Nov 7 2008
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Economía

EEUU: algo más que un revés de fortuna

Joseph E. Stiglitz*

Cuando la economía estadounidense comienza a dar un bajón, a menudo se escucha a los expertos debatir si va a ser en forma de V (corto y brusco) o en forma de U (más prolongado, pero más benigno). Actualmente, la economía norteamericana puede que esté entrando en un bajón, pero se debe describir como en forma de L. Se encuentra realmente muy disminuida y puede que se quede ahí por algún tiempo.

 

Casi todos los indicadores son desalentadores. La inflación aumenta a una tasa anual de casi 6 por ciento, su mayor nivel en 17 años. El desempleo está en 6 por ciento, no ha habido un crecimiento neto del empleo en el sector privado durante casi un año. Los precios de la vivienda han caído más rápido de lo que nadie recuerda –en la Florida y California en 30 por ciento o más. Los bancos reportan pérdidas récord, solo unos meses después de que los ejecutivos se marcharon con regalías récord como recompensa.

El Presidente Bush heredó de manos de Bill Clinton un superávit del presupuesto de $128.000 millones; este año el gobierno federal anunció el segundo déficit presupuestario de la historia. Durante los ocho años de la administración Bush, la deuda nacional se ha incrementado en más de 65 por ciento hasta llegar a casi $19 billones (a la cual habría que agregar ahora las deudas de Freddie Mac y Fannie Mae, según la Oficina Presupuestaria del Congreso). Mientras tanto, estamos atascados con el costo de dos guerras. El precio solo de la de Iraq, según mis cálculos, finalmente sobrepasarán los tres billones.

Este enredado nudo de problemas será difícil de desenredar. Las recetas habituales dicen que deben aumentarse las tasas de interés cuando existe inflación, al igual que las recetas habituales dicen que se deben reducir las tasas de interés cuando existe un bajón de la economía. ¿Cómo aplicar las dos al mismo tiempo? No de la forma en que algunos políticos han propuesto.

Con el precio de la gasolina a niveles nunca vistos, John McCain ha pedido que se disminuyan los impuestos a la gasolina. Pero eso provocaría mayor consumo de gasolina, aumentaría aún más el precio de la gasolina, incrementaría nuestra dependencia del petróleo extranjero y expandiría aún más nuestro enorme déficit de la balanza comercial. Ese déficit a su vez obligaría a EEUU a seguir pidiendo prestadas sumas enormes en el extranjero, lo que nos endeudaría aún más. Al mismo tiempo, el aumento de la importación de petróleo y sus derivados provocaría una mayor debilidad del dólar, lo que aumentaría las presiones inflacionarias.

Millones de norteamericanos están perdiendo su hogar. (Hasta el momento 3,6 millones lo han perdido desde que comenzó la crisis de las hipotecas de riesgo.) Esta catástrofe social tiene graves efectos económicos. Los bancos y otras instituciones sociales que poseen estas hipotecas se enfrentan a asombrosos reveses; unos pocos como Bear Sterns ya han sucumbido. Para evitar que Fannie Mae y Freddie Mac, los financiadores de viviendas de EEUU por $5,2 billones, también sucumbieran, el congreso autorizó un cheque en blanco para cubrir sus pérdidas, pero incluso esa generosidad no logró el resultado esperado.

Ahora la administración ha tomado en sus manos por completo esas dos entidades, un hecho asombroso para un régimen supuestamente orientado al mercado. Estos rescates contribuyen a los déficits crecientes a corto plazo, y a incentivos perversos a largo plazo. Las economías de mercado funcionan solamente cuando existe un sistema de responsabilidad, pero los directores generales, inversionistas y prestamistas se marchan con sus millones, mientras que se pide a los contribuyentes norteamericanos que paguen la factura. (El presidente de Freddie Mac, Richard Syron, ganó $14,5 millones en 2007. El Director General de Fannie Mae, Daniel Mudd, ganó $14,2 millones ese mismo año.)

Presenciamos una nueva forma de sociedad entre la inversión privada y el Estado, en la cual que público soporta sobre sus espaldas todo el riesgo, y el sector privado se lleva toda la ganancia. Mientras que la administración Bush predica la responsabilidad, las palabras están dirigidas solo a los que menos tienen. La administración habla del impacto del “azar moral” del pobre “especulador” que pidió dinero prestado y compró una casa por encima de sus posibilidades de pago. Pero el azar moral de alguna manera no es un tema cuando se trata de los especuladores de alto nivel en las juntas corporativas.

¿Cómo llegamos a este desastre?

