Mar 25 2006
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Cultura

A México le debo tantas cosas… – JORGE BOCCANERA A 30 AÑOS DEL GOLPE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Boccanera (Bahía Blanca, Argentina 1952). Podría hablar del monumental poeta que es, de sus reconocimientos –Casa de las Américas, 1976 y Premio Poesía Joven, México 1976– y publicaciones (en las editoriales Siglo XXI, Era, UNAM, Visor y Alfaguara), o de su oficio como periodista… Pero prefiero compartir la yerba mate por todos los lugares comunes: las revistas Rocinante y Archipiélago, Cuba, Chile, Argentina y México. Y por todos los amigos mutuos: José Agustín, Faride Zerán, Bernardo Reyes, Juan Gelman, Carlos Véjar y Saúl Ibargoyen.

Los libros trascendentales de Boccanera son Bestias en un hotel de paso (2001) con prólogo del Nobel José Saramago; Los ojos del pájaro quemado, (1980) con la presentación de Fernando Alegría en la contraportada y Sordomuda, publicado en México por la UNAM (1992).

Escribió además varios libros de historias de vida y testimonios, entre ellos Malas compañías, Angeles trotamundos, Tierra que anda, el exilio de los escritores, La pasión de los poetas y Redes de la memoria, que agrupa a escritoras detenidas durante la dictadura militar. Canciones suyas han sido interpretadas por artistas como Mercedes Sosa, Alejandro del Prado y Silvio Rodríguez, entre otros.

Durante su exilio (1976-1983) Boccanera vivió en México, donde preparó la Antología de poesía contemporánea de América Latina (1982) junto al uruguayo Saúl Ibargoyen. Hoy conversamos vía correo electrónico con el poeta. Habrá que “confiar en el misterio”, como propone en su ensayo sobre Juan Gelman.

–Tu infancia está rodeada por espejos. ¿En los suburbios de Buenos Aires todavía se vislumbra el río de la Plata? ¿o es ya demasiado el aire de provincia?

–Lo de los espejos tiene que ver con que mi infancia la pasé mucho en la calle y otro tanto en la peluquería de mi abuelo. Allí, el protagonista central era por supuesto el gran espejo que ocupaba toda una pared. Era un personaje que le leía los labios a los parroquianos, a los clientes que iban a cortarse el pelo, a rebajarse la pelusa de la nuca (algo que se usaba por esos tiempos) o a afeitarse. El espejo veía todo ese acontecer como si estuviese leyendo un cuento.

Yo aprendí ahí a leer a los cuatro o cinco años, sobre todo revistas de historietas, principalmente Hora cero y Frontera, que editaba el gran guionista argentino Héctor Oesterheld, uno de los desaparecidos de la dictadura militar. Creo que la estética del comic se metió de muchas maneras en mi poesía.

Sobre el tema del Río de la Plata, extrañamente de gran presencia entre nosotros aunque muy poco reflejado en la literatura argentina. Yo nací muy al sur del centro de Buenos Aires, en un puerto frente al Atlántico; hoy se llama Ingeniero White pero mucho tiempo era el Puerto de la Esperanza. Ese mar, usina de mi imaginación en la infancia, me ha dado la respiración de la aventura y de los viajes.

–¿Qué significó Sordomuda en tu vida?, digo, publicar en la Universidad Nacional Autónoma de México, no es algo que se da todos los días…

–Fue muy bueno que la primera edición de Sordomuda hace ya 15 años (por estos días acaba de salir aquí la quinta edición) fuera en la colección de la UNAM que en ese entonces dirigía un escritor que respeto, Vicente Quirarte. Ese libro que interroga el mismo hacer poético, me dio mucha batalla, lo trabajé varios años, por eso tiene un significado especial para mí. Y que haya salido en México, que en muchos sentidos me formó, no es poca cosa.

En México frecuenté a Efraín Huerta, Juan Bañuelos, Luis Cardoza y Aragón, Juan de la Cabada (no todo lo que hubiera querido), José Emilio Pacheco, Eduardo Casar, José Agustín y tantos más.

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–¿Qué te dicen todas esas voces de tu exilio en México?

–Las voces de ese exilio me acercan diálogos diversos, y todos esos diálogos tienen que ver a un tiempo con el afecto y la formación personal, vale decir con el crecimiento. Salí de Argentina tres meses después del golpe militar, iba de un país a otro –Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica– denunciando las atrocidades del régimen. Llegué a México por tierra y me quedé hasta fines del 83.

