El comportamiento imprevisible y los comentarios extremos del presidente Donald Trump en los últimos días y semanas han acelerado el debate sobre si solo es errático o si tiene problemas de desequilibrio, una discusión que lo ha acompañado durante una década en el escenario político nacional.
Una serie de declaraciones deshilvanadas, difíciles de seguir y, a veces, absurdas, que tuvieron su punto culminante la semana pasada con su amenaza de “toda una civilización morirá esta noche” sobre destruir a Irán y su ataque al papa el domingo por la noche, “Dèbil contra el crimen y terrible para la política exterior”, han dejado a muchas personas con la impresión de un autócrata trastornado y con delirio de poder.
La exrepresentante Marjorie Taylor Greene, la republicana por Georgia que rompió vínculos recientemente con Trump, abogó por usar la Vigesimoquinta Enmienda y argumentó en la cadena CNN que amenazar con destruir la civilización iraní no era “retórica severa, es locura”. Candace Owens, la personalidad de pódcasts de extrema derecha, lo llamó “lunático genocida”. Alex Jones, el teórico de la conspiración y fundador de Infowars, dijo que Trump “balbucea y parece que al cerebro no le está yendo muy bien”.
La misma prensa estadounidense señala que un grupo de médicos psiquiatras de primera línea, alertan que Trump, el presidente de los Estados Unidos, da señales claras de problemas psiquiátricos, y que por su poder de usar el arma nuclear, constituye un peligro muy grave para la vida en el planeta. La causa de un asunto tan grave no puede reducirse a una persona que salió «piche». No se trata sólo de cambiar de presidente, el asunto es más profundo.
Trump contraatacó en una larga y airada publicación en las redes sociales que no irradiaba estabilidad serena precisamente. “Tienen una cosa en común: un bajo coeficiente intelectual”, escribió Trump sobre Owens, Jones, Megyn Kelly y Tucker Carlson, que habían alertado sobre el estado de salud mental del mandatario. “Son personas estúpidas, ellos lo saben, sus familias lo saben y todo el mundo lo sabe”. Y les regresó la acusación sobre la locura: “Son locos, problemáticos y dirán lo que sea necesario por algo de publicidad ‘gratis’ y barata”.
Incluso antes de la publicación sobre eliminar a una civilización, Ty Cobb, abogado de la Casa Blanca en el primer mandato de Trump, dijo al periodista Jim Acosta que el presidente es “un hombre que está claramente delirante” y que su reciente cadena de publicaciones beligerantes en las redes sociales a medianoche “reflejan el nivel de su locura”. Stephanie Grisham, exsecretaria de prensa de Trump en la Casa Blanca, escribió en internet que “está claro que no está bien”.
Una encuesta de Reuters/Ipsos de febrero reveló que el 61 por ciento de los estadounidenses cree que Trump se ha vuelto más errático con la edad y solo el 45 por ciento afirma que es “mentalmente agudo y capaz de afrontar los desafíos”, en comparación con el 54 por ciento de 2023.
Los demócratas han insistido en este tema . Trump es “una persona extremadamente enferma” (señaló el senador Chuck Schumer), está “desquiciado” y “fuera de control” (representante Hakeem Jeffries) o, más rotundamente, “loco de atar” (representante Ted Lieu. El representante por Maryland Jamie Raskin, escribió al médico de la Casa Blanca para solicitar una evaluación, y señaló “signos consistentes con demencia y deterioro cognitivo” y rabietas “cada vez más incoherentes, volátiles, profanas, desquiciadas y amenazadoras”.
Los demócratas hicieron una nueva serie de llamamientos para invocar la Vigesimoquinta Enmienda de la Constitución estadounidense y remover del poder al presidente por incapacidad. Y, ahora, también puede escucharse de generales retirados, diplomáticos y funcionarios extranjeros el mismo llamamiento. Así como puede escucharse incluso en la derecha, entre antiguos aliados del presidente.
Sin filtro
Y antes de eso estuvieron la carta al primer ministro de Noruega reprochándole que no le hubieran dado el premio
Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso de Davos plagado de insultos a los aliados o aquella conferencia de prensa en la que hizo un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.A fines de marzo el presidente se alegró por la muerte de Robert Mueller, el fiscal especial que investigó la trama rusa. Días antes, se contradijo en varias ocasiones en una intervención televisada sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo que Estados Unidos ha ganado la guerra y que aún queda mucho por hacer.
Un periodista japonés le preguntó durante la recepción en el Despacho Oval de la primera ministra de su país, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contastes lo de Pearl Harbor?”.
