Jul 8 2010
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Opinión

El humor en La Moneda

Álvaro Cuadra.*

Desde hace muchas décadas, los mandatarios chilenos han sido blanco de los humoristas. Todos, invariablemente, han sido objeto de apelativos, chistes y bromas de diverso calibre. Bastará recordar algunos célebres titulares del diario Clarin en relación a don Jorge Alessandrí, muchas caricaturas de Topaze y, mucho más recientemente, algunos programas televisivos en que se caricaturizó a los presidentes Ricardo Lagos, Eduardo Frei Ruiz Tagle y a la señora Michele Bachelet.

En pocas palabras: ocupar el sillón de La Moneda, supone exponerse no sólo a la crítica de los adversarios políticos sino, además, a convertirse en objeto privilegiado de humoradas y chistes.

Ni siquiera la figura adusta, terrorífica para muchos, de Augusto Pinochet escapó a este destino. En los primeros años de la década de los ochenta, junto a las protestas de la población llegaron los “chistes de Pinochet” y otros miembros de la junta militar. En un clima represivo y autoritario, el chiste se convirtió en una eficaz arma política. En una atmósfera democrática, la humorada y el chiste constituyen parte del juego y a nadie se le ocurriría rasgar vestiduras por ello.

El humor, contra lo que muchos piensan, no degrada la democracia sino que, al contrario, la desacraliza, convirtiéndola en conducta cotidiana y sentido común. Así, un periódico como The Clinic ha logrado sobrevivir durante años, ocupando ese espacio indispensable en toda sociedad, el chiste de grueso calibre que invita a la risa.

Pretender controlar la expresión humorística bajo cualquier forma, no sólo es políticamente torpe y reprobable sino que evidencia una escasa sensibilidad y, en el límite, falta de inteligencia. Al humor se le enfrenta, en primer lugar, con buen humor, pues nos está mostrando que todo aquello que nos tomamos tan en serio, merece a lo menos una mirada crítica capaz de relativizarlo. Por esto, más que castigar el buen humor hay que celebrarlo, tener la capacidad de comprenderlo, sea como una aguda crítica o un sonriente llamado de atención.

La cuestión no es que tal o cual humorista se haya mofado de la figura presidencial, la cuestión primordial es tratar de entender por qué hace reír a las muchedumbres. Una buena pregunta nos conduce al problema, una mala pregunta instala un problema en la mente del que quiere comprender.

En una democracia, por formal que ésta sea, el primer mandatario es una figura privilegiada como objeto del humor. Esto es así porque en su calidad de primera figura pública, se trata de una imagen sobreexpuesta en los medios, centro de atención de todo un país. Cada gesto, cada palabra captado por los medios puede dar origen a una humorada.

Esto es exactamente lo que ha hecho Stefan Kramer a propósito del frío saludo Bielsa – Piñera. La cuestión comunicacional que se plantea no es si acaso debe existir el humor en los medios sino aprender a leer en tales representaciones el estado de ánimo de la población. El humor escenifica aquello que no se puede decir por los canales protocolares: El humor conecta la realidad con cierto sentido común, los extramuros del espíritu cívico y eso es sano y necesario.

Responder al humor con mal humor es un mal chiste.

* Doctor en semiología, Universidad de La Sorbona, Francia. Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados, Universidad ARCIS, Chile.

 

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