Jun 3 2008
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Opinión

Cristianismo, socialismo y revolución

Miguel Guaglianone, Barómetro Internacional

El pensamiento cristiano tiene desde sus mismos orígenes y según nuestras definiciones contemporáneas, un contenido profundamente revolucionario y socialista. Revolucionario en su carácter de propuesta de cambios del status quo imperante, dentro de un marco de justicia social “todos los hombres son iguales a los ojos de dios”. Y socialista en el sentido del amor al prójimo, “querrás al prójimo como a ti mismo”, que manifiesta el sentido de la otredad, como lo calificaríamos hoy, y que es la base de la solidaridad y fraternidad entre los hombres.
 
La propia crucifixión de Jesús de Nazareth fue una consecuencia de su acción política, confrontadora de los poderes establecidos, en aras de una nueva forma de vivir el mundo y orientada hacia el pueblo. De ahí, su identificación con los pobres “más fácil entrará un camello por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos”. Aún a través de unos Evangelios depurados a las conveniencias sociales y políticas de la institución Iglesia, dos mil años después, la esencia del mensaje transformador sigue incólume.
 
Los primeros cristianos, “cristianos primitivos” como gusta calificarlos a cierta manera conservadora de ver el mundo, aplicaron para todas sus posesiones materiales una distribución “socialista” y ejercieron una solidaridad y fraternidad que les permitió enfrentar unidos las persecuciones.
 
De los innumerables ejemplos históricos dónde los cristianos ejercieron estas acciones, podemos nombrar como destacado a las Misiones Jesuitas Guaraníes, establecidas en el Siglo XVII, en territorios de Paraguay, Argentina y Brasil. Allí la Compañía de Jesús, en la realización de su tarea misionera de llevar a los indígenas la palabra de dios, promovió y alentó sus costumbres primigenias, estableciendo una organización social y una economía colectivas, de absoluto éxito. De tal éxito que la producción de las Misiones exportaba productos agrícolas y artesanales hacia el resto de América a costos bajos y en cantidades importantes. Esta producción se lograba con el trabajo de seis días a la semana, seis horas diarias, a diferencia del régimen de 12 horas sin días libres que se empleaba en las Encomiendas. El sistema de producción “socialista” permitía excedentes para el incremento individual y colectivo de la calidad de vida, y para los tributos a la Iglesia y al reino. Esta capacidad fue uno de los factores que colaboraron con la destrucción violenta de las Misiones, a partir de la presión a los reinos de España y Portugal de los encomenderos de América, que veían en las misiones una competencia que no podían enfrentar,
 
En el Siglo XIX, cuándo con la incorporación de la máquina a la producción, florece el capitalismo industrial, y aparece como un sub-producto de esta situación la nueva clase social de obreros semi-esclavizados que viven en condiciones marginales en las grandes ciudades donde se concentra la producción fabril, nacen como respuesta los movimientos sociales y las concepciones revolucionarias que enfrentan al despiadado sistema imperante.
 
Junto a las nacientes propuestas de marxistas, socialistas y anarquistas, en la última mitad del siglo XIX, aparece en escena el pensamiento de Leon Tolstoi, a sumarse a las propuestas transformadoras para una sociedad más justa e igualitaria. Conocido sobre todo como uno de los grandes pilares de la literatura rusa del Siglo XIX, su pensamiento revolucionario ha sido dejado de lado y hasta escondido, primero por una nobleza rusa que lo consideraba un traidor, por una Iglesia Católica Ortodoxa que llegó a excomulgarlo, por una revolución bolchevique para la cual sus propuestas eran demasiado “libertarias” y finalmente por un mundo occidental que prefiere verlo como un literato y no como un filósofo revolucionario. Nacido en la más alta aristocracia rusa, perteneciente a una de las familias nobles emparentadas con la realeza zarista, el conde Tolstoi, en la medida que tomaba conciencia de la injusticia de una sociedad zarista que trataba a los pobres como siervos y cuya aristocracia era decadente, fue progresivamente convirtiéndose en un defensor del derecho de los individuos y un crítico agudo de toda estructura de poder que sirviera para la dominación. Partiendo del precepto cristiano del amor al prójimo, sus propuestas sociales tenían que ver con el compartir, vivir y producir colectivo, y con la horizontalidad del poder entre los hombres. Enemigo de la violencia, llegó a tener correspondencia con el joven Gandhi, con el cual mantuvo asiduo contacto mientras éste estudiaba en Sudáfrica, y constituyó una influencia importante en las teorías de resistencia no violenta que más tarde el Mahatma desarrollara y ejerciera hasta conseguir la independencia de la India. Sus propuestas fueron reconocidas por grandes pensadores de la época y algunos anarquistas llegaron a considerarlo un par (Kropotkin lo nombra en su artículo sobre anarquismo para la Enciclopedia Británica de 1911).
 
