Mar 25 2012
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Pol铆ticaSociedad

Tras el genocidio, a los hijos de desaparecidos les toca reconstruir y buscar la verdad

El genocidio argentino lesion贸 no solo a la generaci贸n militante de la d茅cada de 1970. Tambi茅n ensuci贸 y marc贸 para siempre la infancia de muchos y muchas que debieron, primero, preguntar; luego aceptar, y solo mucho m谩s tarde reconstruir y buscar verdad y justicia para mantener su memoria y la de las nuevas generaciones.

Ten铆a poco m谩s de dos a帽os cuando irrumpi贸 la dictadura c铆vico-militar-genocida. Mi hermano hab铆a cumplido apenas un a帽o 20 d铆as antes. Mi pap谩, Carlos, hac铆a meses que no ven铆a por casa: su nombre integraba una larga lista de 鈥渟ubversivos鈥 buscados por las fuerzas represivas.

Mi mam谩, Mercedes 鈥搊 Mecha, como le dec铆an todos-, trabajaba en el hospital, atend铆a nuestras demandas y esperaba noticias de su compa帽ero. Ambos eran m茅dicos y militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Ambos componen la n贸mina de 30.000 detenidos desaparecidos. No volvimos a saber nada de ellos.

驴D贸nde est谩 mi pap谩? 驴Cu谩ndo viene? Mis preguntas debieron representar un peso insoportable para mi mam谩. Desde marzo no se sab铆a nada de Carlos. Solo llegaban versiones contradictorias que desalentaban cualquier esperanza y aumentaban la angustia que rodeaba el entorno familiar.

El 7 de junio un grupo de tareas entr贸 en la humilde casa en que viv铆amos y secuestraron a Mecha. Y golpearon a mi t铆o. Y se burlaron de mi abuela. Mi hermano y yo, envueltos entre mantas en una habitaci贸n del fondo, debimos sentir muy cerca los golpes a la puerta de entrada, los gritos, los llantos, el ruido de las llantas del Ford Falcon que se llevaba a mi mam谩 y el vac铆o que sobrevino desde entonces.

驴D贸nde se fue mi mam谩? 驴Cu谩ndo viene? Son inexplicables los mecanismos a partir de los cuales los ni帽os conviven con la desolaci贸n hasta naturalizarla. En alg煤n punto, las respuestas imprecisas, imposibles, asumen la l贸gica coherente de un relato que termina por desgastar -hasta agotar- las preguntas m谩s elementales.

El ingreso a la educaci贸n formal es el primer espacio de socializaci贸n sist茅mica extra familiar. A esas alturas, todav铆a bajo el r茅gimen, ya no hab铆a espacio para preguntas; ese lugar fue ocupado por un vac铆o que no se pod铆a enunciar. 鈥淒e eso no se habla鈥, es decir que 鈥渆so鈥 no est谩, no pas贸, no existe; nadie habla de lo que no pas贸, y si no pas贸 no existe.

Entrada la democracia yo estaba en el cuarto grado. Hab铆a vuelto la libertad y 鈥揷on ella- la posibilidad de decir.

驴Qu茅 decir? Ve铆a por la tele la desesperaci贸n de unas mujeres con pa帽uelo que ped铆an 鈥渁parici贸n con vida鈥, los rostros de funcionarios prometiendo justicia, los gestos inmutables de se帽ores uniformados que hablaban de cosas que no entend铆a. Sent铆a que todo eso no ten铆a que ver con mi mundo. Mi universo se cerraba en mi abuela 鈥揷on quien viv铆a y a quien ya llam谩bamos 鈥渕am谩鈥-, los deberes de la escuela, los juegos con mi hermano, las visitas de mis primos y t铆os y poco m谩s.

鈥淢am谩, me ayud谩s con la tarea鈥. Mi abuela lloraba de impotencia. Qu茅 sab铆a ella de ejercicios combinados si era una tana que apenas termin贸 el 鈥減rimero inferior鈥, si s贸lo viv铆a para criar a sus nietos, los hijos de su Mecha que nunca volvi贸. Segu铆a llorando. 驴Por qu茅 llor谩s mamita? 驴Te sent铆s mal?

Por esos d铆as mi familia decidi贸 que era el momento de contarnos lo ocurrido. Fue una noche, en casa de una t铆a. 鈥淪us padres est谩n muertos, los mataron los militares鈥 eran personas maravillosas, pueden estar orgullosos de ellos鈥. 驴Por qu茅 los mataron?, pregunt茅 con una frialdad fingida. 鈥淧orque ayudaban a los dem谩s, porque quer铆an un pa铆s mejor鈥. La 鈥渘oticia鈥 explicaba, en parte, ese sentimiento de rareza, de absurdo, de ajenidad que me acompa帽aba todos los d铆as. Esa noche, mi hermano y yo no dormimos, tampoco hablamos del tema.

