Sep 5 2011
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Economía

El “blog” de Paul Krugman / La guerra y el gasto, dilema europeo

El gasto en defensa está bajo la lupa de los expertos. La crisis de divisas en Europa. John Plender, columnista de The Financial Times, parece desconcertado por algo que ha sido obvio últimamente: que los vigilantes de los bonos sólo acosan a los países que ya no tienen monedas propias.

En una columna publicada el 16 de agosto, Plender escribe: “La lógica subyacente es que ningún país declara moratoria sobre sus bonos nacionales si conserva el derecho a poner en movimiento la máquina de imprimir dinero. No obstante, parece contraintuitivo que los mercados de bonos, con su tradicional temor a la inflación, deban castigar a un país por no ser capaz de devaluar su moneda.”

Extrañamente, desconoce la excelente explicación presentada por Paul De Grauwe, economista e investigador del Centro de Estudios de Política Europea, que yo he esbozado un poco más. Parte de la respuesta es que los países que tienen al euro como moneda enfrentan un severo problema de competitividad, que sólo puede solucionarse con una deflación desgastadora, empeorando sus problemas de deuda.

Además de eso, está la propuesta de que los países que carecen de máquinas para imprimir dinero están sujetos a crisis previstas en formas no vistas en naciones que todavía conservan monedas propias. El punto es que el temor al default, al elevar el costo de los intereses, en sí mismo puede desencadenar una moratoria, y el impago tiene un aspecto similar a cruzar el Rubicón: una vez que un país cruza esa línea, probablemente impondrá a los acreedores pérdidas bastante severas.

Un Estado con moneda propia no está en la misma posición. Aun si es empujado a la inflación, no tiene por qué cruzar ninguna línea roja.

Por eso Estados Unidos no está como Grecia. Y, por eso también, Gran Bretaña está actuando tontamente al imponer sobre sí misma una austeridad tipo Eurozona.

Barbudos economistas estadounidenses acuden al rescate. Según un artículo de Bloomberg publicado el 15 de agosto: “Los 11 meses de presión de Adam Posen, asesor del Banco de Inglaterra, a favor de más estímulos, actualmente están moldeando el debate entre las autoridades, mientras consideran si el Reino Unido necesita más relajación cuantitativa para combatir el peligro de la crisis de Europa. Ahora que ningún asesor busca incrementar la tasa de interés luego de que Spencer Dale y Martin Weale cambiaran de voto, la discusión en el Comité de Política Monetaria ha cambiado hacia la agenda de Posen.”

¡Vamos Adam! Posen estudió el caso de Japón durante la década de 1991/2000 y pertenecía al club (que también incluye a su seguro servidor) al que le preocupaba que Japón presagiara el destino de otros países avanzados. Y tengo que decir que, en estos momentos, el Banco de Inglaterra está mostrando demasiada entereza intestinal, aferrándose a políticas expansivas pese a un pico de inflación que sabe que es temporal pero que aun así lo pone bajo presión. Pero, una vez más, los miembros del Comité de Política Monetaria no temen ser acusados de traición ni ser linchados en Texas.

El gran experimento en gasto

La Segunda Guerra Mundial fue el gran experimento natural sobre los efectos de incrementar considerablemente el gasto gubernamental. Y, como tal, siempre ha servido de ejemplo positivo importante para los que favorecemos un enfoque activo ante una economía deprimida. Christy Romer, profesora de Economía de la Universidad de California, en Berkeley, y ex directora del Consejo de Asesores Económicos del presidente Barack Obama, comparte bastante la misma longitud de onda.

Es especialmente relevante porque en la década de 1931/40, como ahora, mucha gente inteligente insistió en que el desempleo era estructural, que muchos de los desempleados no podían emplearse remuneradamente, más allá de cuánto aumentara la demanda. Pero, entonces, la demanda efectivamente creció y, tal como lo escribió Romer en un artículo de opinión publicado en The New York Times a principios de mes:

“La Segunda Guerra Mundial también tiene algo que decirnos. Puesto que casi 10 millones de hombres en la flor de su edad productiva fueron reclutados por el Ejército, había una enorme brecha de calificación entre los trabajos que necesitaban hacerse en el frente nacional y el resto de la fuerza laboral. No obstante, las empresas y los trabajadores encontraron la forma de hacer el trabajo. Las fábricas simplificaron los métodos de producción y las amas de casa aprendieron a remachar. En este caso, la lección es que la demanda es crucial, y que los puestos de trabajo no se quedan vacantes por mucho tiempo.”

No obstante, extrañamente, a la gente de la derecha le ha dado por afirmar que la Segunda Guerra Mundial de hecho debilita el caso a favor del estímulo. Un argumento, atribuible a Robert Barro, economista de Harvard, es que muestra el fracaso de la expansión fiscal porque el gasto privado de hecho cayó. ¿En serio? Tal como lo señaló en su columna Romer, el consumo estaba racionado y el gasto fue forzado a la baja. También había severas restricciones a la construcción privada —algo que Romer no señala—, lo que significó que la inversión no relacionada con el esfuerzo bélico también fuera forzada a la baja.

Un trabajo reciente en EEUU de los economistas Robert Gordon y Robert Krenn, para el Buró Nacional de Investigación Económica, profundiza aún más al analizar los efectos del aumento en Defensa antes de la guerra.

Según el resumen del documento de Gordon y Krenn titulado The End of the Great Depression 1939-41: Policy Contributions and Fiscal Multipliers (El fin de la Gran Depresión 1939-1941: Contribuciones políticas y multiplicadores fiscales), publicado en Internet por el Buró, “Gordon y Krenn documentan que la economía estadounidense entró a la guerra desde junio de 1940, dieciocho meses antes de Pearl Harbor. En febrero de 1941, un uno por ciento de la fuerza laboral trabajaba construyendo campos de entrenamiento del Ejército para 1.4 millones de reclutas nuevos. El empleo en los astilleros para expandir la Marina de Estados Unidos, y para proveer asistencia de préstamo y arrendamiento a Gran Bretaña, representaba otro uno por ciento de la fuerza laboral en 1941. En junio de 1941, el uso de la capacidad instalada había alcanzado el 100 por ciento en la producción de hierro y acero y bienes duraderos de todo tipo.”

Pero no importa. El comentarista político Matt Yglesias heroicamente leyó “Fed Up!: Our Fight to Save America From Washington”, de Rick Perry, gobernador de Texas que ahora es candidato presidencial republicano.

A principios de este mes, Yglesias enlistó en el "blog" ThinkProgress las 10 “ideas más raras” del libro de Perry. Entre ellas: “9. La empresa privada floreció bajo el reclutamiento y el control de precios de los tiempos de guerra: (Perry) no sólo sostiene que el New Deal no puso fin a la Gran Depresión sino que afirma que ‘la recuperación llegó hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando finalmente persuadieron a F.D.R. para que desencadenar la empresa privada’ (página 48).”

Nada sacude la fe de un verdadero creyente. Qué malo soy. He escuchado de varias fuentes —y he leído en diversos comentarios— que aparentemente hay una campaña concertada para tomar esta publicación y usarla para acusarme de querer una guerra. Y lo peor es que algunos lo creerán. Increíble. 

En www.revistadebate.com.ar

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