Pensamiento revolucionario cristiano vs. Iglesia
 
El pensamiento revolucionario cristiano ha debido enfrentar no sólo los poderes políticos establecidos, sino también un enemigo muy particular, la propia Iglesia Católica (tanto la romana como la ortodoxa). Esta Iglesia, que comienza a consolidarse en el Concilio de Nicea en el año 323, bajo la égida del Emperador Constantino, que proporciona los parámetros sociales, culturales y éticos de la sociedad europea durante toda la Edad Media y que a partir del Renacimiento, como consecuencia de la secularización y mercantilización de la Cultura Occidental, debe tratar de obtener para sí el poder social y político que le permitiera sobrevivir, fue convirtiéndose, de portadora del mensaje cristiano, en una institución social cuyos intereses particulares se fueron colocando por delante de su ideología.
 
La Iglesia Católica es una institución que ha sobrevivido durante casi dos mil años, posiblemente junto al faraonato egipcio y al imperio chino, sea de las instituciones sociales más longevas en el conjunto de civilizaciones desarrolladas por los seres humanos. Uno de las características de las instituciones sociales longevas es su cristalización (resistencia a los cambios).
 

Si unimos estos dos factores, una institución con gran resistencia a los cambios sociales (a los cuales ha respondido sólo después de verse conmocionada, ver como ejemplo la Reforma y Contrarreforma); y la prioridad en los intereses de la propia institución (un ejemplo digno de estudio es estudiar la historia de los concilios ecuménicos y ver como sus decisiones responden a las situaciones y a las necesidades particulares de la Iglesia y su rol en la sociedad en cada época, y como el dogma cristiano de la Iglesia va conformándose de acuerdo a esas necesidades: divinidad de Jesús en 451, existencia del espíritu santo y divinidad de María en 553, etc.), nos encontramos como poco a poco lo institucional fue alejándose de la esencia contestataria y popular del mensaje de Jesús.
 
Los integrantes de la Iglesia que tomaron el partido de la lucha social y la reivindicación de los intereses de los más pobres, así como la intención de lograr cambios profundos en la sociedad, han sido combatidos duramente por la jerarquía eclesiástica en distintas épocas, jerarquía que ha ido progresivamente transformándose en aliada y socia de los poderes establecidos en aras de su supervivencia y la de la institución.
 
Durante la mitad del siglo XX, los cristianos revolucionarios debieron realizar sus acciones de apoyo a los pobres y de cambios sociales desde abajo, desde la acción cotidiana individual y corriendo siempre el riesgo de la represión desde la propia jerarquía (no olvidemos que la Iglesia Católica es una institución en algún sentido tan vertical como el ejército). ¿Quién no ha conocido alguna vez el ejemplo de esos curas de parroquia, resteados por su comunidad, con una vida de empeño y sacrificio para el mejoramiento de las condiciones de vida de los pobres, enfrentados a sus propios superiores en esa tarea?
 
En 1962, el Papa Juan XXIII, que había llegado al trono de Pedro en 1958, convocó el Concilio Vaticano II, con los objetivos de promover el desarrollo de la fe católica, lograr una renovación moral de la vida cristiana y adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y métodos de los tiempos. La crisis de una doctrina católica que tenía cada vez menos peso en una Sociedad Occidental que desde el Renacimiento se había venido haciendo cada vez más secular, materialista e individualista, llevaban a la Iglesia a intentar un “aggiornamiento”, una puesta al día con la sociedad en la cual estaba inmersa y de la cual fue una vez su espíritu rector, liderada en ese momento por un hombre que entendía muy bien el problema.
 