En la radio dec铆an que mis pap谩s y otros se帽ores pon铆an bombas, que eran violentos. 鈥溌縎os hijo de terroristas?鈥, 鈥溌os un guacho!鈥, 鈥溌obre!, no ten茅s pap谩 ni mam谩鈥, 驴Por qu茅 le dec铆s mam谩 a esa se帽ora vieja que te trae a la escuela?鈥… No ten铆a herramientas para hacer frente a la mirada del mundo; al fin de cuentas, un pibe de 10 a帽os se encuentra en inferioridad de condiciones si consideramos que el mito de los dos demonios ya se hab铆a extendido como relato del poder oficial. La impotencia, la culpa, la verg眉enza y la timidez aparecen, entonces, como s铆ntomas de esa desigualdad.

Ya en la secundaria, el estudio de la historia no contemplaba en sus contenidos el repaso por la historia reciente. Sin embargo, las miradas de los profesores, de mis amigos y de la chica que me gustaba delataban cierta complicidad te帽ida de compasi贸n. La pena es incompatible con el amor. La victimizaci贸n, m谩s tarde pude entenderlo, fue parte de la demonizaci贸n.

La conclusi贸n de mis estudios secundarios y la elecci贸n de una carrera universitaria marcaron el final de la vida de mi abuela. Do帽a Mar铆a hab铆a llegado tan lejos como sus fuerzas le permitieron. Antes de dejarnos, as铆 c贸mo me ped铆a que me abrigue antes de salir o que no olvidara llevar mi documento, me implor贸 que no me 鈥渕eta en pol铆tica鈥. Hice esa promesa con la convicci贸n de que no podr铆a cumplirla. Ya ten铆a decidido 鈥搚 ella lo percib铆a- ir en b煤squeda de mi identidad. 鈥淣o quiero que se repita la historia鈥 dijo con una voz temblorosa, cargada de miedo, de terror. Despu茅s se muri贸.

Ir al encuentro de una historia, individual y colectiva, supone un quiebre que pone en riesgo la propia subjetividad. Se trata de cuestionar a fondo los mitos, relatos y valores que tenemos internalizados, que vivimos como naturales. Eran los a帽os de la 鈥減acificaci贸n nacional鈥, el 鈥渇in de la las ideolog铆as鈥, 鈥渆l perd贸n y el olvido鈥. La impunidad de los genocidas les permit铆a caminar entre nosotros, hacer declaraciones en los medios y refregarnos su versi贸n de la historia.

La asunci贸n de mi condici贸n de 鈥渉ijo鈥 de desaparecidos fue el punto cero de mi b煤squeda. Me entrevist茅 con sus compa帽eros, sus colegas y amigos. Me hablaron de sus gustos personales, sus preferencias musicales y sus convicciones pol铆ticas. Me entusiasm茅, me sorprend铆, me emocion茅, me enamor茅 de su vocaci贸n revolucionaria.

鈥淪oy hijo de Carlos y de Mecha, y de los 30.000 desaparecidos鈥, me sorprend铆 diciendo en una tarde de marzo. As铆 como las Madres de Plaza de Mayo socializaron su maternidad, los hijos socializamos nuestra condici贸n. Ese paso crucial no es un reflejo mec谩nico ni supone la ausencia del vac铆o y la desolaci贸n como sentimientos primarios. Es, m谩s bien, parte de un proceso pol铆tico complejo y lleno de contradicciones que opera como contenedor de las individualidades y como impulsor de nuevos relatos que intervienen en la lucha simb贸lica por definir los m谩rgenes de la memoria colectiva.

Entonces, la memoria de un pueblo sobre su pasado no puede ser penetrada sino a trav茅s de la constituci贸n de identidades colectivas que son, a su vez, mucho m谩s que la suma de las identidades personales.

Hoy tengo m谩s a帽os de los que ten铆an Carlos y Mecha cuando fueron secuestrados. Sus caras j贸venes, llenas de ilusi贸n y compromiso se confunden con otras tantas entre las pancartas de una movilizaci贸n. Mis hijos conocen la historia de sus abuelos y crecen en un pa铆s con memoria, verdad y justicia. Yo sigo en la b煤squeda, ahora con la fortaleza que da el compromiso con la militancia pol铆tica y con los ideales de aquella generaci贸n maravillosa. Y ese ni帽o que fui vuelve todos los d铆as para preguntar por sus padres.
驴D贸nde se fue mi pap谩? 驴D贸nde est谩 mi mam谩? 驴Cu谩ndo vienen?

* El autor es periodista e investigador universitario, doctor en Comunicaci贸n Social de la UNLP, director de Radio Nacional Mendoza. Militante por los derechos humanos e hijo de desaparecidos
Foto: Ernesto junto a sus padres, Mercedes y Carlos

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