Sep 3 2010
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OpiniónPolítica

Chile: La sepultada clase obrera

Paul Walder*
La información adquiere en su flujo rasgos que parecen autónomos. Parece tener sus propias fuentes y receptores, sus propios ritmos, pausas, expansiones e hinchazones. Los mensajes fluyen fragmentados, desordenados, abultados. Levantan imágenes y crean iconos, algunos saturados, otros opacados y oscurecidos.

La tragedia minera, que el domingo 22 de agosto tuvo un primer gran hito, como un clímax en una estructura dramática, apunta a convertirse en un evento televisivo inédito: inaugura un nuevo género. Del informativo, la crónica, el reportaje, pasamos al reality show, al espectáculo modelado como realidad. Lo que observamos ahora es la realidad canalizada cual espectáculo.

No es que la realidad mediatizada diariamente no esté elaborada como espectáculo: es lo que vemos cada día en cualquier informativo de televisión. La diferencia es que asistimos a un nuevo formato: una tragedia emitida en directo bajo la lógica del espectáculo, que es también la del mercado. Un mensaje que en su flujo y circulación se hincha y crece, arrastrando, pero también creando, otros múltiples mensajes que a su vez se fragmentan en rumores, opiniones, declaraciones, evaluaciones, antecedentes, estadísticas o reflexiones.

Una masa informativa que gira, se tuerce, sale de los medios y modela en el ciudadano una opinión, que es su pensamiento, ánimo o creencias. Los medios crean una percepción de la realidad que coloca en el centro del interés y comportamiento público este evento. Apasiona, moviliza, exalta las conductas. Millares gritaron de júbilo el domingo 22 de agosto y salieron a las calles a celebrar con banderas y accesorios carnavalescos frenta a la carencia de otras vías de expresión ciudadana ante tan singulares sucesos. Otros muchos viajaron hasta la mina como curiosos, turistas y oportunistas.

La tragedia ha tomado el ritmo y la lógica del espectáculo, con sus protagonistas y antagonistas, sus víctimas, sus causas y sus efectos. Una gran representación observada por millones de miradas que en su curso, en sus acciones y reacciones, forman una opinión pública, un clima ciudadano que puede ser ordenado, organizado y medido.

La mediatización de esta tragedia minera tiene elementos profundamente complejos, que van desde la ausencia inicial de los mineros a su extraña actual condición, una presencia oscura, opaca, imaginaria, pero también de clausura, reclusión, marginación y vulnerabilidad. Aquí hay sin duda más omisión que representación: de cierta manera en torno a ellos lo que hay son fragmentos, retazos, recuerdos, textos e imágenes recortadas.

En la ausencia de los malogrados protagonistas y en la patética carencia de interlocutores válidos de su actividad, gremio o clase, ha sido el gobierno quien les ha arrebatado el protagonismo. Ni ellos, ni los perdidos sindicatos, ni los familiares (más sacrificados que las propias víctimas) han podido instalarse como representantes o vicarios de los 33 mineros. Esta ausencia, esta debilidad, esta incapacidad de hablar y actuar le ha entregado al gobierno no sólo todas las acciones y decisiones, sino también las interpretaciones y opiniones.

El gobierno ha tomado la palabra por los ausentes, por los “sin voz”, por los pobres. El presidente Sebastián Piñera se ha encargado de apuntar hacia los empresarios culpables de la tragedia, de clamar por la falta de seguridad laboral, en tanto sus ministros han advertido a la ciudadanía que no habrá “impunidad” ante las responsabilidades. La lógica del espectáculo de masas ha levantado nuevos héroes nacionales ante el clamor de la multitud.

La primera señal de vida de los mineros fue entonar la canción nacional de Chile y gritar ¡Ceacheí! Tal vez en otros tiempos y condiciones otros obreros hubieran cantado La Internacional. Esta reclusión, esta oscuridad, esta dependencia de la superficie es también una representación de una clase obrera inexistente como tal, que en su remedo se expresa como simple pobreza, como trabajadores vulnerables, fragmentados y mudos.

Tal vez en otros tiempos un drama de esta naturaleza, cuyas causas son lo suficientemente directas, hubiesen estimulado a masivas protestas callejeras. El único que hoy protesta, en un evidente paternalismo, es el gobierno. El empresario Sebastián Piñera, levantado por los medios como la gran figura justiciera nacional, hará rodar las cabezas de aquellos malos empresarios y funcionarios corruptos. Sólo él decide qué hacer y cómo se hace.

El abultamiento de los mensajes en medio de la retórica del espectáculo permite también la filtración de otras miradas y discursos. Es posible que trascienda la inmediatez y se acumule como una realidad en la percepción ciudadana la inseguridad laboral, levantada por el propio presidente.

Porque si hay inseguridad, hay también maltrato y abuso, condiciones percibidas a ambos lados de las pantallas de los medios de comunicación. Del mismo modo como el gobierno pasado pudo colocar el maltrato familiar y el machismo como estigmas sociales reconocidos por la ciudadanía, tal vez la mediatización de este evento por el gobierno coloque como lacras el maltrato y abuso en los trabajos. Sin una clase obrera activa, con nuestra historia social y sindical olvidada, la pregunta es, ¿por qué lo hace un presidente-empresario? ¿Cuál es el sentido y cuáles los límites del espectáculo?
 
*Publicado en “Punto Final” edición Nº 717, 3 de septiembre, 2010

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