Nov 26 2007
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Opinión

Disgresión, situaciones y anécdota. – ALIENTO HASBURGO, RESPIRACIÓN BORBONA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

¿Se siente capaz de actualizar la redacción del bando referido?:

“De una vez por lo venidero deben saber Hugo Chávez y Daniel Ortega, súbditos de su soberano, Juan Carlos I de Borbón, Gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir y opinar en los altos asuntos de gobierno tratados en las cumbres de los países de habla hispana”.

Hemos de insistir en que la tarea de este escrito es poner frente a frente el pasado con el presente para encontrar que aunque los contenidos sociales se han modificado, las esencias –muchas de ellas- permanecen.

Hoy, la España que se precia de democrática y moderna –tal como se manifiesta en diversos lugares del mundo el conservadurismo disfrazado de progresista–, con todo y su presidente socialista (quien extrañamente se convirtió en defensor de su –uno diría histórico– oponente partidario e ideológico) sufre un retroceso en lo social. Así vemos que las manifestaciones fascistas se presentan a diario; la xenofobia se hace cotidiana y los falangistas la promueven impunemente. Sin embargo, como fenómeno paralelo, cada día se pierde la solemnidad y el respeto por una institución arcaica como es la monarquía.

Rodríguez Zapatero actúa como abogado defensor de un personaje –Aznar, quien también ha intervenido en la política mexicana, aunque sólo haya sido discursivamente– nomás porque “fue elegido democráticamente” y porque considera que si alguien se mete con un paisano suyo, su deber es defenderlo. ¿También defendería a Franco con la misma vehemencia con que su gobierno defiende a los empresarios globales hispanos?

Para el caso, Chávez también fue elegido democráticamente (lo cual fue avalado por personajes como el ex presidente Jimmy Carter) y su gran pecado es no permitir que las grandes empresas petroleras extranjeras –entre las que se encuentran las peninsulares– se apropien del subsuelo venezolano, lo que –por cierto– no hacen los democráticos y modernos “cangrejos” que gobiernan México desde 1986.

Pero regresemos al México de la coyuntura provocada por la Revolución de Ayutla que trajo como consecuencia la caída de Santa Anna y el advenimiento de La Reforma. Haría falta alejarnos un tanto del terreno narrativo para plantear algunas digresiones.

El legado de esa época –y que trasciende hasta nuestros días– es haber forjado el esbozo de las tres fuerzas políticas principales: la derecha conservadora, la izquierda reformista y la izquierda transformadora. Ya el lector podrá identificarlas, tarea que le facilitaremos y sustentaremos, conforme nos acerquemos al tratamiento del Siglo XX. No será fácil, pues la cuestión no responde a esquemas rígidos: en periodos se aglutinan en un solo partido político y en otros se disgregan e instalan por igual en los tres institutos políticos más fuertes en estos tiempos.

Los Hombres (recurro a la razón que Erich Fromm da al empleo de la mayúscula: darle al sustantivo el carácter de especie) no pueden plantearse llevar a cabo acciones o tareas más allá de lo que las condiciones materiales le permiten. Condiciones objetivas, subjetivas, externas e internas que conforman el mundo de lo concreto: de lo que es. Las contradicciones –al momento del estallido revolucionario– se hubieran agudizado hasta un punto crítico en extremo; ahí estaban: evidentes, tangibles; mas, las condiciones que habrían de resolverlas aún no contaban con la fuerza determinante.

Las formas de existencia material y el modo en que se participa en la apropiación de los medios de producción son lo que determina –en lo general– las clases sociales. Ello, transpuesto en la cabeza de los Hombres es lo que conforma su ideología, su conciencia y su actuar político. Así, de una parte, el criollaje alimentó las clases sociales pudientes –la aristocracia terrateniente y los ricos comerciantes– y delineó la participación política que le favorecía: el partido que permitiría la preservación de ese régimen que les era favorable: el conservador.

De otra parte el mestizaje empobrecido y los indígenas despojados de su pasado, su presente e incluso su futuro; de otra más el mestizaje resentido y oportunista que aprendió las primeras letras de la “chicanada” política durante el santanismo. Pero además existía el criollaje de las clases medias que, aunque en posición económica no apremiante, se mostraba inconforme con el sistema.

