Sep 6 2017
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Cultura

Anahí Lazzaroni, la poeta de Tierra del Fuego

 

Platense, pero radicada en Ushuaia -la ciudad más austral del mundo- desde la infancia, Anahí LazzaroniResultado de imagen para anahi lazzaroni es el principal referente de la creación poética en la austral provincia de Tierra del Fuego. Aquí conversa, entre otros temas, sobre los aspectos arduos de su adaptación allí, de su propensión a ensimismarse, del arte salvándola, en parte, de la desesperación.

— A tus nueve años comenzaste a residir en la segunda ciudad más austral del mundo. ¿Cómo fue allí tu adaptación al colegio primario, a las bajas temperaturas, al viento, al maravilloso paisaje durante la presidencia de facto de Juan Carlos Onganía? ¿Y cómo fue tu adolescencia, tu colegio secundario ya concluyéndolo durante la constitucional presidencia de María Estela Martínez de Perón?

— Mi madre, que era maestra y mi padre, que era abogado, atraídos por el modo de vida de ciudad chica, casi pueblo, decidieron que nos radicáramos aquí. Me acostumbré rápido aunque extrañaba tremendamente no poder ver televisión: era una verdadera teleadicta. Llegamos a fines de diciembre y recién en la primavera comenzó a transmitir el primer canal de televisión: recuerdo esos meses“oscuros”. Completé lo que me restaba de la primaria en el Colegio “Don Bosco”, de los salesianos: el director y el profesor de religión, más algún otro que circulaba por ahí eran sacerdotes; al frente de los grados se desempeñaban maestras laicas. Era una institución muy exigente en la conducta y en el estudio. Como yo padecía de una timidez galopante no me resultaba difícil lidiar con el buen comportamiento, tampoco con la aplicación.Los primeros inviernos fueron mi regocijo: contraje gripes que me permitieron olvidarme del colResultado de imagen para anahi lazzaroniegio durante unos quince días por ciclo escolar. Los fines de semana circulaba en trineo por las calles del barrio.Igual, más allá de todo esto, yo era solitaria. La vida, a causa de mi acondroplasia, el tipo más común de enanismo, se me hacía ardua; no eran épocas de psicólogos ni de psicoanálisis, por lo menos para la gente de clase media de provincias.
En cambio fui feliz en mi adolescencia. Cursé el secundario en el Colegio Nacional y Polivalente “José Martí”. Fue a mediados de los ‘70, en una fiesta en Buenos Aires, cuando le comenté a un cineasta cubano sobre el nombre de ese establecimiento al que había asistido y casi me abraza de la emoción.Si el “Don Bosco” era duro, el “José Martí” simbolizaba la libertad. Estudiaba lo mínimo para no llevarme materias, lo único que me interesaba era leer, escuchar música y salir con mis amigos como cualquier adolescente.Resultado de imagen para anahi lazzaroni
Sabía, sí, en mi niñez, que Onganía no había sido elegido por el pueblo, que era de temer, y que en la revista “Tía Vicenta” el humorista Landrú lo apodaba la Morsa.De la presidencia y derrocamiento de María Estela de Perón no sé… Cada tanto, leía libros como “El 45: crónica de un año decisivo” de Félix Luna o “La saga de los Anchorena” de Juan José Sebreli. Pero carecía de una cabal conciencia de la transcendenciahistórica de todo aquello.

— A tus diecinueve años concurriste al Curso Intensivo de Poesía Argentina Contemporánea dictado en Ushuaia por la también platense y reconocida escritora Ana Emilia Lahitte (1921-2013).