A México, a su gente, le debo tantas cosas que es imposible de resumirlas en unas pocas líneas. Todas esas cosas son de ligazones fuertes, de vínculos que han perdurado en el tiempo. Además, se dio un cruce con exiliados nicaragüenses, uruguayos, chilenos, guatemaltecos, salvadoreños. La dislocadura del exilio me marcó, escribí hace unos años un libro sobre el tema, Tierra que anda, y estoy bosquejando otro. Charlé mucho este tema con Augusto Roa Bastos, especie de desterrado emblemático; él decía algo que yo suscribo: “el exilio ha sido mi maestro”.

–El 24 de marzo, se conmemoran los 30 años del golpe de Estado en la Argentina. ¿Qué ves desde allá? ¿Qué pasa en la Argentina luego de 2001? ¿La crisis ayudará a la memoria en 2006?

–El país está realmente movilizado por esta fecha y hay una extensa lista de escritos, testimonios, películas, programas de radio y televisión dedicados al tema de la dictadura en el marco de un gobierno como el actual, que viene realizando esfuerzos notables en materia de derechos humanos. Creo personalmente en la importancia de todo ello, y de que muchos de los represores y torturadores estén en prisión, aunque me queda la sensación de que todavía a la gente le cuesta mirar por los entresijos de esa textura dolorosa. Se ve la mancha de sangre, pero no se mira debajo de las vendas.

La dictadura del 76 contó con anuencia y participación de sectores importantes de la sociedad, más allá de la bota militar: la Iglesia, partidos políticos, sectores empresariales, la burocracia sindical, y eso dificulta un análisis profundo. Para colmo, los gobiernos que siguieron a los años de plomo, subastaron los recursos del país y más allá de los símbolos de cambio, permitieron cierto reciclaje de los sectores civiles y militares más retrógrados. Esos que todavía proponen una reconciliación sacrificando a la memoria. Eso no es posible.

Por otro lado, las secuelas de la dictadura en la vida cotidiana permanecen, como el miedo inyectado en la sociedad. Se ha roto el tejido social, los lazos solidarios. En el caso de Argentina pasamos de la dictadura militar a la paliza financiera, transitando dictaduras de lo frívolo y el entreguismo; todo ello arrinconó el espacio de la reciprocidad. Se confunde muchas veces solidaridad con asistencialismo. La verdadera solidaridad es ponerse en el lugar del otro. Solidaridad es conciencia de las necesidades y también potencia de las labores cooperantes.

Esa vecindad se alimenta con una acción aglutinante que es reciprocidad y diálogo, esfuerzo y creatividad, dinamizando una mejor convivencia de los hombres en sus proyectos diversos. El intercambio retroalimenta e implica relación igualitaria. Desde ya que, fuera de todo voluntarismo, la solidaridad posee contenidos políticos.

–Te he leído en entrevistas a Juan Gelman, por lo menos en las revistas Rocinante (Chile, febrero de 2004) y Sudestada (Argentina, octubre de 2003). ¿Cómo es cada encuentro con Juan Gelman? ¿En qué te identificas con él, además de que ambos son mexicanos por adopción?

–La poesía de Gelman deslumbra por su búsqueda formal y su hondura humana. Me interesó desde siempre y escribí un ensayo sobre su obra, Confiar en el misterio. También escribí sobre otros poetas, como la argentina Olga Orozco, el cubano Eliseo Diego, y muchos más, cada uno con una propuesta original y diferente.

En el caso de Juan ha derivado en un doble juego entre la contracción y lo expansivo, que va de la condensación de sentido al despliegue de posibilidades expresivas. Llama la atención cómo refunde sus obsesiones –el amor, la revolución, la ciudad, la revelación poética– y también cómo al mismo tiempo amplía sus registros verbales: lo coloquial, la textura surrealizante, la pregunta retórica, el tono de salmos, las locuciones populares, el silogismo.

Un capítulo importante de su obra es un singular juego de identidades expresado en la creación de heterónimos, coautorías y reescrituras. Respecto a los encuentros más allá de los libros, son escasos porque él vive en México y yo en Argentina, pero siempre cargados de afecto y respeto.