Una combinación singular de ideología, presión de los intereses especiales, política populista, malos programas económicos y total incompetencia nos han colocado en la situación actual.

La ideología proclamó que los mercados siempre son buenos y el gobierno siempre es malo. Aunque George W. Bush ha hecho todo lo posible para que el gobierno cumpla esa máxima –es el único campo donde se ha desempeñado por encima de lo previsto– el hecho es que los problemas principales que nuestra sociedad enfrenta no pueden arreglarse sin un gobierno eficiente, ya sea para mantener la seguridad nacional o para proteger el medio ambiente.

Nuestra economía descansa en las inversiones públicas en tecnología, como la Internet. Aunque la ideología de Bush lo hizo subestimar la importancia del gobierno, también lo llevó a subestimar las limitaciones del mercado. De la Depresión aprendimos que los mercados no se autorregulan –al menos no en el marco temporal que a la gente le interesa. Actualmente todos –hasta el presidente– aceptan la necesidad de una política macroeconómica, para que el gobierno trate de mantener la economía a un nivel de empleo casi total. Pero como por arte de magia los economistas del libre mercado promovieron la idea de que una vez que la economía llegara al empleo total, los mercados siempre distribuirían de manera eficiente los recursos. La mejor regulación, según su opinión, era la no-regulación, y si eso no funcionaba, entonces la “autorregulación” funcionaba casi igual de bien.

En vista de esto, la idea subyacente era absurda: que los fracasos del mercado llegan solo en dosis macro, en la forma de recesiones y depresiones que periódicamente han atacado a las economías capitalistas durante los últimos cientos de años. ¿No es más razonable suponer que estos fracasos son justamente la punta del iceberg? ¿Que bajo la superficie se encuentran incontables y pequeñas ineficiencias más difíciles de evaluar?

Permítanme aventurarme con una analogía de la biología. Un paciente llega a un hospital en estado grave. Puede ser que el paciente sencillamente sufra de esas enfermedades debilitantes que andan por ahí de vez en cuando y que puede ser curado con una dosis masiva de antibióticos. En este caso tenemos un macroproblema con una macrosolución. Pero pudiera ser que el paciente padezca de una década de graves abusos –fumar, beber, comer en exceso, falta de ejercicio, una inclinación a la metanfentamina cristalizada– que no solo ha causado un daño catastrófico, sino que ha abierto la puerta a infecciones oportunistas de todo tipo. En otras palabras, una conjunción de microproblemas ha provocado un macroproblema, y no hay una cura posible sin enfrentar los asuntos subyacentes.

La economía estadounidense actual es un paciente del segundo tipo.

Estamos en medio de un fracaso macroeconómico a gran escala. Los mercados financieros reciben una compensación generosa –bajo la forma de más del 30 por ciento de todas las ganancias corporativas–, supuestamente por realizar dos tareas críticas: asignar ahorros y administrar los riesgos. Pero los mercados financieros han fracasado ridículamente en ambas tareas. Cientos de miles de millones de dólares fueron asignados a préstamos hipotecarios más allá de la capacidad de pago de los norteamericanos. El fracaso de nuestro sistema financiero para hacer lo que se suponía que hiciera es comparable en magnitud destructiva con los fracasos macroeconómicos de la Gran Depresión.

La teoría económica –y la experiencia histórica– hace mucho demostró la necesidad de la regulación de los mercados financieros. Pero desde la presidencia de Reagan, las desregulación ha sido la religión dominante. No importa que las pocas veces que se haya experimentado con la “banca libre” –más recientemente en el Chile de Pinochet, bajo la influencia del teórico doctrinario del libre mercado Milton Friedman– el experimento terminó en desastre. Chile aún está pagando las deudas de su percance. Después de los enormes problemas de 1987 (recuerden el Viernes Negro, cuando las bolsas se desplomaron casi 25 por ciento, 1989 (la debacle de las instituciones de ahorro y préstamos), 1997 (la crisis financiera del Extremo Oriente), 1998 (el rescate del Manejo de Capital a Largo Plazo), y 2001-2002 (el colapso de Enron y WorldCom), uno pensaría que habría más escepticismo acerca de la idea de dejar que los mercados se arreglen solos.