Este Concilio fue para la Iglesia “revolucionario”, intentó su regreso al seno del pueblo, la apertura de los rituales y la búsqueda de las propuestas originales del cristianismo. Las propuestas surgidas en sus deliberaciones permitieron un “aflojamiento” institucional, que amparó el surgimiento en su propio seno de corrientes renovadoras.
 
La teología de la Liberación
 
Esas corrientes renovadoras cristianas aparecen en la década de los ’60, un tiempo de profundas convulsiones en la sociedad occidental. Movimientos estudiantiles y obreros, hippies, guerrillas y revolución armada, guerra de Vietnam, Revolución Cubana. La Guerra Fría en su punto más caliente.
 
Junto a otros movimientos sociales transformadores, resurgen también los cristianos. Se dan a nivel mundial, pero sin embargo es en América Latina dónde con más fuerza se gesta un movimiento cristiano transformador. No es una casualidad, el cristianismo llegó a América de la mano con la conquista española y portuguesa. La cruz se alió a la espada para durante más de 400 años devastar los territorios latinoamericanos. Genocidio, depredación y misión católica se dieron la mano para formar la historia trágica de nuestro continente mestizo. Y sin embargo, la transculturización provocada por el cristianismo oficial generó una respuesta propia de parte de nuestras culturas nacientes.
 
Desde Brasil, la vida, obra y palabra señeras de Dom Hélder Camara, obispo de Olinda y Recife (nombrado pocos días después del golpe militar) marcaron primeros pasos de un camino de lucha por los humildes y contra los autoritarismos. Su lucha contra la injusticia, la exclusión y la mentira lo llevó a enfrentar no sólo los profundos problemas de su pueblo, sino a la jerarquía eclesiástica y a la férrea dictadura militar de su país. Decía: "Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista."
 
En todo el continente el movimiento va tomando fuerza, y en 1968, en Medellín, Colombia, se reúne la cuarta conferencia del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) que agrupa a sacerdotes y laicos de todo el continente. Las conclusiones de su deliberaciones reflejan un compromiso central con los pobres y excluidos, y la búsqueda de una lucha por la justicia social.
 
En algunos países dónde la violencia era extrema en esos momentos, algunos de los representantes del cristianismo toman las armas junto a las guerrillas. En Colombia, Camilo Torres, luego de llegar a liderar un movimiento social transformador, perseguido por la jerarquía de la iglesia y por la derecha oligárquica que amenaza su vida, cuelga los hábitos y empuña las armas junto al ELN, muriendo heroicamente en combate en febrero de 1966. No fue el único, una década después el sacerdote Gaspar García Laviana cae peleando en la Revolución Nicaragüense. A pesar de que el combate cristiano ha estado signado por la no violencia, estos ejemplos muestran como la lucha por la justicia desde el punto de vista cristiano no exceptúa el ejercicio de la violencia en algunos casos (no olvidar que Jesús echó a latigazos a los mercaderes del templo).
 
En 1973 el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez Merino edita el libro Historia, política y salvación de una teología de liberación, y a partir de allí el nombre de Teología de la Liberación es adoptado para englobar estos movimientos cristianos. El mismo Gustavo Gutiérrez explica que una teología de la liberación no es el desarrollo conceptual de una teoría global, sino que sus conclusiones derivan de una práctica y compromiso de trabajo por y con los excluidos, de rechazo a la pobreza y la injusticia. A diferencia del marxismo (y cercana en ese aspecto a las posturas libertarias) la visión de la Teología de la Liberación no es una teoría de explicación, parte de una visión ética del mundo. Los valores fundamentales como el amor y el sentido de justicia, colocan a sus militantes en una actitud que los lleva a desarrollar acciones sociales transformadoras, y de esas propias acciones va decantando toda conceptualización posterior.
 
La muerte temprana de Juan XXIII colocó al frente de la Iglesia a Pablo VI. A pesar de considerarse un sucesor de la tarea renovadora, Giovanni Battista Montini fue más moderado y conservador y contuvo los movimientos más radicales dentro de la Iglesia. Aunque para ser justos, también enfrentó a la extrema derecha en su institución, representada por Monseñor Lefebvre y emitió una encíclica, la Populorum progressio, reconociendo el subdesarrollo y la pobreza como problemas fundamentales de nuestro tiempo.
 