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La conciencia puede alterar su contenido clasista de origen cuando somete a una crítica despiadada el mundo que le rodea (y a ello apela Marx en sus tesis contra Feurerbach); así, por otro camino –la búsqueda de “lo racional”– el criollaje ilustrado de clase media forma fila, en lo político y un tanto en lo ideológico, con los pobres y los desposeídos.

Sí, desde mucho tiempo atrás, el pensamiento avanzado nacido en la Europa revolucionaria se había avecindado en México; pero ello de poco servía para una transformación del país mientras las contradicciones en la materialidad no se mostraran antagónicas.

El freno estaba constituido por las formas de propiedad heredadas por la vieja España, la España dominada por los privilegios señoriales, la aristocracia terrateniente y el clero sostenidos con la fuerza de las armas, la ideología basada en el idealismo filosófico y las leyes a favor de las clases dominantes. Al principio de este escrito, recuérdese, referíamos que las profesiones más reputadas durante la Colonia eran, precisamente, las que permitían el sostenimiento de ese Estado: la milicia, la del sacerdocio y la abogadil.

Cuando ese sistema empieza a fracturarse, es apuntalado con las vigas del santanismo: la corrupción, que permite, como dijimos, un reparto inescrupuloso de dádivas a condición de mantener incólume –tarea ya para entonces infructuosa– el muy deteriorado sistema basado en la concentración de la tierra en unas cuantas manos.

Las grandes transformaciones sociales no se generan en la cabeza de los Hombres; nacen en el estómago como resultado de la necesidad más primitiva y burda: el deseo de saciar el hambre; la propia y la de la prole.

Alexander von Humboldt, a principios de ese siglo había estado en México. Sus acuciosos estudios le permitieron afirmar que este era un país con grandes riquezas; pero, también, grandes miserias; y, aun, con un traslado de ambas situaciones a la distribución. El chovinismo de la época, sólo fijó su atención en lo tocante al primer considerando; de manera que hasta llegó a destacarse que la forma del territorio semejaba un “cuerno de la abundancia”. Pero en 1847, el “cuerno de la abundancia” se redujo a la mitad: Estados Unidos se quedó con el oro de California, el uranio de Nuevo México, y con las grandes planicies para cultivo (como no las hay en la agreste orografía de la mitad de territorio que se conservó) y el petróleo de Texas.

Caro, muy caro, salió el precio por un periodo de 10 años (1847 – 1857) en que la defensa de la soberanía nacional dejó de ser una preocupación primordial. Y en esa coyuntura se presenta la Revolución de Ayutla (1855), que representa el primer gran paso para el derrocamiento del viejo sistema. Mientras no existan las condiciones para transformar el sistema económico, como era el caso, los avances sociales tienen que mostrarse como luchas políticas por el control de La Máquina del Estado (aquí, en el sentido más cercano a la concepción engelsiana).

Una vez que ello ocurra, y sólo hasta entonces, las transformaciones para cambiar el sistema económico que dé de comer a la numerosísima población hambrienta y andrajosa tendrán que surgir y aplicarse desde el poder del Estado. Y ocurre cuando la Revolución se hace gobierno y, en 1857, las leyes de Reforma se van sobre dos de los pilares superestructurales del achacoso modo de producción: los privilegios del clero y la milicia, y sobre la base económica misma: las formas de propiedad de la tenencia de la tierra.

Ahora bien, ¿cómo es que México, tan codiciado y lastimado por las armas y los intereses extranjeros puede llevar a cabo tales medidas durante este periodo sin que la coyuntura sea aprovechada por el exterior para una nueva invasión?

Porque los Estados Unidos y Europa se encuentran en situaciones que son preludio de grandes problemas intestinos: La potencia del norte se debate en conflictos –en un principio, políticos– que amenazan con la preservación de su integridad territorial puesto que, como antes comentamos, dos modos de producción dificultaban la resolución de la cuestión nacional.

Los estados confederados (los sureños, de los que formaban parte los territorios arrebatados a México) estaban más arraigados en la agricultura y basaban su economía en el comercio con Europa, además de que utilizaban mano de obra esclava; mientras, los de La Unión (los norteños), ya eran industrializados y sus relaciones de producción se correspondían con las capitalistas, con mano de obra libre, proletarizada. Inglaterra, de donde habían llegado los fundadores de las trece colonias, había llevado a cabo mucho tiempo antes de la colonización el proceso de acumulación originaria del capital.

