La captura del presidente Nicolás Maduro, en una operación de comandos estadounidenses durante la madrugada del 03 de enero pasado, fue el uso completo y exitoso del poder duro que en cuatro meses cumplió todas sus etapas. Se inició con advertencias verbales, para seguir con la demostración de fuerza con el portaviones Gerald Ford, junto a una serie de otros buques, frente a las costas venezolanas.
Asimismo, de desplegaron aviones cazas para apoyar la operación militar y en los preparativos del objetivo final, se destruyeron 35 lanchas que supuestamente transportaban drogas, en el Mar Caribe y en el Océano Pacífico, asesinando a más de 100 personas. Era evidente que la decisión del presidente Trump, de deponer a Maduro, tenía que cumplirse, no se iban a retirar las naves, aviones y tropas sin alcanzar su objetivo, hubiese sido una derrota política mayor. 
Similar fue lo que hizo Rusia en noviembre de 2021, al desplegar más de 100 mil soldados y carros de combate a lo largo de la frontera con Ucrania, para finalmente iniciar la invasión el 21 de febrero de 2022, en una guerra que aún continúa.
¿Es la primera vez que Venezuela es bloqueada navalmente y bombardeada?
No, entre 1902 y 1903 los entonces imperios alemán e inglés, junto al reino de Italia, efectuaron un bloqueo naval para posteriormente bombardear parte de la costa venezolana y algunos buques, exigiendo al gobierno de Cipriano Castro (1899-1908) el pago de deudas pendientes de guerras internas libradas. Hubo bombardeos y persecución de naves hasta la mediación final de Estados Unidos, bajo el gobierno de Theodore Roosevelt (1901-1909) que llevó a Venezuela a aceptar el pago de la deuda.
Se asentó la doctrina inspirada en el pensamiento del presidente James Monroe (1817-1825) de América para los americanos y no permitir que las fuerzas europeas tuvieran ambiciones en el continente. Roosevelt puso el primer corolario, de América para los Estados Unidos y el presidente Donald Trump, ha puesto el segundo, definiendo la nueva doctrina como “Donroe”, el control completo del continente e impedir el acceso a infraestructura crítica y. recursos militares estratégicos a potencias extracontinentales, léase China.
El régimen instaurado en 1999, en Venezuela, al vencer en elecciones democráticas el comandante Hugo Chávez, imbuido de un sentimiento nacionalista, patriótico, antiimperialista, izquierdista, despertó simpatías y gozó de legitimidad y popularidad luego de años de gobiernos civiles acusados de corrupción. Favorecido por el precio del petróleo, fue generoso con los pequeños estados caribeños y con Cuba. Coincidió en la primera década del presente siglo con la llamada “marea rosa” o gobiernos de izquierda en varios países de América del Sur.
Sin embargo, rápidamente el presidente Chávez fue derivando a un sistema militarista que se vinculó estrechamente al gobierno cubano que dirigió Fidel Castro hasta el año 2006. Luego de la muerte de Chávez, en 2013, fue Nicolás Maduro quien asumió la presidencia y acentuó el caudillismo y populismo, derivando en un régimen acusado de graves violaciones a los derechos humanos, corrupción, persecución de opositores, miles de presos políticos y falseamiento de las últimas elecciones en que fue claramente derrotado por el 67% de los votos obtenido por Edmundo González contra el 30% de Maduro.
El poder militar se asentó como una estructura poderosa reflejada en que de algo más de 300 generales y almirantes en los años 90, que contaban las fuerzas armadas venezolanas, pasó en 2010 a alrededor de mil. Para el año 2020 se estimaba que el numero había crecido a algo más de 2000, es decir más que Estados Unidos, más que Rusia y similar a la Unión Europea, donde se calcula que los 27 países suman en 2025 cerca de 2.300.
Venezuela es un país rico en recursos naturales, se calcula que posee el 18% de las reservas mundiales de petróleo. En los años 90 las empresas venezolanas y estadunidenses producía alrededor de tres millones de barriles al día y hoy llegan solo a cerca de 800 mil. La crisis económica, reflejada en la caída de la inversión, la devaluación de la moneda, la alta inflación, el desempleo y la falta de confianza en el futuro llevó a que alrededor de ocho millones de venezolanos abandonaran el país.
Por ello la operación militar ordenada por el presidente Trump es vista como un acto de liberación por amplios sectores de venezolanos, pero sigue en duda la acusación de tráfico de drogas por parte de Maduro. Además, en diciembre pasado el presidente Trump indultó al exmandatario hondureño, Juan Orlando Hernández, condenado por la justicia estadounidense a 45 años de cárcel por introducir 400 kilógramos de cocaína a los Estados Unidos.
Lo que nunca se dijo con claridad, hasta que el presidente Trump lo mencionó, es que lo que busca Washington es acceder al petróleo
venezolano, esa es la razón principal, no el supuesto tráfico ilícito de estupefacientes ni la defensa de la democracia. Además de petróleo cuenta con tierras raras, oro, hierro, diamantes y muchas otras riquezas. En realidad, es la vuelta a un pasado que parecía superado. Estados Unidos ha cometido más de 40 intervenciones directas o indirectas para derribar gobiernos en América Latina e instaurar dictadores para proteger sus intereses.
