Feb 6 2007
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Opinión

Chile. – LA COSECHA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Nuestros labriegos están generalmente felices. Siembran autos, cosechan millones; siembran glúteos, cosechan millones en ventas de cereales, bebidas, carne, mantequilla, jeans, juguetes, etc., etc.; siembran frivolidad en diarios, revistas y programas de televisión, y cosechan millones; siembran sensualidad en programas para adolescentes y cosechan millones; siembran símbolos de status y cosechan millones en ventas de departamentos lujosos, casas de mil metros cuadrados, viajes al extranjero, yates, etc., etc.; siembran apetencias y cosechan millones en intereses de casas comerciales, bancos y financieras; siembran precariedad laboral y cosechan millones

Siempre cosechan millones. No se pueden quejar.

Sin embargo, el otro día escuché a Checho Hirane y me pareció alejado de su careta de humorista. Sus palabras me olieron a tempestad. Dijo que ellos nunca llegarían a La Moneda –se refería a la derecha, y ellos eran él y ellos–, porque estaban manteniendo desinformados a los chilenos. Y éstos no se enteraban de las embarradas de la Concertación, corrupción incluida. La perorata fue larga, pero básicamente apuntó hacia el manejo frívolo de la realidad que hacen los medios de comunicación, abrumadoramente en manos de grupos empresariales de derecha.

Claro que tenía razón Hirane. Pero las consecuencias –la cosecha– son mucho más graves que no alcanzar la alternancia en el poder político. Y la responsabilidad no es sólo de la derecha.

Estamos ahogándonos con el aire malsano de una ciudad de calles atochadas y se siguen vendiendo miles de automóviles. Peor aún, se trata de implementar un sistema nuevo de transporte público y las críticas son apabullantes antes de que se estrene. El mensaje parece claro, ahoguémonos definitivamente, pero que la cosecha millonaria continúe. La sensualidad sirve para vender cualquier cosa y después se asustan porque hay que tratar de evitar el embarazo adolescente. Los símbolos de estatus dicen claramente que lo que importa es lo que tienes. Que el éxito es lo que vale. Por lo tanto, el fin justifica los medios. Y cuando cosechan corrupción, ponen el grito en el cielo.

El éxito y el hedonismo van de la mano. Y si el placer es lo que manda, los valores de la sociedad anterior están todos en entredicho. ¿Por qué Catalina Depassier se va a detener en la nimiedad de decir que es licenciada en Filosofía sin serlo? Total, Sebastián Piñera afirmó que era profesor de Harvard y ni siquiera llegó a ser ayudante.

¿Por qué el senador Guido Girardi, Sebastián Piñera y Lily Pérez no iban a presentar facturas falsas para justificar sus gastos de campaña, si muchos lo hacen y no sólo por platas destinadas a elecciones?

¿Por qué los jóvenes se van a interesar por la política, si muchos de los que se autodenominan demócratas rinden homenaje al sátrapa? ¿Por qué si desde el parvulario enseñan a los niños a competir, cuando grandes van a ser solidarios? ¿Por qué hay que creer en las instituciones si la Justicia hace diferencias entre ricos y pobres, si el Parlamento es más caja de resonancia de intereses personales que de los verdaderos problemas de la gente?

¿Por qué hay que creerle a los militares, cuando todos sabemos que mintieron y siguen mintiendo acerca del destino de los detenidos desaparecidos? ¿Por qué hay que creer en los Partidos Políticos, si son bolsas de trabajo y no correas de trasmisión para la participación ciudadana? Los chilenos podrán estar mal informados, pero tontos no son.

Hoy estamos en plena cosecha. Y los vientos han comenzado a soplar fuerte. Anuncian tempestades. Pareciera que el sistema fue ideado para esparcir semillas de vientos huracanados. Nadie de los que están en el poder lo quieren ver así. Ni siquiera Checho Hirane acierta completamente con su profecía. A él le preocupa el poder político. Lo que está en juego va más allá. Cuando quienes manejan poder sobornan para circular en camiones con más peso del permitido, no sólo están rompiendo el pavimento. Están destrozando un sistema de convivencia que se basaba en la buena fe, que rechazaba el robo no por la condena moral, sino porque importaba la honradez.

Ahora que unos pocos lo tienen todo y que muchos sólo miran el banquete, las cosas han cambiado. Porque esos pocos que manejan el poder hacen lo que se les antoja y aquellos muchos tienen nada que decir. Pueden, sí, mirar la tele e interesarse por las leseras de algún opinólogo (a) que muestra tanta pechuga como desfachatez –que en términos metafóricos vienen a ser lo mismo.

La cosecha no permite dictar normas morales. Ese es el problema principal. Nadie puede hablar de hambre mientras interrumpe su discurso con un eructo provocado por el exceso de proteínas y carbohidratos. Pocos le creerán. Y eso es lo que está pasando.

Cosechamos.

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* Periodista.

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