¿Qué quiere decir este concepto? No es otra cosa más que la disociación entre el productor y el producto de su trabajo. Más claro: privar al productor de sus medios de producción, propios o usufructuados, para dejarle solamente en posesión de su fuerza de trabajo –sin ataduras, por fuerza, libre (por ello las revoluciones burguesas, como la francesa, planteaban como derechos inalienables la libertad de los individuos y la igualdad ante la Ley)– para que esté en posición de venderla.

Los estados confederados eran esclavistas y los de la Unión abolicionistas. Pero en virtud de lo expuesto, la Guerra de Secesión (1861 – 1865) no se desata, como a menudo se pretende hacer creer, por cuestiones morales o basadas en una medida justiciera o de solidaridad con la población negra: es una necesidad económica, puesto que el modo de producción dominante requiere mano de obra libre, proletarios, (y habría que considerar que la población negra sumaba más de la tercera parte de los 11 estados sureños) para poder desarrollarse, y además para unificar el territorio: forjar una nación cohesionada social, política, económica e ideológicamente con los estados que fueron creándose a través del tiempo e, inclusive, los adquiridos en la guerra con México.

Europa se muestra desconfiada ante la llegada a la escena continental de Luis Napoleón Bonaparte, quien llega a la presidencia en 1848 y, merced a un golpe de Estado se convierte en Napoleón III, emperador de Francia (1852). En los años siguientes, vence a los rusos en Crimea (1856), invade Indochina (1858) y derrota a Austria (1859).

Aparte: desde 1848, año convulsionado por insurrecciones populares –a partir de la publicación de un pequeño libro que advierte: “…un fantasma recorre Europa”–, una nueva forma de pensamiento que, además, es una guía para la acción revolucionaria puesto que sus autores afirman en otro de sus escritos que “La filosofía no ha hecho más que interpretar el mundo cuando de lo que se trata es de transformarlo”, se convierte en otro motivo de preocupación en el viejo continente que permite a México dedicarse a atender sus problemas internos. Ese “fantasma” es el comunismo.

Sin embargo, México está muy lejos de experimentar la paz. Como mencionamos en el capítulo –o entrega– anterior, el gobierno de Juárez derrota a los conservadores en la Guerra de Reforma (o de Tres Años, 1857 – 1861); pero, éstos, adoradores del pasado y recordando a su guía intelectual –Lucas Alamán– y atendiendo a su mentor –el clero– inician gestiones para traer a México a un príncipe europeo para gobernarlo ante el caos que reina en el país dado según ellos por el triunfo republicano.

La suspensión de pagos decretada por el presidente motivó la inconformidad y la amenaza de nuevas intervenciones por parte de España, Inglaterra y Francia aliadas para el propósito. Ello cae como anillo al dedo a las pretensiones de los conservadores levantados en armas bajo la consigna: “¡Religión y fueros!”.

Las tres potencias lanzan incursiones coligadas; al final, España e Inglaterra se retiran al amparo de negociaciones diplomáticas; pero Napoleón III ensoberbecido por los triunfos a los que nos referimos líneas arriba, decide hacer la guerra a México, en 1861, teniendo como perspectiva hacer del país una colonia francesa, capaz de enfrentar al poderío de Estados Unidos y, aprovechando la coyuntura de la Guerra de Secesión, instaurar un gobierno confederado títere (recuérdese que la antigua Luisiana tenía raíces francesas) con los mismos fines.

Así, los años de paz con el extranjero, aquellos que permitieron cimentar la transformación política y económica merced a la Revolución de Ayutla y las Leyes de Reforma, terminan. El conservadurismo y la Iglesia se frotan las manos.

Así, Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural del insigne insurgente José María Morelos y Pavón, quien forma parte de la comisión que convence a Napoleón III de instaurar un nuevo imperio en México (comisión que finalmente ofrece la corona a Maximiliano de Habsburgo) regresa a México y al amparo del ejército francés se instala de facto como presidente de la regencia del gobierno del país en tanto se proclama el Segundo Imperio.

Reza un dicho popular: “El interés tiene pies”.