La nueva retórica populista de la derecha –persuadir a los contribuyentes que la gente común siempre sabe cómo gastar su dinero mejor de lo que sabe el gobierno, y prometer un mundo nuevo sin limitaciones presupuestarias en el que las reducciones de impuestos representan más ingresos– no es de gran ayuda. Los intereses especiales se aprovecharon de esta seductora mezcla de populismo e ideología de libre mercado. También manipularon las reglas en su beneficio. Las corporaciones y los ricos argumentaron que la disminución de sus tasas tributarias provocaría más ahorros; ellos obtuvieron las reducciones de impuestos, pero la tasa de ahorros por familia no aumentó, sino que descendió a niveles nunca vistos en 75 años. La administración Bush ensalzó el poder del libre mercado, pero estaba más que dispuesta a suministrar generosos subsidios a los agricultores y promulgar tarifas aduanales para proteger a la industria siderúrgica. Últimamente, como hemos visto, parece estar dispuesta a emitir cheques en blanco para rescatar a sus amigos de Wall Street. En cada uno de estos casos hay claros ganadores. Y en cada uno hay claros perdedores –incluyendo el país en su conjunto.

¿Qué se debe hacer?

Mientras Estados Unidos trata de encontrar una salida a la crisis actual, el peligro es que hagamos caso a la misma gente de Wall Street y en el establishment económico que provocó el problema. Para ellos, nuestra presente situación es otra oportunidad: si ellos pueden conformar de manera apropiada la respuesta del gobierno, van a ganar o al menos perderán menos, y puede que estén dispuestos a sacrificar el bienestar de la economía para beneficiarse ellos –como han hecho en el pasado.

Existe un número de herramientas económicas a disposición del país. Como señalé anteriormente, pueden provocar resultados contradictorios. La triste verdad es que hemos llegado a los límites de la política monetaria. La disminución de las tasas de interés no estimulará mucho la economía –los bancos no están dispuestos a hacer préstamos a consumidores cortos de dinero, y los consumidores no van a estar dispuestos a pedir prestado mientras presencian cómo continúan cayendo los precios de las viviendas.

Y aumentar las tasas de interés para combatir la inflación tampoco tendrá el impacto deseado, porque los precios que son la fuente principal de la inflación –de alimentos y de energía– los determinan los mercados internacionales; la consecuencia principal será la angustia de la gente común.

Los dilemas que enfrentamos requieren un balance adecuado. No hay una solución rápida y fácil. Pero si realizamos una acción decisiva hoy, podemos acortar el período de descenso y reducir su magnitud. Si al mismo tiempo pensamos acerca de lo que sería bueno para la economía a largo plazo, podemos construir un basamento duradero para la salud económica.

Regresemos a aquel paciente en la sala de urgencias: necesitamos enfrentar las causas subyacentes. La mayoría de los tratamientos implican decisiones dolorosas, pero hay unas cuantas fáciles. En cuanto a la energía: la conservación y la investigación de nuevas tecnologías nos harían menos dependientes del petróleo de importación, mejoraría nuestra balanza comercial y ayudaría al medio ambiente. Aumentar las perforaciones en áreas frágiles desde el punto de vista del entorno, como proponen algunos, apenas influiría en el precio que pagamos por el petróleo. Es más, una política de “vaciar primero a Estados Unidos” nos haría más dependiente del petróleo extranjero en el futuro. Es una política miope en todos los sentidos.

Nuestra política de etanol también es mala para el contribuyente, para el medio ambiente, para el mundo y para nuestras relaciones con otros países, así como mala en términos de la inflación. Es buena solo para los productores de etanol y los cultivadores norteamericanos de maíz. Debiera ser eliminada.

Actualmente subsidiamos el etanol proveniente del maíz con casi $1 dólar el galón, mientras imponemos una tarifa de 54 centavos por galón al etanol brasileño a partir de azúcar. Sería difícil idear una política peor. La industria del etanol trata de venderse como un infante que necesita ayuda para sostenerse sobre sus pies, pero ha sido un infante que se ha negado a crecer durante más de dos décadas. Nuestra descaminada política de biocombustibles está dedicando la tierra destinada a los alimentos a producir energía para automóviles. Este es el factor más importante en la elevación del precio de los granos.

Nuestras políticas tributarias deben cambiar. Hay algo muy peculiar en los individuos ricos que ganan su dinero en la especulación de bienes raíces o de acciones y que pagan menos impuestos que los norteamericanos de clase media, cuyos ingresos provienen de jornales y salarios.

Es algo peculiar y realmente ofensivo que los que obtienen sus ingresos de acciones heredadas paguen menos impuestos que los que trabajan 50 horas a la semana. Invertir el sentido de las tasas tributarias daría mejores incentivos y estimularía más eficazmente la economía, con mayores ingresos y déficits menores.

