Mar 5 2010
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Opinión

Bitácora personal del terremoto y tsunami en Chile

Virginia Vidal.*

Los habitantes de Chile dormíamos a las tres y treinta y cuatro de la mañana del sábado 27 de febrero cuando el feroz terremoto nos despierta.
Siento que la tierra brinca, corcovea. Un ruido como ronquido surge de lo profundo y todo lo penetra. Se mezcla con la quebrazón de cristales, loza, vidrios y los crujidos de paredes y maderas.

La sonajera se funde con el ruido del terremoto. Se abren grietas, caen cornisas.

Encogida en la más absoluta soledad, sin atreverme a salir de la cama, sin más contacto con el mundo que una radio a pilas, me voy enterando de lo sucedido.

Una zona de más de mil kilómetros de longitud, la más poblada de Chile, es asolada por un terremoto grado 8,8 escala Richter, cincuenta veces más fuerte que el de Haití. Ni agua ni gas ni teléfono ni celular ni internet ni luz eléctrica.

Con el terremoto se nos acabó la modernidad. Como si teléfonos y celulares fueran de palo.

Como el teléfono no funciona, tampoco el celular, no puedo saber de los hijos. Pese a la oscuridad, el instinto conmina a no encender velas ni por nada, porque puede ser el comienzo de un incendio.

Al tratar de entender el alcance del terremoto, los informantes no trepidan en inventar eufemismos para dar cuenta de la tragedia y ponen de moda palabrejas como “momentos complejos” y “situación complicada” donde han caído edificios y hay personas atrapadas, heridos y muertos aplastados por los escombros.

No sé si es mi corazón o el latido de la tierra ese movimiento intermitente que corresponde a réplicas intermitentes, cada cinco y diez minutos.

La armada no ha dado la señal de alarma de tsunami, pero la ONEMI (Oficina Nacional de Emergencia) habla de fuertes marejadas y maremoto.

Se recoge el mar para embestir después arrasando playas y pueblitos costeros. El mar entra por los ríos, sala fuentes de agua dulce.

La isla Juan Fernández, donde no hubo terremoto, es asolada por el tsunami y barrida por ola de veinticinco metros.

La armada nacional no dio señal del tsunami. Más tarde, el almirante Edmundo González reconoció que no habían informado claramente a Michelle Bachelet, la Presidente de la República.

Martina Maturana, una niña de doce años, al abrir una ventana de su casa en la isla Juan Fernández ve venir la ola y toca la campana de alarma anunciando el desencadenamiento del tsunami. Angustiada, impulsa a sus padres para que huyan. Luego, un concejal de la misma isla Juan Fernández informa al gobierno que se ha producido el tsunami.

La costa es asolada por las inmensas olas y desaparecen pueblos completos.

El tsunami ha devastado la zona costera y sumergido sus hermosos balnearios: Pichilemu, Bucalemu, Iloca, Chanco, Constitución, Dichato, Tomé, Lirquén, Llico, Tirúa.

La ciudad costera de Constitución desapareció. Gran cantidad de muertos. Esa noche, la última de las vacaciones, la colectividad celebraba una fiesta para despedirse del verano.

Daños en muelles y sitios de atraque en los puertos.

Caletas pesqueras y pueblos desaparecidos con sus casas y hoteles.

Paralizado por graves daños el aeropuerto internacional.

La ciudad de Santiago sin metro ni movilización colectiva.

Se producen incendios. Los bomberos, que en Chile son voluntarios, se esmeran en apagarlos y, sobre todo, trabajan con esmero para sacar de las ruinas a los heridos. Ellos mismos declaran que carecen de herramientas fundamentales. Los de Concepción, piden por favor: “quien tenga un litro d e gasolina disponible lo lleve hasta ellos para hacer funcionar los motores”.

Declarada zona de catástrofe la mayor parte del territorio nacional, la más poblada, desde la quinta a la novena región. Se trata del ochenta por ciento del territorio. Vale decir, desde Valparaíso a Puerto Montt.

Carreteras en varios tramos destruidas; capas de asfalto se equilibran sobre huecos profundos. Imposible el tráfico de vehículos.