El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawai que en 1941 mató a más de 2400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
Disenso

Los defensores del presidente respondieron. Lo que los críticos llaman psicosis, ellos lo llaman estrategia. “Trump sabe exactamente lo que hace”, escribió Liz Peek, columnista de The Hill y colaboradora de Fox News. “Trump seguirá utilizando una presión militar y diplomática maximalista (y a veces escandalosa) en su campaña para librar a Medio Oriente de la campaña de casi 50 años de terror de Irán”.
Davis Ingle, portavoz de la Casa Blanca, afirmó en un correo electrónico: “La agudeza del presidente Trump, su inigualable energía y su accesibilidad histórica contrastan con lo que vimos en los últimos cuatro años”.
El disenso sobre Trump en la derecha refleja el malestar cada vez mayor entre los estadounidenses, quienes han cuestionado en encuestas recientes la idoneidad de Trump, quien, a medida que se acerca a sus 80 años, ya es el presidente investido de mayor edad en la historia del país.
Y antes envió una carta al primer ministro de Noruega reprochándole que no le hubieran dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso de Davos plagado de insultos a los aliados o aquella conferencia de prensa en la que hizo un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.
El psicólogo de la universidad Johns Hopkins John Gartner lleva una década alertando sobre los “trastornos mentales” de Trump, sobre los que no alberga ninguna duda. “Es un narcisista maligno”, explicó en una videoconferencia. “La hipomanía de Trump explica esa energía tremenda, que no necesite dormir mucho, su arrogancia e impulsividad y sus errores de juicio, porque cree que siempre tiene razón”., afirma.
A lo anterior, Gartner (que domina el arte de las frases redondas: “Lo único más peligroso que un Hitler americano es un Hitler americano con demencia”) añade que el cerebro de Trump “se está deteriorando”. “El nivel de deterioro es impactante, si se compara su discurso actual con el de los años ochenta; solía ser un tipo articulado. Es muy bueno, eso sí, disimulando sus problemas, riéndose o actuando con confianza cuando se traba”, considera.
Se trata, aclaró, de un cuadro descrito por Erich Fromm, judío huido del nazismo, para diagnosticar a Hitler y que, según Gartner, tiene estos componentes: “Narcisismo, trastorno de personalidad antisocial (psicopatía): mienten, engañan, hacen daño a los demás, violan las normas, no existe el remordimiento; paranoia: se sienten constantemente atacados y, por lo tanto, buscan venganza; grandiosidad: su afán es dominar y quedar por encima del resto, y sadismo: disfrutan el caos, la destrucción y la humillación”.
Por mercados y las ganancias EEUU hace las guerras. Por el éxito bélico y por activar la economía fabrica más armas atómicas. Es allí que el sistema consigue ese líder que encarna todas esas premisas y el pueblo lo apoya y lo elige.
El comportamiento imprevisible y los comentarios extremos del presidente de EE. UU. en los últimos días han acelerado la discusión sobre si solo es errático o si tiene temas de salud más serios señala Peter Baker en el New YorK Times. Añade que «Trump no es solo un loco aislado, es la personificación del capital, está perfectamente apoyado en el sistema, es el reflejo de sus valores, sus metas… su razonamiento. La verdad es que en el capitalismo todos somos en parte dementes».
Por mercados y las ganancias hacemos la guerra. Por el éxito bélico y por activar la economía fabricamos y compramos armas. Por la competencia, las armas evolucionaron hasta convertirse en armas atómicas. Es allí que el sistema consigue ese líder que encarna todas esas premisas y el pueblo lo apoya con frenesí y lo elige.
Perspicaz
La Casa Blanca rechazó esas apreciaciones y replicó que Trump es perspicaz y mantiene en estado de alerta a sus oponentes. Pero los estallidos del presidente han generado dudas sobre el liderazgo de Estados Unidos en tiempos de guerra. Aunque en otros momentos el país
tenido presidentes cuya capacidad ha estado en escrutinio —el más reciente, el octogenario Joe Biden quien envejecía ante los ojos de la opinión pública—, en tiempos modernos no se había debatido de manera tan pública o detallada, ni con implicaciones tan profundas, la estabilidad de un mandatario.
Trump no es solo un loco aislado, es la personificación del capital, está perfectamente apoyado en el sistema, es el reflejo de sus valores, sus metas… su razonamiento. La verdad es que en el capitalismo todos somos en parte dementes., señala Peter Baker
*Sociólogo y analista internacional, Codirector del Observatorio en Comunicación y Democracia y analista seniordel Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.