Jun 2 2010
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Cultura

Cuando podían ser la razón y la esperanza: Marcuse habla sobre Israel

Nicolás González Varela.*

Marcuse y el Estado de Israel: La relación de Marcuse con Israel estuvo siempre condicionada por un fuerte componente emocional y personal. Marxista alemán de origen judío, obligado a dejar Alemania a causa del régimen nazi, y a instalarse en Estados Unidos, Marcuse siempre consideró la defensa del Estado de Israel como condición de cualquier solución pacífica del conflicto israelo-palestino, como la única garantía contra la repetición del genocidio y de las diferentes formas de persecución que los judíos padecieron a lo largo de siglos.

Introducción
"La fundación de Israel como Estado autónomo —explicaba Marcuse al movimiento estudiantil alemán poco después de la guerra de los Seis Días— puede ser considerada ilegítima en la medida en que se produjo gracias a un acuerdo internacional, sobre un territorio extranjero y sin tener en cuenta a la población local ni su destino. Pero esa injusticia no puede ser reparada con otra injusticia. El Estado de Israel existe y es necesario hallar un terreno de diálogo y de comprensión con el mundo hostil que lo rodea".[1]

En contra de las posiciones sionistas ortodoxas —cuyos riesgos implícitos de racismo subraya, en la medida en que sostienen tener a Dios de su lado— el judaísmo de Marcuse está sin embargo libre de todo prejuicio doctrinario y religioso.

Al contrario, se basa en una sensibilidad absolutamente política ante la opresión que sufrió bajo el régimen nazi, cuando "ser judío" significaba objetivamente "ser de izquierda", ser una metáfora viva de todas las formas históricas de opresión sufridas por la humanidad.[2] Por ese motivo, Marcuse no puede dejar de sentir cierta incomodidad respecto de las formas concretas bajo las cuales el Estado de Israel se constituyó y continúa defendiendo su propia existencia:

"La difusión de la libertad es lo opuesto del imperialismo. No consiste en la expansión de una nación y del interés nacional, sino en la liberación lograda gracias al esfuerzo de todas las personas sometidas a un régimen opresivo (…) Sólo un mundo árabe libre puede coexistir con un Israel libre"[3].

En una situación de lucha por la supervivencia y bajo la permanente amenaza de un conflicto armado, ese "sueño" de paz debe concretarse también en un programa político: "La creación de un Estado nacional palestino junto a Israel", primer paso hacia "la coexistencia entre israelíes y palestinos, judíos y árabes, en igualdad de derechos en el seno de una federación socialista de Estados del Medio Oriente". En efecto, la coexistencia de ambos pueblos no será posible si una de las dos naciones elimina a la otra.

En la medida en que la fuerza política y militar de Israel es claramente superior, es a él a quien corresponde favorecer ese proceso. Resulta triste comprobar que treinta años después, no se ha aplicado todavía la solución del problema que Marcuse presentaba como pasajero. Hoy en día, ante la nueva escalada de violencia y represión, es una esperanza lejana. Por lo tanto, las reflexiones del filósofo constituyen un mensaje de total actualidad, dirigido a todos los que desean que se materialice el sueño de paz en Palestina, a fin de que "introduzcan dentro de la lucha por la seguridad de la nación, la lucha por la libertad de todos".[4]

Raffaele Laudani y Peter-Erwin Jansen, responsables de las ediciones en italiano y en alemán, respectivamente, de las obras inéditas de Herbert Marcuse.

El texto de Marcuse

Muchos amigos, entre ellos muchos estudiantes, me pidieron que diera mi opinión . Les responderé por medio de esta declaración. Se trata de una opinión personal, basada en las conversaciones que mantuve con numerosas personas, judías y árabes, en diferentes regiones del país, y en una abundante lectura de documentos y de fuentes secundarias. Soy plenamente consciente de sus límites, y la propongo como simple contribución a la discusión.

Creo que el objetivo histórico que motivó la fundación del Estado de Israel era prevenir la reaparición de campos de concentración, de pogroms y de otras formas de persecución y de discriminación. Adhiero totalmente a ese objetivo, que a mi entender forma parte de la lucha por la libertad y la igualdad de todas las minorías étnicas y nacionales en todo el mundo.

En el actual contexto internacional, la prosecución de ese objetivo presupone la existencia de un Estado soberano, capaz de acoger y proteger a los judíos perseguidos o que viven bajo la amenaza de persecuciones. Si ese Estado hubiera existido cuando el régimen nazi llegó al poder, hubiera impedido el exterminio de millones de judíos. Si ese Estado hubiera estado abierto a otras minorías perseguidas, incluyendo las víctimas de las persecuciones políticas, hubiera salvado aún más vidas.