Veintinueve hospitales inhabilitados y once totalmente dañados. Se instalan cuatro hospitales de campaña en Talca, Curicó, Concepción, Chillán.

Queda en evidencia que no se respetaron las normas que exige la construcción asísmica y se ha desplomado recién inaugurada torre de catorce pisos y edificios de departamentos levantados no hace más de cinco años, así como recientes obras de vialidad.

Se puede deducir que nuestro patrimonio histórico colonial se ha desmoronado .por completo (iglesias y construcciones en adobe).

Del Museo de Bellas Artes, demolidas sus escaleras, frontis y frisos. Más noticias de campanarios e iglesias derrumbadas.

Quinientas mil viviendas tumbadas y convertidas en escombros. Un millón quinientas mil viviendas dañadas; muchas tendrán que ser demolidas por completo porque son irreparables.

El inicio del año escolar fijado para el 3 de marzo se posterga hasta el 8, pero no se sabe si habrá de prolongarse la postergación. Muchas escuelas se derrumbaron por completo, otras están seriamente dañadas; por sobre todo, abundan los vidrios rotos.

En las poblaciones, los vecinos acuden a ver a los ancianos, a los inválidos, a las personas solas. Procuran ayudarlos llevándoles agua.

Madres desesperadas van a mercados y almacenes en busca de leche, bebidas y pañales para sus niños. Vecinos acuden con agua y se preocupan de conocer el estado de los más desvalidos.

La conducta solidaria contrasta con los saqueos de grupos del lumpen que desmantelan supermercados, farmacias y casas abandonadas. No trepidan en incendiar un supermercado.

Algunos ponen mucho énfasis en el saqueo del lumpen y en la imperiosa necesidad de defender la propiedad privada, hasta conminan a las fuerzas armadas para que actúen, pero no se dice nada de la población con recursos que vacía los estantes de los supermercados llevándose toda la mercadería posible para acapararla, al punto de no dejar ni un paquete de harina (por ejemplo, en el supermercado “Jumbo” de Macul con Grecia [en Santiago] han vaciado los anaqueles). Ciertos comerciantes no trepidan en duplicar o triplicar el precio del kilo de pan y otros artículos de primera necesidad.

Se habilitan albergues para los que han perdido sus casas. En la capital se ayuda los trabajadores peruanos (son cerca de dos mil) para que dejen sus casas dañadas donde hasta ahora han vivido hacinados: la parroquia de la colectividad italiana les procura alojamiento.

Desesperación de las familias para tener noticias de sus deudos que viven en la zona más convulsionada.

La gente se apronta para dormir a la intemperie; muchos se dirigen a los cerros del lugar. En las ciudades se van a plazas y parques o a los bandejones centrales de las avenidas Los que pueden, se refugian en carpas. Otros duermen en sus vehículos.

Es grave la falla de las comunicaciones. Aún no se tiene idea cabal de la magnitud y extensión del terremoto.

En la mañana del domingo unos viandantes ven a René Cortázar, ministro de transportes y comunicaciones, ejercitándose y corriendo en el parque cercano a su casa para mantener su buen estado físico.

La mayor parte de nuestro precioso patrimonio histórico ha sido devastado. Terminó de caer al suelo lo prevaleciente de las construcciones en adobes, no van a quedar vestigios del Chile colonial. Esto me hace sufrir, soy miembro del Consejo de Monumentos Nacionales y sé cuánto esmero ha habido en preservar nuestro patrimonio..

Día lunes 1 de marzo, a mediodía, sigo sin internet, sin teléfono, sin agua, sin luz, sin gas. La villa “Luis Bisquert” de Ñuñoa, donde vivo, no ha sufrido daños mayores, pero sobre el bloque 11-C, edificio de cinco pisos hay una inmensa copa de agua cuya vieja matriz de fierro estaba oxidada y se reventó.

Hay que desconectar por completo la red que sube el agua a la copa (gran estanque de hormigón armado) y conectar los veinticuatro departamentos a la red de agua potable. La villa se compone de seis bloques similares con idéntico problema.

Se está a la espera de lo que decida la municipalidad de Ñuñoa para iniciar el trabajo a la brevedad. Se prolonga la espera y no llegan los técnicos.