¿En qué me identifico con él? En lo mismo que me identifico con Cardoza y Aragón: no desligar la búsqueda formal de la ética, y defender la libertad creativa en franca oposición contra ortodoxias y reduccionismos sectarios. Por lo demás, con Gelman nos une una frecuencia política, la esperanza, el tango y la comida mexicana.

–Hablemos de Neruda. ¿Todos los caminos te llevan a él? Te lo pregunto luego de leer tu prólogo para El habitante y su esperanza (Random House Mondadori, 2003) y de habernos entregado tu exclusiva (en Rocinante, octubre de 1999) del hallazgo de una antología de Neruda bajo varios seudónimos –durante la persecución de 1948–.

–Mis primeras lecturas, además de historietas, fueron libros de Whitman, García Lorca, Neruda. Pero no todos los caminos me llevan a él. Me mete más adentro del misterio, Vallejo, por ejemplo. Neruda es, desde ya, uno de los poetas fundadores a quien incluso admiraba Octavio Paz, pese a su largo combate antinerudiano.

Escribí, sí, varios textos sobre algo de su extensísima obra y también sobre su vida, como el episodio en Ceilán con la “pantera birmana”, Josie Bliss, episodio que dio origen a uno de sus poemas más conmovedores: Tango del viudo. La compilación de los años 40 que encontré con poemas de Neruda, aunque firmados con otros nombres, me permitió descubrir un Neruda festivo aún en momentos difíciles.

El libro es la Antología de la resistencia, escrita simultáneamente al Canto general, cuando estaba perseguido por el gobierno de González Videla. Eso habla de su integridad, su confianza en lo que hacía y de que también se burlaba un poco de todo. Un día llamé al biógrafo de Neruda, Volodia Teitelboim, quien certificó que era verdad mi presunción: la mayoría de los textos de esa compilación eran de Neruda, escudado en nombres inventados.

–Entre artistas e intelectuales fallecidos ¿a quién te da por extrañar?

–Me faltan todos aquellos con quienes mantuve un diálogo intenso y variopinto, y aquí diálogo excede el marco de una conversación porque tiene que ver hasta con una caminata o compartir un trago, una misma lectura, una partida de billar.

En ese sentido me faltan mucho los escritores, como Pedro Orgambide y Humberto Costantini –quienes también vivieron en México– y Luis Cardoza y Aragón. Con don Luis pasó algo raro, porque 10 años después de su muerte viví unos días con mi hijo en su casa del Callejón de las Flores, en la misma casa donde conversábamos con él de la poesía, de la vida, de la política. Confieso que me sentía raro.

Volviendo a tu pregunta, digo que aunque no estén sigo dialogando de alguna manera con ellos, porque sigo entrando a sus libros, que son también sus casas.

–Fuiste invitado al encuentro Chile poesía 2005. A Raúl Zurita se le ocurrió ir a leer poemas en la Escuela Militar, lo que ocasionó una polémica, ¿qué concluyes de ir con los milicos a compartir poesía, cuando ellos sólo convidaron muerte? ¿Por qué te negaste a ir a la ESMA chilena?

–En realidad ninguno de los invitados del exterior estaba convocado para leer en esa escuela militar; sino que leyeron varios poetas chilenos. El dato polémico del festival, enrarecido por informaciones confusas y conferencias de prensa que nunca se llevaron a cabo, fue esa lectura de programada dentro del evento y a puerta cerrada. Pero muchos entendíamos que si para los chilenos era importante, debería haberse hecho fuera del marco del encuentro.

El festival se convocó bajo el lema de “compartir el mundo” pero prácticamente no se compartió nada, sencillamente no hubo diálogo. El coordinador del evento, José M. Memet se sintió indignado cuando le preguntamos por esa lectura, se amparó en la letra chica argumentando que la información del programa figuraba desde hacía tiempo en internet y ante cada pregunta se mostró hostil, tomando todo como una intromisión en asuntos que, según él, no nos concernían.

Como minimizó el derecho a discrepar, algunos poetas sacamos una declaración exponiendo nuestros puntos de vista en solidaridad con las víctimas del pinochetismo.

–La editorial Era publicó tu libro Sólo venimos a soñar (sobre Luis Cardoza y Aragón) y Alfaguara publicó La pasión de los poetas. ¿Son títulos que podríamos aplicar en algunos casos a tus amigos?

–Creo que a mucha gente que podría suscribir ese verso del gran poeta Nezahualcóyotl que solía repetir Cardoza: “solo venimos a soñar”, y la vida entendida como entrega, como pasión. Una pasión metida en sus obsesiones, vale decir, en su obra y en su modo de caminar la vida.

