Dic 22 2008
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Sociedad

1960-2008: entonces y ahora, Venezuela y Cuba

Saul Landau*                                                                    

Al ver a Hugo Chávez perorar en la televisión venezolana me surgen viejos recuerdos: “Socialismo, Revolución, Patria”. Palabras que escuché en Cuba en 1960-1961.
Ahora, casi medio siglo después, en la capital venezolana de más de cinco millones de habitantes vi a sus moradores aclamando y agitando banderas, una escena que parecía casi idéntica a lo que yo recordaba de La Habana cuando Fidel Castro realizaba sus ejercicios maratónicos de excitante retórica.

Al igual que su mentor cubano, Chávez ofreció ejemplos de cómo el “imperialismo” –el nombre que usa para Estados Unidos– había violado la soberanía al apoyar el fracasado golpe de Estado de 2002 en su contra y cómo Wáshington interviene en los asuntos internos de países más pequeños.

¡Qué diferencia en unas décadas! A principios de la década de 1960, la CIA (utilizando a exiliados cubanos) asesinó a maestros cubanos y a miembros de las milicias, y saboteó instalaciones en Cuba. Recuerdo que oía explosiones, disparos y gritos en las calles.

Desde mayo a octubre de 1960 oí frecuentemente a Fidel hablando ante grandes concentraciones de personas. Se había convertido en lo que Lee Lockwood llamó “el periódico viviente de Cuba”. (La Cuba de Castro, Fidel de Cuba, 1967.)

Casi cincuenta años después, el hijo ideológico de Fidel intenta aplicar algo de la retórica de su mentor en busca de objetivos similares: construir una sociedad socialista en una nación donde el petróleo ha ayudado a producir un modo capitalista de pensamiento y acción (compras), una gran clase rica y una masa mucho mayor de gente pobre.

Fidel exportó a sus enemigos mortales hacia Estados Unidos. O Wáshington tenía una política de importarlos. Fuera de Cuba, los ricos exiliados solo podían montar campañas terroristas –durante casi 50 años–, pero no impedir los dramáticos cambios que permitieron a los revolucionarios cubanos transformar su isla.

Chávez no tiene la opción de exportar a los ricos oligarcas, la clase comercial debajo de ellos y los profesionales que apoyan valores claramente anti-socialistas. Ni tampoco Wáshington va a regresar a su vieja política de “importar a los cubanos anti-castristas”.

Él aún tiene un fuerte apoyo entre los pobres y especialmente entre los sectores más conscientes de la clase obrera organizada de Venezuela. También sabe que si gana el referendo de febrero, tiene la oportunidad de seguir como presidente hasta el 2021. A pesar de todo lo que admira a Fidel, Chávez no va a copiar el modelo económico de Cuba. El socialismo de Venezuela evitará los modelos soviéticos en favor de otros planes económicos –todavía desconocidos.

Como ha señalado Chávez, dieciocho años después del colapso de la Unión Soviética, la economía de Cuba se tambalea. Después de pasarme una semana en Caracas, caminé por las calles de La Habana y vi grupos de jóvenes bebiendo cerveza y cantando al ritmo del reggaetón con radios portátiles o ipods con altavoces.

¿”Y dónde consiguen el dinero esos holgazanes para comprar cerveza y grabadoras modernas?”, pregunta una mujer de mediana edad en Marianao, uno de los barrios más populosos de La Habana.

“Yo le diré dónde”, responde ella misma a su pregunta. “Ellos roban”. Y entonces llegaron sus anécdotas de cómo los delincuentes aprenden de algunos programas de TV y se ponen gorras de esquiar en la cabeza y la cara para ocultar su identidad. “Uno de esos tipejos le apuntó con una pistola a una vecina y le robó la motocicleta. Se le veían los ojos por la abertura de la máscara y ella vio que tenía ojos verdes. ¿Y qué? Miles de habaneros tienen ojos verdes”.

Oí el eco de sus quejas muchas veces. “Si no hacemos algo para reformar el sistema laboral aquí”, me dijo un amigo escritor, “vamos a tener grandes problemas. El propio Raúl (el presidente Raúl Castro) lo ha dicho. No podemos darnos el lujo de seguir este camino. Encima de los daños por los huracanes, ahora nos enfrentamos al aumento de los delitos y eso evidentemente está ligado a la negativa de algunos jóvenes a trabajar en los empleos que existen”.

Él se refería a las tres poderosas súper tormentas que devastaron la agricultura cubana y destruyeron cientos de miles de viviendas. Sin embargo, la industria turística de Cuba asegura que para fin de año unos 2,3 millones de visitantes extranjeros habrán pasado sus vacaciones en la isla, entre ellos casi 700 000 canadienses. El turismo produjo ingresos por más de $2 mil millones de dólares.