Podemos tener un sistema financiero más estable –e incluso más dinámico– con regulaciones más fuertes. La autorregulación es un oxímoron. Los mercados financieros produjeron préstamos y otros productos que eran tan complejos e insidiosos que incluso sus creadores no los comprendieron del todo. Estos productos eran tan irresponsables que los analistas los calificaron de “tóxicos”. Sin embargo, los mercados financieros no lograron crear productos que permitieran a los propietarios comunes y corrientes de viviendas enfrentar los riesgos y permanecer en sus casas.

Necesitamos una comisión de seguridad de productos financieros y una comisión de estabilidad de sistemas financieros. Y no pueden ser dirigidas por Wall Street. La Junta Federal de la Reserva piensa de forma muy parecida que aquellos a quienes se supone que regule. Pudo y debió haber sabido que algo andaba mal. Tenía a su disposición los instrumentos para extraer el aire de la burbuja –o al menos para garantizar que la burbuja no creciera demasiado. Pero prefirió no hacer nada.

Expulsar a los pobres de su casa porque no pueden pagar no es solo trágico, sino también inútil. Lo único que sucede es que las propiedades se deterioran y las personas desahuciadas se mudan a otra parte. El banquero de corazón más duro debe comprender la economía básica: los bancos pierden dinero cuando ejecutan las hipotecas – es típico que una casa que queda vacía se vende por un precio mucho menor que si alguien viviera en ella y la cuidara. Si los bancos no quieren renegociar, debiéramos tener procedimientos especiales de bancarrota, algo parecido a lo que hacemos por las corporaciones con el Capítulo 11, que permitieran a las personas quedarse con su casa y reestructurar sus finanzas,

Si esto parece que es mimar a los irresponsables, recuerden que hay dos participantes en una hipoteca –el que presta y el que pide prestado. Ambos participan en el negocio por su propia voluntad. Se pudiera decir que ambos son igualmente responsables. Pero una de las partes –el prestamista- se supone que sea conocedor de las finanzas. Por el contrario, los deudores en el mercado de riesgo generalmente son personas que no conocen de finanzas.

Para muchos, su hogar es la única propiedad y cuando la pierden también pierden los ahorros de toda su vida. Recuerden también que ya estamos dando subsidies a los grandes propietarios de casas por medio del sistema tributario. Con las deducciones de impuestos, el gobierno está pagando en algunos estados casi la mitad de todo el interés hipotecario y de impuestos de bienes raíces. Pero muchas personas de bajos ingresos, cuyas deducciones son insignificantes porque sus impuestos no son muy altos, no reciben ninguna ayuda. Tiene mucho más sentido convertir esas deducciones de impuestos en créditos tributarios en efectivo, de manera que la fracción de los costos de vivienda que el gobierno asume para los pobres y los ricos sean iguales.

Acerca de estros asuntos no debiera haber debate –pero lo habrá. Ya en estos momentos en Wall Street están argumentando que debemos tener cuidado de “no reaccionar de forma exagerada”. Esa reacción, nos dicen, pudiera ahogar la “innovación”. Bueno, algunas innovaciones merecen ser ahogadas. Esas hipotecas tóxicas fueron realmente innovadoras.

Otras innovaciones fueron simplemente dispositivos para burlar las regulaciones –regulaciones destinadas a emperifollar el balance final, sacando los pasivos de la hoja de balance– farsas destinadas a ocultar la información disponible a los inversionistas y reguladores. Lo lograron en la medida en que la revelación no quedó clara y aún no lo está. Pero hay una razón para que tengamos una contabilidad confiable. Sin buena información es difícil tomar buenas decisiones económicas. En resumen, algunas innovaciones tienen un precio muy alto. Algunas pueden provocar inestabilidad.

Los fundamentalistas del libre mercado –los cuales creen en el milagro de los mercados–no han sido remisos en aceptar el rescate gubernamental. Es más, lo han exigido al alertar que a no ser que reciban lo que piden todo el sistema se desmoronará. ¿Qué político desea que lo culpen de la próxima Gran Depresión, sencillamente porque se mantuvo firme en sus principios? He criticado las débiles políticas anti-trust que permitieron a ciertas instituciones hacerse tan dominantes que han llegado a ser “demasiado grandes para fracasar”.

La dura realidad es que, debido a donde hemos llegado, presenciaremos más rescates en los días que vendrán. Ahora que Fanny Mae y Freddy Mac son receptores del dinero federal, debemos insistir en que no se arriesgue ni un centavo del dinero del contribuyente mientras que a los inversionistas y los acreedores, que no supervisaron a los gerentes, se les permita marcharse con todo lo que desean.