Hubo que cortar el gas, porque hay escapes en los pisos superiores. Metrogas está avisada, pero no manda a sus técnicos.

Ni agua ni electricidad regular y suficiente, ni gas ni teléfonos, ni internet.

Se decreta toque de queda desde las 21 horas hasta las 12 horas del día siguiente en la zona devastada.

Martes 2 de marzo

Aún no se terminan de restablecer los servicios básicos.

Once mil ochocientos cincuenta y nueve soldados del ejército y dos mil doscientos treinta de la armada ocupan la zona. Se toman drásticas medidas contra saqueadores que desmantelaron supermercados..

Ha quedado en evidencia el mito de la “cultura sísmica” de la población que no estaba preparada para afrontar la catástrofe.

Falta maquinaria pesada para remoción de escombros.

Argentina envía cuatro hospitales de campaña, tres plantas potabilizadorasde agua, 400 toneladas de arroz, aceite, fideos, leche en polvo.

Bolivia nos manda agua que tanta falta hace. Llega el canciller David Choquehuanca con ayuda.

De Brasil llega el presidente Lula con hospital de campaña y demás ayuda.
Llega brigada médica cubana veintisiete facultativos.

De Estados Unidos llega Hillary Clinton con veinte teléfonos satelitales.

Llamo a una amiga del sector para pedirle me permita ir a su casa a bañarme. Es tajante: no, porque ella tiene alojados unos parientes. No comprendo en qué interferiría si me diera una ducha que non tardaría más de diez minutos…

Miércoles 3 de marzo

Falta agua sobre todo en la zona de catástrofe. Los camiones aljibes no dan abasto.

Quinto día sin agua ni electricidad regular y suficiente, ni gas ni teléfonos, ni internet. Mi único contacto con el mundo es el celular y una radio a pilas.

Vecinos me llenan un balde con la manguera que se riegan los jardines y me lo entran. No puedo cargar ni el menor peso.

Alcanzo a calentar un hervidor eléctrico para tomar té, luego, la luz se vuelve a cortar.

No aparecen funcionarios de Metrogas ni de VTR, pese a que se habían comprometido a venir y conectar los servicios.

Queda en evidencia que constructoras y funcionarios de municipalidades no respetaron las normas antisísmicas de construcción (las primeras datan del año 1929).

Las torres y edificios nuevos que se derrumbaron no tenían ni el fierro ni el hormigón armado ni obedecían a los cálculos de resistencia de materiales.

La Cámara de la Construcción, las municipalidades y el correspondientes sector público deberá catastrar los daños, tomar medidas correspondientes y asegurar rigor en las futuras construcciones.

Derrumbadas setenta y cinco sedes parroquiales y setecientas capillas (construcciones muy anteriores a la promulgación de las normas antisísmicas).

Han desaparecido los antiguos y muy pintorescos pueblos rurales cercanos a Santiago construidos en adobe y tejas.

En conferencia de prensa la presidente Michelle Bachelet señala que lo más grave en esta catástrofe, las fallas esenciales, fue la caída de todos los sistemas den comunicaciones y el daño al sistema de conectividad: habiéndose dañado caminos y vías, no sólo las cercanas a la principal Ruta 5 Sur sino las que están fuera.

Urge asegurar el sistema de comunicación según la más avanzada tecnología y mejorar la comunicación comunitaria.

Dos millones de chilenos quedaron sin techo. Urge construir viviendas. Estamos a las puertas del invierno. Nuestro pueblo damnificado necesita ropa de abrigo y frazadas.

Benito Baranda, funcionarios del Hogar de Cristo, dijo que se necesita ropa, pero ropa digna en buen estado. Para vergüenza de todos, hay gente “caritativa” que ha ido a donar bikinis, trajes de baño, ropa rota y sucia, desechos, hasta disfraces…

Son las 17.42.

Por fin suena el teléfono. Me llama mi hijo mayor.
Puedo abrir mi correo-e y recibir los mensajes que me han llegado en estosn días.
Agradezco las voces solidarias de Víctor Calderón, Luigi Cechietto y Walter Garib, más las de quienes me han escrito,

* Periodista y escritora. Dirige la revista digital de cultura Anaquel Austral (http://virginia-vidal.com).

 

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