May 9 2011
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Política

Chile, primera curva en el proceso del futuro cambio de gobierno

Nicolás Gomarro.*

Por esas cosas del "chilean way", el periodo presidencial se extiende en este país por cuatro años sin posibilidad de reelección del primer mandatario. Con lo que resulta que  en el segundo año, cuando el Ejecutivo —que concentra al menos en lo formal la mayor proporción del poder republicano— inicia verdaderamente la gestión de sus equipos políticos y burocráticos, se inician también los aprontes para la próxima elección presidencial.

En el caso actual, mientras el presidente Piñera recién comienza a tomar nota de los errores o ligerezas que se cometieron en distintos ámbitos —que desencadenaron otros tantos escándalos políticos y de torpezas, ineficiencias o asaltos al Fisco derivados de la administración de la cosa pública— , las fuerzas políticas distienden la musculatura con miras a la renovación del Poder Ejecutivo.

Asoman aquí y allá "pre futuros candidatos", se discuten medios para designarlos o solemnizarlos como tales y, en general, las pequeñas (en algunos casos muy pequeñas) células grises de dirigentes, pretendidos líderes, expertos en una cosa u otra —o en nada— afilan hachas y ensayan pasos de esgrima. A la ciudadanía se le hace difícil distinguir cuándo las y  los notables se refieren a los asuntos de Estado o de intereses sectoriales, si esos asuntos los ocupan porque son asuntos de los que debe ocuparse la alta política o si  son meros temas para cobrar alguna notoriedad.

Probablemente, por tanto, el tercer año del gobierno de Piñera semejará a un cruce de vientos, remolinos, polvo suelto, voces tronantes, algún gesto ampuloso, chismes, anécdotas y otros cotilleos más cerca de lo que ocurre durante un sarao o un paseo campestre que cuando se deben discutir los lineamientos por los que debe transitar ese aparato de organización jerárquica y dominación que es, grosso modo y esencialmente, el Estado.

Tal vez eso se deba a que ninguno de los dos grupos de presión nacionales existentes —gobierno y oposición, Alianza y Concertación— difieren, salvo en detalles, acerca del sistema de valores (jurídicos, culturales, económicos…) que estructura a la sociedad chilena. Las grandes querellas políticas de antaño se han vuelto ni rescoldo de las hogueras entonces encendidas; la pobreza intelectual campea del mismo modo, y a veces de la misma forma, por lo que se puede apreciar, ya en las aulas escolares, ya en los concejos municipales, ya en la reuniones de gabinete, ya en las sesiones del Congreso de la República.

La consigna parece ser "removámoslo todo para que no se note que no queremos ordenar nada". Y la basura bajo las alfombras de los negoicios.

Un caso ejemplo señero de la descomposición política lo da el conglomerado —o lo que queda de él— de los partidos integrantes de la Concertación; en su seno se discute la conveniencia de avanzar hacia la designación del candidato que llevará sus banderas cuando la elección presidencial por la sucesión del actual presidente, para de inmediato cerrarse a la posibilidad de un debate amplio que ponga a la ideología que dice animarlos  sobre sus pies con el objeto de establecer un programa para el país.

No. Ojalá todo a puertas cerradas, tal vez whisky en mano o Merlot en el buche; lo que antes se llamaba "las masas" (el pueblo, o sea) tendrán a posteriori el alto honor de agachar la cebza y decir "sí". Y por si fu era poco, allá va el proyecto de ley qu e dificultará aún  más la participación real en la lucha por el poder a los sectores emergentes de la política —y a las candidaturas independientes de los grandes partidos.

Los  mismos gusanos generados por la corrupción de la política se gestan entre los aliancistas. Las cosas deben transcurrir en un huerto privado, o como entre cadenas farmnacéuticas que se coluden para establecer los precios.

Y los sectores independientes (de esos dos bloques: los que cerraron filas alrededor de Marco Enríquez-Ominami, que apoyaron a Jorge Arrate, que quisieron encolumnarse detrás de Alejandro Navarro o incluso las mínimas huestes de la candidatura femenina de izquierda cuando los últimos comicios), callan o en forma casi mendicante apelan al Presidente de la República para que vete esa eventual ley "antidíscolos". Cierto, ojalá se practique la política con buenos modales, pero los buenos modales no son un arma de la polìtica.

Cabe pensar ¿cuándo se conocerá el próximo escándalo de alguna intendenta, de algún ministro que confundió la res pública con una res nullius —y quiso llevársela a casa, con las mejores intenciones de hacerlo mejor? ¿Cuándo otro parlamentario o alto funcionario intentará recorrer las carreteras sin respetar los límites fijados —o fornicar dentro de su automóvil como al acaso del qué me importa en un a calle pueblerina?

Como contrapeso al péndulo triste de un reloj detenido, el único acto decente atribuible a un político en los últimos días fue el de Enríquez-Ominami al reivindicar su amistad y entendimiento con el empresario Max Marambio, caído en desgracia en la Cuba de Raúl Castro; MEO fue claro, sencillo, directo, no buscó los habituales subterfugios para decir seis frases hechas sin decir nada. Se jugó por su compañero de ruta, algo que no se ve en Chile desde que empezó la penumbra sanguinaria de la dictadura militar-cívica de 1973.

Mientras, las campanas parece van a doblar por Aysén (el Aysen de los primeros colonos) al aprobarse, casi con absoluta seguridad, las cinco represas para dar energía eléctrica a 2.700 kilómetros de distancia.

Luego las mismas y otras campanas sonarán las decenas de miles de metros cuadrados necesarios para construir las torres y el tendido de la alta tensión a través de esos 2.700 kilómetros mirados en línea recta en un mapa escolar. El consejo no es, como en las novelas policiales, buscar a la mujer (o al mayordomo infiel); en este caso bastará preguntarse quiénes salen ganando…
 

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