Hacer lo contrario sería una invitación a la recurrencia. Es más, mientras esas instituciones puede que sean demasiado grandes para fracasar, no son demasiado grandes para ser reorganizadas. Y necesitamos recordar por qué las estamos rescatando: a fin de mantener un flujo de dinero hacia los mercados hipotecarios. Es indignante que esas instituciones respondan a su posición casi monopólica por medio del incremento de honorarios y del costo de las hipotecas, lo cual solo empeora la crisis de la vivienda. Ellas y los mercados financieros han demostrado poco interés en medidas que podrían ayudar a millones de propietarios actuales y potenciales a salir de la difícil situación en que se encuentran.

Los problemas más difíciles se encontrarán en la política monetaria (balancear los riesgos de la inflación y el riesgo de una baja aún mayor) y en la política fiscal (balancear el riesgo de una baja mayor y el riesgo de una explosión del déficit).

El análisis normal proveniente en estos días de los mercados financieros es que la inflación es la mayor amenaza, y por lo tanto, necesitamos aumentar las tasas de interés y recortar los déficits, lo cual restaurará la confianza y por tanto restaurará la economía. Esta es la misma mala economía que no funcionó en el Extremo Oriente en 1997 y no funcionó en Rusia y Brasil en 1998. Es más, es la misma receta prescrita por Herbert Hoover en 1929.

Más aún, es una receta que sería particularmente dura para los trabajadores y los pobres. Mayores tasas de interés disminuyen la inflación al reducir tan drásticamente la demanda agregada que la tasa de desempleo crece y los salarios bajan. Finalmente, los precios bajan también.

Como señalé, la causa de nuestra inflación actual es mayormente importada –proviene de los precios globales de los alimentos y la energía, que son difíciles de controlar. Por tanto, detener la inflación significa que el precio de todo lo demás debe caer drásticamente como compensación, lo que significa que el desempleo también tendría que aumentar drásticamente.

Además, estos no son tiempos de acudir a la vieja religión fiscal. La confianza en la economía no se restaurará mientras el crecimiento sea lento, y el crecimiento será lento si la inversión es anémica, el consumo débil y el gasto público en decadencia. En estas circunstancias, reducir impensadamente los impuestos y los gastos del gobierno sería una locura.

Pero hay formas de conformar cuidadosamente una política que pueda andar por la cuerda floja y ayudarnos a salir de nuestros actuales aprietos. El gasto de dinero en inversiones necesarias –infraestructura, educación, tecnología– arrojará dobles dividendos. Incrementará los ingresos actuales mientras crea las bases del empleo y el crecimiento económico en el futuro. Las inversiones en la eficiencia energética arrojarán triples dividendos –habrá beneficios al medio ambiento además de los beneficios económicos a corto y a largo plazo.

El gobierno federal tiene que echar una mano a los estados y las localidades –sus ingresos por impuestos están en caída libre y sin ayuda se enfrentarán a costosas reducciones en inversiones y en servicios humanos básicos. Los pobres sufrirán hoy y el crecimiento sufrirá mañana.

La gran ventaja de un programa para compensar el descenso en los ingresos de los estados y las localidades es que suministraría dinero en las cantidades necesarias: si la economía se recupera rápidamente, el descenso será pequeño; si el bajón es prolongado, como temo que será el caso, el descenso será grande.

Estas medidas son las opuestas de lo que la administración –conjuntamente con el candidato republicano John McCain– ha estado pidiendo. Siempre ha creído que las reducciones de impuestos, especialmente a los ricos, son la solución a los males que aquejan a la economía. Es más, las reducciones de impuestos en 2001 y 2003 prepararon el terreno para la crisis actual. No hicieron prácticamente nada para estimular la economía y dejaron que la política monetaria por sí sola soportara la carga de mantener a la economía en terapia intensiva.

El problema actual de Estados Unidos no es que las familias consumen muy poco; por el contrario, con una tasa de ahorro de prácticamente cero, está claro que consumimos demasiado. Pero la administración tiene la esperanza de alentar nuestros hábitos derrochadores.

Lo que ha sucedido a la economía de EEUU se pudo evitar. No fue solo que los que tenían que mantener la seguridad y salud de la economía no hicieron su trabajo. Hubo también muchos que se beneficiaron en grande garantizando que no se hiciera lo que tenía que hacerse. Ahora nos enfrentamos a un dilema: si permitimos que nuestra respuesta a los males de la nación sea conformada por los que crearon la situación o si aprovechamos la oportunidad para realizar reformas fundamentales, adoptando un balance entre el mercado y el gobierno.

* Premio Nobel de Economía, profesor de la Universidad de Columbia.
En http://progreso-semanal.com –que cita como fuente a www.vanityfair.com

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