Abr 23 2009
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Cultura

África, el continente expoliado

 Juan Manuel Costoya*

El 17 de abril de 2008 moría en Fort de France, Martinica, Aimé Fernand David Césaire, poeta, político y sobre todo denunciador del colonialismo y apologista del concepto de negritud. Africa, un continente saqueado durante siglos, ofrece sin cesar aniversarios que explican su presente. Se cumple este año un siglo de la desaparición del sátrapa Leopoldo II de Bélgica, un monarca absuelto por la Historia y que fue, en realidad, un brillante manipulador y cínico genocida.

Africa no es un continente ajeno. Su desgracia lejana explica, en parte, algunas fortunas cercanas. En España el explorador Manuel Iradier y el latifundista negrero Julián Zulueta representan dos formas opuestas de acercarse al continente.

En 1890 Joseph Conrad comenzó a escribir El corazón de las tinieblas, un exorcismo literario que le permitiera digerir los traumas sufridos en un viaje fluvial por el río Congo. Las imágenes de sufrimiento y degradación física y moral que presenció en aquellas tierras bajo dominación belga se marcaron a fuego en su memoria hasta el punto de que ésta novela es considerada como una descripción tan literaria como realista de la crueldad, la miseria y el horror humanos.

Cuando se cumplen cien años de la muerte de Leopoldo II de Bélgica (1835-1909), creador del Estado Libre del Congo, su persona sigue siendo recordada allí como la de un filántropo. En el país que acoge a la capital de la Unión Europea se mantiene un museo dedicado a su alabanza y no son pocas las calles que exhiben su nombre o las plazas que cuentan con una estatua que conmemora desde su pedestal las bondades de su reinado.

La realidad no puede ser más distinta y mediocre, siendo el talento más contrastado del monarca belga el del latrocinio a escala continental. Bélgica, un estado tapón en el corazón de Europa con apenas vocación colonialista, no podía imponer su estrategia expansionista en un tiempo en que Francia, Inglaterra y Alemania se disputaban sin tapujos y con las armas en la mano el continente africano.

Por tanto la anexión de una inmensa porción de Africa central a los intereses metropolitanos belgas no pudo hacerse en abierta competición con otras capitales europeas.

Ese fue el verdadero talento de Leopoldo. La brutal colonización del Estado Libre del Congo, que costó la vida a una cantidad indeterminada de africanos que oscila entre los cinco y los ocho millones, fue hecha sin estridencias, con suavidad, en nombre del humanitarismo y de la lucha contra el tráfico de esclavos. Como en buena parte de Africa las consecuencias reales fueron atroces. La sociedad tradicional fue destruida sin remedio, sus riquezas naturales devastadas, sus tierras saqueadas.

Cuando en 1960 el gobierno belga concedió la independencia al vastísimo territorio del Congo ni siquiera fue capaz de dejar atrás un puñado de profesionales que pudieran hacer frente a la administración de un territorio desangrado por el pillaje más vil, aquél que camufla sus crímenes con propaganda altruista.

El día en que el rey Balduino de Bélgica aterrizó en Leopoldville (hoy Kinshasa) para rubricar oficialmente la independencia del país su discurso finalizó con las displicentes palabras, “Ahora les toca a ustedes, caballeros, demostrar que son dignos de nuestra confianza”.

Poco podían hacer los congoleños para demostrar algo. De los casi cinco mil puestos directivos de funcionarios que se ocupaban en la antigua colonia sólo tres eran desempeñados por africanos. El país –inmenso, con reservas de oro, cobre, cobalto, diamantes, manganeso y zinc– no fue, sin embargo, dejado a su suerte. Un año después de la independencia su líder natural Patrice Lumumba (1925-1961) fue asesinado por encargo de la CIA norteamericana. Su cadáver, como el de cientos de miles de congoleños antes y después de su asesinato, reposa en una fosa anónima.

Las consecuencias y las raíces del actual e interminable conflicto del Congo se hunden hasta alcanzar la envenenada semilla que Leopoldo y sus súbditos plantaron hace más de cien años.

El filántropo ladrón

Como muchos otros antes que él y en una tradición de probada eficacia, Leopoldo de Bélgica, para robar a gran escala, hubo de ampararse en el Derecho. Un gabinete de juristas, encabezado por el estudioso por Oxford sir Travers Twiss, diseñó la arquitectura legal que permitió dar por buenos los tratados que permitían el intercambio de tierras y servicios entre los naturales del país y las organizaciones privadas belgas bajo las que se ocultaba la mano del monarca. El resultado fue que los africanos perdieron sus tierras tradicionales a cambio de humo.

