Ene 26 2007
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Cultura

EL ARTE ES UNA MÁQUINA DE COMBATE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Hablamos de un profesor de sociología –dos parejas, dos hijos, para completar la ficha–; uno entre los cientos de “profesores taxis” al uso en las universidades chilenas. Un sociólogo que entre alumnos y preparación de clases y un todavía incompleto ensayo (los profesores deben escribir obras) pinta. Es decir, hablamos de un sociólogo-pintor (algunos trabajos de Mege pueden apreciarse en esta revista en su galería de Arte).

Pintor de fines de semana, pintor cuando las vacaciones, buscador de miradas, de gestos, de realidades; y sociólogo no engolillado, cuyas preocupaciones e intereses oscilan entre la filosofía y la estética, la antropología, la historia y la política. Y sus alumnos. Pintor quizá temeroso de la ezquizofrenia. ¿Puede un “hobby” convertirse en necesidad absoluta?

Planteado de otra manera: ¿es posible unir de manera inescindible el ejercicio de las artes plásticas –ajeno a los cánones, esos que el romanticismo y después llamaron “académicos”– con esa otra vocación de hurgar los trasfondos y bases de la sociedad, sus mecanismos, estructuras, conflictos? ¿Y poner la vida en ello es posible?

Las cosas se conversan. Se charla en una caminata, sobre un vino, con un café. Los amigos no faltan.

El artefacto de una guerra especial

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El vidrio es un material noble. Puede verse a través de él, puede dejarse huella en él. El vidrio es transparente y también tiene la densidad necesaria para contener un mundo. O varios. La idea de transparencia, la idea de contener acaso sean extrañas entre los y las nacidos/as y criados/as bajo dictaduras –tan negras y vacías y aterradoras– llegados a la juventud y adultez bajo un régimen que propone una mueca de la verdad y la gesticulación de la mentira. Un sistema político refractario a la memoria, que mira hacia otro lado si el asunto a discutir es la injusticia.

Nadie dice que la vida se vive fácil.

Mucho vidrio, entonces. Un vidrio que por sí mismo, en su opacidad y transparencia, diga desde su propia fabricación una primera cosa. Un vidrio fácil de conseguir, además (los artistas son pobres, los profesores apenas un poco menos). ¡Eso! Parabrisas rotos, rescate de los naufragios automovilísticos –la historia no se repite, pero se encuentran parecidos: en otro tiempo y en otra dimensión la británica Hazel O’Connor, hacia 1981, quebraba vidrios–; ¿hay algo que mejor refleje la idiotez de la civilización que un auto chocado, que el vuelco de un automóvil, que un carro a toda velocidad por la autopista?

Pero Mege no es Ballard. Desciende de los angurrientos del maestro Godoy.

En el pequeño taller de su casa del barrio San Miguel, en el sur de Santiago, esos parabrisas, res nulius como pocas, fueron armando la máquina de combate. Un pincelazo aquí, allá un titular de diario viejo, un manchón, ese tornillo fueron dando forma y color y sentido al carromato –que inidentalmente se estrenó en una marcha de protesta contra la inútil y altanera sevicia de un gobierno que no encontraba el don de escuchar –a los más pobres, que con los otros el diálogo era permanente y los acuerdos fruiciosos–.
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Meses de trabajo para descubrir que faltaba algo. ¿Cómo contrastar la obra con la intención de la obra?

Aparece la cámara. Una grabadora. Los apuntes. Los archivos…

En el invierno de 2005 Máquina de combate comienza a filmarse. Despaciosa, trabajosamente se graban las entrevistas, los paisajes, los rostros; se insertan los materiales de archivo, de audio e imagen, se filman marchas, se edita, se escribe la música, se deshace y rehace. Antes de que acabe 2006 la película está terminada. Es una mirada al proceso de la creación artística en tiempos difíciles.

Una recuperación de la libertad, y con ésta del compromiso.

Escribo en enero de 2007, faltan las copias, hay que grabar los DVD; de todos modos un puñado de personas la hemos visto. ¿Por qué no una versión en portugués, y otra en inglés? Se trabaja con las uñas, “a puro pulso”, como decían antaño. Soy testigo de eso.

El domingo 28 de enero se exhibirá por primera vez en público, en el 7oFestival de Cine Latinoamericano Caverna Benavides, en Lebu, sur de Chile. Parte de la película se filmó en Concepción. Y Lota…

Comunicaremos el resto.

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