Jul 11 2006
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Opinión

DE FÚTBOL Y HÉROES

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

A los antropólogos les gusta ver a la sociedad como un sistema de acciones simbólicas, una estructura de estatus y roles, costumbres y reglas de conductas designadas a servir de vehículos para el heroísmo terrestre.

Lo que algunos antropólogos llaman “relatividad cultural” es, en el fondo, la relatividad del sistema heroico a través del mundo. Cada sistema define roles para la dramatización de varios grados de heroísmo. Desde el heroísmo de Alejandro Magno, Buda o el Che Guevara al heroísmo y fama del jugador de fútbol o la actriz de televisión, hasta el heroísmo de la vida diaria y anonima.

No importa que el sistema cultural del héroe sea mágico o religioso, primitivo o secular o científico y civilizado. El propósito siempre es el mismo. Proporciona la posibilidad de obtener un sentimiento primario de valor, de singularidad cósmica, de utilidad última y de significado indudable. Es el sentido de crear un lugar en el mundo. Es la esperanza y la creencia de que las cosas que el ser humano crea en la sociedad son de significado y valor permanente, de que ellas sobrevivirán su muerte y decadencia. De que tienen acceso a la inmortalidad.

En nuestra cultura, especialmente en los tiempos modernos, el papel del héroe parece demasiado grande para nosotros –o nosotros demasiado pequeños para el– y lo que hacemos es disfrazar nuestra insignificancia acumulando numeros en la libreta de banco o una casa un poco mejor en el vecindario, un auto ultimo modelo e hijos brillantes para reflejar privadamente nuestro sentido de valor.

Por mucho que lo enmascaremos, la motivación es la misma: ansia de singularidad cósmica, de ser especiales. Y aquí y allá, de vez en cuando, vía la copa mundial de fútbol, tenemos la oportunidad de embarcarnos socialmente, en grande, con bombos y platillos en un proyecto heroico en donde el grupo social, a través del equipo que sirve de vicario, o de chivo expiatorio si las cosas van mal, se siente único. La victoria es aquel lugar privilegiado que nos permite separarnos del resto y acceder a cierta inmortalidad que es, por ultimo, el objetivo del héroe. Por eso, no todos pueden ganar .Sólo uno es el elegido.

¿Cuan conciente esta el ser humano de lo que hace para experimentar este sentimiento heroico? ¿Y qué es lo que lo genera?

Pareciera que cada uno de nosotros repite la tragedia griega de Narciso. Estamos completa y desesperanzadamente absorbidos en nosotros mismos. Si tenemos interés en alguien, es primero en relacion a nuestro yo. En la Grecia antigua la suerte era cuando la flecha hería al prójimo en lugar de herirnos a nosotros. Veinticinco mil años de historia no han cambiado este narcisismo básico. Su peor aspecto es cuando sentimos que prácticamente todos son sacrificables, excepto yo o la extensión de mi yo que es el grupo.

Lo cierto es que no somos capaces de evitar este egoísmo básico. A través de millones de años de transformación el organismo ha tenido que proteger su propia integridad, su identidad fisio-quimica y preservarla. En el caso del ser humano esta identidad y el sentido de poder y actividad adscrito a ella se han hecho conscientes.

A nivel funcional el narcisismo es inseparable de la auto-estimación que se constituye simbólicamente. El narcisismo se alimenta de símbolos, de ideas acerca del propio valor, de conceptos e imágenes cuya incorporación, expansión y permanencia pueden ser alimentadas ilimitadamente en el dominio simbólico al ofrecer respuesta a la necesidad de inmortalidad.

Es en la niñez donde podemos ver sin ocultamiento esta lucha por la auto estimación. El egoísmo y rivalidad característica entre hermanos no es sólo producto del crecimiento, sino que, tambien, es la expresion del ansia típicamente humana que es el deseo de sobresalir y de ser único en la creación.

Cuando se combina el narcisismo natural con la necesidad básica de auto-estimación tenemos un ser que necesita sentirse a sí mismo un objeto primario de valor. Primero en el universo, representante universal de la vida. Es lo que podríamos llamar “significancia cósmica”. Cuando nos sentimos menesterosos de fuentes colectivas de auto-estimación, el mundial de fútbol nos puede llenar el vacío. Y con menos daño que el fanatismo religioso.

La copa mundial se ha convertido, indudablemente, cada cuatro años en el símbolo embriagador de nuestra transformación heroica. Signo de excelencia que nos ubica por encima del resto de la humanidad. Por cuatro años tenemos la posibilidad de ser reconocidos como los mejores. No es sorprendente, entonces, que en este momento los italianos se sientan en la cúspide del mundo.

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* Escritores y docentes. Residen en Canadá.

Addenda

Si aún pretende una visión “interna” del Mundial, sabia en el análisis de algunas expresiones de la rivalidad Argentina-Brasil –al fin de cuentas ambos, aunque de distinta laya, fracasaron– recomendamos echar una mirada a:
http://diegograciano.spaces.msn.com.

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