En 1978 a la muerte de Pablo VI, y luego del breve pontificado de 33 días de Juan Pablo I (cuya muerte repentina desató oscuras hipótesis), es nombrado papa Juan Pablo II. Reconocido militante anticomunista en su Polonia natal, experto en medios de comunicación e imagen –fue actor en su juventud- este hombre logró en su extenso reinado (26 años) generar la imagen del papa “bueno”, amante de los niños y los jóvenes. Diplomático y viajero incansable (se le conoció como el Papa Peregrino), logró que el Vaticano más que duplicara el número de países con que mantiene relaciones diplomáticas, realizó acercamientos hacia las otras religiones, se reunió con Gorbachov y Fidel Castro, emitió catorce encílicas sobre los más variados temas, y al fin de su papado se opuso frontalmente a la guerra de Irak.
 
Sin embargo, a pesar de haber sido uno de los organizadores e impulsores del Concilio Vaticano II, como máxima autoridad de la Iglesia impulsó el resurgimiento en su seno de los movimientos ultraconservadores como el Opus Dei, y desplegó toda su energía para acabar con la Teología de la Liberación.
 
Comisionó a la Congregación de la Doctrina de la Fe (la vieja Santa Inquisición) para estudiar la Teología de la Liberación. Su prefecto o máxima autoridad era el entonces cardenal Joseph Ratzinger (hoy papa Benedicto XVI). Esta autoridad eclesiástica emitió dos estudios sobre la Teología de la Liberación, Libertatis Nuntius y Libertatis Conscientia, que condenaron esta visión del mundo, declarándola opuesta a la visión de la Iglesia Católica. La lectura de ambos documentos muestra claramente como el análisis se realizó desde el punto de vista más conservador y reaccionario de la institución. El principal apoyo de sus conclusiones es que la Teología de la Liberación enfrenta los preceptos de la Iglesia (no los del cristianismo), preceptos decantados a través de un historia de defensa de los intereses de ésta. En ellos podemos leer argumentos como éste: “Decir que Dios se hace historia, e historia profana, es caer en un inmanentismo historicista, que tiende injustificadamente a identificar el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación meramente humana, lo que está en oposición con la fe de la Iglesia.”
 
El combate contra la Teología de la Liberación por parte de la Iglesia no sólo se dio en el orden teológico. Obispos y sacerdotes fueron perseguidos, trasladados, silenciados con el peso de la autoridad.
 
Esta situación se desarrolló en un contexto internacional de auge del neoliberalismo, caída de la Unión Soviética, fin de la Guerra Fría, ascenso del poder hegemónico de los Estados Unidos, cercamiento de las culturas musulmanas y asiáticas y retroceso de todos los movimientos progresistas en el planeta. Circunstancias que llevaron a Fukuyama (hoy arrepentido) a proclamar el “fin de las ideologías” y el “fin de la Historia”.
 
El futuro está naciendo
 
Pero el ingreso al Siglo XXI está volcando las tornas, la resistencia sobre todo de la cultura musulmana a la agresión de Occidente, el ascenso de los movimientos sociales y la aparición en Latinoamérica de gobiernos progresistas que estimulan la integración y la independencia frente a la hegemonía norteamericana y europea, ha colocado nuevamente en el tapete a la Teología de la Liberación como una forma más de avanzar hacia la justicia social y la conformación de una nueva sociedad.
 
A pesar que el ascenso al papado de Benedicto XVI representa un paso más hacia la derecha conservadora de la Iglesia Católica, y la represión interna hacia aquellos que intentan cambios sociales continúa (un ejemplo es la condena a “un año de silencio” al teólogo brasilero Leonardo Boff, y su posterior alejamiento de los hábitos); sacerdotes y laicos cristianos están tomando cada vez con más fuerza el partido de los humildes.
 
Para aquellos que creemos imprescindible la creación de un nuevo mundo, que estamos empeñados en lograrlo generando una alternativa nueva, nuestra, diferente, la referencia al cristianismo revolucionario, motorizado por el amor al prójimo, es ineludible. El pensamiento, los hechos, vidas y acciones de aquellos que han sacrificado esfuerzos y vida en generar cambios hacia un mundo mejor desde la visión cristiana, constituyen elementos indispensables para nuestra comprensión y el forjamiento de un futuro mejor.
 
 

 

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