Sep 5 2008
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Política

ALBA, tiempos de cambios en Latinoamérica

Hedelberto López Blanch*

Pese a que la República de Honduras ha sido durante décadas un fiel aliado de Estados Unidos en la región, su población se encuentra entre las de menores ingresos de América Latina y el Caribe, con un incide de pobreza de 69.5 % y los programas económicos y sociales completamente deprimidos.

Esta situación ha sido la razón fundamentales para que el gobierno del presidente Manuel Zelaya haya tomado la decisión de integrase a la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), porque al decir del mandatario “es un acuerdo social latinoamericano y una asociación entre los Estados”

En diciembre de 2001 durante la III Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe efectuada en Caracas, el presidente venezolana Hugo Chávez presentó el proyecto para crear el ALBA, el cual vio la luz en diciembre de 2004 en La Habana.

En esa ocasión, Chávez y el presidente cubano Fidel Castro suscribieron los protocolos de su fundación cuya premisa fundamental sería la integración de la región en busca de un desarrollo independiente mediante el respeto, la colaboración y la solidaridad.

Al gran proyecto de unión regional se integraron más tarde los gobiernos de Bolivia y Nicaragua tras la llegada al poder de sus presidentes Evo Morales y Daniel Ortega, respectivamente. En enero de 2008, la pequeña isla caribeña de Dominica se suscribió como quinto miembro permanente.

Con la entrada de Honduras a este proyecto integrador, país que durante largos años ha girado en la órbita de Estados Unidos, se puede afirmar sin equívocos que los tiempos en América Latina están cambiando en forma radical.

Los pueblos del área, que han sufrido las consecuencias de las políticas neoliberales en detrimento de las grandes mayorías, instauradas por Washington a través de organizaciones financieras poderosas como el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), han optado por integraciones y alianzas que les permitan disminuir el hambre y la miseria a las que han sido sometidos.

Honduras, que en las década de 1980 sirvió de base permanente para las tropas norteamericanas y las bandas contrarrevolucionarias que impusieron una guerra total al primer gobierno Sandinista, aparece como uno de los países más pobres de América Latina. Es decir, su vinculación ancestral con Estados Unidos no le ha representado ningún beneficio para su pueblo.

En esa nación centroamericana, la pobreza se acentúa en el área rural donde son prácticamente inexistentes los servicios sociales.

Con 7,5 millones de habitantes, la población rural representa el 55 % del total, pero sus niveles de pobreza se sitúan en más del 85 %, o sea, más del 20 % que la zona urbana. El Producto Interno Bruto Nacional es de solo 12 330 millones de dólares.

Un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) indica que las personas que viven en las zonas de las laderas constituyen el modelo de pobreza rural más generalizado en el país, caracterizado por ambientes frágiles y de poca productividad que limitan las oportunidades de desarrollo. Como resultado predomina una economía de subsistencia, principalmente agrícola y una reducida interacción con los mercados.

Honduras firmó en 2004 un acuerdo con el FMI en el que se comprometía al fortalecimiento de las finanzas públicas y del sistema financiero; promoción de la inversión privada; consolidación de la gobernabilidad y transparencia y facilitación del acceso a recursos concesionales para apoyar la Estrategia de Reducción de la Pobreza (ERP).

Al corroborar el FMI que el país había cumplido con los lineamientos impuestos, le fue condonada en 2005 una deuda por 1 200 millones de dólares, pero eso no fue óbice para que la pobreza extrema continuara ensanchándose por toda la nación.

Acuerdos como el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y los Estados Unidos (TLC-CAFTA), firmado en diciembre de 2003 obligan a estos países a abrir sus mercados, fábricas y servicios a las empresas transnacionales y al capital privado, con el consiguiente perjuicio para las mayorías urbanas y campesinas.

En contraposición, el ALBA se ha concebido y trabaja por la integración regional donde la solidaridad y la colaboración impulsan la construcción de espacios económicos y productivos de nuevo tipo que produzcan mayores beneficios a sus pueblos, mediante la utilización racional de los recursos y activos de estos países

Se han conformado las llamadas empresas Grannacionales en las áreas de educación, salud, energía, minería, comunicación, transporte, vivienda, vialidad, alimentación, y se promueve la ampliación del Tratado de Comercio de los Pueblos con intercambios justos y equilibrados.

Asimismo, el ALBA ha puesto en ejecución planes para resolver la atención médica y la alimentación de sus habitantes, y eliminar con esfuerzos propios, el hambre y la miseria acumulada durante años por el saqueo y la explotación de los capitalistas extranjeros y nacionales

Como era de espera, sectores políticos y económicos pudientes de Honduras han criticado la decisión del presidente Zelaya quien en declaraciones a los medios de comunicación expresó que “son los cabezas calientes que están acostumbrados a limpiar las botas a otras sociedades los que se oponen a Alba… y nosotros no debemos tener amos, debemos tener dignidad para ser libres”.

Desde hace años, Honduras se ha venido beneficiando con las ayudas que en el campo de la salud y la educación le han brindado a su pueblo Cuba y Venezuela, programas que se profundizarán y extenderán a otras ramas económicas y sociales tras su efectiva integración al ALBA.

*Publicado en Rebelión

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