Los colonizadores belgas pronto cayeron en la cuenta de que la introducción del alcohol entre los naturales, tal como se perpetró en el oeste norteamericano, era una medida aún más eficaz para sus intereses que los más expeditivos batallones de castigo. El expolio estaba servido. A la Conferencia de Berlín (1884-85) que consumó el reparto de África entre las potencias europeas no se sentó ningún africano.

Aunque sea difícil de asumir es de justicia señalar que el impulso decisivo que llevó a la salvaje colonización del Congo fue una vasta obra maquiavélica y casi personal del monarca Leopoldo. La división de este inmenso territorio en compañías privadas a su servicio fue realizada, casi por completo, a espaldas de la opinión pública belga. Incluso el propio gobierno de Bruselas carecía de muchos de los datos y proyectos auspiciados por el rey. Sin embargo, el ambiente de impunidad que hace posible todos los desmanes, estaba ya en la calle de la mayoría de ciudades y villorrios belgas.

Hergé, el dibujante de Tintín, comenzó la serie del popular reportero con un Tintín en el Congo. El racismo, el paternalismo y la caza salvaje forman parte del argumento del cómic reflejando, siquiera sea indirectamente, un común ambiente popular en el Viejo Continente durante aquellos años.

Aventureros de toda Europa, ex militares belgas, misioneros proselitistas, saqueadores de minas y otros recursos naturales, fueron el grueso de la población blanca que comenzó, en su afán de rapiña, a expandirse por los espacios centroafricanos utilizando las corrientes del Lualaba y el Congo como carreteras naturales que les permitían esquilmar la nueva e inmensa finca de Leopoldo. De entre todos los mercenarios a su servicio un hombre destacó por su fama previa y su ambición desmedida, el explorador Henry Morton Stanley.

Encuentro en Gasteiz

Henry Morton Stanley se convirtió en una celebridad al encontrar, por encargo del New York Herald, al misionero británico David Livingstone en las profundidades de lo que entonces se conocía como Africa tenebrosa. Después del descubrimiento del anciano misionero y de la exploración conjunta del lago Tanganika y de las posibles fuentes del río Congo, Morton Stanley regresó a Europa convertido en un ídolo de masas.

En el viejo continente pasó a ser considerado como el último de una saga de exploradores europeos a la altura de Vasco de Gama o Richard Burton. Escribió libros de autoalabanza y dio conferencias en las que abundaba en viejos clichés y prejuicios acerca de los africanos. Leopoldo de Bélgica, siempre atento a las posibilidades publicitarias del personaje, no dudó en ficharlo para su recién nacido Estado Libre del Congo.

Los franceses estaban ya comenzando a mover sus avanzadas en el terreno al mando del oficial Pierre Savorgan de Brazza y Leopoldo no dudó en poner al frente de sus negocios, que incluían vapores de navegación en el río y la construcción de un ferrocarril, a un explorador mercenario de la talla de Morton Stanley. En aquellas tierras se ganó el sobrenombre de Bula Matari que puede traducirse como quebranta rocas.

En su autobiografía Morton Stanley atribuye el apelativo al reconocimiento por parte de los nativos de su indómita fuerza de voluntad. Sin embargo los trabajos de voladura de rocas, supervisados por él mismo, en la corriente del caudaloso Congo buscando hacerlo navegable parecen explicar el apelativo de una forma más prosaica y realista.

El verdadero nombre de Morton Stanley era John Rowlands (1841-1904) y la extraordinaria energía desplegada a lo largo de su vida pública se explica, quizás, por las muy desfavorables condiciones en las que vino al mundo.

Hijo bastardo, pasó su infancia en un orfanato y rechazado por sus familiares emigró, como mozo de cuerda, desde su Gales natal a Estados Unidos. Vagabundo, buscavidas, luchó en los dos bandos durante la guerra civil norteamericana y se cambió el nombre por el apellido del primer hombre que ofreciéndole trabajo le trató con humanidad.

Después del encuentro con su protector, el ejercicio del periodismo fue la estrella polar de su vida errante. Precisamente como corresponsal del New York Herald cubrió la sublevación carlista en el noreste español y dedicó alguna página, más bien inexacta en lo que a toponimia se refiere, a cantar las bellezas de la ribera del Zadorra y a describir su viaje en diligencia, en pos de los sublevados, desde Vitoria hasta la localidad alavesa de Santa Cruz de Campezo.

En la entonces muy provinciana capital de Álava Morton Stanley mantuvo una entrevista, en el mes de junio de 1873, con Manuel Iradier en la Fonda Pallarés, un edificio de tres alturas que aún se conserva en la confluencia de la calle Postas y la Plaza de Los Fueros. Para los dos hombres reunidos en aquel rincón vitoriano el continente africano fue una experiencia decisiva en sus vidas aunque difícilmente pueden conciliarse las expectativas que les impulsaban a explorar ese inmenso espacio.

