Jun 22 2010
653 lecturas

Opinión

Arte de masas en Chile

Cristián Joel Sánchez.*

El arte de seducir a las masas, es decir a grandes conglomerados humanos constituidos por parte importante de la población de una nación, o el país entero, o un continente, es atribuido generalmente a la fuerza persuasiva de un hombre, o de un grupo pequeño de hombres entre los cuales siempre habrá uno que destaca: el líder. El secreto del artificio, se ha dicho muchas veces, es saber apuntar al lado más vulnerable del conglomerado, al factor común de la masa, interpretar a viva voz lo que es un anhelo sottovoce, un deseo encubierto, o quizás un miedo soterrado, también una rabia tácita y contenida.

No decimos nada nuevo y este aserto se ha esgrimido para encontrar la explicación del por qué un individuo es capaz de movilizar países enteros, como por ejemplo la Alemania nazi, donde los camisas pardas lograron aunar tras de sí a una enorme masa de ciudadanos que creyeron a ojos cerrados en una prédica tan engañosa como atractiva para ellos, enarbolada por un líder cuya principal arma, más que el tenebroso aparato militar que logró construir, fue la palabra.

Escribo esto a propósito de las declaraciones de un imbécil al cual la naturaleza, que suele ser poco selectiva, lo dotó como a todo el mundo de un núcleo neuronal —el de Broca según los expertos— en su poco privilegiado cerebro, y que permite el movimiento de la lengua. Sin embargo, según los mismos expertos, nos diferenciamos de los loros porque esta área lobular requiere de la asesoría de otra, la de Wernike, donde se elabora la idea de la cual la lengua será sólo el portavoz.

El espécimen al cual nos referimos, patológicamente un afásico de Wernike, o en palabras más sencillas un boludo, se permitió hacer, al otro lado de la Cordillera, un parangón que con seguridad supuso él que sería el acierto de su vida: homologar a Hitler con Salvador Allende.   

Voy a conceder al analfabestia de marras, la razón en un aspecto de la comparación, aspecto que, naturalmente, él no consideró ya que su intención era rebuscar en el escuálido arcón de sus conocimientos, un personaje execrable con el cual enlodar una figura, la de Allende, a la cual este enano del intelecto no podría alcanzar ni aún en el más colosal de sus esfuerzos por empinarse. El parangón que este cronista acepta entre el Führer alemán y el líder criollo, es el extraordinario don de la palabra, la maciza estructura de la oratoria, el magnetismo fascinante del discurso capaz de subyugar a las masas más allá, incluso, de la racionalidad singular que posea cada individuo integrante de esa masa.

Sé que incluso este vértice, el único que podría parangonear —permítanme la licencia del lenguaje— a estos dos personajes de la humanidad, diametralmente opuestos en los objetivos de su gravitación histórica y en la moral de sus principios, puede llegar a molestar a quienes han hecho de Allende, con justísima razón, un personaje de culto que representa los más nobles valores capaces de alojar el alma humana. Sin embargo, si hacemos abstracción del sentimiento apelando sólo a la objetividad de una destreza, en este caso la de la palabra, podríamos llenar un lista numerosa de grandes oradores que incluiría no sólo a los “buenos” (como en las películas del oeste) sino que también a algunos rufianes de la historia.

Para atenuar las maldiciones de quienes han llegado trabajosamente hasta este párrafo del presente artículo, y se han acordado amablemente de mi santa madre por homologar la oratoria de don Adolfo con la de Allende, les recuerdo que los griegos, padres de la retórica, entre los muchos dioses que se autoadjudicaron, concedieron gran culto a Hermes, que no sólo era el representante de la elocuencia ante el Olimpo, sino que también de los bribones y mentirosos, entre otras gracias que podía conceder este muchacho.

Pero en fin, tómelo usted sólo como una introducción blasfemante y hasta fuera de contexto porque lo que yo pretendo es escarmenar en lo que se esconde detrás de estas “salidas de madre” que, con poca diferencia de tiempo, han vomitado dos conspicuos seguidores del pinochetismo coincidiendo, además, geográficamente para sus exabruptos. Mis dudas son precisamente acerca de la definición de tales absurdos: ¿son en realidad exabruptos o corresponden a un plan más profundo trazado con sibilina meticulosidad?

Veámoslo desde una perspectiva distinta a una simple mala conexión anatómica entre la boca y el recto de ambos personajes. Lo primero que resalta es que en los dos casos la reacción del gobierno, reconózcalo usted, ha sido sorprendente. No sólo se llega al extremo de destituir a un embajador al que previamente el mismo presidente desautoriza, sino que más tarde el propio ministro del interior reacciona con extrema dureza para condenar el paralelo que hiciera el otro tontorrón entre Hitler y Allende, defendiendo “urbi et orbi” la figura del presidente mártir. ¿El mundo al revés?

Para intentar entender semejante entuerto hay que empezar por recordar que hasta hace poco tiempo la derecha jugó su prestigio y su futuro político reivindicando y defendiendo esos negros años de la dictadura, y denostando hasta la saciedad la obra y la figura de Salvador Allende. Sin embargo las sucesivas derrotas, más la irreversible condena mayoritaria de los chilenos y de la opinión pública mundial, fueron convenciendo a estos apologistas del golpismo que esa política, la de “trapearle la cocina” al dictador y de la cual Iván Moreira fue un experto, no era buen negocio.

Tapar bien la fetidez del cadáver y poner distancia con él fue, sin duda, la nueva táctica que, además de otros factores donde no escapan las torpezas de la Concertación, posibilitaron finalmente el regreso de la derecha al poder.

Entonces, ¿para qué desenterrar los restos pestilentes del pasado, cabe preguntarse, si en nada ayudan a la estrategia de hoy? Si usted leyó las divagaciones de este cronista en un artículo anterior[1], y que seguramente calificó eufemísticamente como “hilar muy fino”, atribuimos ahí el ofertón que en mayo hiciera Piñera al país a una planificación de envergadura mucho mayor, destinada a fortalecer el frente antibolivariano que se ha convertido en la máxima prioridad de la oligarquía latinoamericana y del departamento de estado norteamericano.

Dijimos también que para que Chile se fortalezca como bastión antichavista, la derecha debe permanecer en el poder más allá del efímero lapso de cuatro años que dura el mandato de don Sebastián. Y qué mejor que refrendar la inesperada política económica del gobierno con una pública y vehemente condena a quienes ofenden una figura, la del Presidente Allende, arraigada profundamente en el corazón de un pueblo como el chileno.

Dejo entonces planteada la duda: ¿fueron ambos afásicos de Wernicke, auténticamente pelotudos, o fueron estratégicos “palos blancos” destinados al lucimiento democrático y humanista de un gobierno difícil de concebir como tal? ¡Ah. Chi lo sa! Tenemos, entonces que seguir en compas de espera, atentos al movimiento de la próxima pieza porque quizás no estemos aún totalmente curados de espanto.

Antes de terminar quiero reparar un olvido. En todas estas parrafadas no nombré al cavernícola que hizo la comparación entre su Fuhrer y Allende: se trata de Fulano de Tal, que como dijéramos, ofició de ministro del trabajo y, aunque usted no lo crea, de “previsión” social de la dictadura. Entre la herencia que De Tal le dejó al país, está la máxima expresión del capitalismo a ultranza defendido por las bayonetas: el gran negociado de las AFP que es el hilo del cual, mes a mes, amigo mío, pende su jubilación, hilo del cual es usted, por desgracia, la parte más delgada.

[1] Artículo que se puede leer aquí.

*Escritor
(devenido en cronista de asuntos políticos).

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario