Nov 11 2012
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PolíticaSociedad

EEUU en la crisis mundial y en su crisis político-social

Barack Obama obtuvo su relección venciendo por sólo 2 por ciento de diferencia al candidato del Partido Republicano, de los financieros y de la gran industria, Mitt Romney. Los sufragios que le dieron la mayoría a Obama provinieron sobre todo de los votantes de las minorías étnicas (93 por ciento de los negros, casi 60 de los latinos y asiáticos). Ganó también cerca de 70 por ciento del voto femenino y una amplia mayoría de los sufragios de los sectores con mayor educación y entre los jóvenes.

Obama logró apoyo de quienes buscan reformas sociales que atenúen la crisis provocada por el capital financiero y mayores derechos civiles y democráticos, así como menor desigualdad social; lo votaron quienes, aunque confiando en el sistema capitalista, rechazan la brutal ofensiva del capital financiero y del establishment contra cualquier clase de resistencia a la reducción de los salarios reales y los derechos para mantener lo más alto posible la tasa de ganancia del capital financiero y de las grandes empresas. Romney, en cambio, fue votado sobre todo por adultos blancos conservadores y religiosos –de mediana edad o de edad avanzada– y por el establishment, que teme las políticas fiscales que podría adoptar Obama.

La hegemonía cultural e ideológica del capitalismo sobre todos los electores que están convencidos de la supuesta naturalidad y perennidad del sistema capitalista está fuera de duda, pero la subcultura xenófoba, racista y fascista de la derecha estadunidense no logró la mayoría, aunque sí el apoyo de casi la mitad de los votantes. Además, los negros, que son la inmensa mayoría en las cárceles con que el capitalismo espera “resolver” la cuestión social y las consecuencias de la pobreza material y cultural, votaron por el jefe del Estado que los manda presos; y los latinos, discriminados tengan o no documentos y grandes víctimas de la desocupación, lo hicieron por el jefe imperialista que oprime sus países y que no les asegura ni siquiera el “derecho” a ser explotados en suelo estadunidense.

Por tanto, Obama tiene un margen de maniobra en el caso de los dominados. Pero estos, sin embargo, empiezan a agruparse y diferenciarse del gran capital sobre una clase, étnica, democrática y de género. Pero, precisamente porque hay un abismo cultural, étnico y social entre la base de apoyo de Obama y la de la inmensa mayoría del establishment, la extrema derecha y el gran capital no reconocen la victoria de Obama, hablan de fraude, consideran que el presidente relecto es ilegítimo y harán todo lo posible para lanzar el peso de su poder de facto sobre la balanza política, en la que el frágil sostén político plebeyo a un representante de un sector minoritario de la clase dominante no compensa las maniobras de bloqueo que los republicanos harán en la cámara baja, que controlan, ni la desestabilización económica que organizarán para que el gobierno no aumente los impuestos a los ricos.

Sueñan, por tanto, los que, como López Obrador y tantos otros, se alegran por el triunfo de Obama. En efecto, nada asegura que éste no mantendrá o agudizará su belicismo imperialista prosiguiendo una política semejante a la de Bush y, además, bajo la presión de la mayoría de los integrantes de su clase, no abandonará sus tímidos planes sociales y pasará a aplicar la parte fundamental de la política de los republicanos, porque está seguro de que no tendrá, por el momento, enemigos en el frente social.

Sin embargo, existe igualmente la posibilidad de que, ante la prolongación de la crisis capitalista en Estados Unidos y en el mundo y ante el sabotaje parlamentario de los republicanos, Obama pueda verse obligado, contra su carácter y su voluntad, a tomar alguna medida financiera (impuestos a las finanzas tipo tasa Tobin, aumentos de impuestos a los más ricos, por ejemplo) y llame incluso a su electorado a forzar la resistencia de la mayoría ultraderechista y racista de la Cámara de Diputados, abriendo indirectamente el camino a la intervención activa, política y social, de los que hasta ahora se limitaron a hacer marchas y a votar contra los ultracavernícolas.

Esa posibilidad, que no se puede excluir aunque parezca rara, radicalizaría inmediatamente todo el panorama político y tendría grandes repercusiones en la Unión Europea, en los países dependientes y el resto del mundo. Por otra parte, la brutalidad del establishment estadunidense no tiene límites, al igual que su falta de escrúpulos. En la lucha interburguesa en Estados Unidos, no hay que olvidarlo, cayeron asesinados Abraham Lincoln, primero, y John F. Kennedy, después, que sus adversarios –tan precapitalistas como ellos– consideraban sin embargo peligrosos.

Al debilitarse al extremo su economía y su hegemonía internacional, Estados Unidos aún conserva su hegemonía cultural y política, que le permite dominar a quienes oprime y explota y su hegemonía militar, que da gran peso a los aparatos represivos. La crisis provocada por el capital reduce fuertemente los espacios democráticos y da cauce a la brutalidad de los aparatos. Los enfrentamientos entre las clases podrían abrir el camino a un aprendizaje político del pueblo estadunidense y, al mismo tiempo, a una aparición deformada en el establishment mismo de esa lucha de clases que se libra en la sociedad. Obama correrá peligro, entonces, por el lado de la extrema derecha tan imperialista como él y por el lado del frente social, de sus propios votantes.

Es fundamental para México y para el mundo ayudar a los oprimidos y a los trabajadores en Estados Unidos a conquistar su independencia política frente a los demócratas y a la Casa Blanca, y eso sólo se logra consiguiendo en cada país la independencia política de los trabajadores y derrotando los planes del imperialismo y de sus aliados locales.

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