— Sí, me fue muy útil: gracias a Ana Emilia se argentinizaron mis lecturas. Accedí a autores que sin ese curso hubiera demorado en descubrir. El enorme deslumbramiento fue con Alejandra Pizarnik. En el verano de 1977, trasladada por un ómnibus que iba de Buenos Aires a la ciudad de Rosario, la leí por primera vez: tenía conmigo su sexto poemario:“Extracción de la piedra de locura”. Acá no había librerías, vendían algunos libros en una casa de importación y también estaba la Biblioteca, que poseía sólo unos diez mil títulos. Cuando viajaban amigos o familiares a ciudades más pobladas, yo aprovechaba para que me proveyeran de parte de lo que iba necesitando. Ana Emilia tenía mucho carácter, me atemorizaba un poco. Imaginate, yorecién comenzaba a escribir más o menos en serio y ella era la desmesura en persona, altiva y algo teatral. Fue mas tarde que reconocí su generosidad con los poetas en ciernes.

— ¿Y de esa sostenida sensación de fluidez social obtenida durante tu secundario, ya egresada, ya recorriendo tu década de veinteañera, cómo prosiguió tu propensión a ensimismarte?

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Con Beatriz Minuchin

— Ahí se vino la noche: todos mis amigos del colegio viajaron a estudiar a Buenos Aires, aquí no había Universidad, terciarios ni nada donde se pudiera continuar los estudios. Regresaban para las vacaciones, y sólo algunos.
Quería escribir, sabía que para ello debía prepararme, y me dediqué a leer y leer durante muchas horas por día. Para mí eran más reales los personajes de las novelas rusas (León Tolstoi, Fiódor Dostoievski, Nikolái Gógol, Máximo Gorki) que los habitantes de la ciudad. Fue una década de intensa soledad y muy poca comunicación.Publiqué mi primer libro,“Viernes de acrílico”, en julio de 1977, un mes antes de cumplir veinte años. El ensimismamiento me duró hasta los treinta; de ahí en más me convertí en una persona más sociable y mi enanismo dejó de ser una carga tan pesada.

— Ha sido Octavio Paz quien te deslumbró a través de un ensayo sobre poesía japonesa. ¿Qué autores considerás insoslayables en la concepción de los haikus? ¿De qué modo —si explicarse pudiera— los “acechás”?Resultado de imagen para anahi lazzaroni

— De los japoneses, el que prefiero es Masaoka Shiki (1867-1902): lo renovó, y es considerado también un gran maestro, a la par de Matsuo Basho, el más importante; además, Yosa Buson (1716-1784) y Kobayashi Issa (1763-1827); de los argentinos,Jorge Luis Borges.
Ahora reemplazaría la palabra acechar por esperar, y una forma de “esperarlos” es leer “El haiku japonés”, del español Fernando Rodríguez Izquierdo. Un ensayo fundamental si quiere uno imbuirse de ese tipo de poesía.

— Uno de los textos de “El poema se va sin saludarnos”, cuyo título es “Diciembre 1990”, lo dedicaste al poeta riojano Francisco Squeo Acuña (1938-2005). ¿Lo has conocido personalmente?

— Sí, en Ushuaia.Francisco tenía familiares aquí. Vino a visitarlos y se contactó con la poeta ushuaiense Laura Vera, quien me lo presentó una noche de verano en un bar. Durante un mes compartí con él, su mujer y otros poetas locales, numerosas comidas y reuniones. Después lo visité en su casa del barrio de San Telmo, en Buenos Aires.Me llamaba la atención que, no obstante su amplia cultura y haber vivido muy intensamente, fingía no leer. Doy fe de que tenía una buena biblioteca en la que se advertía el trajín que se le había dado a los libros.
Resultado de imagen para anahi lazzaroniPor su intermedio conocí a su amigo y vecino, Juan Carlos Martini Real [1940-1996], autor de “Macoco” (Ediciones Corregidor, 1977), una de las tantas novelas que prohibió la dictadura.

— Una antología hay, sólo editada en soporte electrónico, “Máquina sur- Poesía actual de la Patagonia”, con selección y prólogo de la poeta Luciana A. Mellado, en la que has sido incluida con treinta autores más. ¿Cuál es tu propia visión de la “poesía patagónica”? ¿Qué la distingue?

— Cuando comencé a leer poesía patagónica me sorprendió la similitud con la mía. Descubrí que no había inventado la pólvora. La falta de barroquismo, cierta transparencia, la conexión con el paisaje y la naturaleza.

