Ago 28 2012
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OpiniónSociedad

Eduardo Pérsico* / Códigos y libretos de alta clase

“En la relación entre nosotros no hay equivoco ni duda; en nuestra clase sólo existe seguridad y confianza”.
Ramón J.Cárcano (1860-1946), político argentino de clase alta.
Es norma y estilo en toda clase alta, que todo integrante de ese “Nosotros” comparta y suscriba cada proceder del grupo.

 

No valen objeciones a la existencia del grupo como tal y aunque eso lo asemeje a otros, el considerarse superior les habilita criticar lo ajeno o inferior. Así, por acentuar sus perfiles de hegemonía social, el individuo de esa clase, primordialmente, descalifica toda expresión cultural o política que favorezca el bienestar y la igualdad de todos.

 

Y quizá esa reacción de clase mandante ante el peligro de perder sus prerrogativas por el ingreso de nuevos actores sociales, sea el mayor riesgo que presiente cualquier integrante del “nosotros”. Ese ámbito de clase al que aspiran ingresar otros sectores económicamente pudientes, decadencias aparte, aún sostiene cierta alianza de prosapias y apellidos que no se consiguen por decisión propia.

 

Universalmente el “nosotros” mandante, con sus códigos y pautas, deriva de sentimientos comunes difíciles de penetrar, como son por ejemplo la resistencia a lo exterior según la gratificación o penalidad sociológica que algo le implique al grupo y su estilo de comunicarse.

 

Por usanza y tradición la clase alta vive vinculada al negocio financiero de endeudar sus propios países. Además de Goldman Sachs, Fondos Monetarios demás corporaciones, ningún funcionario o ministro económico de esos países desconoce que al primer amague de reducir la distancia entre ricos y pobres, el Poder lo ataca por inaplicable y expropiador.

 

Prontamente y a coro vociferan contra “el populismo que amenaza las libertades y la propiedad”, y con la mejor inflexión de voz pontifican y publicitan el delictivo negocio financiero de generar dinero desde hipotecas desde su redacción; maniobra que últimamente los haría blindados banqueros como sucediera en el “corralito” del 2001 en Argentina: los financistas primeros en cobrar y ahorristas comunes, engrosar los defraudados y a otra cosa.

 

Capitalismo liberal a ultranza fue nombrado ese garantizar dinero con intangibles bienes a cambio, como sucedió en Europa, al aquietarse la reinversión y la lógica matemática los desembocó en un festival de hipotecas incobrables. Perjuicio que ni roza las clases altas y aplasta los derechos del ciudadano común, quien hoy ignora cuándo él volverá a su condición anterior tan alejada de la creación de bienes con más trabajo agregado.

 

Ese régimen productivo que tanto financistas como clase alta desprecian por keynesiano o según se llame, y ajeno a estos artificios donde los bancos no pierden aunque se caiga el mundo. Pero bué, esa es la historia.

 

El desapego hacia el resto de las personas mejor lo sugieren los medios informativos más conservadores del planeta, cuando ni se inquietan ni mencionan que esta defraudación le asegura tiempos durísimos al gentío común. Sus editoriales silencian o deforman las movidas cotidianas de multitudes en las calles, como si sus participantes no interesaran; indiferencia no casual ni oportunista en cuanto jamás alguna clase históricamente elevada ha internalizado o registrado los pesares ajenos.

 

Su primaria reacción conservadora atribuye los males a quien lo padece y no les atañe a ellos. Ninguna memoria social o colectiva los involucra y por naturaleza o virtud de clase oligárquica, fingen ignorar toda desigualdad o miseria verdadera.

La actitud de cada grupo ante una crisis suele diferir, pero la reacción de las clases enriquecidas, gracias a la desigualdad en sus países en América Latina, es integrar el equipo que receta el inmediato ahorro del gasto público. Y pese a que les convendría guardar silencio accionan con el mismo reflejo que usaron contra el peronismo y su movilidad social en Argentina allá por 1945 y a todo gobierno que no les confíe el manejo de la cosa pública.

 

El mejoramiento desde abajo lo descalifican sus medios informativos, y con los ocasionales socios que aparezcan suelen agredir a todo gobierno que presione sus obligaciones impositivas, por ejemplo. Porque la evasión naturalmente les corresponde aunque registren excelentes balances como los exportadores de alimentos y productos primarios en toda América Latina.

 

La feroz embestida antiperonista en Argentina le aplicaron al socialista Salvador Allende en Chile, a quién le cargarían ser agente del comunismo internacional y otras yerbas, como por estos días le endilgan a Hugo Chávez en Venezuela. Y con la misma mala leche suramericana insultan a la presidenta Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador y a cualquier otro de último momento.

 

Por esa misma constancia de sentirse “nosotros” y negar todo aquello no dispuesto por ellos, esa alta clase niega el reloj de la historia —que sigue en su tarea.

 

Y aunque estos tipos sigan ocultos en la escena, en no pocos países les vieron el ropaje de integrar el elenco —así que lo demás es tiempo.
——
* Escritor
www.eduardopersico.blogspot.com
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