La primera operación efectuada por la CIA en el continente fue en 1954, en Guatemala, al derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz que había iniciado un proceso de reforma agraria que afectaba a la empresa estadounidense United Fruit. Co. En el marco de la Guerra Fría, se desarrolló una campaña basada en el terror y miedo al comunismo que culminó con un golpe de estado y el término de los sueños de distribución de tierras a los campesinos. Así como ya gobernaban dictadores como Somoza en Nicaragua, Trujillo en República Dominicana y Batista en Cuba, luego siguieron dictadores como Castelo Branco, Onganía, Pinochet, Videla, Banzer y otros en Sudamérica, todos apoyados por Washington.
Ni entonces ni ahora las intervenciones s motivación han sido para defender la democracia, si no para proteger intereses económicos que considera propios o por razones de seguridad. Las últimas invasiones militares estadounidenses para deponer gobiernos fueron en 1983, en la pequeña isla de Granada y en 1989 en Panamá, con la captura del dictador Manuel Noriega por tráfico de drogas y afectar los intereses estadounidenses en el canal.
Intereses, fuerza y poder es lo que ha impuesto el gobierno del presidente Trump en Venezuela. El derecho internacional ha sido una variable no considerada en la ecuación, porque no tiene consecuencias sobre los ejecutores. ¿Quién puede castigar a Estados Unidos? Así ha ocurrido en el pasado y lo ocurrido en Venezuela no es algo atribuirle solo al presidente Trump.
La OTAN, con Estados Unidos a la cabeza y la connivencia de los países miembros, fuera de la legalidad de Naciones Unidas, bombardeó Serbia durante 78 días durante el gobierno del presidente demócrata Bill Clinton. Luego Washington decidió desconocer la soberanía y fronteras de Serbia, y crear un país ficticio, independiente: Kosovo, no reconocido ni siquiera por todos los estados europeos y que hoy alberga una importante base militar estadounidense.
Venezuela, por las declaraciones del presidente Trump, respecto a que “administrará el país hasta que haya una transición segura” y que se dirigirá desde Washington, convierte en los hechos al país sudamericanos en una suerte de protectorado estadounidense, legitimando por ahora una sucesión en manos de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y parte importante de la cúpula cívico militar gobernante. Quien sea designado como embajador en Caracas, será más que un diplomático, un gobernador.
Nada se ha dicho de elecciones o restaurar la democracia y respetar los derechos humanos, pero si ha advertido que de no cumplirse lo dispuesto por Washington, habría nuevos ataques y mucho más devastadores. Ya ha anunciado el presidente Trump que entre 30 y 50 millones de barriles de crudo venezolano serán comprados por Estados Unidos a precio de mercado. El mensaje es claro no solo para los países bajo la brújula estratégica de Washington: México, Colombia, Brasil, Nicaraguas, sino también para el socio de la OTAN y de la Unión Europea: Dinamarca.
Groenlandia, incorporado al reino de Dinamarca en 1814, está sobre aviso: Estados Unidos lo negociará, lo comprará o lo tomará por la fuerza. Es decir, es una operación en curso y no habrá marcha atrás en la decisión de Washington. Las consecuencias deben haber sido evaluadas, pero el valor de las tierras raras, litio, petróleo, gas y otras riquezas naturales en más de dos millones de kms2 de territorio, así como el derretimiento de los hielos en el Ártico, -que abre nuevas rutas marítimas, pese al negacionismo “trumpiano” de cambio climático- son las verdaderas razones de la decisión de tomar Groenlandia y no la presencia de buques o submarinos rusos o chinos.
Ello significará romper otro tratado y la pregunta que surge es si deseará Estados Unidos retirarse de la OTAN o que deje de existir como es hoy. En 2025 gastó cerca de 960 mil millones de dólares en la alianza, más que todos los otros 31 países juntos que llegaron a 510 mil millones. Si se consolida la visión de un nuevo orden internacional, basado en zonas de influencia y alianzas bilaterales, Europa pasaría a un segundo plano para Estados Unidos.
Finalmente, cada día nos sorprenden las noticias desde Washington. El presidente Trump es la máxima expresión del capitalismo sin límites, salvaje en toda su expresión, la nueva cara del imperialismo. Ahora ha comunicado el retiro de su país más de 60 organismos internacionales y de Naciones Unidas, especialmente los vinculados al medioambiente, acción climática, democracia y otros. El multilateralismo, el derecho internacional y las reglas establecidas al término de la Segunda Guerra Mundial cada día van perdiendo terreno, es decir autoridad, y son la muestra más evidente del colapso del sistema u orden internacional que hemos conocido hasta ahora, lo que deja indefensos a los países más débiles y consolida la fuerza como ley suprema.
** Embajador, economista de la Universidad de Zagreb, Croacia, y Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Ex Subdirector de asuntos estratégicos de la Universidad de Chile y ex Subsecretario de Defensa

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