Teniendo en cuenta esos hechos, nuestra discusión debe basarse en el reconocimiento de Israel como Estado soberano y en la consideración de las condiciones en que el mismo fue fundado, es decir, la injusticia que se cometió contra la población árabe nativa.

La creación del Estado de Israel fue un acto político (political Act), que pudo concretarse gracias a las grandes potencias, porque se inscribía en la prosecución de sus intereses. Durante el periodo de implantación, previo a la instauración del Estado, y durante la instauración misma, los derechos y los intereses de la población nativa no fueron respetados como se debía.

La fundación del Estado judío implicaba, desde el comienzo, el desplazamiento del pueblo palestino, en parte a la fuerza, en parte bajo presión (económica y de otro tipo) y en parte "voluntariamente". La población árabe que se quedó en Israel, se vio reducida a una situación económica y social de ciudadanos de segunda clase, y ello a pesar de los derechos que le fueron acordados.

Las diferencias nacionales, raciales y religiosas, se convirtieron en diferencias de clase: la antigua contradicción resurgió en la nueva sociedad, agravada por la fusión entre el conflicto interno y el externo.

En todos esos aspectos, el origen del Estado de Israel no difiere fundamentalmente del que tuvieron casi todos los Estados en el curso de la historia: instauración por medio de la conquista, ocupación y discriminación.

El reconocimiento de las Naciones Unidas no cambia nada, simplemente oficializa de facto la conquista.

Cuestión: "Una vez que se acepta ese hecho consumado y el objetivo histórico fundamental que se fijó el Estado de Israel, se plantea la cuestión de saber si ese Estado, tal como está constituido en la actualidad, y con la política que desarrolla, está en condiciones de alcanzar su objetivo sin dejar de ser una sociedad progresista que mantiene relaciones pacíficas normales con sus vecinos."

Responderé a esta cuestión refiriéndome a las fronteras de Israel tal como existían en 1948. Cualquier anexión, sea cual fuere el modo en que se la realice, permite suponer, en mi opinión, una respuesta negativa. Significaría que Israel sólo podrá garantizar su supervivencia transformándose en una fortaleza militar en medio de una amplia zona hostil, y que su cultura material e intelectual quedará sometida a crecientes exigencias militares.

El carácter peligrosamente precario y efímero de semejante solución es más que evidente. Alguna superpotencia —o alguno de sus satélites— pueden existir en tales condiciones durante mucho tiempo, pero esa posibilidad queda excluida en el caso de Israel, debido a sus dimensiones geográficas y a la política de las superpotencias en materia de armamentos.

Si partimos de la situación actual, la primera condición previa para llegar a una solución es un tratado de paz con la U. A. R. [República Árabe Unida, Egipto]; un tratado que incluya el reconocimiento de Israel y el libre acceso al canal de Suez y al Golfo de Akaba y una solución al problema de los refugiados. Personalmente creo que es posible negociar ese tratado ahora, y que la respuesta de Egipto a la misión Jarring (15 de febrero de 1971) proporciona una base aceptable para entablar negociaciones inmediatamente.

Egipto exige antes que nada que Israel se comprometa a retirar sus fuerzas armadas del Sinaí y de la Franja de Gaza. La creación de una zona desmilitarizada, bajo la protección de una fuerza de la ONU, permitiría contrarrestar la eventualidad de un ataque árabe devastador al que esa retirada dejaría expuesto a Israel, en opinión de algunos.

El riesgo a correr no me parece mayor que el permanente peligro de guerra que existe en las condiciones actuales. La potencia más fuerte puede permitirse hacer las concesiones más importantes, y en este momento Israel es esa potencia más fuerte.

El estatuto de Jerusalén podría ser el obstáculo más importante a un tratado de paz. Un sentimiento religioso profundamente arraigado, del cual se aprovechan constantemente los dirigentes, hace que sea inaceptable para los árabes (¿y para los cristianos qué?) que Jerusalén sea la capital de un Estado judío. Una solución alternativa podría consistir en colocar la ciudad, una vez reunificada —Este y Oeste—, bajo administración y protección internacional.