El gobierno de la República regresa a su carácter de itinerante; esta vez, ante la amenaza que representa la invasión francesa, el gobierno de la Unión estadounidense (el norte industrializado) apoya con recursos económicos y pertrechos de guerra a Juárez. Los antiguos enemigos de México, quienes le arrebataron la mitad de su territorio, ahora son sus aliados.

El poderosísimo ejército francés, orgulloso vencedor de los rusos, Indochina y los austriacos sufre su primer descalabro en Puebla ante un ejército (mejor dicho: el pueblo defendiendo su suelo) mal organizado y peor armado dirigido por el general mexicano Ignacio Zaragoza (nacido en Texas, cuando ésta pertenecía a México). Sin embargo, la derrota infligida a los franceses es transitoria pues, con la llegada de refuerzos, los invasores llegan a la capital en 1863 y se convierte en sostén de aquellos que reclamaban “¡Religión y fueros!”.

“¡Religión y fueros!” resuena en el hoy.

Dejaremos el abordaje del Segundo Imperio para la próxima entrega. Pero cerraré el capítulo con un hecho asaz curioso.

El día anterior al que esto escribo (tecleo el 19 de noviembre del 2007) tuvo lugar una reunión de la Convención Nacional Democrática, convocada por el líder de izquierda a quien la mitad de los mexicanos reconoce como su presidente legítimo –ya que presuntamente fue despojado del triunfo por el Tribunal Electoral de la Federación–: Andrés Manuel López Obrador. Ante miles de partidarios reunidos en el Zócalo, plaza donde se encuentra Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana, se suscitó un incidente.

Mientras hablaba doña Rosario Ibarra de Piedra, luchadora social que perdió a su hijo durante la llamada “Guerra Sucia” que emprendió el Estado mexicano durante los años setentass contra la disidencia política inscrita en la guerrilla, las campanas de Catedral sonaron, a todo vuelo, durante poco más de 10 minutos, lo que hizo casi inaudible el discurso de doña Rosario.

Ello provocó la protesta de los asistentes al mitin; pero como López Obrador ha insistido en el carácter de resistencia pacífica del movimiento que encabeza, el asunto no trascendió más allá de cuando cesó el campaneo, salvo por un grupo incontrolado –entre los que, a este autor no le cabe duda alguna, se encontraban algunos provocadores– que irrumpió en el templo armando alboroto inconformes por el prolongado llamado a misa.

Por la tarde, los noticieros se encargaron de difundir la noticia dándole un cariz demasiado espectacular (a últimas fechas se han presentado hechos similares motivados por la presunta protección que el cardenal Norberto Rivera Carrera –quien, curiosamente, no ofició la ceremonia religiosa ese día– brindó a un sacerdote pederasta). Ante el incidente, el abad del templo amenazó con cerrarlo. El señor pretende olvidar que las Leyes de Reforma, la Constitución de 1857 y las leyes promulgadas en 1859 impiden al clero acciones como la pretendida pues las iglesias no les pertenecen toda vez que están consideradas como propiedad de la Nación.

Parece una provocación avalada por los modernos “cangrejos” del gobierno federal. La Iglesia hace la tarea en la cual –históricamente– es experta: azuzar a las masas católicas contra quienes consideran enemigos del clero; enemigos sí, pero no de la fe –ni de los creyentes–, sino de los privilegios económicos y políticos que aquellos pretenden recuperar. La última vez que sucedió eso (el cierre de los templos) ocasionó lo que se conoce como “La Guerra Cristera”, durante el periodo presidencial de Plutarco Elías Calles en los primeros tiempos post revolucionarios.

El Episcopado juega con fuego.

El clero pretende hacer creer que Benito Juárez nunca existió. Claro, quieren evadir las leyes pues saben que cuentan con el disimulo del gobierno de un moderno Félix Zuloaga –Felipe Calderón– que urge al país a entregar los recursos energéticos (petroleros y eléctricos) al capital privado nacional y principalmente al extranjero –ya no a un Habsburgo, sino a un Borbón– y a sus “amigos norteamericanos”.

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* Escritor, periodista, cantautor, músico y creador de íconos a partir de la fotografía.

El capítulo anterior de este ensayo, mayor información sobre el autor y enlaces a los textos que lo anteceden, se encuentran
aquí,

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