— ¿Qué hace el Arte por nosotros?

— Depende: para nosotros los artistas y para quienes tienen una sensibilidad adecuada para sentirlo y comprenderlo, significa mucho. Para quienes les falta esa posibilidad, el arte no les sirve para nada. En cambio, a tantos nos salva de la desesperación la mayor parte de los días.

— ¿Qué condiciones advertís en aquellos que más admirás?Imagen relacionada

— Pasión casi enfermiza por las humanidades y/o el arte en general, el estudio, el conocimiento, don de gentes y un sentido del humor arrollador. Tengo la suerte de ser amiga de gente que admiro y la risa, por suerte, suele acompañarnos.

— ¿Qué literatura te interesa porque te incomoda o desubica?

— Ninguna en especial. Aunque puedo decirte que sí me desubican los “Diarios” de Franz Kafka; su neurosis obsesiva me incomoda mucho.

— Dos textos de “El poema se va sin saludarnos” llevan por título “Ushuaia” (IV y V); en “Bonus track” uno es “En el fin del mundo”; en “A la luz del desierto”, en la primera sección, “La ciudad”, damos con “Noticias de la ciudad” (uno y dos) y con “Anotaciones sobre la ciudad” (uno y dos). “En”, “de” y “sobre”: ¿qué es posible que les trasmitas, por ejemplo a nuestros lejanísimos lectores en “el principio del mundo”, respecto de cómo ha ido transformándose “Ushuaia” en las últimas cinco décadas.

— Pasó de ser un pueblo de alrededor de cinco mil habitantes a una ciudad de setenta mil. Es lo que los antropólogos llaman una sociedad pionera donde pareciera que siempre todo está por realizarse. Además es una población de tránsito: mucha gente se radica durante un lapso y luego se va. Y esa modalidad produce desarraigo.Una vaga idea de la ciudad y sus sombras la expresé en miúltimo poemario: de allí transcribo “Graffiti”: “Alguien debería dibujar de un modo impecable / el mapa de una ciudad loca / a la que abofetea el viento. // Bordeada por un mar gris y murallas de piedra / con gentes de poco hablar / navegando sus propios océanos. // Nombro una ciudad que no está muerta ni viva.”

FichaResultado de imagen para anahi lazzaroni

Anahí Lazzaroni nació el 30 de agosto de 1957 en la La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside desde el 24 de diciembre de 1966 en Ushuaia, capital de la provincia de Tierra del Fuego. Fundó y co-dirigió la Revista “Aldea”. Poemas suyos han sido traducidos al francés, italiano, inglés, coreano, portugués y catalán. Ha colaborado en numerosas publicaciones periódicas nacionales y extranjeras en soporte papel y también electrónico. Fue incluida, por ejemplo, en los volúmenes “Antología del empedrado” (Libros del Empedrado, 1996), “Poesía argentina año 2000” (Tomo 1, selección y prólogo de Marcela Croce, Instituto de Literatura Argentina “Ricardo Rojas”, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1999), “Cantando en la casa del viento – Poetas de Tierra del Fuego” (selección y prólogo de Niní Bernardello, EDUPA Editorial Universitaria de la Patagonia San Juan Bosco, 2010), “Antología federal de poesía – Región Patagonia” (Editorial Consejo Federal de Inversiones, 2015), “La frontera móvil” (Antología de poesía contemporánea de la Patagonia Argentina, selección y prólogo de Concha García y epílogo de Luciana Mellado, Ediciones Carena, Madrid, España, 2015). Publicó los poemarios “Dibujos” (1988), “El poema se va sin saludarnos” (1994, en el volumen se incluye “Dibujos”), “Bonus track” (1999), “A la luz del desierto” (2004, en el volumen se incluye “Acechar el haiku”, poemario inédito hasta entonces), “El viento sopla” (2011). Se ha publicado en 2014, a través de la Editorial Académica Española, Madrid, España, el libro “Poesía de la Patagonia fueguina – Una aproximación a la obra de Anahí Lazzaroni” de María Emilia Graf.

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