Sobre el reasentamiento de los refugiados palestinos:

En su respuesta, los egipcios reclaman además una "solución justa al problema de los refugiados, en conformidad con las resoluciones de las Naciones Unidas". La formulación de esas resoluciones [entre ellas la Security Council N° 242] da lugar a diversas interpretaciones, y en tal sentido también debe ser objeto de negociaciones. Evocaré solamente dos posibilidades [o la combinación de ambas] sugeridas durante las conversaciones que mantuve con personalidades judías y árabes:

1. Regreso a Israel de los palestinos que fueron desplazados y que desean retornar. Esta posibilidad está limitada de antemano en la medida en que las tierras árabes se convirtieron en tierras judías y los bienes árabes en bienes judíos. Este es otro hecho histórico que no se puede revertir sin cometer un nuevo daño. El perjuicio podría ser atenuado si esos palestinos pudieran instalarse en tierras aún disponibles y/o si se les ofrecieran equipamientos adecuados y reparaciones.

Esa solución es rechazada oficialmente por Israel con el argumento —en sí correcto— de que semejante regreso transformaría rápidamente la mayoría judía en una minoría, y así quedaría aniquilado el objetivo mismo de la creación del Estado judío. Ahora bien, yo creo que es precisamente la política dirigida a garantizar una mayoría permanente la que está, intrínsecamente, destinada al fracaso. La población judía está condenada a seguir siendo una minoría en medio del amplio conjunto que forman las naciones árabes, de las cuales no puede separarse indefinidamente sin volver a caer en las condiciones de un gueto a gran escala.

Israel seguramente podrá mantener una mayoría judía por medio de una agresiva política de inmigración, que en contrapartida reforzará constantemente el nacionalismo árabe. Pero Israel no podrá existir como Estado de progreso si continúa viendo en sus vecinos al enemigo, el Erbfeind. El pueblo judío no hallará una protección duradera en la existencia de una mayoría replegada sobre sí misma, aislada y temerosa, sino sólo en la coexistencia entre judíos y árabes, como ciudadanos iguales en derechos y libertades. Esa coexistencia sólo puede surgir de un largo proceso que seguramente incluirá intentos y errores. Pero las condiciones previas para dar los primeros pasos existen ahora.

El pueblo palestino vive desde hace siglos en un territorio que actualmente está en parte ocupado y administrado por Israel. Esas condiciones hacen de Israel una potencia ocupante —incluso en Israel— y del Movimiento de Liberación de Palestina, un movimiento de liberación nacional, por más liberal que sea la potencia ocupante.

2. Las aspiraciones nacionales del pueblo palestino podrían ser satisfechas mediante la instauración de un Estado nacional palestino junto al Estado de Israel. Es el pueblo palestino quien deberá decidir, por medio de un referéndum bajo control de las Naciones Unidas, si ese Estado tiene que ser una entidad independiente o federada a Israel o a Jordania.

La solución óptima sería la coexistencia entre israelíes y palestinos, judíos y árabes, en igualdad de derechos en el seno de una federación socialista de Estados de Medio Oriente. Esa perspectiva continua siendo utópica. Las posibilidades evocadas más arriba son soluciones provisorias que se vislumbran aquí y ahora. Rechazarlas por completo podría acarrear un daño irreparable.
(30 de diciembre de 1971).

Notas

1. Herbert Marcuse, Das Ende der Utopie [1967], Frankfurt, Neue Kritik, 1980 p.
2. An Interview with Herbert Marcuse, en L’Chayim, vol. IV, n° 2, 1977.
3. Herbert Marcuse," Only a Free Arab World can Co-exist with a Free Israel", introducción a la edición hebrea de El hombre unidimensional y Hacia la liberación, publicada luego en Israel Horizon, junio-julio 1970.
4. Ibid.

* Ensayista, editor, periodista cultural, ex profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires, colaborador habitual de
www.rebelion.org

Herbert Marcuse (Berlín, 19 de julio de 1898 – Berlín, 29 de julio de 1979), filósofo marxista y sociólogo alemán, discípulo de Heidegger, fue una de las principales figuras de la primera generación de la Escuela de Frankfurt. Entre sus obras más importantes se cuentan Razón y revolución [1941], Eros y Civilización [1955], El marxismo soviético [1958] y El hombre unidimensional [1964].

Éste escrito fue publicado en el diario The Jerusalem Post, el 2 de enero de 1972. Ahora ha sido publicado en: Marcuse, Herbert;  The New Left and the 1960s: Collected Papers of Herbert Marcuse, Volume 3, Edited by Douglas Kellner, Routledge, London, 2004, p. 54 en traducción Nicolás González Varela.

 

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