Baste decir que las ciencias naturales fueron la obsesión de un hombre, Iradier, que partió para Guinea en la compañía de su mujer y su cuñada. En sus exploraciones por el continente Iradier recopiló diferentes vocabularios y confeccionó gramáticas sobre la lengua de algunas de las tribus con las que iba tomando contacto. De su espíritu científico y observador dan fe las numerosas notas recopiladas sobre disciplinas tan diversas como astronomía, etnografía y antropología.

Stanley, por el contrario, avanzó por el continente contando con un presupuesto casi ilimitado, en marchas extenuantes, con equipos transportados a hombros de porteadores que incluían una barca de madera desmontable bautizada como “Lady Alice” y rifles cargados con balas explosivas diseñadas para cazar elefantes y utilizadas en realidad para someter motines indígenas en su paso a mata caballo por África.

El Congo que cartografió y exploró Stanley con motivaciones exclusivamente económicas tuvo unas pérdidas en vidas humanas muy similares a las de los países limítrofes: los territorios franceses al norte del río, la Angola portuguesa y el Camerún alemán perdieron el cincuenta por ciento de las poblaciones obligadas a trabajar en los bosques de caucho. Tan siniestra y espectacular cifra fue igualada con creces por el territorio bajo dominio belga según confirma el estudioso Adam Hochschild en su libro El fantasma del rey Leopoldo.

Esclavos

El parlamento británico abolió oficialmente la esclavitud en 1807. La medida tardó casi un decenio en ser efectiva en el Imperio Británico y no impidió el trabajo en régimen de esclavitud camuflada en las grandes haciendas y plantaciones de caucho de capital europeo en África. Los diferentes clanes africanos habían traficado con esclavos desde tiempos inmemoriales. Fue, sin embargo, la demanda disparada de mano de obra esclava al otro lado del Atlántico lo que motivó su crecimiento exponencial.

Las grandes haciendas estadounidenses que plantaban algodón, azúcar y otros cultivos como el café y el cacao necesitaban el esfuerzo de miles de esclavos para sacar su producción adelante. Los mercaderes árabes de esclavos viendo el inmenso negocio que suponía el creciente mercado americano no dudaron en fomentar guerras, saqueos y pillajes para abastecer de carne humana a los barcos europeos que con una periodicidad cada vez más reducida se acercaban a los diversos puertos negreros.

La obra África, historia de un continente, (Cambridge University Press), estima en 11.863.000 el número de seres humanos esclavizados y transportados de Africa a América entre los años 1.530 y 1.870. La cifra alude en exclusiva a los africanos transportados y no a los innumerables que perecieron en las razias que los aprisionaron ni tampoco a los que sucumbieron en las extenuantes marchas hasta la costa.

Estadísticas pertenecientes a la contabilidad de la trata de negros holandesa especifican que casi el 15 por ciento de los africanos morían durante la travesía por mar, un porcentaje de bajas muy similar a la tripulación negrera, acosada por las pésimas condiciones de vida y las enfermedades tropicales. En alta mar los tiburones seguían la estela de los barcos negreros durante semanas. En los navíos franceses que se dedicaban a la trata el promedio de espacio por esclavo era de 0,4 metros cuadrados.

Cuando los barcos iban cargados la mortalidad se disparaba como consecuencia de la inmediata propagación de las enfermedades gastrointestinales.

Cruzar el Atlántico, en estos barcos, costaba, en el siglo XVIII, de dos a tres meses como término medio, pero, en ocasiones, mucho más. La disentería, la viruela o el escorbuto tenían tiempo sobrado y las mejores condiciones para propagarse en las abarrotadas y pestíferas sentinas. La tortura de la sed fue el recuerdo más nítido y repetido en aquellos supervivientes de la Gran Travesía. Las consecuencias demográficas, económicas y sociales del tráfico fueron devastadoras para el continente africano.

A pesar de sus riesgos el tráfico de esclavos era un negocio floreciente. A la trata tolerada por los estados europeos se unió la iniciativa privada en forma de numerosos pequeños ahorradores que armaban conjuntamente un barco y compartían riesgos y posibles beneficios.

Se inició así un comercio triangular en el Atlántico que se iniciaba cuando los barcos negreros zarpaban de puertos europeos cargados con telas, baratijas, herramientas, aguardiente y armas de fuego. En las factorías costeras intercambiaban estos productos por los esclavos capturados previamente en el interior a manos de traficantes árabes y africanos. Con los barcos cargados se afrontaba la Gran Travesía a través del Atlántico y con destino a los diferentes puertos del este norteamericano.