–Digamos Jorge Teillier: ¿qué crónicas viviste con ese poeta forastero?

–Con Jorge me pasó una cosa bastante extraña, porque antes de conocerlo en México a inicios de los 80, yo me había ido encontrando con pistas suyas: primero, su poesía, que me llegó adolescente. Coloqué en la primera página de mi primer libro unos versos suyos, eso fue como si me lo prologara.

De paso por Perú, en el 76, me encontré de casualidad con un amigo suyo fraterno, Juan Cristóbal, y luego en Costa Rica con otro de sus amigos, un pintor que incluso había ilustrado poemas suyos. Hace unos años incluí una antología suya en una colección de poesía que dirigí: Crónicas del forastero, lo presentamos con su hijo en Buenos Aires. También escribí varias notas sobre su poesía y una historia de vida que llamé En un pueblo fantasma.

…Recuerdo que caminábamos sin rumbo por calles de Santiago; un personaje muy querible, muy buen poeta.

–Roberto Bolaño. ¿Pasearías junto a Los perros románticos o con Los detectives salvajes? ¿A qué pasajes te llevaron su poesía y narrativa?

–Con Roberto fuimos compinches en el México de los años 70, cuando él estaba formando el grupo de los Infrarrealistas. Incluso firmamos en coautoría algunas notas sobre poesía. Nos juntábamos en el bar Habana a hablar de todo, y también a disentir, porque había visiones diferentes; a mí me interesaba una poesía que avanzaba en base a dos movimientos: búsqueda formal y cuestionamiento; creo que Roberto trataba de instalar con fuerza un gesto trasgresor, de rebeldía un poco juvenil, que para mí llegaba a destiempo, era tardío.

La trasgresión es todo un tema y depende de dónde se dé, no es lo mismo jugar al infante fatal que a poner en tela de juicio las bases de un sistema. Creo que la vida de México es transgresora por sí misma, todo es fuerte, por eso no entendía eso de venir a escandalizar en México. De sus obras prefiero la poesía.

–Faride Zerán, ¿qué guerrillas literarias compartiste con ella?

–Nos conocimos en Chile cuando estaba pergeñando su revista Rocinante –yo salía de la experiencia de crisis en mi país– y me invitó a ser el corresponsal en Buenos Aires. Como soy revistero de alma –había sido jefe de redacción de Plural en México, Aportes y Otra mirada en Costa Rica– le dije que sí.

En el Cono Sur hay una tradición de revistas que trabajan en el cruce de lo cultural y lo político, como la uruguaya Brecha o la misma Crisis, que presenta el desafío de un cóctel temático donde lo intemporal y lo coyuntural se alimentan.

–Bernardo Reyes. ¿Con qué te quedas de él? ¿Con Reyes y su memoria histórica sobre la familia Neruda? ¿o con Bernardo y su poesía austral?

–Bernardo carga el peso grande de ser familiar de esa epopeya que se llama Neruda; llama la atención la forma en que no se ha dejado tragar por esa influencia tan aplastante. Es sutil, lejos de lo torrencial de Neruda, como se palpa en su último libro, Grito del solo. Pienso que allí radica el mérito de su poesía, y también de sus ensayos y trabajos biográficos.

–Va mi última pregunta. ¿Puedes hablarnos de tu nuevo proyecto?
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–Acabo de terminar un libro que tiene como protagonista al follaje, una selva que no crece sino que se imagina a sí misma, vive de eso, come de eso. Y en medio del tiempo que se pudre, algunos personajes, y también algunos pájaros y reptiles, dialogan sobre diversos temas.

Es un libro extenso que comencé en lugares montañosos y selváticos de Centroamérica donde pasé bastante de mis últimos 15 años. La quinta edición de mi antología Marimba sale en abril e incluirá un prólogo de Juan Gelman, a quien acompañé hace poco, en Buenos Aires, para los homenajes del cincuentenario de su primer libro, Violín y otras cuestiones (1956) ,y los mismos 50 años de periodista.

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* Periodista mexicano.
Esta entrevista con Jorge Boccanera se publicó en La Jornada Morelos
(www.lajornadamorelos.com)
en su edición del 24 de marzo de 2006. Y también en el diario digital chileno Clarín
(www.elclarin.cl).

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