pie de igualdad con posibilidad de alternativa; y la otra, de tipo mitterrandiano, para dotar al conjunto de la izquierda de capacidad competitiva. Ninguno de estos dos caminos fue seriamente emprendido: y se llegó así a la crisis del sistema de partidos, que se mostraba absolutamente inidóneo para asumir una iniciativa autorreformadora. Los terroristas creían que había llegado el momento del empujón final, olvidando incluso todo discurso de Marx sobre el Estado («no es una arlequinada», había dicho) y sobre la dureza de los sistemas políticos incluso cuando parecen frágiles.

Secuestro y asesinato Aldo Moro: el magnicidio que conmocionó Europa y ...Alguien que había estado presente en el congreso fundacional de las BR en Santa Margherita Ligure contaba cómo uno de los jefes había expresado, más o menos, la preocupación de que se pudiera incluso llegar demasiado tarde porque la revolución estallaría sin ellos. El análisis histórico, político y social hecho por los terroristas no merecería consideración alguna si no hubiera estado armado, fuera peligroso y frontal al orden democrático, diseminando víctimas, entre ellas nuestro Guido Galli, magistrado originario del Alto Val Brembana.

Responder a las dificultades

Para comprender por qué tampoco hoy hay en el terreno modelos políticos capaces de responder a las dificultades y a los vacíos de las nuevas generaciones, para aprovechar toda ocasión útil que devuelva el orden a este tiempo salido de sus goznes. La libertad debe custodiarse, y la esperanza debe organizarse.

Es imposible hablar de Aldo Moro y de la historia de Italia sin recordar su trágico final. Su muy propia capacidad de mantener juntos los elementos esenciales de su proyecto político: Estado y sociedad, innovación y tradición, cambio y cohesión, sistema político y partido democristiano en un horizonte social y político duramente puesto a prueba por la transición de los años setenta.

El ser alternativo a sí mismo no lo limita a su partido para que se mejore, sino que lo proyecta hacia programas reformistas, hacia las alianzas de gobierno, hacia el proceso de constitucionalización de las fórmulas políticas, del centrismo al centroizquierda, hasta las convergencias paralelas que presuponen procesos de socialdemocratización de la izquierda y la llegada de una derecha moderna y republicana. Saliendo de la tradicional dialéctica mayoría-oposición.

¿Qué hacer cuando se vence entre dos? Y uno es el más fuerte y representativo partido comunista de Europa, pero está dentro de un periodo de la Resistencia, de la posguerra, del giro de Salerno. La posibilidad de hacer política exterior a través de su política interna no impidió a Moro moverse en el enfrentamiento bipolar entre Guerra Fría y distensión, alarmando hasta tal punto a los Estados occidentales que en el encuentro de los países industrializados en Puerto Rico, por boca del canciller alemán Schmidt, se llegó a condicionar préstamos financieros en función de las alianzas de los partidos italianos.

Para el Departamento de Estado dirigido por Kissinger había dos «anomalías» que preocupaban en aquella fase aún imperante de la Guerra Fría: la acción moroteana que sostenía las razones de la solidaridad nacional, y la experiencia de Allende, que llega a gobernar Chile con una alianza de las izquierdas recorriendo un proceso electoral respetuoso de las reglas democráticas. Los dos momentos se relacionan, tales eran los vínculos entre las fuerzas políticas de ambos países pese a historias y geografías distintas. Ambos fracasaron con la muerte de Moro y con el golpe de Estado en Santiago.

El 13 de mayo, en la Basílica de San Juan de Letrán, yo también estaba presente, frente a todas las altas cargas del Estado, sin el cuerpo del difunto, ya en manos de la familia por explícita voluntad de Moro. Marco Damilano anota a un Craxi con los brazos cruzados e inquieto junto a un Berlinguer esculpido. El partidario de la negociación y el cabecilla del rigor, ambos derrotados. En aquel tiempo Roma parecía una ciudad oscura, el laberinto sombrío en el que se escondían los terroristas que habían secuestrado a Moro.

De nada sirvió la plegaria de Pablo VI al Dios de la vida y de la muerte, que no había escuchado su petición de liberar a Aldo Moro, hombre bueno, manso, sabio, inocente y amigo.

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