Una vez vendida la mercancía humana las bodegas del barco eran de nuevo cargadas con productos coloniales, café, algodón, cacao, azúcar y maderas preciosas, con destino a los puertos europeos. Este tráfico incesante involucró a navíos de casi toda Europa y en el mismo tuvieron parte destacada portugueses, españoles, franceses, holandeses y británicos. En la península los puertos de Santander y Bilbao tomaron parte activa en el tráfico de esclavos.

Las ganancias obtenidas con este siniestro comercio fueron, consideradas de forma global, fabulosas. La acumulación de capital que produjo en Europa es una de las causas que se citan a la hora de explicar los factores que hicieron posible la primera revolución industrial.

El "indiano" Julián Zulueta

Se atribuye al novelista Balzac una cita que Mario Puzo, el autor literario de El Padrino, recogió junto a la dedicatoria en su afamado best seller: “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”.

Uno de los promotores españoles más activos de la trata de esclavos fue Julián Zulueta Amondo. Nacido en el pueblo alavés de Anúcita, permaneció hasta los 18 años en Vitoria. Una oportuna herencia en La Habana y un matrimonio aventajado con la hija de un militar destinado en Cuba le permitieron entrar en los entresijos del tráfico negrero, el contrabando y el cohecho con los funcionarios coloniales.

La situación internacional, con la abolición de la esclavitud en Estados Unidos tras la guerra de secesión y la suspensión de la trata negrera por parte de Inglaterra en 1815, se tradujo en un alza espectacular del precio de los esclavos.

Con el fin de paliar la creciente escasez de esta mano de obra Julián Zulueta impulsó otras alternativas desde su puesto en la presidencia de la Comisión Central de la Colonización Asiática. Bajo este eufemismo se camuflaba en realidad la introducción de esclavos chinos en los ingenios azucareros cubanos. Se buscaba también la importación de hombres y mujeres menos levantiscos y más trabajadores que los africanos.

El propio Zulueta confirma esta intención en sus escritos puntualizando: “En los dos primeros años no muestran mucha resignación con su suerte, puesto que propenden al suicidio ahorcándose con frecuencia. Después de pasados los dos primeros años se muestran satisfechos y cumplen con su obligación, siendo raro que se suiciden ni se fuguen”.

De esta forma entraron en Cuba 132.435 esclavos de origen chino entre los años 1.853-1.873. Zulueta no sólo promovió ingenios azucareros con mano de obra esclava, sino que, además, construyó ferrocarriles para trasladar el azúcar hasta los puertos cubanos. Llamó Alava a su primer ingenio y bautizó como Vizcaya y Habana a los otros dos bajo su propiedad. Sólo en el Alava se afanaban seiscientos esclavos.

Julián Zulueta acumuló en vida honores y prebendas sin medida, desde su nombramiento como alcalde corregidor de La Habana hasta el título de Marqués de Alava otorgado por el rey Amadeo I en 1875.

No fue menor la admiración popular de la cual es muestra un artículo aparecido en un periódico local, El Mentirón alavés, en su edición correspondiente al 30 de agosto de 1868. En el texto y tras glosar las donaciones efectuadas por el “generoso indiano” a la iglesia de su pueblo natal en Anúcita se concluye la crónica con la frase “el señor Zulueta es muy digno de llevar entre nosotros el nombre de padre del país”.

Cuando en 1898 Cuba entra en la órbita de influencia estadounidense los descendientes de Zulueta Amondo abandonaron la isla caribeña regresando a Vitoria. Con la riqueza heredada, uno de sus hijos, Alfredo, levantó la mansión familiar en el Paseo de la Senda de la capital alavesa. De la misma fortuna surgió el cercano Palacio Augusti, hoy Museo Provincial de Pintura. Una de sus hijas, Elvira Zulueta, sufragó la mayor parte de los gastos originados por la construcción del Seminario Diocesano de Vitoria.

El poeta, dramaturgo y político de color nacido en Martinica Aimé Césaire (1.913-2.008) autor, entre otras obras, de Retorno al país natal y considerado padre de la negritud como concepto político y cultural, escribió en su conocido Discurso sobre el colonialismo:

“…Los indios masacrados, el mundo musulmán vaciado de sí mismo, el mundo chino desnaturalizado durante todo un siglo, el mundo negro desacreditado; voces inmensas apagadas para siempre, hogares esparcidos al viento, toda esta chapucería, todo este despilfarro, la humanidad reducida al monólogo, ¿y creen ustedes que todo esto no se paga?….”

* Periodista, escritor.

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