Los cubanos más jóvenes con los que hablo expresan resentimiento “de cómo los viejos han salido de su tumba" (se refieren a Machado Ventura y a Ramiro Valdés, quien ha sido llamado de nuevo al Buró Político del Partido Comunista de Cuba). El joven habló con pasión. “Soy un socialista convencido, pero el paternalismo puede matar a nuestra revolución. ¿No van a renunciar nunca esos carcamales?” Sí, pienso yo, ¿cuándo los avejentados líderes van a dar a sus hijos de mediana edad las llaves del auto? Las personas de 70 y más años que han tenido el poder durante décadas y ofrecen poca originalidad no vibran de inspiración en momentos en que se exige creatividad y pensamiento revolucionario.

Otros jóvenes hacen el recuento de los logros –salud, educación, arte, música, deportes, ciencia, así como verdaderos derechos humanos–. Pero ninguna de estas glorias pasadas soluciona una estructura salarial injusta e insuficiente, con gente mediocre, pero muy obediente, al frente de instituciones que contienen gente crítica y brillante.

Mariela, la hija de Raúl, ha hablado públicamente acerca de la necesidad urgente de reformas en varias áreas. Sus valientes declaraciones acerca de poner fin a la homofobia en la isla contienen también un mensaje subtextual. Es hora de poner fin a décadas de censura oficial, no solo en el caso de blogueros “peligrosos”, sino de periodistas que son regañados por algunos de la vieja guardia por escribir “oraciones que no debieron haber escrito”. Por cierto, no atrevo a mencionar el nombre del escritor por temor a causar más problemas.

“Tenemos demasiado invertido en nuestra revolución”, me dijo un periodista de Juventud Rebelde, “como para permitir que la vieja guardia lo eche todo a perder por no permitir la discusión de asuntos que todos conocemos (en referencia a la irracionalidad de la economía y la negativa a ceder el poder). Cuba está a favor de los derechos humanos básicos, aunque el gobierno se niegue a conceder algunos de ellos. Nuestro futuro debe ser un futuro de disfrute. Nuestra generación, personas de entre 30 y 60 años, lo sabe”.

Estoy de acuerdo. Tantas personas han invertido sus esperanzas y sueños en la revolución cubana durante cinco décadas. “Cuba duele”, escribió Eduardo Galeano. En este mismo momento muchos cubanos sufren por la condición de su vida diaria. Los huracanes y un sistema que no funciona perfectamente no son el equivalente de un golpe noqueador. Pero son preocupantes, especialmente en el contexto de presión del mundo actual.

Cuba ofreció una visión para el futuro a pesar del paternalismo y otros legados no tan democráticos. También significó la encarnación de los derechos humanos, a pesar, una vez más, de la ausencia de una prensa libre y una voz de la oposición en la política electoral. Los cubanos tienen derecho a la alimentación, vivienda, educación, salud pública, seguridad en la vejez –aunque no la ausencia de temor por parte de los que han hecho públicas sus críticas a las políticas gubernamentales. Sin embargo, Cuba no ha perseguido y asesinado a los “subversivos”, como hizo una pandilla de Estados en Latinoamérica, apoyada por Washington. Ni tampoco lanzó guerras agresivas en el Sudeste Asiático o el Medio Oriente, como hizo Estados Unidos, que celebró oficialmente el 10 de diciembre el 60mo. Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Ese debiera haber sido un día de luto por 60 años de fracaso para alcanzar los nobles objetivos de la Declaración de Derechos Humanos. Dos guerras se prolongan en Iraq y Afganistán, mientras el incremento de las privaciones globales vician el derecho a un entorno seguro. Casi 3.000 millones de personas sufren las mismas privaciones que en 1948 fueron consideradas oficialmente los objetivos de gobiernos del mundo. Vaya motivo para celebrar.

Los derechos humanos en Estados Unidos han disminuido. En 1945, el fiscal norteamericano en Núremberg explicó que quedaba permanentemente fuera de la ley la guerra agresiva. En 2003, George W. Bush lanzó una guerra agresiva contra Irak. En la era posterior a la II Guerra Mundial, la tortura se convirtió en un crimen contra la humanidad. En el siglo XXI, Bush la autorizó de nuevo. El “submarino” se asoció a los carceleros norteamericanos en Abu Ghraib, Iraq, y en la base naval norteamericana de Guantánamo, Cuba. Los aliados europeos cooperaron con Estados Unidos transportando secretamente a personas hacia centros de tortura en otros lugares.

Mientras tanto, Chávez, atacado por Wáshington por ser antidemocrático, ha ampliado el alcance de los derechos humanos para los venezolanos. Ahora disfrutan de mayor atención de salud, las mujeres han obtenido una mayor igualdad, más gente pobre ha aprendido a leer y tiene acceso a agua potable.

Estos logros coinciden con el espíritu de la Declaración de Derechos Humanos de la ONU de 1948. Parece como si el gobierno de EEUU hubiera olvidado el objetivo y usara solo las palabras como instrumento de política para atacar a sus enemigos, mientras viola la letra y el espíritu de las mismas leyes de derechos humanos que abogados norteamericanos ayudaron a establecer.

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